Estados de ánimo o emociones: qué las diferencia y qué nos influye más

Nuestra vida está coloreada por los pequeños matices del alma. ¿Estados de ánimo como la melancolía o el buen humor nos influyen más que las grandes emociones?

Estados de ánimo o emociones
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¿Qué son los estados de ánimo? Pues todo aquello de lo que tomamos conciencia cuando salimos de nuestro automatismo mental; es decir, cuando cesamos de actuar o de reflexionar y nos limitamos a sentir, simplemente.

Podríamos definir los estados de ánimo como los contenidos mentales–conscientes o inconscientes– en los que se mezclan estados del cuerpo, emociones sutiles y pensamientos automáticos.

El papel que desempeñan y su influencia sobre lo que somos y lo que hacemos es inmenso y, sin embargo, les concedemos poca atención. Pero podemos acercarnos a ellos, pues nos ofrecen una información muy valiosa; solo es necesario detenerse: parar de trabajar, de correr, de maldecir el mundo...

Nuestros estados de ánimo siempre están ahí, como un ruido de fondo, pero para percibirlos es necesario detenerse y escuchar; como si paseásemos por el bosque y nos detuviésemos a escuchar: percibiríamos, entonces, el sonido del viento, el de los árboles moviéndose, el trinar de los pájaros...

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Estados de ánimo y emociones: diferencias y cómo influyen

Ahora que sabemos qué es un estado de ánimo, podemos preguntarnos qué los distingue de una emoción. La respuesta podría ser que el estado de ánimo es una especie de primo evolucionado y civilizado de las emociones que se han quedado más obsoletas; son, por así decirlo, emociones sutiles, en contraposición a las grandes emociones denominadas “primarias” o elementales.

Pongamos algunos ejemplos.

  • La cólera sería una emoción que se correspondería con el estado de ánimo del resentimiento o del mal humor.
  • El miedo, una emoción, da lugar a un estado de ánimo de inquietud o preocupación.
  • La tristeza se traduce en ese estado anímico que conocemos como melancolía o angustia.
  • La vergüenza se traduce en culpabilidad.
  • La alegría, en humor...

Los estados de ánimo, a diferencia de las emociones primarias, son menos intensos, pero más duraderos e influyentes; pueden parecer débiles, discretos, fáciles de olvidar, pero subestimamos su potencia e influencia, capaz de arruinarnos el día...

Los estados de ánimo no tienen necesariamente un objeto preciso como las emociones, lo que no implica que carezcan de causa, sino que esta no resulta tan evidente. En general, las emociones son una “respuesta” a algo que nos “llega” de fuera; los estados de ánimo, en cambio, pueden llegarnos también del interior, ser autoproducidos.

Las emociones radicalizan y simplifican nuestra percepción de los acontecimientos; los estados de ánimo la complican, pero la hacen más sutil. Las emociones nos impulsan hacia la acción exterior, y los estados de ánimo, en primer lugar, hacia la reflexión interior.

Las emociones son unas “agitadoras sociales” que modifican nuestra relación con los demás y con el mundo; los estados de ánimo son, más bien, “agitadores internos” que modifican nuestra relación con nosotros mismos y nuestra visión del mundo –lo que puede impulsarnos a cambiar muchas cosas, pero de un modo más lento–.

Los estados de ánimo pueden perseverar tras la estela de fuertes emociones (el estado en que nos hallamos después de una gran alegría o una gran decepción). Y pueden representar también el terreno que las facilita: la morosidad, que favorece los golpes de tristeza y de melancolía; el resentimiento que preparan las oleadas de cólera; el pánico que estalla sobre un fondo de ansiedad.

Primero vienen los nubarrones grises y luego se desata la tormenta… Pero lo esencial de nuestra meteorología mental se basa más en los estados de ánimo: a fin de cuentas, pasamos poco tiempo bajo la influencia de la cólera y mucho más bajo el influjo de nuestras irritaciones. Más tiempo con la nostalgia que con la verdadera desesperación. Más tiempo con las inquietudes que con las grandes crisis de angustia…

¿Cómo aprender a escuchar nuestras emociones?

Detenerse para escuchar el murmullo de nuestro interior suele ser suficiente al principio; si queremos ir más lejos, será necesario que aprendamos a escuchar y a observar mejor nuestros estados de ánimo, usando, por ejemplo, la meditación.

La meditación zen, precisamente, nos ofrece una hermosa metáfora. Podemos observar nuestros estados de ánimo permaneciendo cerca de ellos, como un caminante que entra en una cascada y permanece al abrigo, entre la roca y el agua que cae con fuerza, temblando un poco, algo mojado también, pero protegido y en un lugar privilegiado.

Uno de los objetivos de la meditación que se denomina “plena conciencia” consiste, precisamente, en hacerse a un lado durante un instante y ver pasar los estados de ánimo, descomponerlos, comprenderlos... pero sin intentar detener su flujo. ¿Alguien puede detener el agua de una cascada?

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