Microbiota y mente

Intestino sano, ¡cerebro feliz!

Las bacterias que viven en nuestro intestino influyen y mucho sobre cómo nos sentimos. Una microbiota intestinal equilibrada puede mantener alejadas la ansiedad y la tristeza.

Dra. Odile Fernández
Dra. Odile Fernández

Médico de familia

¿Alguna vez te has preguntado por qué cuando estás enamorado sientes mariposas en el estómago o cuando estás preocupado, un nudo en el estómago? Estas curiosas sensaciones tienen que ver con la conexión entre nuestro cerebro, nuestro intestino y los microorganismos que habitan en él.

Se denomina microbiota al conjunto de millones de microorganismos que conviven de manera simbiótica en el intestino. Su composición es distinta de una persona a otra. Podemos alojar hasta 300 especies de bacterias distintas junto con virus, hongos y levaduras. Sabemos que estos microorganismos son muy importantes para la salud, pero lo sorprendente es que la microbiota pueda influir incluso sobre la salud mental.

El estado de tu intestino influye sobre tu estado de ánimo

Las bacterias intestinales intervienen en el desarrollo del cerebro y condicionan la personalidad y el estado de ánimo. Se ha comprobado que las personas que tienen problemas de conducta cuentan con una flora intestinal distinta. Y las que sufren depresión presentan más bacterias de la especie Bacteroidetes, Oscillibacter y Alistipes, y menos de la familia Lachnospiraceae.

Si cambiamos la flora bacteriana intestinal podemos modificar nuestro estado de ánimo. Un ejemplo: un estudio publicado en Translational Psychiatry ha descubierto que un probiótico de bifidobacterias hace que personas sanas sientan menos estrés y mejoren su memoria.

El intestino y el cerebro se comunican

El eje intestino-cerebro funciona como un sistema de comunicación bidireccional y se está postulando como una posible explicación a trastornos neurológicos como la enfermedad de Alzheimer, la de Parkinson, la depresión, la ansiedad, el autismo o la esclerosis múltiple.

Este eje está formado por la microbiota, por el sistema nervioso entérico (SNE) del aparato digestivo y por el sistema nervioso central. El SNE está compuesto por entre 200 y 600 millones de neuronas que se hallan principalmente en la pared del intestino y se conectan con el cerebro a través del nervio vago, que va del tronco cerebral al abdomen.

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De hecho, los nervios que transmiten estímulos al cerebro y al intestino tienen su origen en un mismo tipo de tejido: durante el desarrollo fetal, una parte se convierte en el sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) y la otra en las neuronas del SNE digestivo.

Las bacterias intestinales producen neurotransmisores

Cerebro e intestino se influyen mutuamente. El cerebro envía mensajes al intestino (por ejemplo, cuando estamos nerviosos y perdemos el apetito) y el intestino envía mensajes al cerebro. En esta comunicación entre órganos, las celestinas son las sustancias que producen las bacterias, como ácidos grasos de cadena corta y sustancias químicas neurotransmisoras, que viajan a través de la autovía del nervio vago.

Los neurotransmisores son las sustancias que ponen en contacto nuestras neuronas y transmiten todas las acciones ordenadas por el cerebro, tales como el movimiento o la conducta. También son capaces de modular nuestras emociones. Nuestra felicidad está muy vinculada a la eficiencia química cerebral con que nuestros neurotransmisores viajan de ida y vuelta, comunicando nuestras emociones con nuestros pensamientos. Nuestras facultades de sentir, pensar y actuar, así como de permanecer en armonía con nosotros mismos, dependen del funcionamiento normal del cerebro y de los neurotransmisores.

Muchas bacterias intestinales son capaces de sintetizar y liberar neurotransmisores. Por tanto, pueden modular directa o indirectamente lo que sentimos y nuestro comportamiento. Cuando la producción de neurotransmisores es excesiva, deficiente o nula se presentan problemas de comportamiento y enfermedades mentales. Veamos cuáles son los principales neurotransmisores.

A la serotonina se la conoce como la "molécula de la felicidad". La microbiota actúa sobre los niveles de los precursores de este neurotransmisor, como el triptófano: si los niveles de triptófano son bajos no se produce suficiente serotonina y, junto con otros factores, puede dar lugar a depresión o a ansiedad. La serotonina también interviene en el apetito sexual, la conducta suicida y la percepción del dolor. En el cerebro, produce un estado de bienestar y en el intestino –donde se produce el 95% de ella– establece el ritmo del tránsito digestivo y regula el sistema inmunitario.

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El triptófano es un aminoácido esencial (debemos conseguirlo de los alimentos, aunque algunas bifidobacterias pueden producir pequeñas cantidades) y actúa como un precursor de la serotonina y otros neurotransmisores. Pero no siempre se convierte en serotonina. También puede tomar la vía de la kynurenina y convertirse en otros metabolitos como el ácido kinurénico o ácido quinolínico.
No todo el triptófano. Los desequilibrios en la microbiota pueden generar una desviación de mayor cantidad de triptófano hacia la vía de la kynurenina, reduciendo la disponibilidad de triptófano para la síntesis de serotonina a nivel cerebral y digestiva, y provocando una disminución en la «molécula de la felicidad».

La dopamina es otro neurotransmisor cuya síntesis se ve favorecida por la acción de la microbiota. Participa en las sensaciones placenteras y de relajación. Entre sus funciones también se encuentran la coordinación de ciertos movimientos musculares, la regulación de la memoria y los procesos cognitivos asociados al aprendizaje. Incluso participa decisivamente en la toma de decisiones. En la enfermedad de Parkinson existe un déficit de dopamina, por lo que se estudia cómo modificar la microbiota para conseguir mejoras.

Ayuda a controlar el miedo y la ansiedad

La microbiota interviene en la liberación de GABA. Este neurotransmisor resulta fundamental para la modulación del comportamiento: frena la sobreestimulación de las neuronas y ayuda a controlar el miedo y la ansiedad. Niveles bajos de GABA se relacionan con trastornos de ansiedad, insomnio, tristeza, depresión e incluso esquizofrenia. Hay estudios que demuestran que la administración de bacterias que mejoran la flora intestinal (probióticos) consigue un aumento de la disponibilidad de GABA, con lo que mejora el control de la ansiedad.

La microbiota también participa en la producción de ciertos ácidos grasos de cadena corta, como el propionato, el butirato y el acetato, que llegan por la corriente sanguínea al hipotálamo, donde regulan los niveles de GABA. Estos ácidos grasos también pueden actuar como moduladores de la expresión de genes hasta el punto de que pueden reprogramar algunas funciones cerebrales y condicionar el estado de ánimo, según Ted Dinan, profesor de psiquiatría en la Universidad de Cork y experto en el eje intestino-cerebro.

La noradrenalina se produce en respuesta al estrés para adaptarnos a una amenaza, por ejemplo, si nos persigue un león en la sabana y tenemos que salir corriendo. Cuando estamos sometidos a estrés crónico, las glándulas suprarrenales producen de forma constante adrenalina y noradrenalina. Pero puede llegar un momento en que no consigan mantener el ritmo de producción. Entonces nos sentimos fatigados, de mal humor y desmotivados, e incluso puede causarnos depresión. ¿Cómo producimos noradrenalina? A través de la tirosina ingerida con los alimentos y con la ayuda de las bacterias intestinales.

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El sistema inmuitario es influido por la microbiota y por el cerebro

Hay otro elemento destacable que participa en la interacción entre las neuronas del cerebro y del intestino y la microbiota, y que tiene mucho que ver con nuestro estado de salud: el sistema inmunitario.
Una parte muy importante de nuestro sistema de defensa está situado alrededor de la luz intestinal, donde controla la presencia de patógenos e interactúa con la microbiota para regular diferentes funciones.

El sistema inmunitario colabora para mantener el equilibrio en la superficie intestinal. Genera una comunicación bidireccional con el sistema nervioso central, lo que se traduce en un efecto de la microbiota sobre el propio sistema nervioso central y sobre el cerebro. El resultado son cambios que afectan a nuestras reacciones físicas y emocionales. La microbiota y las intervenciones con probióticos pueden, pues, tener un efecto directo muy positivo sobre el sistema inmunitario.

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Cómo funciona la relación entre microbiota y cerebro

Cerebro e intestino se influyen mutuamente. Cuando padecemos estrés nuestra flora intestinal se resiente, lo que revierte en un proceso inflamatorio que, a su vez, perjudica las funciones cognitivas y empeora los síntomas. Pero si cuidamos la composición de la microbiota, asimilaremos mejor los nutrientes y produciremos neurotransmisores que nos hacen sentir en equilibrio. Podemos actuar tanto sobre el intestino como sobre el cerebro para que el sistema funcione a la perfección.

  • Con una microbiota sana, se liberan "moléculas de la felicidad", mejora el humor, se duerme bien y se dispone de más energía física. Los niveles de dopamina y serotonina son óptimos y la asimilación de nutrientes a nivel intestinal, idónea. El apetito está bien regulado y los tejidos intestinales en buen estado, gracias a la acción de los alimentos prebióticos y probióticos.
  • En cambio, con una microbiota en disbiosis se genera un exceso de adrenalina y noradrenalina, es más probable que aparezcan síntomas de depresión y estrés, la inflamación llega a las neuronas y las toxinas alimentarias pueden pasar a la sangre, pues debido a la inflamación intestinal aumenta la permeabilidad de sus paredes.

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