Hay vida más allá de los 45

El poder de las mujeres orgullosas, ¡úsalo!

La edad nos regala el privilegio de saber cómo queremos ser, exigir buen trato. Con la edad infértil, no caigamos en el error de autoodiarnos: somos poderosas.

Brigitte Vasallo

despues de los 45 mujeres sabias orgullosas

Las actrices se quejan de que no hay papeles para pasados los cuarenta y por lo tanto, añado, no tenemos representaciones audiovisuales de mujeres de más de cuarenta años a menos que aparenten tener la mitad o que su rol sea puramente residual y estereotipado.

Las compañeras heterosexuales se quejan de que a partir de esa edad devienen invisibles. Invisibles a los ojos de los hombres, añadiría también. Pero también en las redes de ligue lesbiano y bisexual hay un filtro de edad que hace, en la práctica, la misma función. Curiosamente no hay filtros por cosas tan trascendentes como la ideología política, pero sí hay uno para la edad, para que ni siquiera se vean los perfiles de mujeres que no entran en la franja escogida.

¿Qué pasa con las mujeres a partir de una edad, y qué edad es esa?

Es bastante triste. Por mucho que las cosas hayan cambiado, por mucho que eso ya no se estile, por mucho que ahora el feminismo no se qué o no se cuántos. Que las mujeres ya no estamos reducidas únicamente a nuestra función reproductiva es relativamente cierto, sí. Pero es como si hubiésemos derribado un muro y olvidado retirar los escombros.

Cuando dejamos de ser fértiles, cuando ya no somos posibles reproductoras, ya no tenemos espacio social asignado.

Así que, en realidad, el espacio sigue ocupado por el muro en ruinas, que ahí sigue al fin y al cabo. Las ruinas de aquella idea de que las mujeres son madres, únicamente, es lo que marca nuestra fecha de caducidad. Esta caducidad sigue estando vigente en mil detalles: desde el clásico “no aparentas tu edad” como piropo –aunque sea un insulto infantilizador–, hasta la abuelización de las mujeres mayores, que son nombradas como abuelas tengan o no descendencia.

En el mundo laboral la cuestión también es escandalosa: hay entornos donde la apariencia física tiene tanto peso como la calidad del trabajo, y otros donde pretenden huir de esas dinámicas pero confunden cuerpo joven con ideas novedosas y acaban –sin darse siquiera cuenta– construyendo entornos solo de mujeres jóvenes.

A medida que cumplimos años somos más capaces de comprender la vida, se vuelve más inteligible. Por esa razón las mujeres que llegamos a la edad de la madurez tenemos más herramientas para relativizar lo relativizable y de darle espacio a las cosas que son trascendentes. Porque entendemos su trascendencia. Y eso nos enseña a escoger mejor nuestras batallas, a saber en qué líos meternos y cuáles dejarlos pasar.

Somos poderosas

Por eso, a las mujeres del norte global, el sistema nos lo pone muy difícil para aprovechar esa experiencia: no paran de mandarnos mensajes para que odiemos nuestra edad, nuestra experiencia, nuestro recorrido. Por eso nos separan en categorías de edad cerradas desde que nacemos. Cada cual con su edad. Y, lamentablemente, esa moto nos la han vendido.

El mundo nos ha enseñado a confrontarnos y tenemos que hacer un proceso de deconstrucción para darnos cuenta de ello.

La manera en que imponemos normas de edad a las otras mujeres es muy significativa. Parece unánime que tenemos que vestir y comportarnos acorde a un estereotipo que incluye nuestra edad. Y pobre de la que se quiera salir de la norma.

Al mismo tiempo, aquellas que intentan seguir a rajatabla la norma y, por ejemplo, se someten a cirugía estética, también son defenestradas por haberse “estropeado” la cara. Esa es otra de las grandes motos que hemos comprado. Pero el proceso es reversible desde hoy mismo. ¿Nos ponemos a ello?

Parece un callejón sin salida, pero no lo es. Las maduras somos solo uno de los muchos grupos de mujeres que escapan al sistema, de manera voluntaria o impuesta. Tenemos un montón de alianzas por hacer y un montón de cosas que aprender las unas de las otras. A partir de la edad infértil, se nos alecciona en el autoodio. Y por eso nosotras mismas acabamos boicoteándonos. Las mujeres maduras sabemos “de qué va la peli” y eso nos da una ventaja. Por eso nos ponen trabas constantes.

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Estamos en la edad de la listura

La listura no es inteligencia, es otra cosa. Cuando somos jóvenes tenemos poca experiencia y las diosas nos dan la herramienta de la furia como protección. Pero cuando la furia (que no la rabia) se calma, porque no se puede sobrevivir eternamente en estado de furia, llega lo otro: la zorrería.

Somos peligrosas para el sistema

Lo dice el propio sistema. ¿Cómo? Poniéndonos trabas constantes para la vejez. Quiere que sigamos actuando como si fuésemos jóvenes pero sin la furia, que también nos la penalizan infinitamente. Quiere que estemos en la inopia constante porque saben que no vamos a comprar la misma moto una y otra y otra vez.

Transmitimos conocimiento

En mundos donde las viejas todavía conservan su espacio social, existe la posibilidad de transmitir conocimiento entre unas y otras. Un conocimiento que va en todas las direcciones: la listura de los muchos años y la furia de los pocos. Si trabajamos juntas, somos imparables.

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