Rebajar la autoexigencia

Qué esconde el perfeccionismo y qué consecuencias tiene

Dr. Josep Sala
Dr. Josep Sala

máster en Homeopatía por la Universidad de Barcelona

Cuando alguien pretende que todo cuanto hace y le rodea sea perfecto, su propio bienestar puede estar en peligro.

En la sociedad actual cada vez es más común escuchar frases como "el éxito solo se alcanza buscando la perfección" o "solo hay una forma de superarse: perseguir la excelencia".

Pero, ¿es realmente útil ser perfeccionista? ¿Cuáles son los beneficios y los sacrificios de quien busca alcanzar la perfección? ¿Puede llegar alguien a enfermar simplemente porque le gustan las cosas bien hechas?

¿Por qué el perfeccionismo puede ser un problema?

El perfeccionismo es un rasgo del carácter que permite alcanzar metas muy satisfactorias y afrontar los retos que depara la vida.

Pero cuando esa cualidad se convierte en un propósito existencial, cuando alguien lo aplica a cuanto hace y le rodea, puede convertirse en un gran enemigo de su propio bienestar.

Un nivel de autoexigencia muy alto puede hacer que la persona se marque objetivos que requieran esfuerzos titánicos. La admiración que despierta le anima a seguir en ese camino, pero el deseo de superación no acaba ahí: el perfeccionista necesita seguir subiendo el listón.

El problema llega cuando sus logros empiezan a saberle a poco y el arduo trabajo no le reporta una mínima recompensa.

Prisionero de esa insatisfacción, el perfeccionista se obcecará para intentar seguir mejorando lo inmejorable.

Situaciones de ese tipo pueden tener repercusiones físicas. Por ejemplo, la intransigencia disminuye la capacidad de adaptación y la flexibilidad ante el cambio. Un individuo con ese perfil será tal vez más propenso a padecer contracturas musculares (inflexible) o tendinitis de repetición (dificultad de adaptación).

Cuando no se le da espacio a la mente para expresarse con libertad, el ser humano puede buscar otra forma de manifestarse, y en ese caso podrán desarrollarse patologías tan diversas como migrañas, hipertensión arterial, alergias o incluso algunos tipos de cáncer.

Cómo son las personas perfeccionistas

El perfeccionismo se considera un rasgo obsesivo de la personalidad. Se observa en individuos metódicos, con preocupaciones persistentes acerca de temas de relativa importancia.

El perfeccionismo puede manifestarse a distintos niveles y con varios grados de intensidad. Habrá quien tienda a expresarlo ya desde bien pequeño.

Es el caso de Juan, un niño de ocho años, de quien su madre comenta que no puede acostarse sin haber ordenado sus cuentos. Evidentemente eso no es patológico, pero nos advierte de una característica poco frecuente y que podrá germinar con el tiempo.

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Hay quien puede desarrollar ese carácter por circunstancias de la vida. Un suceso traumático o una profesión de mucha precisión pueden añadir cierto grado de perfeccionismo a quien pudiera considerarse más bien descuidado.

En cualquier caso, algo ha hecho que aflorase ese pedazo de iceberg alojado en la profundidad de su interior. A este respecto es interesante ver cómo influyen la educación y el amor que recibe un niño de sus padres.

Cuando un niño obtiene constantemente el aplauso por lo bien que ha ejecutado una acción, sabe cómo seguir gustándonos. Si se persiste en esa aprobación, puede que ese niño se sienta más querido y valorado por lo que hace que por lo que es, y eso puede condicionar su futuro.

¿Cuál es el origen del perfeccionismo?

Hay personas que se sienten orgullosas de hacer siempre las cosas de forma brillante. Pero en ocasiones, detrás de esa coraza labrada con tanto esfuerzo, se ocultan miedos, complejos o incluso necesidades tan utópicas como la de querer tenerlo todo controlado.

Ante un rasgo perfeccionista, lo que ayudará a prescribir un remedio adecuado será descubrir la razón que lo motiva. ¿Por qué esa necesidad de hacerlo tan bien?

A menudo la respuesta será: por temor al fracaso. Los miedos, bien interpretados, aportan al médico homeópata información muy valiosa para intentar curar al enfermo.

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Poner orden y no dejar nada sin predicción otorga seguridad y desvanece aparentemente el sentimiento de vulnerabilidad. Este sistema de defensa lo utilizamos muchas veces inconscientemente para ensordecer temores tan profundos como el miedo a las enfermedades, a los accidentes o a la muerte.

Otras veces, tras ese esfuerzo por querer agradar o agradarse, se esconde una baja autoestima, que debe ser disimulada con un control férreo de las emociones y mostrando una infalibilidad permanente que haga creer, a los demás y a uno mismo, lo mucho que uno vale.

Y tampoco es raro que alguien se muestre perfeccionista para ocultar su "gran secreto", lo que nunca debe ser visto, acaso porque le ha creado algún complejo.

Perfeccionismo y problemas de convivencia

Es difícil vivir sin cierto nivel de autoexigencia y superación personal.

Es más, quien recibe la etiqueta de perfeccionista, probablemente sea una persona muy honesta y responsable, admirada por su grado de compromiso.

Pero el perfeccionismo llevado al extremo puede causar muchos problemas no solo a quien lo sufre, sino sobre todo a quienes conviven con él.

Cuando alguien cree estar realizando todos sus actos de forma sublime, pronto no se conformará con ello y exigirá a sus colaboradores en el trabajo, o incluso en casa, que intenten hacerlo todo tan bien como él.

En el ámbito familiar puede llegar a ser un fastidio convivir con alguien que adora que todo esté impecable, que rara vez valora el esfuerzo de los demás porque considera que podrían haberlo hecho mejor, o que es incapaz de disfrutar de la fiesta de cumpleaños de su hijo porque alguien se olvidó de comprar las velas para el pastel.

Además, en algunos casos, su entrega por su trabajo hace que esté poco en casa y, cuando está, tiene prioridades en las que pensar para el día siguiente.

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¿Cómo aprender a equivocarse?

Alcanzar el éxito en la vida no es posible sin equivocarnos. De quienes podamos decir que han triunfado, también podremos afirmar que en más de una ocasión han fracasado y, sobre todo, que han aprendido de sus errores.

Pero aprender a fallar no es fácil, es un proceso que requiere paciencia y persistencia. En todo caso, se debería empezar intentando:

  • No dejar que las ideas recurrentes persistan demasiado tiempo en la cabeza
  • No demorar la toma de decisiones
  • Confiar en los demás, aprender a delegar responsabilidades
  • Rebajar el grado de control sobre lo que sucede alrededor

Esto último es lo más difícil, sobre todo al principio, porque puede generar inquietud en quien gusta de tenerlo todo controlado.

Beneficios de dejar el perfeccionismo atrás

Cuando la experiencia demuestra que la vida continúa tan bien o mejor que antes a pesar de no haber cumplido con ese férreo marcaje a las situaciones cotidianas, podremos hallar un espacio más cómodo y relajado sin que nuestros compromisos se hayan visto perjudicados por eso.

Si hay algo que se pierde quien posee un alto grado de perfeccionismo es la espontaneidad. Querer tenerlo todo controlado, además de ser agotador, no deja espacio a una vivencia tan saludable como es la de actuar sin barreras.

Quien haya perdido esa fuente de satisfacción tendrá pocas posibilidades de relajar su espíritu y a su vez de descubrir nuevos retos y horizontes, infinitamente más reconfortantes que la monotonía de un día a día sin error.

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