La revolución de Roy Galán

El podcast de Roy Galán: conversaciones con el escritor que revoluciona las redes

El escritor Roy Galán nos ofrece en este podcast su cara más íntima y nos invita a reflexionar de una forma crítica sobre el amor, la sociedad y la vida.

Roy Galan
Roy Galán

Escritor

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Lo hice lo mejor que supe

Muchas veces somos nuestros peores enemigos.
Nos fustigamos una y otra vez por lo que sucedió.
Lo que no hicimos bien.
Y si.
Ese “y si” nos deja con la vida suspendida en un hilo.
Arrastrando una culpa y una vergüenza.

Si hubiéramos sabido lo que ahora sabemos habríamos hecho otra cosa.
Pero no lo sabíamos.
Ese condicional muchas veces nos martiriza.
No tendría que haberle dicho esto porque luego mira lo que pasó.
Tendría que haber estado más cerca porque luego fue tarde.

Siempre va a ser tarde porque nunca sabemos qué va a acontecer en el siguiente instante.
Por eso tenemos que empezar a ser más benevolentes.
A no ser tan duros.
A decir que lo hice lo mejor que supe.

Quizás no fue suficiente, tal vez no fue justo, probablemente podría haber estado más a la altura.
Sí, claro.
Pero no somos robots, no somos máquinas en las que pulsar un botón y obtener un resultado.
Las personas estamos hechas de circunstancias y esas circunstancias nos configuran.

Por eso antes de vivir algo podíamos tener muy claro cómo actuaríamos ante ese algo.
Y luego llegar ese algo y hacer lo contrario.
Cagarnos de miedo, quedarnos paralizados, ser cobardes, no poder con ello.

No podemos exigirnos unas actuaciones heroicas.
Porque qué bien quienes pueden llevarlas a cabo.
Qué maravilla que haya gente que se enfrenta.
Pero hay gente que no puede y entender ese no poder también nos humaniza.

Seamos comprensivos.
Porque puede que mañana tengan que ser comprensivos con nosotros.
A menudo repasamos una y otra vez en nuestra memoria todo.
En busca de nuestros fallos y errores.

Y sí, los tuvimos, claro que los tuvimos porque estamos vivos.
Pero habrá que continuar.
Habrá que aprender.
Porque no podemos hacer nada más.

Tan solo esforzarnos porque el futuro sea distinto a lo que hicimos en el pasado que no nos gustó.
Ese es nuestro compromiso.
El de no volver a repetir.
Todo aquello que pudimos hacer mejor.
Y no.

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Por qué te escondes

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Por qué te escondes

 

Nuestra educación emocional brilla por su ausencia.
Vamos parcheando.
Sin escucharnos, sin detenernos, en una especie de huida hacia delante.
Somos islas flotando a la deriva.

No sabemos lo que nos pasa.
No podemos nombrarlo.
No pedimos ayuda.
Creemos que podemos con todo.
Que no necesitamos a nadie.

Creemos que esto pasará, que no es tan importante.
Pero sí que lo es.
Es que lo que tenemos por dentro es lo que somos.
Y tenemos que cuidar de ello.

Tenemos que ser capaces de conocernos un poco mejor a nosotros mismos.
De ver por qué decimos esto o por qué jamás abrazamos.
Tenemos que ser capaces de tender puentes con los demás.
De permitir que nos descubran.
De dejar a un lado el miedo a que puedan herirnos.

Porque sí.
Obviamente pueden herirnos.
Es uno de los riesgos que tenemos que correr las personas que estamos vivas.
Que si interactuamos con los demás.
Algo nos puede hacer daño.

Pero es que la alternativa.
Esa armadura, esa desafección, esa separación de la propia existencia.
No nos permite compartir.
No nos permite transitar el mundo con los pies profundos.
Nos marchita en vez de florecernos.

Porque qué tristeza es que nos hayamos guardado la emoción siempre.
Que lleguemos al final del camino sin habernos mostrado.
Solo complaciendo.
Solo mostrando lo que los demás querían ver.

Qué pena perder esta oportunidad que es existir.
Sin poder expresarte.
Sin poder decir esto no o esto sí.
Sin la indignación, la euforia o el cariño.
Qué injusto vivir a medias.
Quedarte a medio gas.

Porque este camino es solo de ida.
Este paisaje no lo volverás a ver.
Así que si sientes que debes parar y contemplarlo.
Hazlo.
Porque no le debemos nada a nadie.
Y nuestra única obligación aquí.
Es la de sentir.

 

Fotografía: Pexels
No me pidas que no esté triste

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No me pidas que no esté triste

Mucha gente tiene fobia a la tristeza ajena.
Desde que la notan, se van.
No de una manera directa y obvia, claro.
Porque a nadie le gusta sentirse mala persona.
Por eso usan excusas para alejarse.

Te dan una palmadita en la espalda pero no se quedan.
Te dicen que te animes.
¿Existe una palabra más vacía de contenido que «ánimo»?
Porque cómo pones el alma a caminar cuando no puedes ni levantarte.
Cómo te consuelas cuando el desánimo te rodea.

A veces no hay palabras o estas no sirven de nada.
Y lo mejor es quedarse en silencio.
Acompañando y respetando.
Pero quedándote.
No puede ser que te dé miedo la tristeza de los demás.
Porque la tristeza forma parte de la vida.
Forma parte de este camino extravagante, profundo, raro y bellísimo que es vivir.

No podemos negarnos la tristeza.
Porque es una emoción válida como lo es cualquier otra.
Porque cómo vamos a decir que está mal sentir algo.
Si es que lo feo es no sentir nada.
Está bien sentir tristeza.

¿Cómo no la vamos a sentir?
Si el mundo está lleno de ausencias y huracanes.
Si lo que hoy era una certeza mañana se convierte en una pérdida.
Y no es que tú decidas la tristeza.
Tú no la eliges.
Es que a veces la tristeza te elige a ti.
Sin que tú puedas hacer nada.
Sin que puedas oponerte a ella.

No nos hablan de la tristeza.
Nos dicen que la ocultemos.
Que mostremos siempre nuestra mejor cara.
Pero eso es mentira.
No podemos construir un mundo exterior lleno de mentiras.
Porque entonces el interior es desolador.
Es solitario.

Tal vez deberíamos replantearnos hacer de la tristeza algo común.
Poder hablar más y mejor de aquellas cosas que nos atraviesan.
Sin temor a nuestra vulnerabilidad y fragilidad.
Porque sí, a veces estamos tristes.
Lo raro es no estarlo.
Pero no somos los únicos.

Dejar ir

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Dejar ir

Dejar ir.
Como el que acepta.
Como el que dice no quiero pero no depende de mí.

Dejar ir.
Saber que hay cosas que escapan de tu control.
Que se fue, se acabó, no pudo ser.

Dejar ir.
Mirar la vida y saber que está bien así.
Que no es lo que te gustaría que fuera.
Pero es lo que es.

Dejar ir.
Hacer un hueco en ti para guardar el recuerdo.
Y soplar fuerte.
Soplar alto.

Dejar ir.
No seguir intentándolo cuando intentarlo no sirve de nada.
Asumir.
Ver el acontecimiento de la misma manera que se mira a las ramas moverse.
O una roca que cae desde la montaña.

Dejar ir.
Coger los sueños, las expectativas y los deseos y apagar la luz.
Con calma.

Qué difícil es dejar ir.
Pero qué importante y qué necesario.
Porque cuando dejas ir.
Es cuando la existencia cobra sentido.
Cuando te das cuenta del paso del tiempo.
De los ciclos, las etapas y del murmullo de los días.

Cuando dejas ir.
Es cuando aprendes a quedarte.
Cuando dices: sigo aquí.
A pesar de todo esto que me ha pasado.
Que he pasado.
Sigo aquí.

Dejar ir es una confirmación del aquí.
Es también un acto de generosidad con el otro.
Porque la gente no tiene que permanecer por ti.
Tiene que hacer lo que quiera.
Porque las personas no nos pertenecen.
Se nos mueren o toman una decisión.

Dejar ir es aceptar la voluntad del otro, su fin o su comienzo lejos de ti.
Dejar ir.
Tal vez no haya nada que defina más qué significa amar.
Que dejar ir.

Lo que define a una persona egoísta

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Lo que define a una persona egoísta

Que te dé igual.
Que no te importe el otro.
Que te dé lo mismo qué le pase.
Cómo se sienta.
Que solo pienses en lo tuyo.
En lo que te viene bien a ti.
En lo que te favorece.

Que seas incapaz de ponerte en su lugar.
Incapaz de de decir no voy a hacer esto porque no quiero que me lo hagan a mí.
Incapaz de tratar bien.
Que no puedas ni quieras usar la empatía.
Que vayas a lo tuyo.
Siempre.

Que digas que quien no llega es porque no quiere.
Que creas que todo el mundo tiene tu suerte y tu fortuna.
Que no mires hacia los lados.
Que creas que el mundo te pertenece.
Que puedes tenerlo todo cuando quieras.
Que la gente te debe algo.
Que eres alguien.
Que importas.

Que pienses que hay gente que vale menos que tú.
Que hables mal a esa gente.
Que hagas sentir mal a esa gente.
Que uses tu lugar en el mundo solo para hacer daño.
Para demostrar el daño que puedes hacer a los demás.
Que tu poder se base en eso.
En joder.

Que te aplaudan por odiar.
Que el éxito sea hundir a los demás.
Que creas que todo consiste en vencer y ganar y tener.
Que acumules y acumules y acumules.
Sin pensar para qué acumulas y qué cuesta que acumules.
Que lo quieras todo porque en el fondo no tengas nada.
Que tu vacío se llene de cadáveres emocionales.

Que uses a las personas como envoltorios.
Como conquistas, como trofeos, como un pin que poder ponerte.
Como una demostración.
Que llegues al final de tus días.
En la amargura y la soledad.
Porque nadie se quedó a tu lado.

Que te pases esto que solo pasa una vez y que solo es una maravilla.
Sin darte cuenta.
De que lo único que dejarás es cómo te comportaste con los demás.

Escuchar

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Escuchar

Escuchar.
Sin esperar a que el otro termine para soltar nuestra mierda.
Sin decir: yo más.
Escuchar.
Sin competir.
Sin querer ganar.

Escuchar.
Por el mero placer de escuchar lo que el otro tiene que decir.
Para conocer cómo piensa y cómo siente.

Escuchar.
Adiviniar quién es el otro.
A través de los silencios y de las pausas.
También de las palabras que escoge.
Y sobre todo las que no escoge.

Escuchar.
Sin interrumpir, sin hacer una broma, sin desviar nada.
Tan solo con el cuerpo presente.
Como un faro, un poste de la luz o un tabique.

Escuchar.
Hacer en ti un lugar para que el otro sea escuchado.
Se sienta escuchado.
A veces es lo único que el otro necesita.
Que le escuchen.

Para no sentir que está tan solo.
Para sentirse comprendido.
Todas las personas necesitamos sentirnos comprendidas.
Y para eso el único medio que existe es la escucha.

Escuchar.
Dejar que la voz del otro se cuele en tu interior.
Que te habite.
Que te haga ver su mundo, que te lo muestre, te lo enseñe.

Escuchar.
Para aprender de los que no son tú.
Para crecer por dentro.
Escuchar.
Sin juzgar.
Quitarte tú para que el otro esté.
Sin decirle lo que debería o no debería hacer.

Escuchar.
Como se escucha un caudal de un río o un trueno una noche de tormenta.
Escuchar.
Ese es el arma que tenemos contra la muerte, el olvido y la soledad.
Hagamos más.
Por escucharnos.

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Lo peor de una ruptura

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Lo peor de una ruptura

Después de compartir tanto.
De hacer planes conjuntos.
De vivir.
De acostumbrarte a tener a alguien al lado.
De una presencia.
La ausencia.

Lo más complicado de una ruptura es que el otro se convierta en una persona desconocida.
Que se vaya borrando todo lo que has juntado durante tiempo.
Lo más jodido es siempre la frialdad.
Comprobar que el otro está dispuesto a herirte para defenderse. Que incluso tú también podrías hacerlo.
Que puedes dañar lo que has amado solo para ganar.
Para quedar por encima.
Por orgullo.

Lo peor de las rupturas es hacerlo mal.
Es terminar fatal.
Es cagarte en lo hermoso.
Es destrozarlo todo.
Porque la sensación que se te queda es la de que nada fue verdad.
De que todo fue mentira.
De que el silencio se llenaba de palabras que estaban puestas con el piloto automático.
Que se decía por decir. Que era lo que había que decir.
Que tu relación fue una especie de karaoke. En el que el otro cantaba canciones ajenas. Pero nunca la suya, la vuestra, jamás.
Aunque pareciera que sí. Que era especial.

Lo peor es comprobar que no era especial.
Que cuando decía te amo.
Estaba en otro sitio. Que cuando decía aquí estaré.
Se fue. Que cuando le pediste honestidad.
Tuvo la poca vergüenza de no usar lo poquito gratis que tenemos que es la sinceridad.

Lo peor de una ruptura no es que el amor se acabe.
Es acabarlo sin llevarte nada de allí.
Y no, no se trata de llevarte cosas.
Sino de llevarte una amistad.
Alguien importante.
Un lugar.

Porque no es justo ni puede ser que alguien a quien elegiste como pareja.
Ahora signifique menos que cualquiera.
Bueno, sí puede ser, porque por desgracia muchas veces lo es.
Pero está en nuestra voluntad intentar que quede algo.
Que el amor no sea en vano. Que podamos darnos las gracias.
Reconocer si lo hemos hecho mal.

Lo siento.
No soy perfecto, pero de verdad que te quiero.
Y quiero que te vaya bien.
Porque si te va bien a ti que me has hecho la persona que soy.
Me irá bien a mí.
Porque da igual lo que pase formas parte de mi existencia para siempre.
Y tu alegría.
Aunque ya lejana.
Será siempre la mía.

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Nos perdemos las cosas importantes de la vida a doble velocidad

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Nos perdemos lo importante de la vida a doble velocidad

Ya no sabemos esperar.
Ya no tenemos paciencia.
Lo queremos todo ya.
Todo ahora.
Nos enfadamos si algo tarda.
Ya no tenemos tiempo para los demás.
Para observar al otro, para detenernos y que algo crezca, que algo suceda.
Si alguien no nos da lo que demandamos.
Desechamos a esa persona.
Si alguien no nos sirve.
La tiramos.
Total.
Sabemos que hay muchas más.

Sabemos que siempre hay alguien a estrenar.
Alguien con quien no tener que profundizar en nada.
A quien no tener que dar ningún tipo de explicación jamás.
Alguien nuevo que haga que el compromiso quede muy lejos. 
Ya no sabemos permanecer.
La oferta es tan grande que acumulamos y acumulamos y volvemos a acumular. 
Si alguien no actúa de inmediato de la manera que necesitamos que actúe. 
Comparamos.
Para encontrar algo mejor.
 

Estamos en una búsqueda constante.
Nos quedamos solo un rato.
Porque somos conscientes de que nos espera algo más.
De que este cuerpo que tenemos al lado es algo transitorio hasta que llegue otro.
Un tiempo alquilado.
Y esto lo pensamos porque creemos que somos infinitos.
Que podemos permitirnos el privilegio de rechazarlo todo.
Solo aquellas personas que piensan que no se terminarán.
Son las que pueden tratar mal el presente.
Denostar lo que sí tienen.
 

El futuro se presenta como un lugar en el que la gente ve las cosas a triple velocidad.
Y escucha los audios a doble velocidad.
Un futuro en el que los demás son algo que pasar rápido.
Porque mientras escucho lo que tiene que decirme.
Estoy haciendo otra cosa.
Tal vez sea hora de tomar conciencia de esto.
De saber que a veces no puedes hacer dos cosas a la vez.

A veces, el amor, el respeto y el cuidado, pasan sin duda por hacer solo una cosa.
Con estar.
Ese debería ser nuestro mínimo.
Lo único que deberíamos poder pedir al otro.
Que esté.
Porque ya bastantes cosas nos van a pasar en la vida.
Ya bastantes cosas nos van a desestabilizar.
A crear angustia y desazón.
Como para que las personas.
Que somos las únicas que podemos ayudarnos entre nosotras.
La únicas que podemos acompañarnos.
Encima no estemos.
Qué hermosa es la paciencia.
Qué bonito es decir no lo quiero aho

¿Y si tú te encargas de ser tú y yo de ser yo?

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¿Y si tú te encargas de ser tú y yo de ser yo?

Hay mucha gente que no se hace cargo de sus emociones.
Que no tiene responsabilidad afectiva.
Que te suelta su mierda para que te encargues tú de ella.
Y sí, por supuesto que querer tiene que ver con acompañar.
Con hacer la vida más fácil.
Por supuesto que compartir es fundamental.
Pero hay que saber poner límites.
Hay que saber cuándo decir que no y cuándo que sí.
Pero para eso te tienes que conocer.
Y a veces los demás no nos dejan conocernos.
Con sus expectativas y sus demandas hacen muy difícil que sepamos si hacemos las cosas por complacer, por compromiso o porque de verdad queremos.
Hay que pedir responsabilidad afectiva a los demás para que nos dejen ser.
Porque si solo te ocupas tú de todo.
Si eres tú la persona que salva, que cuidar, que está.
No tienes tiempo para ti.
Ojalá nos enseñaran desde que somos personas pequeñas a poner ciertos límites.
Límites que son como abrazos propios.
Límites con tacto.
Límites con me da igual si me dejas de querer.
Me da igual que te vayas. 
O no tan igual, pero no voy a ceder en esto.
Tal vez esto sea lo más complicado del mundo, sí.
Pero ahí seguiremos intentándolo.
Cada día un poco más nosotros.
Y un poco menos de ellos.
 

De la masculinidad también se sale

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De la masculinidad también se sale

 

A los hombres se nos ha dicho que somos hombres.
No que hemos llegado a ser hombres.
Y hay en ese ir, en ese tránsito, en ese llegar a ser.
Toda una oportunidad para ser de una manera distinta.
De muchas maneras distintas.

 

Porque de lo que se trata es de que los hombres nos libremos de esa cárcel impuesta.
Esa que supone tener que cumplir con una idea de lo que se supone que es un hombre.
Que no llora, que no se expresa, que provee, que puede con todo, que no pide ayuda, que se parte la cara con otros hombres.

 

De la masculinidad también se sale.
Y qué importante es que entendamos que podemos hacer las cosas de manera distinta. 
Si queremos.
Que no le debemos nada a los demás hombres.
Que lo vulnerable es hermoso porque es.
Que no es necesario este sufrimiento solo por mantener una pose.

 

Da igual si piensan que eres poco hombre, da igual defender tu heterosexualidad.
Relajémonos. 
Vamos a empezar a ser los hombres que somos.
Más libres.
Y por eso.
Mejores. 
 

 

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El orgullo LGTBIQA+ no es un capricho

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El orgullo LGTBIQA+ no es un capricho


El orgullo LGTBIQA+ no es un capricho.
Es una resistencia.
Es una celebración de la diversidad del mundo.
Es un dar las gracias a aquellas personas que nos abrazaron cuando pudieron rechazarnos.
Es una oportunidad para hacer visible la existencia.
Porque hemos existido, existimos y existiremos.
Le pese al que le pese.
El orgullo es una forma de reapropiarnos de la realidad.
Esa que nos ha querido siempre en lo oscuro.
Es una posibilidad a plena luz del día.
Un brillo. 
Para permanecer. 
Más allá de todo lo fugaz. 

El orgullo LGTBIQA+ no es un capricho.
Es una resistencia.
Es una celebración de la diversidad del mundo.
Es un dar las gracias a aquellas personas que nos abrazaron cuando pudieron rechazarnos.
Es una oportunidad para hacer visible la existencia.
Porque hemos existido, existimos y existiremos.
Le pese al que le pese.
El orgullo es una forma de reapropiarnos de la realidad.
Esa que nos ha querido siempre en lo oscuro.
Es una posibilidad a plena luz del día.
Un brillo. 
Para permanecer. 
Más allá de todo lo fugaz. 
 

Fotografía: Pexels
El amor debe ser libre

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Sin libertad no hay amor


Alegrarte por la alegría de los demás.
Ser capaz de ponerte en la piel del otro.
Cuestiones que están, o deberían estar, íntimamente ligadas a la idea el amor.
Pero que nos enseñan a amar fatal.
Aprendemos que querer es que el otro nos dé todo.
Esté siempre.
Pero cuando tú quieres a alguien tienes que entender que el otro "es" sin ti.
Que el otro no es "para" ti.
Que el otro posee inquietudes que, tal vez, no tengan que ver contigo.
Y eso no es quererte menos.
Eso es que se quiere tanto como para no entregarlo todo.
Como para guardarse esa parte de sí mismo.
Que existía antes de ti.
Y que tendrá que existir.
Después de ti.
 

Fotografía: Pexels
Volver a hacer amigos

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Volver a hacer amigos

A medida que cumplimos años se hace más complicado conocer gente nueva.
Y la que ya te conoce.
Te ha hecho una foto fija.
Eres esa cosa esperable, sin sorpresa, eres tú y de ahí no puedes moverte.
Cuando éramos más jóvenes tal vez pensábamos que siempre podrían aparecer personas nuevas en nuestras vidas.
Pero la rutina complica que eso suceda.
No te encuentras con personas en un ascensor y te haces de eso una amistad para toda la vida.
Ojalá.
Pero eso no sucede.
Y te apuntas a cosas para ver si el asombro.
El no conocer.
El soplo de aire fresco.
Te permite cambiar.
Ojalá todo esto que hemos vivido nos abra a la vida.
Nos permita conocer gente nueva que se quede mucho tiempo.
Nos recuerde que a lo único que hemos venido es a conocernos.
Un poquito.
Antes de irnos. 

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Esfuerzo

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¿Luchar por tener éxito o difrutar del simple existir?

Nos exigen siempre estar haciendo cosas.
Produciendo cosas.
Y es agotador.

Es cansado tener que estar demostrando que quieres mejorar.
Que vas a modificar tu cuerpo.
Que te estás esforzando.
Que buscas la mejor versión de ti.

Es agotador porque al final solo habla de una manera de consumir.
De vender que nuestro tiempo aquí tiene que ser importante.
Lo importante es estar aquí.
Lo que tú hagas con el aquí es cosa tuya.

 

No eres más importante por conseguir cosas.
Podrías no conseguir nada y tu vida sería igual de hermosa y válida.
Quizás una forma de revolución sea la de dejar a la gente en paz.
La de no poner expectativas en los demás.

Tal vez descansar de tener que estar haciendo algo.
Para demostrar algo.
Sea lo único.
Que de verdad merece la pena. 
 

Fotografía: Pexels
Querer no es poder

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Querer no es poder


No, por supuesto que no podemos con todo.
Por supuesto que necesitamos a los demás.
Por supuesto que somos vulnerables y frágiles.
Por supuesto que a veces quieres y no puedes.
Por supuesto que a veces te esfuerzas y recibes una mierda.

Por supuesto que a veces la vida no te devuelve lo que das.
Dejemos de alimentar el relato de que todas las personas partimos del mismo lugar.
Porque no es así.
Tenemos que reconocer los privilegios.
Tenemos que mirar hacia otros lugares.
Tenemos que saber que a veces nuestros puntos de partida son metas para otras existencias.
 

Construyamos un mundo en el que lo importante sea lo común.
Lo colectivo.
En el que la libertad jamás pase por pisar a otras personas.
Un mundo en el que nos cuidemos.
 

Esto no debería ser un sálvese quien pueda salvarse.
Esto debería ser un viaje en compañía.
Hagamos compañía.
Porque eso y solo eso.
Será lo que nos llevemos.
Cuando se acaben los días. 


 

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Nadie nos enseña a gestionar la intimidad

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Nadie nos enseña a gestionar la intimidad

La intimidad es un lugar en el que nos construimos. 
Huimos de nuestra familia (de lo infantil) para fabricar nuevas intimidades.
En las que creer que somos mayores.
Tomamos así distancia de lo que nos vio nacer.
Pero nadie nos enseña a gestionar esa intimidad. 

Llegamos a ella de oídas.
Habiendo visto o escuchado cosas que se alejan totalmente de la realidad.
Que reproducen unos imaginarios que son mentira.
Llegamos pensando que el amor todo lo puede y que el sexo es el porno.
Llegamos dando por sentado cómo aman y desean los demás.
Sin ver jamás al otro.

Sin preguntarle ni preguntarnos cómo nos sentimos.
Siempre creyendo y esperando, esperando y creyendo.
Ojalá nos hablaran de verdad sobre la intimidad.
Ojalá nos ayudaran a comunicarnos y a hacernos más explícitos.
Dejando a un lado todo ese tabú y esa cosa de que los trapos sucios se lavan en casa.
 

No hay nada sucio en la intimidad.
Fuera culpas y fuera vergüenzas.
Ya.
Ojalá más intimidades al aire libre.
Para compartir todas nuestras extrañezas. 

Puedes escuchar este podcast de Roy Galán aquí.
 

El podcast de Roy Galan: 1x01

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"Qué importante tener como faro lo que debería ser el amor"

"Sabemos tantas teorías.
Lo tenemos tan claro en la cabeza.
Pero luego en la práctica: PUM.
La realidad es que las personas estamos atravesadas por circunstancias.
Por apegos, emociones, anhelos y dudas.
Podemos saber qué hacer y hacer lo contrario porque queremos que nos quieran.
Sí.
Tampoco tenemos que fustigarnos cuando no hacemos lo que pensamos.
Viva la no linealidad y la incoherencia.
Aunque a veces nos volvamos a ver en sitios en los que no merecemos estar.
Y lo sabemos.
Qué importante tener como faro lo que debería ser el amor.
La honestidad, el cuidado y la libertad.
Siempre."

Escucha el podcast de Roy Galán aquí.

Fotografía: Unsplash
Rendirse también es amar

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Rendirse también es amar

La autoexigencia es una cárcel como otra cualquiera.
Una disfrazada con un carácter positivo.
¿Porque qué va a tener de malo esforzarte y buscar y desear la perfección?
Pues cuando no tienes límite tiene todo de malo.

Porque nunca es suficiente, nunca está bien, nunca llegarás a la meta.
Porque es justo el no llegar.
El confirmar que no llegarás.
Lo que le da sentido a tu existencia.
Porque eso demuestra todo lo que no eres.

La autoexigencia es una trampa como otra cualquiera.
Una en la que estableces unas normas imposibles de cumplir.
Para fustigarte cada vez que no las cumples.
Porque el resultado.
Ese que has colocado tan alto que es inalcanzable.

Ese que pasa por demostrar (y demostrarte) todo de lo que eres capaz.
Ese resultado jamás se producirá.
Porque los seres humanos no somos perfectos.
Los seres humanos fallamos.
Nos equivocamos.
Hacemos las cosas mal.

Los seres humanos muchas veces perdemos.
Aunque nos neguemos, aunque nos portemos bien, aunque nos levantemos.
Nos volvemos a caer.
Y a la realidad le da igual lo que tú le hayas dedicado a lo que quieres.
A veces en un instante todo cambia.
Te enfermas o se mueren o una lluvia torrencial se lo lleva.
Y entonces te quedas sin nada.

Seamos más benevolentes con nosotros.
Entendamos la fugacidad de la vida.
Que estamos de paso.
No nos exijamos por encima de nuestras posibilidades.
Creándonos frustraciones y sufrimiento innecesario.

Porque ya la vida se va a encargar de exigirnos.
Vaya si lo hará.
Como para que nos tratemos tan mal.
Con tanto desprecio y tan poco cariño.

No te exijas más a ti que a los demás.
Cuídate como cuidas al resto.
Porque no sé si conseguiremos lo que nos proponemos.
Pero lo que sí sé es que lo único que nos llevaremos.
Será el afecto que hayamos podido retener.

El que nos hayan dado.
Y el que nos hayamos dado.
Por eso decir hasta aquí.
Decir me rindo.
Decir está bien así.
También es amar.

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Eso no es querer

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Eso no es querer

Te quiero mientras hagas lo que yo quiero.
Mientras “me vengas bien”.
Solo si puedo sacar algo de ti.
Te quiero interesadamente.
Porque desde el momento en que ya no hagas lo que necesito.
Te dejo.
O te amenazo con dejarte.

Te quiero encajando en mi molde.
Te quiero cambiado, distinto.
Solo si puedo presumir de ti.
Solo si te haces lo que te mando.

Te quiero con condiciones.
Con chantajes sutiles.
Con palabras cargadas de ambivalencias.
De manera efusiva cuando me puedo aprovechar.
Con el silencio más absoluto cuando no hay nada que rascar.
Seas amistad, familia o pareja.
Eso no es querer bien.
De hecho: eso no es querer.

No respetar lo que la otra persona es o quiere llegar a ser.
No vislumbrar toda su complejidad.
Hacerla sentir mal por ser ella.
Usarla.
No quererla libre.
No quererla feliz.
No quererla alegre sin ti.
Es no quererla.

Porque las personas lo que pretendemos es que nos proporcionen una seguridad.
Un espacio cierto.
Para poder crecer.
Sin juicios, sin amenazas, sin chantajes.
Sin manipulaciones.

Qué importante es detectar cuando los demás te quieren manipular.
El querer no entiende de manipulaciones.
Porque querer es querer el bien de los demás.
Aunque ese bien te venga mal a ti.
Querer es entender que el mundo es inmenso y no somos el centro de nadie.

Y menos mal.
Que los seres humanos tienen historia y futuro del que no formamos parte.
Está bien que así sea.
Que haya cosas de los demás que son solo suyas.
Que no tienen que compartir.
Que querer no es desentrañar al otro.
Abrirle en canal porque si no es que no me quiere lo suficiente.
Querer es entender que los demás no nos pertenecen.
Y que jamás lo harán.

Fotografía: Pexels

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