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Wilhelm Reich: La fuerza del orgón

Elisabet Riera

Esta es la historia del discípulo más controvertido de Freud. Wilhelm Reich sostenía que una especie de energía básica de la vida, el orgón, podría ser útil incluso para curar enfermedades.

Yendo un paso más allá del concepto de “libido” de Freud, Reich buscó la base biológica de esta energía, y descubrió que seguía el mismo patrón que el orgasmo, el movimiento fundamental de la naturaleza. El proceso de contracción y expansión era generador de vida por sí mismo, incluso en espacios vacíos y aislados.

El orgón, según Reich, está presente en todo el universo, es la fuerza creadora de la vida y está reprimida y disminuida en los organismos enfermos. Posteriormente, Reich habló de esta energía a nivel atmosférico, y de la posibilidad de capturarla y concentrarla en cámaras con fines terapéuticos.

La orgonterapia, aplicada mediante aparatos acumuladores, fue ensayada con pacientes de cáncer y otras enfermedades, con algunos resultados exitosos.

Nacido en el antiguo imperio austro-húngaro, Wilhelm Reich (1895-1982) fue perseguido durante toda su vida por sus rompedoras teorías. Su interés temprano por la sexualidad y el psicoanálisis lo llevó a formar parte del círculo psicoanalítico de Freud, del que fue expulsado poco después por divergencias teóricas. Algo parecido le sucedió con Albert Einstein, a quien pidió consejo para sus experimentos científicos. Reich cambió tantas veces de lugar de residencia como de pareja, y al final de su vida su figura se acercaba mucho al del genio loco, siempre polémico y cuestionado, pero también brillante, valiente y arriesgado.

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Los primeros años del joven Wilhelm

En invierno hace un frío cruento en Jujinetz, Bukovina, la actual Ucrania. El viento se cuela entre los tablones de madera de la escuela del pueblo, de la granja familiar, de la casa donde Leon, el padre del pequeño Wilhelm, hace y deshace las vidas de los demás a sus anchas: la de su esposa, la de sus dos hijos varones, y también la de los sirvientes domésticos y los jornaleros que labran sus campos. A nadie, y a él menos que a nadie, le cabe duda de que es el cabeza de familia y el amo. Sus palabras son ley. Sus valores deben ser los valores de todos, no por despotismo, sino porque cree realmente que sus principios son “buenos” y “verdaderos”. La única verdad. Y la verdad está por encima de todo.

Wilhelm –Willie, como le llaman en familia– ha cumplido doce años. “Todo un hombrecito”, dice su padre de él. Espera que esté a la altura de lo que se requiere de su primogénito, pues algún día él heredará las tierras y la granja. Estos son sus planes, planes que está seguro van a ser cumplidos sin rechistar. Willie, con su mirada tímida y a la vez obstinada, como un ternero joven que aún no se atreve a embestir, contempla el mundo de reojo, desde una esquina; lo contempla todo sin atreverse a decir ni intervenir.

La otra verdad

Una tarde, al salir de la escuela, se demora en el camino de vuelta. Su madre le ha dicho que le espere, que debe hablar con el profesor. Puede ir a jugar con alguno de sus amigos. Willie obedece, se entretiene con Robi, su hermano menor. Pero siente una señal en el centro del pecho, como un pájaro atrapado en una zarza; un aleteo, una intuición, un pequeño quiebro en la voz de la madre, algo esquivo en sus ojos tiernos. Cuando espía de puntillas tras la ventana de la casa del profesor, ve la mano del hombre rozando la mano de su madre, reteniéndola más tiempo de lo debido, acercando su rostro al de ella. Cada tarde, desde entonces. Esa es la verdad.

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Al volver a casa, Willie se debate entre el amor y el deber. Pero no es capaz de formularlo con esas palabras; es un niño aterrorizado –o seducido– por la imagen de su madre junto a otro hombre. Sin que nadie lo vea, llama a la puerta del estudio del padre y le confiesa lo que ha visto, desde hace un mes, a través de la ventana de la casa del profesor. El padre sale de la habitación dando un portazo, dejando a Willie solo con su conciencia.

Poco después, recibirá la terrible noticia, como una sentencia: su madre se ha quitado la vida. Wilhelm descubre la pulsión del sexo y de la muerte, por primera vez, frente a frente.

La sexualidad como motor de vida

Los planes de Leon Reich para su hijo jamás se cumplieron. Tres años después de la muerte de la esposa, una neumonía acabaría también con su vida. Willie quedó efectivamente al frente de la granja, con solo 17 años, pero al estallar la primera guerra mundial él y su hermano fueron llamados a filas.

Al terminar la contienda, se instalaron en Viena. Habían hecho un pacto: primero estudiaría Wilhelm, y cuando terminara sus estudios trabajaría para que pudiera hacerlo Roni. Se matriculó en la Facultad de Medicina. Fue allí, en una conferencia sobre anatomía, donde a Reich le llegó una nota clandestina que circulaba entre los alumnos. Proponían crear un seminario sobre sexología. La idea le entusiasmó.

Después del seminario, escribió en su diario: “Estoy convencido de que la sexualidad es el centro en torno al cual gira tanto la vida social como la vida interior del individuo”. Acababa de entrar de lleno en el universo del psicoanálisis.

La carrera de Reich fue fulgurante. Fue admitido en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, terminó los estudios de Medicina y empezó a ejercer la psiquiatría en la Policlínica Psicoanalítica fundada por Sigmund Freud. Se casó con una antigua paciente, Annie, y tuvo dos hijas, Eva y Lore. Todo le sonreía mientras se mantenía en la senda “oficial”.

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El hombre que lo cuestionó todo: ruptura con el psicoanálisis

El psicoanálisis había elaborado una primera teoría cuyo pilar fundamental era el “principio de placer”, que postula que el ser humano se mueve empujado por un instinto “positivo” que lo dirige siempre hacia lo que le produce placer; el choque entre esa necesidad primaria y el mundo exterior frustrante desencadenaría las neurosis.

Freud llamó a esa energía vital primordial “libido”. Así pues, había un punto en que lo individual chocaba con el orden social, y esto abría dos caminos: mantener el orden social a costa del individuo o tomar partido por el individuo y luchar por cambiar el orden social. Freud se inclinaba por la primera opción. Reich, por la segunda. La ruptura entre maestro y discípulo no tardaría en llegar definitivamente.

Wilhelm Reich jamás se conformó con seguir los pasos de otros. Ni siquiera si ese otro era el gran Sigmund Freud. Su ruptura con lo establecido no tardó en llegar.

Apoyándose en el estudio de sus pacientes masoquistas, Freud desarrolló un segundo concepto relacionado con el principio de placer: la “pulsión de muerte” –la tendencia del individuo hacia el dolor–, eximiendo al orden social de la culpa del sufrimiento, que recaía en el inconsciente, lleno de impulsos destructivos que debían reprimirse desde la infancia. Según Freud, los efectos secundarios de esta represión se solucionaban acudiendo al psiquiatra, quien, tras años de tratamiento en el diván, disolvería las neurosis.

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La aportación de Reich al psicoanálisis: el carácter y las corazas

Sin embargo, la práctica demostró que no era tan simple: los impulsos continuaban actuando en el individuo y eso, según Reich, sucedía porque a pesar de haber identificado verbalmente el origen del problema, este continuaba a nivel biológico. Cuando un impulso se dirige al exterior y se encuentra con una fuerza represora opuesta se produce un estancamiento que se fija a nivel muscular –bloqueando así el flujo de energía– y a nivel psíquico.

Reich lo explicaba en términos energéticos: la energía sexual fluye en un organismo sano y se estanca en un organismo enfermo.

Análisis del carácter (1933) es uno de los libros fundamentales de Reich y una de sus grandes aportaciones al psicoanálisis. En su práctica con pacientes, se dio cuenta de que estos oponían cierta resistencia al tratamiento, un mecanismo de defensa que los protegía de los estímulos externos, pero también de sus impulsos internos. Lo denominó carácter. La alteración del yo crónica y rígida del carácter, la denominó coraza.

Para Reich, la “coraza” era la acumulación de frustraciones, lo que determina un organismo rígido en que la energía no circula, dando lugar a una persona con carácter neurótico por la imposibilidad de sentir placer.

El grado de rigidez o flexibilidad de la coraza determina el carácter sano o neurótico de cada persona. Las defensas producen un endurecimiento del yo, que se identifica con la realidad frustrante, en especial con la persona que ejerce la frustración volviendo contra sí misma la agresividad dirigida a esa persona y reaccionando en contra de los propios impulsos sexuales y placenteros. No hay ser humano sin coraza: la diferencia es que la del neurótico es una coraza rígida, en la que la energía no fluye sino que se estanca, mientras que la de la persona sana es flexible y tiene una finalidad protectora saludable.

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También la sociedad padece de una coraza represora en su conjunto. Liberarla pasa por recuperar nuestra parte animal, la que nos conecta con los ritmos naturales, los flujos de energía, la espontaneidad y lo vivo. La autorregulación de estos impulsos en la infancia es la clave de una crianza sana que dará lugar a una sociedad saludable y no represora.

Reich planteaba que la salud psicológica se basaba en la salud sexual, que era necesario cambiar las prácticas de crianza y que esos cambios solo podría hacerlos posible una fusión de psicoanálisis y marxismo.

Ideas distintas y exilios constantes

Sus esfuerzos por compaginar psicoanálisis y marxismo disgustaron a unos y a otros: Freud y otros colegas hicieron lo posible por apartarlo del movimiento psicoanalista, acusándole de inmoralidad, y también el aparato del Partido Comunista lo tachó de individuo sospechoso.

El no formar parte de ningún “bando” ni categoría reconocida sería a partir de entonces una constante en su vida. La sospecha, cuando no la acusación directa de mala praxis, iría creciendo a su alrededor como una bola de nieve el resto de sus días, convirtiendo su existencia en una carrera entre sus perseguidores y él, condenado a huir de un país a otro.

Sus ideas, en tiempos de auge del fascismo, provocaban rechazo.

En 1930, Reich se instaló en la por entonces “capital cultural del mundo”, Berlín (Alemania), para llevar adelante sus proyectos de reforma sexual y social. A los Dispensarios de Higiene Sexual, que ya había puesto en marcha en Viena, añadió una editorial como parte del movimiento SexPol, que pretendía llevar a las calles la liberación sexual en el marco de una ideología política revolucionaria centrada en dos cuestiones clave: la sexualidad infantil y el papel de la familia patriarcal autoritaria como transmisora de la represión que garantiza el orden social.

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De la fórmula del orgasmo al orgón

En 1933, separado de su mujer y de sus hijas, se mudó a Dinamarca. Después se trasladó a Suecia y más tarde a Noruega. En la Universidad de Oslo, Reich pudo avanzar en sus experimentos para encontrar y medir en el nivel fisiológico algunos conceptos del psicoanálisis como el inconsciente o la libido.

Con un amplificador, un oscilógrafo y otros aparatos llevó a cabo mediciones de descargas bioeléctricas en determinadas situaciones y ante diversos estímulos, y comprobó que las zonas erógenas eran especialmente sensibles a cambios de potencial; los estímulos placenteros aumentaban la carga positiva, mientras que los desagradables aumentaban la negativa. La misma persona respondía de formas distintas según su estado de ánimo.

Acababa de dar con la fórmula del orgasmo (tensión mecánica - carga eléctrica - descarga eléctrica - relajación mecánica).

¿Qué clase de energía se manifestaba en estos experimentos? La respuesta dio paso a uno de sus hallazgos más importantes y controvertidos: el orgón. Los estudios definitivos sobre esta energía básica de la vida, que animaba al universo entero, los realizaría en Estados Unidos, donde se trasladó en 1939.

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El orgón terapéutico y sus terribles consecuencias para Reich

Reich vivió más intensamente si cabe los últimos veinte años de su vida. Su trabajo y su cualidad de eterno “sospechoso” se radicalizaron desde el momento en que comenzó a tratar con orgón a pacientes de cáncer. El uso de amplificadores para los experimentos y tratamientos puso en alerta al FBI y a la FDA. No dejaron de amenazarlo con denuncias y de requisar sus aparatos.

Pero Reich se sentía seguro de la genialidad de sus descubrimientos. Se casó por segunda vez, tuvo dos hijos y compró una granja que fue también su instituto y base de operaciones.

Reich estaba convencido de que la energía del orgón podía causar también cambios en el clima, como por ejemplo deshacer las nubes y provocar tormentas, hecho que demostró en el desierto de Arizona. También quiso probar, esta vez sin conseguirlo, la capacidad del orgón para absorber las radiaciones nucleares. El experimento, llamado Oranur, causó daños materiales y físicos a varios de sus colaboradores.

El Gobierno de Estados Unidos le condenó a dos años de prisión. Ingresó en marzo de 1957. Poco después, el 3 de noviembre, hallaron en la celda de Reich un cuerpo inerte, desprovisto de la energía de expansión y contracción inherente a toda vida y al universo que tanto se había esforzado por comprender.

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