Todas las artes que tienen que ver con la habilidad artesanal o la reflexión filosófica tienen como patrona a la diosa de los ojos de lechuza, Atenea. La ciudad de Atenas es la que más se identifica con ella.  

¿Quién es la diosa Atenea?

Atenea fue la diosa más querida, si no de todos los griegos, sí de los atenienses. Se entiende, pues no solo era la patrona de Atenas, ciudad a la que daba nombre, sino que era también la que encarnaba todo aquello en lo que sus habitantes se reconocían: la sabiduría, la inteligencia, la justicia y la inventiva, esta última expresada tanto en los trabajos artesanales como en los intelectuales. ¿Acaso no era Atenea la que había inventado el telar y el arado, la primera que había enseñado a construir carros y carrozas, o la que había instaurado los primeros tribunales de justicia?  

 

Por si todo eso fuera poco, Atenea era la diosa de la guerra, pero de una guerra que nada tenía que ver con la que encarnaba su violento hermano Ares: Atenea, que se presentaba siempre armada con casco, coraza, lanza y escudo, amaba la lucha basada en el valor personal, la estrategia y la nobleza del vencedor sobre el vencido.  

Atenea, la diosa sin madre

Atenea fue la hija predilecta de su padre Zeus, sin duda por sus muchas virtudes, pero seguramente también porque fue la única de sus innumerables vástagos a la que dio a luz él mismo.  

Si fue así se debió a una profecía que decía que la oceánide Metis, con la que el dios mantenía relaciones, tendría una hija y, tras esta, un hijo que le arrebataría el trono celestial.  

Zeus se tomó tan en serio el oráculo que decidió tragarse a Metis antes de que alumbrara a la hija que ya esperaba. La gestación, sin embargo, prosiguió y, al cabo de un tiempo, el señor del rayo y el trueno empezó a sentir una jaqueca espantosa que nada podía aliviar.  

Tan desesperado se hallaba por ese dolor, que llamó al dios de la forja, Hefesto, y le ordenó que le abriera la cabeza de un hachazo. Hefesto obedeció y, cuál no sería la sorpresa de todos los olímpicos presentes, cuando de la herida emergió una muchacha de extraordinaria belleza y completamente armada. Era Atenea.  

Atenea, patrona de Atenas

Desde su insólito nacimiento, Atenea mostró una especial atracción por los seres humanos. Fue ella, por ejemplo, la que les regaló el olivo, un árbol que además de madera, ofrecía un fruto que podía consumirse, pero del que también podía extraerse un aceite que lo mismo servía para acompañar las viandas, freír, elaborar ungüentos medicinales o, ardiendo en una lámpara, deshacer las tinieblas.  

El mito que refiere ese regalo es uno de los más famosos protagonizados por la diosa: según él, Atenea y su tío Poseidón rivalizaban por ver quién de los dos iba a ser el patrón de una ciudad que se estaba construyendo cerca del mar Egeo. Para solventar la disputa, cada uno de ellos ofreció un presente a los habitantes. Poseidón, con un golpe de su tridente, hizo brotar una fuente. La muchedumbre estalló en un grito de júbilo, pues precisamente agua no es lo que abunda en esa zona de Grecia. Mas… el agua era salada.  

Llegó así el turno de Atenea, que, tras plantar una semilla, hizo crecer el primer olivo. Los habitantes y los propios dioses decidieron que ese olivo era mejor regalo que una fuente de agua salada, por lo que la ciudad se puso bajo su protección y, en su honor, pasó a llamarse Atenas

Atenea, una diosa amante de la lucha

Otros mitos refieren la participación de Atenea en la lucha que los dioses olímpicos sostuvieron con los gigantes. A uno de ellos, Encélado, le arrojó encima la isla de Sicilia; a otro, Palante, lo desolló y se hizo con la piel una coraza.  

La diosa intervino también en los conflictos humanos, incluida la devastadora guerra de Troya, en la que luchó de lado de los griegos. Fue ella la que sugirió a Ulises la construcción del caballo de madera que, tras diez años de combates, iba a decidir la contienda. Más tarde, cuando Ulises se las vio y se las deseó para regresar a su patria Ítaca, Atenea estuvo siempre a su lado aconsejándole y salvándole de más de un aprieto.  

Atenea y el desprecio del amor

De lo que no hablan los mitos sobre Atenea es de amoríos. Al igual que su hermanastra Ártemis, fue una rara avis en su familia, pues hizo voto de mantenerse virgen para así consagrarse por entero a que la inteligencia y la inventiva florecieran, tanto en tiempos de paz como de guerra. 

Dada su belleza, no todos entendieron su decisión. Hefesto, por ejemplo, el mismo que contribuyó con su hacha a traerla al mundo, se sentía tan atraído por ella, que intentó una vez violarla. Atenea lo rechazó, pero su hermanastro llegó a eyacular y parte de su semen salpicó la pierna de la diosa. Esta, asqueada, se limpió y arrojó la tela a la tierra, que de pronto se vio fecundada y dio a luz a un niño, Erictonio. Atenea lo adoptó. 

La sabiduría de la diosa no le impedía mostrarse en ocasiones vanidosa e irreflexiva. Atenea, por ejemplo, no perdonó al príncipe troyano Paris que, entre ella, Hera y Afrodita, escogiera a esta última como la más bella.  

Al joven Tiresias, que la había sorprendido desnuda cuando se bañaba, le privó de la vista, aunque luego, arrepentida por lo impulsivo de su acción, le otorgó el don de la profecía.  

¿Qué atributos y objetos acompañan a Atenea?

Atenea aparece siempre representada con casco, lanza, escudo y la égida, una coraza hecha con la piel del gigante Palante, aunque, según otra versión del mito, la piel era la de la Quimera, un monstruo que escupía fuego.

En el escudo colocó la cabeza de la Medusa que le había dado el héroe Perseo. Esa Medusa había sido una sacerdotisa suya a la que Poseidón había violado. Lejos de compadecerse de ella, Atenea convirtió sus hermosos cabellos en serpientes y la maldijo, condenándola a convertir en piedra a todo el que la mirara.  

Además de sus armas, otros atributos de Atenea son el olivo y la lechuza

El culto a Atenea 

A Atenea se le rinde culto desde tiempos antiquísimos, según sugieren unas inscripciones de época micénica (siglos xvi-xii a.C.) en las que se la llama “soberana”.  

Ese culto estaba extendido por toda Grecia. En ciudades como Megara, Esparta o Argos había templos dedicados a ella, pero fue en Atenas donde ese culto alcanzó mayor relevancia.  

Su centro eran los templos de la Acrópolis, la colina fortificada ateniense. El más impresionante es el Partenón, construido por Fidias en el siglo v a.C., cuyos frontones y relieves narraban los mitos más importantes de la diosa, como su nacimiento o su enfrentamiento con Poseidón por Atenas. Ese templo albergaba también una estatua de madera recubierta de marfil y oro.  

Otra estatua, la Atenea Prómachos, se levantaba en el centro de la Acrópolis y era tan alta, que la punta de su lanza y el penacho de su casco eran visibles para los marinos que se acercaban a Atenas.  

En la Acrópolis había otros dos templos dedicados a la diosa: el de Atenea Niké, construido como ofrenda por la victoria de los atenienses sobre los persas en el año 480 a.C., y el Erecteion, donde se hallaba el olivo que la diosa había regalado a la ciudad. 

Igualmente, Atenas celebraba varias fiestas en honor a la diosa, como las Panateneas, de carácter anual, y las Grandes Panateneas, organizadas cada cuatro años. Estas últimas incluían ceremonias, sacrificios, certámenes musicales, poéticos y deportivos, así como una gran procesión que llegaba hasta la Acrópolis para entregar a la diosa un peplo (un tipo de túnica) bordado por doncellas de familias nobles.