Cuidar a nuestros mayores

Lo que me ha enseñado el Alzhéimer

Rafael Narbona

Cuidar a un enfermo de alzhéimer puede ser una oportunidad de mejorar como ser humano. El autor comparte su experiencia con la enfermedad de su madre y lo que de ella aprendió.

Mi madre cumplirá noventa años el 21 de julio. Es una mujer menuda, con los ojos azules, el pelo castaño –gracias a los tintes– y manchas color café en las manos.

Una vida melancólica, marcada por la guerra y la posguerra

Sobrevivió a la guerra, pero el hambre, el miedo y la violencia dejaron profundas secuelas en su mente. Soportó los bombardeos de Madrid y Barcelona, escuchando cómo los edificios se desplomaban entre nubes de polvo y cascotes. En la calle La Palma, cerca de la Plaza del Dos de Mayo, una bomba de cuatro kilos rompió una claraboya y aterrizó en el rellano de una escalera, provocando una lluvia de cristales que hirió a mi madre, por entonces una niña de doce años. La bomba no explotó, pero el sentimiento de terror e impotencia perduró como un eco imborrable de ese día.

Las penalidades de la posguerra solo agravaron la sensación de vulnerabilidad. Durante las incursiones aéreas, mi madre adquirió la costumbre de alinear simétricamente los objetos. Era un gesto irracional que le ayudaba a experimentar menos angustia. Nunca abandonó ese hábito, indudablemente un mecanismo neurótico de defensa que reflejaba una experiencia traumática y la incapacidad de superarla.

El tabú de la salud mental

De joven, mi madre sufrió varias depresiones, pero logró salir adelante. Probablemente por sus hijos, que necesitaban su afecto y su apoyo, especialmente después de la temprana muerte de mi padre, fulminado por un infarto de miocardio cuando yo solo tenía ocho años. Nunca acudió a un psiquiatra. En esa época la salud mental era un tabú. Ser atendida por un especialista significaba correr el riesgo de sufrir el rechazo y la incomprensión de las mentes sanas, incapaces de comprender la fragilidad del ser humano. Pienso que hoy en día le habrían diagnosticado a mi madre un shock postraumático.

No quisiera transmitir la impresión de haber vivido una infancia desdichada, con una madre que se debatía entre la ansiedad y la tristeza. Con una mentalidad abierta y libre de prejuicios, pasamos muchas tardes en el Parque del Oeste, buscando la sombra de los cedros y el frescor de las fuentes. Nieta de un médico rural, me habló muchas veces del sufrimiento y la esperanza, quizás con el anhelo de que siguiera los pasos de mi bisabuelo, que recorría los pueblos a caballo y casi nunca cobraba sus visitas.

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Las películas de nuestra vida

El cine ha sido una de las grandes pasiones de mi madre. Gracias a ella, descubrí las películas de John Ford, Billy Wilder, Hitchcock.

Nos reímos juntos, disfrutando del genio interpretativo de Jack Lemmon, que se moría de frío en la calle mientras sus jefes convertían su apartamento en el escenario de sus romances. Nos emocionamos con la frenética huida de la diligencia en la que viajaba John Wayne, discretamente enamorado de una prostituta expulsada de un pueblo por una sociedad hipócrita y puritana.

Monument Valley, con sus áridas planicies y sus altas mesas con aspecto de miradores de otro mundo, se quedó grabado en mi memoria, adquiriendo con los años el encanto mítico de la infancia, cuando la diferencia entre lo real y lo fantástico solo es una delgada línea que se desvanece con algo de imaginación.

No he olvidado Los pájaros de Hitchcock, con sus terroríficos ataques a los niños de una escuela, que huyen con una bellísima Tippi Hedren. De joven, mi madre se parecía a Barbara Stanwyck, pero sin su aire de mujer fatal.

Pionera del animalismo

Su amor franciscano a los animales hizo que nunca paseara sola por el Parque del Oeste. En los años setenta y ochenta, el número de perros y gatos abandonados era más escandaloso que en la actualidad. Al no existir el microchip, desembarazarse de ellos era mucho más fácil.

Casi nadie hablaba de los derechos de los animales y circulaba la convicción de que los perros solo aprendían a palos. A fin de cuentas, se aplicaba la misma pedagogía con los niños, que son de nuestra especie. Mi madre jamás actuó de esa manera. Al igual que mi padre, pensaba que niños y animales se igualan en indefensión, por lo que merecen ser tratados con ternura y paciencia, no con desdén o dureza.

El último perro recogido por mi madre fue Violeta, una mestiza con orejas de duende y una mirada tan dulce como la de Platero, el entrañable compañero del poeta de Moguer. Mi madre leía y releía el hermoso libro de Juan Ramón Jiménez en una edición diminuta, con papel biblia y unas bellísimas ilustraciones de Rafael Álvarez Ortega.

Una relación cambiante pero cercana

Siempre he mantenido un lazo muy estrecho con ella. De adolescente dejamos de salir juntos, pues a los trece o catorce años te avergüenzas de pasear con tu familia. Te consideras demasiado mayor y no quieres que los chicos de tu edad interpreten que aún necesitas la protección –o la inspiración– de tus padres.

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Pasaron los años y mi madre continuó sufriendo brotes de melancolía, que yo nunca consideré especialmente graves. Ahora creo que subestimé su importancia. Desconocía que la depresión incrementa el riesgo de sufrir demencia senil. Lo cierto es que envejecía sin perder su agilidad y clarividencia.

El terrible efecto de las pérdidas

Tal vez por eso se empeñaba una y otra vez en pasear por La Rosaleda con Violeta, pese al cartel que prohibía la entrada a los perros. Cuando algún jardinero le llamaba la atención, respondía: “¿El perro? ¿Qué perro?”. El hombre se rascaba la cabeza con perplejidad o torcía la boca, con ironía: “Pues qué perro ha de ser, señora”.

Mi madre se marchaba dignamente con Violeta y me contaba lo sucedido, reproduciendo libremente las palabras de Juan Ramón, cuando abandona El Vergel, un jardín con yedra, acacias y plátanos, donde un guardia le espeta: “Er burro no pué entrá, zeñó”. Levantando ligeramente la voz, mi madre exclamaba: “Pues si Violeta no puede entrar por ser un perro, yo, por ser humana, no quiero entrar”.

La muerte de Violeta afectó mucho a mi madre. Violeta se marchó discretamente, como una mariposa blanca que desaparece por un balcón. De repente, todo cambió.

Las primeras señales de alarma

Mi madre, que paseaba tres veces al día, dejó de salir a la calle. Cuando hablábamos por teléfono, respondía con monosílabos. Mi hermana, que vivía con ella, me dijo que las cosas marchaban mal, que mi madre pasaba las horas encerrada en el dormitorio, con las persianas bajadas y sin hablar. Ni siquiera se duchaba.

Alarmado, acudí a su casa y comprobé que no exageraba. Mi madre me saludó con indiferencia, sin levantarse de la cama. El aire de la habitación desprendía un hedor pesado, dulzón, semejante al de unas flores que flotan en un agua corrompida. Intenté levantar la persiana y ventilar el cuarto, pero mi madre protestó enérgicamente, suplicando que la dejara en paz. Me enfadé, sin lograr nada, salvo acentuar su determinación de permanecer en ese estado.

La situación se repitió varios días. No lograba entender lo que sucedía y hablé con un médico, que me aconsejó visitar a un geriatra. Sacar a mi madre de la cama acarreó una insólita pelea, que acabó con ella llorando histéricamente. A pesar de todo, nos acercamos a la consulta.

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Ayuda profesional

Después de varias pruebas, el geriatra diagnosticó una depresión y un incipiente deterioro cognitivo. Nos recetó unas pastillas y nos recomendó que pasara las mañanas en un centro de día, respetando escrupulosamente su pauta de actividades. “Podría ser el inicio de una demencia tipo alzhéimer”, nos advirtió. “Muchas veces el primer síntoma es una depresión”. Yo le hablé de su carácter melancólico, lo cual incrementó su alarma.

Mi madre se tomó las pastillas, pero se negó en rotundo a acudir al centro de día. Cada vez más preocupado, decidí que se viniera a vivir a mi casa, donde nunca estaría sola. La situación no mejoró. No mostraba ningún interés en asearse, no sabía en qué estación del año se encontraba y a veces olvidaba mi nombre.

Al mismo tiempo, su memoria del pasado remoto nos reservaba una sorpresa diaria. Nos contaba anécdotas de Puente del Arzobispo, donde pasaba los veranos de niña, jugando con una pandilla de amigos. Les seguía un perro, que aprovechaba su compañía para deslizarse en la penumbra de la iglesia, donde un sacerdote de buen corazón fingía ignorar su presencia.

Su precisión para rescatar recuerdos de ochenta años atrás contrastaba con su incapacidad para recordar cualquier evento reciente. Nos preguntaba una y otra vez qué habíamos comido o qué película veríamos esa noche. Notamos que ya no seguía las tramas y confundía a los personajes. Mi mujer y yo pensamos en comenzar a ducharla, pero el pudor nos hacía aplazar la iniciativa.

Vivo en una casa de pueblo con dos alturas. Nunca pensé que mi madre podría sufrir una caída, pues su deterioro mental no había afectado a sus reflejos. Sin embargo, un día calculó mal, resbaló y se cayó, rompiéndose un brazo y golpeándose en la cabeza. Pasó una semana en el hospital, recuperándose del accidente. Su deterioro cognitivo aumentó de forma exponencial. Me confundía con su padre y con su hermano, fallecido hace veinte años.

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Cuando le dieron el alta, pusimos una cama en un cuarto contiguo a nuestro dormitorio. Se despertaba cada media hora, pidiendo algo de comer o farfullando incoherencias. A los quince días, nos había vencido el agotamiento y no escuchamos sus llamadas, lo cual provocó que se levantara sola, se enredara con las sábanas y cayera al suelo.

No oí la caída, pero sin darme cuenta había interiorizado un estado que me despertó con brusquedad. Encontré a mi madre inconsciente sobre un charco de sangre. Se había golpeado la cara contra el suelo, pero afortunadamente no se habían producido lesiones importantes.

Pasó otra semana en el hospital y volvió a casa. Su mente se había desorientado definitivamente. Nos llamaba siete u ocho veces a lo largo de la noche, muchas veces delirando con los bombardeos de su infancia. Desbordados por las circunstancias, la ingresamos en una residencia situada cerca de nuestra casa.

Visitarla a diario no aliviaba el malestar que me producía observarla entre desconocidos. El trato era correcto y afectuoso, pero cuando nos marchábamos, normalmente a la hora de la cena, contemplar su pequeño cuerpo tras un ventanal, compartiendo la mesa con extraños, me causaba un terrible sufrimiento.

Vuelta a casa

Mi madre no se recuperó, pero mejoró un poco y decidimos que volviera a casa. El geriatra nos dijo que el alzhéimer avanzaba muy despacio. No podía quedarse sola, pero no había alteraciones de conducta. “No es una demencia muy agresiva”, nos comentó, con un optimismo moderado.

Instalamos una silla giratoria en una bañera y unas barras en la cama. Dejamos la puerta del dormitorio abierta para escuchar cualquier incidencia. Ya no nos llamaba de noche, pero al despertarse o mientras conciliaba el sueño, se dirigía a mí como si fuera su padre. “¿Estás ahí, papá?”, susurraba, con una voz rejuvenecida.

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Desde entonces, ha transcurrido casi un año y su deterioro no se ha acentuado excesivamente. Nos reconoce, habla con nosotros, añora su casa, pero no recuerda el nombre de la ciudad ni del barrio donde vivía. No comprende lo que lee, ya no puede escribir, no es capaz de seguir el argumento de una película, no puede bañarse ni ir sola al baño, pero su presencia nos hace felices y ella parece contenta.

Se parece a la rosa de El Principito. Necesita ternura, paciencia, delicadeza. Al peinar su pelo, artificialmente castaño, no pienso en el otoño, con sus hojas amarillas, sino en una eterna primavera que pinta de luna y plata los últimos días de invierno.

Cuidar a un enfermo de alzhéimer no es una desgracia, sino una oportunidad de mejorar y crecer como ser humano. La tristeza y el desaliento pasan, pero el amor deja una huella profunda que no se desvanece. Es lo último que he aprendido de mi madre y no ha necesitado palabras para enseñármelo.

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