"Nunca hubo ni habrá alguien como tú". Esta frase, entre lapidaria y propia de enamorados, puede parecer exagerada, pero responde a una verdad: cada uno de nosotros es único.

Por motivos y mecanismos que escapan a nuestro entendimiento, el universo entero ha conspirado para que estemos aquí tal como somos, con todas nuestras virtudes y defectos. Esta constatación, elemental y al mismo tiempo sorprendente, debería llenarnos de sano orgullo.

También de cierta responsabilidad: la de quedar un poco bien en el teatro de la vida. Algo se espera de nosotros. Descubrirlo puede llevar toda una vida, pero mientras tanto hay que guardar respeto por uno mismo y por los demás: ellos son igualmente seres únicos e irrepetibles.

También si andamos por la calle, o nos movemos en plena naturaleza, comprobamos que la vida es rica en variedad: personas cada una con distinto rostro, plantas y animales que apenas conocemos dada la exuberante riqueza en especies. Por la noche, cuando la oscuridad parece hacernos olvidar las diferencias y sumirnos en un mismo magma elemental, el firmamento se llena de estrellas lejanas e imaginamos otros mundos posibles que van girando en órbitas circulares que vuelven sobre sí mismas.

El universo es para nosotros infinito: planetas, soles, constelaciones, galaxias... Pero es necesaria una armonía para que todo sea múltiple y, a la vez, coherente. Que en lugar de una cacofonía, un montón de ruidos inconexos, exista esa sinfonía que es la vida.

Armonía, proporción y medida: la unidad manifestada en la multiplicidad.

El número 1 y su sentido filosófico

"El Tao genera el Uno. Uno genera el Dos. Dos genera el Tres. Tres genera los Diezmil seres..."

Estas enigmáticas palabras de Lao Tsé (Tao-Te-Ching, 42) explican con mucha sencillez la génesis del mundo:

  • Por Tao cabe entender el Principio inmanifestado (el Cero, podría decirse).
  • El Uno es el principio de la manifestación, el Ser.
  • Dos es ya la dualidad, la bipolarización (yin-yang) del principio único.
  • Y el Dos da paso al Tres, origen de la multiplicidad (los diez mil seres).

La manifestación (o creación, en lenguaje cristiano) supone la aparición de innombrables seres y objetos. Esto es fácil de constatar, basta con abrir los ojos y contemplar el mundo en el que vivimos. Sin embargo, esta realidad cotidiana tiene mucho de apariencia en el sentido de que tal pluralidad aparente oculta la verdad de que todo tiene un mismo y único origen

Sólo el Uno Es. Este Uno (o Mónada) no es un número propiamente dicho, pues está más aIlá de la cantidad. Sin embargo, la cifra 1 expresa bien su naturaleza.

Así como el Ser está en todo lo que existe, el número uno es la esencia de todas las cifras posibles. Cualquier cantidad numérica, por grande que sea, es siempre la suma de muchos unos.

Como dijo Aristófanes: "en el origen de todas las cosas está la unidad, que se divide y se hace múltiple, pero para volver algún día a lo que antes era".

El uno en nuestras vidas

La unidad no es algo abstracto o puramente matemático, sino que está patente en cada aspecto de nuestras vidas.

El cuerpo humano, y el de todos los demás seres vivos, es una unidad funcional. Todos los órganos colaboran unos con otros, trabajan formando una gran sinergia que permite incluso que, si uno de ellos flaquea, otros le ayuden en sus funciones. La sangre se relaciona con el aire que respiramos, pero también recoge principios nutritivos o permite la inmunidad.

En cada célula tienen lugar millones de reacciones biológicas por segundo, y basta con pensar en los millones de células que componen nuestro cuerpo para asombrarse ante el milagro de la vida, de que todo tenga sentido y coherencia.

Hay una voluntad de vida, una de cuyas manifestaciones es la llamada "fuerza curativa de la naturaleza", que también es expresión de ese querer ser uno y hacer frente a lo que de alguna manera supondría volver a lo inorgánico, a la multiplicidad.

Psicología del número uno

Otra constatación de que la unidad está siempre presente la tenemos en la esfera psicológica. Pensamientos, emociones y sentimientos serían puro caos si no hubiera una conciencia unitaria subyacente.

El sentido del yo, los innatos valores éticos o morales, lo que en suma nos hace humanos, es también una forma de unificación.

El cuerpo y la mente van unidos, pero igualmente nos movemos en otras unidades sociales y geográficas: familia, pueblo, región, país, e incluso continente, planeta... Nuestros padres, y antes de ellos los incontables antepasados, han sido nuestro origen biológico.

La mitad de los cromosomas del padre se unieron con la mitad de los de la madre, a través de las células germinales, para que la dualidad volviera a ser unidad.

EL AMOR o querer ser "uno" con el otro

La mayoría de situaciones que nos aportan felicidad son instantes de plenitud caracterizados todos ellos por la presencia del amor. Y no es desatinado afirmar que cualquier acto amoroso puede considerarse una pequeña vuelta a la unidad perdida.

Si se trata de una acción de ayuda social, hay el reconocimiento tácito de que todos los seres humanos formamos, sin distinción, una especie de gran hermandad. En el cariño de tipo familiar se resaltan igualmente unos lazos de sangre que unen a las personas más allá de edades o formas de pensar.

Pero es en el amor erótico, o de pareja, donde ese retorno a la unidad se hace más patente si cabe. Enamorarse es encontrar un ser cuya presencia se hace imprescindible y casi luminosa. Alejarse de ella es, por el contrario, motivo de pena y ofuscación.

Ya comentó Platón en uno de sus mitos que el Andrógino primordial se escindió en lo masculino y lo femenino. Por eso los amantes buscan recuperar esa unidad perdida.

Todo lo que acompaña al enamoramiento (fenómeno que algunos, no sin parte de razón, han tildado de momentáneo ataque de "locura") es consecuencia de esa búsqueda de fusión y plenitud. La unión física supone, en este sentido, el símbolo y la culminación de ese movimiento de retorno a la plenitud que es el amor.

Asimismo, toda búsqueda espiritual supone una vuelta al origen. El alma, separada de su origen divino, busca retornar al Principio. De ahí que los sabios y santos de todas las tradiciones nos inviten a amar y conocer el supremo Bien. Alcanzar la verdadera paz interior sólo se consigue reposando en la pureza del Ser que, como ya se ha comentado, es el Uno.

DESTELLOS EN LA NOCHE

El reconocimiento de la unidad no significa, sin embargo, perder la propia identidad personal o abismarse en un todo confuso. Se trata de una progresiva transformación de las experiencias, cada cual según sus características e historia personal.

Cuando aflora la conciencia de un Yo más grande que el pequeño ego particular, todo cambia sin dejar de ser lo que es. Podría compararse a limpiar el vaho formado en un cristal y advertir de repente el profundo verdor de los árboles en un parque, las risas de unos niños que juegan o el lento movimiento de unas nubes que siempre estuvieron ahí, aunque no hubiésemos reparado en ellas, demasiado perdidos en nuestros propios pensamientos.

No hay cambios aparentes de forma, sino de significado. Todo es igual y a la vez distinto. El trino de un pájaro solitario puede convertirse casi en un diálogo. ¿Osaremos decir que no entendemos lo que nos cuenta?

Miramos el rostro de quien a menudo nos acompaña y advertimos que lo estamos viendo por primera vez y podemos sonreírle. Coger la mano del amigo postrado en la cama de un hospital es una experiencia triste pero también puede acompañarse de una luz secreta y cálida que se intercambia en ese instante.

El mundo exterior es también entonces una realidad interior y nada puede sernos completamente ajeno. Dostoievsky puso en boca de uno de su personajes, en Los hermanos Karamazov, las siguientes palabras: "¿Qué es el infierno? Es la incapacidad de sentir la unidad con el mundo y todas sus formas".

BUSCAR LA UNIDAD

Hemos reflexionado sobre la unidad en su doble acepción de universalidad y unicidad. El universo es expresión de esa unidad intrínseca y cada uno de los seres que existen es único.

Pero la tendencia a la unidad y la concordia, sea entre los pueblos o en nuestro interior, no es tarea fácil. Existen muchas fuerzas dispersantes, especialmente en el mundo actual, tan lleno de impactos audiovisuales y cultivo de lo frívolo y prosaico.

También se incurre con frecuencia en el error de creer que uniformidad significa Unidad, cuando implica justamente lo contrario: la verdadera unidad permite y potencia la diversidad.

El universo es múltiple e infinito porque el Principio divino que lo sustenta es Uno. La globalización entendida como pensamiento único e imposición de un solo patrón cultural supone empobrecer el patrimonio humano, siempre basado en la diversidad y la libertad.

Meditar en el uno

Recobrar el sentimiento de unidad es un ejercicio que conviene hacer lo más a menudo posible para, entre otras cosas, no alejarnos demasiado de nosotros mismos. Meditar en el uno, unificar la conciencia replegándonos interiormente de vez en cuando, nos permite, como decía una popular canción de Franco Battiato, buscar "un centro de gravedad permanente".

De ese modo la relación con la naturaleza y los demás seres humanos puede cobrar un mayor sentido.

Terminemos con un texto hindú que resume la esencia de lo que hemos estado tratando: "Todo, incluido el mundo que ves, así como tú mismo -el testigo del mundo-, todo es Uno. Todo lo que consideras que es yo, tú, ella y esto, todo es Uno. Los seres sensibles, así como lo inerte y lo insensible (la tierra, el aire, el fuego y el agua), todo esto es Uno. El bienestar que resulta de la conciencia de que 'todo es Uno' no puede ser obtenido por una conciencia fragmentaria, que separa las cosas y los seres: todo es Uno." 

UNA MEDITACIóN UNIFICADORA

La verdadera meditación supone una búsqueda del centro espiritual y, por ello, de la unidad. Es un camino inverso al de la dispersión en el mundo exterior y a la proliferación de yoes contradictorios dentro nuestro. Proponemos con este fin un sencillo eiercicio.

Relajados, sentados, tendidos o de pie, cerramos los ojos y colocamos las manos a la altura de la zona situada justo por debajo del ombligo; la palma izquierda sobre el abdomen y la palma derecha encima de aquélla.

La respiración es profunda y amplia, pero tranquila. En cada inspiración repetimos "soy", y, con cada espiración , "uno" (es un término neutro, no masculino).

Con esta práctica que puede realizarse varias veces al día, se toma cierta conciencia de unidad, al unificar tres niveles: mente (cabeza), respiración (tórax) y abdomen (centro de gravedad).

Para saber más

  • Lao-Tse: Tao Te Ching. Ed . RBA-lntegral
  • Texto tamil anónimo del siglo XIX: Todo es uno. J.J. de Olañeta Ed.
  • Jack Kornfield: Después del éxtasis, la colada. Ed. Liebre de Marzo.
  • Jorge Bucay: El camino del encuentro. Ed. Plaza &Janés