Los metales pesados se consideran tóxicos para el ser humano y no se eliminan con facilidad. Presentes en productos de uso cotidiano, la clave está en evitar la exposición y la bioacumulación si se ha producido la exposición.

De forma natural, el organismo dispone de mecanismos para detoxificar, y es importante que haya un buen flujo sanguíneo para poder llevar los tóxicos hacia el hígado, donde se produce principalmente el proceso de detoxificación, y a las diferentes vías de expulsión: la orina (vía renal), el sudor (piel), las heces (bilis e intestinos) y la respiración (pulmón).

Cómo se detoxifica nuestro cuerpo

En el organismo diariamente se producen procesos metabólicos con la finalidad de liberarnos de toxinas, tanto las exógenas, que se incorporan a nuestro organismo procedentes del exterior, como las endógenas, que se producen en el transcurso normal de la actividad celular.

Los nutrientes de los alimentos juegan un papel relevante en el proceso de detoxificación al actuar como antioxidantes o como precursores de enzimas con actividad antioxidante que protegen el organismo frente al estrés oxidativo. Además, pueden contener sustancias quelantes que atrapan los metales pesados y favorecen su eliminación.

Vamos a ver qué alimentos y factores ayudan a eliminar estos tóxicos en cada fase del proceso de la detoxificación.

Los tóxicos más comunes

El mercurio, el plomo, el arsénico y el cadmio son los metales pesados más comunes. Llegan al organismo a través del aire, el suelo, el agua, las plantas, los peces y demás animales.

Se consideran factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares, aparte de producir daño en el hígado, páncreas y sistema nervioso.

También están en la composición de amalgamas que se usan en odontología para restaurar caries. Con el tiempo, los cambios de pH y de temperatura producen la liberación de vapores en la boca y se absorben por las mucosas, favoreciendo la carga oxidativa.

Fase I del proceso de detoxificación

Los protagonistas de esta fase son un conjunto de enzimas, denominados citocromos P 450, que transforman las toxinas en hidrosolubles para poder ser eliminadas directamente por la orina, o en metabolitos intermedios, más reactivos y tóxicos, pero preparados para ser neutralizados por la fase II.

Cuando la fase I trabaja correctamente, la eliminación de metales pesados es eficiente. Pero, cuanto más frenada se encuentra, el riesgo de que se acumulen los metales pesados aumenta. Los síntomas más frecuentes son de carácter psicológico y/o neurológico: tristeza, dolor de cabeza, confusión mental, hormigueo en las manos o pies, alteración de reflejos.

Por ejemplo, si nos exponemos a vapores de combustibles o humos nocivos (tabaco), necesitamos acelerar la fase I; y en enfermedades como el hipotiroidismo, esta fase I es más lenta. La combinación de estas dos situaciones crea mucha toxicidad interna.

  • Nutrientes para la fase I: Para que los citocromos puedan trabajar bien necesitan cofactores como: minerales (hierro, magnesio, zinc, cobre, molibdeno), vitaminas (B1, B2, B3, B6, B9, B12 y vitamina C) y otros flavonoides.
  • Estilos de vida que pueden acelerar la fase I: El tabaco y el humo en general, el alcohol, el exceso de carnes a la parrilla, las endotoxinas bacterianas (lo vemos en los casos de intestino poroso) o las dietas hiperproteicas pueden sobrecargar la capacidad del hígado.
  • Plantas y vegetales que pueden acelerar la fase I: La hipericina del hipérico, el índole-3-carbinol de las coles, el limoneno de naranjas y limones, la menta, el hinojo y el comino.
  • Estilo de vida que puede frenar la fase I: Las dietas hiperglucídicas y las dietas ricas en ácidos grasos trans (aceites calentados, margarinas y grasas usadas en repostería industrial).
  • Plantas y vegetales que frenan la fase I: La fase I responde rápidamente a la presencia de tóxicos ambientales, pero la fase II suele ser más lenta, por lo que es fácil que se produzcan metabolitos altamente oxidantes. Las plantas que pueden ayudar a mantener la fase I moderada son: las naranjas (naringenina y la sinefrina), el pomelo (quercetina), la naranjas amargas (octopamina), el clavo (eugenol), la cúrcuma (curcumina), el pimiento (capsaicina), la granada (elagitanina), el té (epigalocatequina), la uva (ácido elágico), el cardo mariano (silimarina), el sésamo (sesamina), el lúpulo (xantohumol), todas ellas de uso común en la alimentación.

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Fase II del proceso de detoxificación

Los tóxicos se convierten en hidrosolubles para que puedan ser eliminados. Síntomas como neblina mental, digestiones pesadas, náuseas, cansancio matutino, mal dormir, etc., pueden ser la expresión de fallos de la fase II.

  • Nutrientes para la fase II: Tres aminoácidos son básicos en la detoxificación: glicina, cisteína y glutatión. Por ello, es tan importante que se consuman fuentes de proteínas adecuadas.
  • Otros alimentos que favorecen la fase II son: Coles, colinabo, rúcula, berros, rábano, colirrábano, nabo, mostaza, cúrcuma, zanahorias, remolacha, espinacas, patatas, ajos, cebolla, pescado, huevos, legumbres, diente de león, perejil, alcachofas, wasabi, granada, uva, hinojo, menta, cítricos, comino y clavo.

Ayudas para el hígado

Hay plantas que favorecen la detoxificación en el hígado:

  • Cardo mariano: Proporciona el antioxidante silimarina, contribuye a la regeneración de las células hepáticas, inhibe la entrada de toxinas a las células y contribuye a mantener los niveles de glutatión y de superóxido dismutasa en el hígado.
  • Alcachofa: Ayuda a la excreción hepática de grasa, estimula el flujo biliar y protege las células hepáticas del daño oxidativo.
  • Brócoli: Es inductor de la actividad enzimática de la fase II, favorece el enzima antioxidante glutatión-S-transferasa, inhibe la actividad del citocromo P 450. La acción antioxidante del sulforafano es duradera y eficaz, ya que activa genes implicados en la protección antioxidante.
  • Wasabi: Funciona como antioxidante al activar el factor nuclear Nrf2, proteína que regula la expresión de antioxidantes.
  • Diente de león: Además del efecto diurético, favorece el flujo biliar y la secreción de jugo gástrico y de pepsinógeno (precursor de la pepsina, que rompe las proteínas de los alimentos).
  • Agracejo: Su berberina disminuye la peroxidación lipídica y protege del estrés oxidativo hepático.
  • Esquisandra: Es antioxidante y adaptógena. Regula al alza las enzimas detoxificantes de la fase II, aumenta el glutatión hepático y promueve el crecimiento de hepatocitos.
  • Curcumina: Posee propiedades antioxidantes y antiinflamatorias, protege frente a la hepatotoxicidad causada por toxinas exógenas debido a sus propiedades quelantes de metales pesados y aumenta la expresión de Nrf2.
  • Quelantes: Se utilizan principalmente cuando la fase II es lenta (por motivos genéticos) o el hígado sufre alguna patología que impide una buena detoxificación (hígado graso). Entre los quelantes destaca la pectina cítrica y sustancias como el EDTA, el DMSA o el DMSO que se utilizan siempre bajo prescripción y supervisión médica.
  • Antioxidantes: Una alimentación rica en vitaminas como la E y la C, los betacarotenos, el licopeno y los flavonoides protegen las células y nuestro organismo frente a la oxidación y el envejecimiento.

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Estilo de vida detox

La eliminación de sustancias nocivas es un proceso continuo y los hábitos son clave. En resumen, llevar una dieta rica en fruta y verdura fresca, cereales integrales, legumbres y semillas; evitar tóxicos como los humos o el alcohol; hacer ejercicio regularmente; tomar hierbas medicinales que ayudan al hígado; hacer ayunos de mínimo tres días, coincidiendo con los cambios de estación y bajo supervisión médica o de un profesional de la salud; y tomar suplementos multivitamínicos, multiminerales o antioxidantes de buena calidad.

Ayudas para eliminar toxicos

  • Activar el organismo y la circulación. Hacer ejercicio y moverse mejora el intercambio de nutrientes-tóxicos en las células y tejidos, y evitar el estancamiento.
  • Hidratación. Tomar agua mineral es muy importante. No hay una cantidad fija, ya que depende de la edad, actividad, de si se sufre una enfermedad, pero va de uno a dos litros al día.
  • Minerales. La alimentación debe ser rica en minerales, ya que compiten con los metales y favorece que se liberen de donde se encuentran. El calcio (tofu, kale, brócoli) es antagonista del plomo, el selenio (cereales, cebollas, ajos y avellanas) es antagonista del mercurio, el zinc (cereales, pipas de girasol y levadura) es antagonista del cadmio.

Evitar los metales pesados

Estas son algunas claves par a evitar los metales pesados:

  • Alimentos. Variar mucho el tipo de alimentos que comemos cada día es la clave; que no todo proceda de la misma tierra, ni de la misma zona, ni del mismo proveedor. En la diversidad está el secreto de una alimentación saludable y de no acumular tóxicos.
  • Contaminación. Frecuentar zonas más naturales y con menos contaminación –cerca del mar o en un bosque–, siempre que podamos y el tiempo suficiente para que el cuerpo lo note. Se trata de salir de las zonas con mucha contaminación ambiental.
  • Aire interior. En casa, evitar el humo de la combustión orgánica –gasolina, madera, tabaco, alimentos, etc–. Si vivimos en una zona con mucha contaminación aérea, podemos instalar en el domicilio aparatos que filtran el aire y lo limpian.
  • Cocina. Revisar todo el menaje –ollas, sartenes, cubiertos– que no estén rallados, con golpes o quemaduras en su interior, ya que con la temperatura, aceites y pH (como la acidez del tomate) pueden desprender fácilmente los metales de las aleaciones.
  • Baño. Desestimar los frascos con restos de cosméticos que no se terminan nunca, ya que con el tiempo y los cambios de temperaturas y humedad se descomponen.
  • Otros. Guardar los restos de productos de limpieza o de pinturas en zonas ventiladas. Los identificados como «anti-» suelen contener metales y otros tóxicos, que pueden pasar al ambiente.