Cómo hacer que te pasen cosas buenas: 7 claves para que lleguen los cambios positivos

Tener una actitud receptiva, incluso para lo positivo, no es fácil. Con frecuencia preferimos la acción a la apertura, y nos escudamos en el reposo o la cerrazón.

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Vivimos en una cultura en creciente y rápido desarrollo. El avance de la tecnología facilita muchas tareas, lo que en teoría nos da más tiempo libre y mejor calidad de vida.

Sin embargo, la existencia se ha vuelto hoy tan compleja que un elevado número de personas sufren altos niveles de tensión, ansiedad y estrés o, en el extremo contrario, hastío, falta de perspectivas y depresión.

En general, nuestra sociedad tiende a priorizar y sobrevalorar todo lo que implique hacer, controlar, tener y competir, e infravalora o dedica muy poco tiempo a detenerse, escuchar, observar y atender lo humano.

En contra de lo que pretendemos, esto nos está llevando a una sensación demasiado generalizada de vacío e insatisfacción.

El ser humano actual desea y necesita encontrarse con aspectos olvidados de sí mismo y del mundo que le rodea. Cultivar la receptividad puede ser una ventana abierta a paisajes más amplios, más vivos y más llenos de sentido. Cultivar la receptividad y la escucha puede ser la respuesta a cómo hacer que te pasen cosas buenas.

1. Piensa en cuáles son las cosas buenas en realidad

Todo lo vivo proviene de la conciliación de un aspecto creativo y otro receptivo.

El I Ching, libro clásico de la sabiduría china, nos presenta estos dos aspectos de la realidad como sus dos primeras figuras y los define como los dos principios básicos que forman y permiten la vida:

"Lo Receptivo es el principio primario, umbrío, blando, del Yin. Todos le deben su nacimiento. Mientras que lo Creativo engendra y todos los seres le deben su comienzo, lo Receptivo es aquello que pare, que acoge dentro de sí lo celestial y le confiere cuerpo. Su esencia es una ilimitada concordancia con lo creativo".

Lo creativo y lo receptivo nos muestran dos formas de movimiento y de quietud diferentes.

  • El movimiento de lo creativo es dirigirse hacia delante, hacia la meta, y su quietud implica detenerse.
  • El movimiento de lo receptivo, en cambio, es apertura, y su quietud supone clausurarse, cerrarse...

La energía "femenina" es representativa de lo receptivo, mientras que la "masculina" lo es de lo creativo.

Hombres y mujeres contenemos y necesitamos ambas formas de energía si queremos que los procesos sean completos y vivos.

En ese sentido, para que las acciones que emprendemos estén acordes con la realidad, con nosotros mismos y con lo que valoramos, tan importante es la observación atenta y receptiva como la acción dirigida.

Sin embargo, nuestra sociedad es competitiva y la dinámica competitiva tiene como tendencia comparar, elegir y definir qué o quién es mejor o peor.

En el afán por hacer, poseer, controlar y escapar de la vulnerabilidad, nuestra cultura nos ha colocado en un universo muy yang: rivalizador, ambicioso, activo, lineal en sus concepciones. Se diría que eligió lo masculino como mejor y lo femenino quedó en segundo plano.

La necesidad generalizada de éxito y de que las estructuras triunfen, esos patrones que operan como mecanismos rígidos, condicionan nuestras conductas.

Lo masculino ha impuesto su vorágine creativa, y con ella presiona, enmarca, define... La receptividad de lo femenino ha sido atropellada, arrasada.

2. Debemos estar dispuestos a que cambien las cosas

Es posible que te preguntes cómo hacer que te pasen cosas buenas y que, a la vez, te asuste verte en ese estado de incertidumbre que implica estar dispuesto o abierto a lo que venga.

Para escapar de la ansiedad que nos produce abrirnos a lo desconocido o a lo nuevo, hemos adoptado casi exclusivamente las formas masculinas, que consisten en pasar de la actividad a la quietud, o viceversa.

Pocas veces practicamos esa forma de acción receptiva que es abrirse a lo que hay, permitiéndonos una amplia conciencia de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros y un acompañamiento de los procesos en gestación.

Cuando se está muy enfocado en los deseos, las metas y los resultados, con demasiada frecuencia no se pone atención en los procesos, las formas y el transcurrir de las cosas.

En cierto modo, tanto hombres como mujeres hemos estado empeñados en clausurar lo receptivo y lo femenino. Y todos estamos perdiendo mucho en esta lucha competitiva que se libra tanto dentro de nosotros como en nuestra realidad social.

Reconocer ambos modos de energías y darles su lugar en el proceso creativo es un paso fundamental hacia la salud psíquica y social de nuestra época.

Cuando nos abocamos a una actividad obsesiva, a una búsqueda compulsiva o a un afán de abandono y desconexión, a menudo estamos tratando de llenar un vacío, de escapar de un miedo.

En nuestra cultura el vacío tiene un significado distinto del que tiene por ejemplo en las culturas orientales. Cuando contactamos con el vacío tenemos miedo, porque lo consideramos algo semejante a la nada y a la muerte, y eso para nosotros supone fracaso.

Cuando un oriental contacta con la nada, por ejemplo a través de la meditación, considera que es el espacio donde "no hay cosas", pero sí proceso, transcurso, posibilidad...

3. En la actitud receptiva espera un mundo nuevo

Solemos definirnos por los papeles que representamos o deseamos representar, por lo que poseemos o por los conocimientos que acumulamos. Sin embargo, ser persona es mucho más que lo creado y se expande a lo no creado, a lo no controlado, al vacío, a la nueva posibilidad.

Esa inmensidad sobrecoge. Nos asusta lo desconocido, no poder prever las consecuencias. Nuestro organismo se estresa cada vez que se somete a una situación desconocida. En el vasto mundo de lo no conocido, si nos identificamos demasiado con nuestro ánimo más inmediato, el miedo hace presencia.

Paradójicamente, hay que luchar para ser receptivo, para no tratar de controlarlo todo, para entregarse a la escucha sin juicios. Hemos de mirar nuestros propios pensamientos y reacciones cara a cara, sin dejarnos arrastrar por ellos y ver un poco más allá de los muros que impone nuestra percepción de las cosas.

Estar en actitud receptiva implica con frecuencia enfrentarse a la ansiedad frente a lo desconocido y atravesar en cierto modo ese miedo a encontrarse con algo terrible, más allá de todas las cosas o papeles desde donde nos identificamos.

Quizá tememos descubrir que no somos nada, que no tenemos nada y este miedo provoca que llenemos nuestra observación de conceptos, de palabras, de necesidad de comprender y controlar. La gran paradoja es que cuanto más escapamos del vacío de ese modo más vacíos nos sentimos...

Al cultivar una actitud receptiva aceptamos y penetramos esta nada, este vacío. Dejamos de apretar y nos damos espacio interno y también dejamos espacio al otro y a lo otro, y nos permitimos mirar, escuchar, notar... ampliamente.

Entonces el desierto empieza a florecer. El vacío hace vivo, se llena... En este caso la "nada" equivale a realidad, a integración, a recoger todo lo que hay, a escucha profunda, a posibilidad, a permitir que la vida despliegue en toda su amplitud.

Una vida que escapa de este encuentro se aboca obsesivamente a la búsqueda de excitación y placer, al aturdimiento, a la actividad desenfrenada o a la búsqueda de seguridad y poder, pero está carente de sentido.

El placer y el triunfo en sí mismos no llenan. Después de alcanzados, se siente uno vacío al no involucrar en la vida la parte receptiva, pues se pierde el contacto con el mundo, con la realidad y con el ser.

4. Aprender a mantener la calma mental

El ser humano está considerado una criatura esencialmente social, ya que es precisamente en el seno del grupo donde tiene su origen y donde aprende los cantenidos socioculturales que caracterizan su cultura. Este aprendizaje es obra de la actitud receptiva.

En la infancia somos plenamente receptivos y la curiosidad y la vulnerabilidad favorecen esta apertura a recibir del ambiente lo que necesitamos.

En la adolescencia el joven quiere individuarse y busca alternativas de creatividad. Es una etapa donde a menudo se bloquea la receptividad y se rechaza todo valor que no provenga de los iguales.

La madurez implica que el ser humano ya no está en dependencia ni necesita oponerse, pudiendo entonces abrirse a aprender y recibir, tanto como a dar y crear.

La educación que recibieron nuestros padres tuvo connotaciones más receptivas al mantenerse el respeto a los mayores y a la "sabiduría del tiempo".

La modernidad ha optado por un extremado "aquí y ahora" y la receptividad hacia el saber interior se ha transformado en actitudes para el éxito.

Curiosamente, hoy en las empresas se observa que la mayor fuente de conflictos y fracasos laborales son los problemas en las relaciones personales y se reconoce la necesidad de aprender a escuchar y a escucharse como actitudes básicas de resolución de conflictos y de satisfacción en el trabajo.

Un objetivo del desarrollo personal es aprender a mantener la calma mental en medio de la agitación y a vibrar de vitalidad y atención en medio del reposo.

Cuanto más amplia sea la visión que tenemos de nosotros mismos y de nuestro entorno, más fácil será conseguir lo que nos propongamos, pero, sobre todo, más posibilidades tendremos de elegir conscientemente lo que para nosotros tiene valor.

Cuanto más nos alejamos de contactar receptivamente con la realidad, más disminuida o perturbada es nuestra percepción, menos aprendemos de las nuevas experiencias y más difícil es saber y conseguir lo que necesitamos y nos proponemos.

Sin una actitud receptiva no es posible, tampoco, valorar y disfrutar lo que ya hemos conseguido.

5. Escuchar para dejar de repetir los mismos errores

Cuando nos miramos y miramos al mundo de una manera receptiva podemos encontrar que hay cosas que nos gustan y otras que no nos gustan. Y aceptamos que todo eso está ahí.

Vemos también nuestros juicios , lo que pensamos acerca de cómo «deberían ser» las cosas, y aceptamos que son nuestros juicios. Muchos provienen de esquemas familiares y culturales ni siquiera elegidos por nosotros.

A veces no sabemos qué hacer con todo ello. O nos sentimos en medio del caos. No saber, no conocer, produce ansiedad y despierta dudas.

Tenemos la tendencia a buscar una solución, un modo de salir de esta incertidumbre. A nombrarla, a juzgarla, a juzgarnos, a elegir precipitadamente para escapar del dolor de encontrarnos con nuestro momento vital real.

Por ello solemos recurrir a nombres conocidos, a salidas familiares y, sin embargo, en nuestra fantasía, esperamos que ocurran cosas diferentes. En nuestro impulso por la acción inmediata no hacemos más que repetir una y otra vez lo que ya sabemos.

Encontrar una salida creativa pasa necesariamente por escuchar, amplia y receptivamente, qué pasa y qué nos pasa. Requiere tiempo. Requiere espacio.

Requiere una mirada que acoge sin juzgar, sin empujar. Es una mirada no lineal, sino amplia y compleja.

Lo receptivo respeta y disfruta lo logrado e incorpora lo nuevo. Y deja que la vida fluya en su curso, abarcándola. Acepta la vida y la muerte de todo proceso. Deja de agarrar lo viejo que se muere y se empapa con lo conocido y lo desconocido. Deja salir y suelta, deja entrar y acoge.

Y sabe que aunque ahora no conoce y no puede comprender lo que es desconocido, todo ello irá alcanzando su forma en la alquimia creativa.

Chica escuchándose a si misma

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6. Aprender a valorar lo que ya hemos conseguido

Observarse a uno mismo con una mirada receptiva implica sobre todo una actitud. Una actitud de curiosidad y aceptación.

Todo nuestro organismo es receptivo y a través de los sentidos tomamos contacto tanto con el mundo como con las sensaciones del cuerpo.

Date espacio interno y deja que tus sentidos se extiendan. Deja que tu interior se suelte, relajado, y date el espacio para percibir.

Mira sin esfuerzo ni prejuicios los colores, las formas, los objetos y las situaciones; como un recién nacido al despertar.

Escucha los sonidos, los ruidos, las melodías, sin esforzarte por captarlos, dejando que penetren por sí solos en tu interior.

Mueve y siente tu cuerpo y ábrete a las sensaciones sin juzgarlas, temerlas ni dejarte empujar.

Deja que tu cerebro repose y recupere energía.

Permítete sentir todo lo que sientes y evita juzgarlo. No te precipites hacia el papel de víctima o a tener que hacer algo enseguida.

Date tiempo, date comprensión. Mírate y escúchate con interés y curiosidad. Con calma y receptividad podrás resolver mejor las situaciones y encontrar nuevas salidas creativas.

Pon a dialogar a tus voces en conflicto. Permite que cada una se exprese; escucha lo que tu interior te dice, ampliamente. Dialoga y pacta contigo mismo.

El egocentrismo es la principal causa del estrés. Sin la percepción del otro, ese esfuerzo por ser "lo único" quita toda posibilidad de disfrute, descanso, quietud, aceptación...

Deja por un momento tus metas, tus deseos, éxitos y fracasos y ábrete a observar los procesos, el transcurrir, el "cómo". Date tiempo para abrir y acoger tanto como para elegir y actuar, y permítete descansar en la no acción y en el cerrar cuando lo necesites.

7. Cultivar el arte de saber escuchar para abrirnos a lo nuevo

Todos sabemos que escuchar es importante, pero pocos nos sentimos realmente escuchados o escuchamos bien a los otros.

En la buena escucha:

  • Se da tiempo a la expresión de la otra persona. No se precipita la respuesta ni se interrumpe.
  • Existe un verdadero interés por lo que dice la otra persona y cómo lo dice.
  • Nos dejamos tocar por el sentir del otro, sin encasillarlo desde nuestra visión.
  • Se toma conciencia del propio lenguaje no verbal y se adopta una actitud física que facilite la escucha.
  • Conviene aprender a diferenciar los propios juicios y preferencias de lo que se recibe de la otra persona

Lo que nos gusta o nos disgusta habla más de nosotros que del interlocutor. Aprende a escuchar la diferencia con una actitud abierta hacia lo nuevo.

Libros para aprender a escucharse y a escuchar a los demás

  • Escucha con el corazón; Cucchi y Grassi. Ed. De Vecchi
  • La escucha; Maite Melendo. Ed. Descleé de Brouwer
  • La escucha activa; M. Marroquín. Ed. Aseles

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