Artemisa fue una de las diosas más veneradas por los antiguos griegos, quienes veían en ella a la señora de la naturaleza salvaje y la caza, pero también de la castidad y los nacimientos. Igualmente, era una de las divinidades más temidas, pues, además de enfermedades, Artemisa era capaz de provocar la muerte repentina gracias a sus flechas, arma que compartía con su gemelo Apolo. 

 

El nacimiento de Artemisa: un parto difícil 

La diosa Artemisa (o diosa Ártemis) fue hija de Zeus y la titánide Leto. Su nacimiento fue una auténtica odisea, pues la esposa de Zeus, la celosa Hera, había prohibido que Leto diera a luz en tierra firme. Al final, después de un extenuante recorrido por el mundo, la titánide encontró un peñasco que iba a la deriva y en el que, por tanto, no pesaba la prohibición de Hera.  

Fue allí, en lo que más tarde sería la isla de Delos, donde nacieron sus hijos. La primera en aparecer fue Artemisa, que de inmediato ayudó a su madre a dar a luz a Apolo, de ahí la vinculación de la diosa con los nacimientos.  

Artemisa, la diosa virgen 

Desde temprana edad, Artemisa tuvo claro que no solo no quería casarse, sino que conservaría siempre su virginidad. Zeus la vio tan convencida, que no se opuso a su deseo. A partir de ese momento, la diosa se convirtió en la protectora de todos aquellos, tanto muchachos como doncellas, que hacían voto de castidad. Eso sí, con quienes violaban esos votos se mostraba implacable.  

No lo era menos con quienes sentían algún tipo de atracción sexual por ella. Fue el caso del cazador Acteón, quien la sorprendió un día desnuda mientras se bañaba. Artemisa no tuvo piedad con él: transformó al infortunado en ciervo e hizo que sus propios perros lo despedazaran. 

EL carácter vengativo de la diosa Artemisa

Artemisa tampoco tuvo piedad con la reina de Tebas Níobe, quien en una ocasión se jactó de haber tenido más hijos que Leto. Mientras Apolo exterminaba con sus flechas a sus seis hijos, Artemisa hizo lo propio con sus seis hijas.  

Otra de sus víctimas fue el bello Adonis. En este caso, Artemisa quiso vengar la muerte de uno de sus seguidores, Hipólito, un hermoso joven que solo vivía por la caza y que, como ella, había hecho voto de castidad. Su devoción por la diosa era tal, que ni siquiera Afrodita logró seducirlo, lo que acabó costándole la vida. La respuesta de Artemisa fue enviar contra Adonis, del que la inconstante Afrodita se había también prendado, un descomunal jabalí que lo despedazó

A otra de sus seguidoras, Calisto, la mató con sus flechas porque no había sabido resistirse a Zeus.  

Otra de sus víctimas fue el gigante cazador Orión, aunque aquí el mito presenta diferentes variantes. Según una de ellas, Artemisa lo mató porque pretendió raptar a una de las ninfas cazadoras de su séquito; según otra, porque alardeaba de lanzar el disco más lejos que ella. La más extendida es la que refiere que Orión intentó violar a Ártemis, quien se vengó de él enviándole un escorpión para que lo matara. 

La compasión de Artemisa 

Mas Artemisa también podía dar muestras de compasión. Así lo demostró con Ifigenia. La diosa estaba encolerizada con el padre de la joven, el rey Agamenón, quien no solo había dado muerte a uno de sus ciervos predilectos, sino que se había jactado de un disparo que ni Artemisa podría igualar. La diosa lo castigó haciendo que, en toda Áulide, no corriera una brizna de aire, de modo que la flota griega se vio imposibilitada de zarpar hacia Troya.  

La condición que Artemisa puso para que volviera a soplar el viento fue que Agamenón sacrificara a su primogénita, Ifigenia. Así lo hizo el rey, mas, en el último instante, la diosa se compadeció de la joven y se la llevó consigo, dejando en su lugar una cierva para el sacrificio.  

El culto a la diosa Artemisa

La diosa Artemisa tenía templos en toda la geografía griega. Uno de ellos se encontraba en la isla que la vio nacer, Delos. El más importante, sin embargo, era el Templo de Éfeso, considerado ya en la Antigüedad como una de las siete maravillas del mundo. Fue por ello por lo que un joven llamado Eróstrato, que estaba obsesionado con ganar fama inmortal, le prendió fuego el 21 de julio del año 356 a.C. 

Otro templo de Artemisa fue el de Braurón, especialmente famoso por una fiesta, las Brauronias, que se celebraban cada cinco años en honor a la diosa. En ellas participaban niñas de entre cinco y diez años que, vestidas con túnicas de color azafrán, imitaban los movimientos de una osa.