Al mal tiempo, buena cara

10 actitudes espirituales para tiempos difíciles

Si la plenitud queda lejos, cultivar ciertas actitudes puede volver a iluminar el camino. La escritora Mariana Caplan cuenta sus antídotos para salir del apuro.

Mayra Paterson
Mayra Paterson

Periodista y traductora especializada en salud, bienestar y alimentación natural

"A un hombre se le puede arrebatar todo salvo la última de las libertades humanas: la de elegir su actitud frente al destino y trazar su camino", escribió Viktor Frankl, superviviente del Holocausto y psiquiatra de prestigio. Si alguien que ha sido torturado en Auschwitz y ha estado a las puertas de la muerte es capaz de reconocer que es libre de elegir su actitud, cabe pensar que todos podemos hacerlo.

"Cultiva tu actitud asiduamente", dijo Patanjali, fundador del yoga moderno. Una actitud sana es un bien valioso que hay que ganarse.

A menudo no vemos que los valores y actitudes pueden elegirse y dejamos que sean ellos los que nos elijan a nosotros. Pero la actitud no es algo que suceda; se puede cultivar y potenciar.

El primer paso para hacerlo es tomar conciencia de los aspectos negativos de la actitud que se mantiene en el presente. Cabe preguntarse: "¿Qué valoro yo? ¿Soy coherente con esos valores? ¿Por qué no?"

Uno tiene que saber qué actitud desea cultivar y poner los medios para conseguirlo. Cuando se presta atención, la actitud empieza a cambiar casi por sí misma.

Cada uno tiene derecho a elegir su actitud y a decidir qué implicará adoptarla. Si se opta por unas actitudes saludables y se cultivan a conciencia, la vida cobra una luz diferente, las relaciones se vuelven más gozosas y uno se siente más pleno.

10 cosas que puedes hacer para potenciar tus valores

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1. Tener una intención sincera

Todo logro obedece a una intención. La intención es la semilla de la creatividad, que se riega con esfuerzo. Sin una intención clara, firme y sincera las cosas no suceden, pero con ella se producen hasta milagros. No hay más que fijarse en personas excepcionales.

Las Misioneras de la Caridad de la madre Teresa de Calcuta surgieron porque una joven monja albanesa respondió a su llamada interior. Cuando pidió a sus superiores que fundaran la orden, se sabía tan corriente y tan confusa como cualquiera de sus congéneres. No tenía por qué despuntar. Pero tenía un gran proyecto y creía en sí misma. Sabía que podía sacarlo adelante y mejorar la vida de otros.

Los seres humanos, tan insignificantes como somos, poseemos una capacidad inconmensurable. Nuestros sueños se cumplen en la medida en que nos empeñamos en ellos.

Nada puede llevarnos más lejos que tener una intención sincera. Cuando de verdad se quiere algo se le está diciendo a la vida: "Sé que me confundo y que soy arrogante, pero soy sincero, estoy radiante y deseo aprender tus lecciones".

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2. Ser compasivos

Me llevó años valorar el reto que supone ser una persona buena y coherente, y darme cuenta de que la generosidad auténtica -la que dedica tiempo, energía, recursos y amor a los demás- es la excepción a la norma.

La mayoría de personas intentan ser buenas y amables -y lo logran en mayor o menor grado-, pero la compasión es algo mucho más profundo y se descubre aprendiendo a amar el mundo y a los demás más que a uno mismo.

La compasión se labra con la práctica, la experiencia y la devoción, amando y sufriendo. Cuando se sufre, por las pruebas que va poniendo la vida, se abre el corazón a otros y se entiende mejor su sufrimiento. Quienes se muestran mezquinos o hirientes suelen hacerlo porque ellos mismos sufren y no saben cómo digerir el dolor.

El amor y la comprensión que el Dalai Lama muestra hacia los soldados chinos es compasión. Mahatma Gandhi se mostró compasivo al rezar por su asesino tras recibir el impacto de bala que lo mató.

Quien perdona de verdad a quien le ha herido o traicionado profundamente sabe qué es la compasión: todos la experimentamos cuando nos sentimos en comunión con el mundo, o al ayudar desinteresadamente a un extraño.

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3. Relajarse interiormente

La transformación personal exige un delicado equilibrio entre esfuerzo y relajación. La relajación es una disposición interna: se puede estar relajado haciendo un montón de cosas y muy tenso sentado en el sofá. Surge cuando uno aprende a confiarse a la vida y al mismo tiempo mide bien sus fuerzas para no llenar su día a día de tensiones innecesarias.

La respiración profunda, la meditación, el yoga y otros ejercicios, dormir suficientemente y alimentarse bien son algunas de las actividades que ayudan a relajarse.

Relajarse es saber soltar el control y aprender a cooperar con los ritmos naturales de la vida. Paradójicamente, no es uno el que puede relajarse sino que es la relajación la que sobreviene cuando dejamos que todo fluya en nuestro interior.

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4. Aceptar la vulnerabilidad

La vulnerabilidad es buena. A muchas personas, sobre todo a hombres, les echa para atrás oír esta palabra porque la asocian a alguien débil, indefenso o que se expone demasiado.

Pero la vulnerabilidad indica una gran fuerza interior. De hecho, abrirse es una forma de estar mejor protegido, porque uno ya no necesita defenderse constantemente por miedo a lo que pueda sentir o al daño que le puedan hacer los demás.

Ponerse una coraza no ayuda a nadie, ni insistir en seguir protegiéndose cuando deja de ser necesario. Abriéndose a la vida, en cambio, se van ablandando las durezas de nuestro interior.

"Lo duro se rompe, lo blando prevalece", dice el gran Tao Te Ching.

A veces tememos que, si nos volvemos demasiado blandos, alguien pueda hacernos daño, por lo que nos anticipamos volviéndonos duros. Cuesta creer que la blandura pueda ser más poderosa que la dureza.

Pero cuando se aprende a ser más dúctil por dentro, sin renunciar a poner algunos límites necesarios, se está dejando la puerta abierta para que la vida entre con toda su belleza y dolor, para ser transparente y no receloso, para que los demás puedan entrar mejor y disfrutar así de mayor intimidad.

De hecho, son la vulnerabilidad y la sensación de autenticidad que la acompaña lo que permite experimentar una intimidad genuina con los demás y con la vida. El dolor forma parte de la vida, y para amar profundamente también hay que saber qué significa sufrir profundamente.

El amor combina apertura y calidez. Y al abrirse el corazón muestra su vulnerabilidad. Está presente y disponible. Quien busca la transformación personal no avanza hasta que no decide hacerlo. Una vez tomada la decisión, la transformación está asegurada.

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5. Buscar el contentamiento

"Buenos días, señor", le dice un alumno a su maestro en un célebre cuento zen. "¿Estás seguro de que existen días no buenos?", le responde este.

Para muchos de nosotros, ¡por supuesto que existen! A menudo se hace depender la felicidad de las circunstancias. Si todo va como quiero, la gente me trata bien y me he comprado ropa, me siento bien. Si las cosas se tuercen, mi hijo no me escucha, mi pareja no quiere sexo o descubro que tengo cáncer, me siento mal.

Esta reacción es comprensible. Buscamos el placer y rehuimos el dolor, y en la medida en que lo logramos nos consideramos felices. Pero este tipo de felicidad es muy frágil.

Sin embargo, el contentamiento -santosha en sánscrito- no depende de las circunstancias o emociones. Es un estado interior que aflora cuando uno se muestra receptivo, flexible y abierto ante lo que ofrece la vida. Es aceptar de buen grado lo que nos brinda en vez de exigirle que sea diferente. Es sentirse agradecido, aun cuando no nos da lo que creemos querer.

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6. Cultivar la pasión

"La pasión ata al mundo, pero también lo libera", reza un dicho. Muchos textos sagrados conminan a apaciguar las pasiones. Por eso se suele pensar que las personas espirituales son calladas y dulces, y no gustan del vino, el sexo, la música ni la belleza.

Se cree que ser espiritual equivale a ser impasible o aburrido. Sin embargo, a muchos grandes religiosos -como Thomas Merton, Swami Vivekananda, Teresa de Ávila o Thich Nhat Hahn- los movió una gran pasión.

Y los mejores maestros espirituales que he conocido, y también quienes les han seguido, poseen una enorme capacidad de vivir a fondo y avanzar con pie firme y mucho amor por el laberinto de la vida.

Para cultivar la pasión hay que asumir riesgos, liberarse de la represión psicológica y abrirse más al mundo.

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7. Procurar la ecuanimidad

En un hermoso cuento zen, el maestro Ryokan del siglo XVIII, después de que le entraran a robar en casa, escribió: "El ladrón se dejó la luna en la ventana". Aceptaba lo sucedido, sin alterarse.

Es fácil dejarse llevar por las circunstancias sin encontrar un punto de equilibrio en el que apoyarse. Pero entonces la vida se convierte en una montaña rusa que sube o baja según cómo se esté emocionalmente. Hay quien lo exterioriza y lo vive como un drama, y quien se lo guarda y se llena de rencor, se deprime o enferma.

Cultivar la ecuanimidad es aprender a permanecer sereno en cualquier situación, aunque sea adversa. No hay que tomarse a pecho todo lo que sucede: ni las cosas que salen bien son una recompensa ni las que se tuercen, un castigo.

La ecuanimidad se aprende practicando la quietud interior. Como otras actitudes, se cultiva a través de la respiración consciente, la meditación, el yoga y otras formas de relajación mental.

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8. Desarrollar el sentido del humor

"Escuchando a algunos devotos, uno se imagina que Dios nunca ríe", escribió el filósofo indio Sri Aurobindo.

La escritora Ángeles Arríen recuerda como, siendo una joven muy seria y decidida a seguir por la senda espiritual, su maestro le dio un mantra para practicar. Ya en casa empezó a recitar las sagradas sílabas sánscritas que le habían asignado. "Sansah humah, sansah humah, sansah humah", repetía una y otra vez... hasta que de pronto se dio cuenta. "¡Sentido del humor! ¡Sentido del humor!" ¡Su maestro le decía que se animara y no se tomara tan en serio a sí misma!

El sentido del humor no solo ayuda a sobrellevar las tribulaciones de la vida. Es una valiosa herramienta de transformación personal. Al reír, se baja la guardia y se es más receptivo y permeable.

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El buen humor también es un hábito de higiene

La obra divina es bella, difícil y absurda. Reírnos de ella, y también de nosotros mismos, nos llena de paz ante la hoguera de la transformación.

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9. Abrirse a la magia

En Alicia en el País de las Maravillas, la reina le confiesa a Alicia: "A veces he llegado a creer hasta en seis cosas imposibles incluso antes del desayuno".

En todo camino espiritual hay que esforzarse por cultivar la capacidad de asombro y de abrirse a lo mágico. Lo mágico forma parte del mundo, pero la mayoría renunciamos a nuestra capacidad para captarlo.

Todos éramos capaces de maravillarnos cuando éramos niños. Y podemos sentir la magia al enamorarnos, ante la naturaleza, frente a alguien excepcional, en rituales sagrados...

Ahora bien, la capacidad de asombrarse y de ver lo extraordinario del día a día puede cultivarse. Se entrena prestando atención a los detalles, valorando las pequeñas cosas y apreciando ese destello fugaz en el que consiste la vida. No es fácil abrirse a lo inconcebible, pero la apertura precede a la percepción.

Como dijo un amigo que estudia chamanismo: "Desde un punto de vista corriente, ver es creer. Desde el punto de vista chamánico, creer es ver".

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10. Tener paciencia

"Señor, concédeme paciencia, pero ¡date prisa!", rezaba una placa que colgó en mi cocina durante años.

Impaciente por naturaleza, con el tiempo me he dado cuenta de que mi impaciencia no sirve para acelerar mi transformación, como tampoco me sirve mirar cómo se calienta el agua para que hierva antes.

Son tantas las cosas que no llegan cuando uno desea que la vida acaba enseñando a ser paciente. "La flor no se abrirá porque yo le grite ¡ábrete!", dijo la psicoanalista jungiana Marion Woodman.

La transformación es un camino que dura toda la vida. Cuando se sigue sufriendo y la transformación ansiada no llega es fácil impacientarse e incluso sentir que se está fracasando.

Para cultivar la paciencia hay que aprender a confiar y a tener fe en que todo llegará... a su debido tiempo.

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