"El Tao que puede ser expresado, no es el verdadero Tao. El nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre". Así comienza uno de los libros más enigmáticos y sugerentes de la historia de la humanidad: el Tao Te Ching, de Lao Tsé.

Si bien el taoísmo aparece como doctrina alrededor del siglo vi antes de nuestra era, el propio Lao Tsé no pretendía ser original y redactar una obra personal, sino que se hacía heredero de una tradición inmemorial.

Existen numerosas traducciones y ediciones del Tao Te Ching. Destacan la traducción del chino realizada por Onorio Ferrero (editada por Ignacio Prado) y la publicada por RBA.

Escrito en caracteres ideográficos, constituye la esencia del llamado taoísmo, una doctrina espiritual que –junto al confucianismo– ha impregnado la vida y cultura chinas hasta la llegada de la barbarie maoísta en el siglo XX: todos los viajeros europeos resaltaban en sus crónicas que la China antigua se caracterizaba por la armonía que se desprendía de su arte, arquitectura, cocina e incluso vida social.

 

Y si los criterios y máximas de Confucio ordenaban la sociedad en cuanto a leyes y formas de comportamiento, Lao Tsé y sus discípulos expresaban el ideal taoísta, alejados de ciertos convencionalismos y en busca de la verdad interior.

No se consideraba contradictorio que una misma persona pudiera ser confuciana de día, siguiendo la etiqueta palaciega o de los funcionarios, y taoísta de noche, meditando en silencio o escribiendo poemas de insondable belleza.

Cielo y tierra, yin y yang: la búsqueda del equilibrio

El simbolismo que utiliza el taoísmo es de carácter directo y primordial. De modo que para mostrar la situación del hombre dentro de la realidad total se vale de una imagen al alcance de todos.

Si observamos a un ser humano en posición vertical, apreciamos que sus pies descansan sobre el suelo y su cabeza destaca en la parte superior. Bien puede decirse que nos hallamos entre el cielo y la tierra.

La denominada Gran Tríada del taoísmo se refiere al Cielo o Tien (lo trascendente, espiritual), la Tierra o Kien (lo inmanente, material) y el Hombre o Jen (intermediario entre ambos).

De modo que el ser humano no puede dejar de ser fiel tanto a la realidad del espíritu como a la materialidad concreta en la que se apoyan sus pasos. Pero la sociedad actual va camino de separarse de ambas dimensiones: por un lado se aparta de la naturaleza, contaminando el aire y el agua, y por otro niega que haya alguna realidad de índole superior.

Sin embargo, el ser humano no puede desarrollarse como tal en ausencia de ambos polos, celestial y terrestre.

"El principio del cielo y la tierra no tiene nombre. Con nombre es la madre de los diez mil seres" (poema nº 1). El origen trascendente de la realidad está más allá de las categorías mentales y el nombrar con palabras. Por eso el Tao carece de forma y no tiene nombre. Pero cuando se manifiesta es la matriz de todo lo que existe.

Esto nos lleva a las dos fuerzas antagónicas y complementarias que permiten la armonía universal: el Yin y el Yang. Corresponden a lo femenino y masculino, tanto en el cosmos como en nosotros mismos.

Polaridades opuestas que ya encontramos en un libro todavía más antiguo, el I Ching o "Libro de las Mutaciones", donde mediante sencillos trigramas y hexagramas se sintetizan todas las posibles combinaciones yin/yang que dan lugar a los procesos y transformaciones del mundo manifestado. Este misterioso código de Ars combinatoria ya impresionó al filósofo y matemático Leibniz, uno de sus primeros conocedores en Occidente.

El Yin como vía para realizar el Yang (Onorio Ferrero)

En China, el principio del Tao antecede al concepto del Yin Yang. Por tanto, el orden de la secuencia es: Tao Yin Yang ¿Por qué el Yin, receptivo y oscuro, antecede al Yang, expansivo y luminoso?

Hay que tener en cuenta la anterioridad de la situación subterránea, oscura, de la semilla, del caos o del huevo, a la del árbol, del orden cósmico o de las aves y los seres orgánicos. Lo embrionario encierra en sí todas las virtualidades de sus desarrollos futuros.

Los textos sobre las ventajas del agua, de la humildad, de la receptividad, de la oscuridad, de la debilidad –todos símbolos del aspecto Yin– parecen sugerir que el camino del Tao consiste en elegir el Yin para realizar el Yang.

El camino del tao hacia el origen: buscando el principio

Tao significa literalmente Camino o Vía y por ello el Tao Te Ching se suele traducir como "Libro de la Vía y de su Acción".

La palabra Tao significa igualmente Principio, en el sentido de origen y fin de todos los seres. Todo deriva de él, torna hacia él y en él se sostiene. El sabio taoísta es, pues, aquel que recorre el camino hacia el origen, hacia sí mismo, hasta encontrar la verdadera paz en el "centro inmutable".

Pues recordemos que la metafísica y cosmología taoístas, al igual que otras en Oriente y Occidente, distinguen tres niveles en la manifestación del Principio: sin forma, sutil y corporal o material. Este último, el más inmediato a nuestros sentidos.

Para el taoísmo, la felicidad se encuentra acomodando la vida a los principios universales y controlando las pasiones, mientras que la infelicidad es consecuencia de apartarse del orden cósmico y del Principio que lo sustenta.

Del mismo modo, el verdadero valor del ser humano no se cifra en el dinero o el éxito social, sino en estar en paz consigo mismo y los demás.

La estética zen tiene notables influencias taoístas. La simplicidad y la belleza de las pequeñas cosas son cualidades que el taoísmo valora especialmente. No olvidemos que la estética zen, tan alejada del artificio y la ostentación, proviene del budismo chan, que de la China llegó al Japón y que tenía influencias taoístas.

Dentro de este contexto, nada mejor que terminar con un poema de Su Tungpo:

Clara luna sin mancha, noche de plata;
Si has de llenar tu copa, calla al hacerlo.
No luches por la fama o la riqueza, sueño fugaz…
mero destello… vuelo de sombras…

La naturaleza original

El amor a la naturaleza es consustancial al taoísmo, siendo numerosos los artistas y ermitaños que buscaron refugio en las montañas. Esto se ve claramente en dos ejemplos de la más alta expresión artística en China: la pintura paisajística, especialmente de la época Sung, y la poesía Tang.

La primera, sin dejar de ser concreta en lo que plasma, evoca mediante brumas la vacuidad del Tao: el pincel imita los movimientos sutiles (Yin-Yang una vez más) de la naturaleza.

Por su parte, los ideogramas que el poeta también dibuja en el blanco papel, van directamente a nuestro corazón cuando describen los sentimientos y pasiones humanas a la par que dejan que las aguas, los árboles y los pájaros también nos hablen.

El taoísta gusta de vivir en medio de la naturaleza virgen para descubrir y escuchar su lenguaje secreto. Se trata entonces no solo de la naturaleza en sentido material, sino de lo que podríamos denominar "naturaleza de la naturaleza".

El agua, que se adapta a todas las formas, es evocada a menudo por poetas y pintores, también en el Tao Te Ching:

  • "La suprema bondad es como el agua, sin oposición llega a todos." (poema 8)
  • "No existe en el mundo nada tan dócil y débil como el agua. Pero para atacar a lo duro y lo fuerte, nada puede superarla." (poema 78).

Cuando Chuang Tsé, un gran maestro taoísta, estaba próximo a morir, sus discípulos querían preparar un gran funeral adecuado a su categoría. Pero les dijo al enterarse: "Considero que el cielo y la tierra son mi ataúd, el sol y la luna un par de ofrendas de jade y las constelaciones joyas del enterramiento. ¿No serán acaso unos funerales magníficos? ¿Qué más puedo pedir?".

El tao, inspiración para la vida actual

¿Cuál podría ser el mensaje del taoísmo para nosotros, en el siglo XXI?

Tanto la medicina tradicional china como el fengshui, bastante conocidos ahora en Occidente, derivan de la cosmología taoísta. Pero el Tao Te Ching puede ser para cualquier lector sensible una fuente de inspiración para la vida diaria. Por otro lado, recordemos que

Decía Lao Tsé:
"Poseo tres gemas preciosas que tengo ocultas como tres tesoros. La primera se llama compasión, la segunda moderación y la tercera humildad.
Porque tengo compasión, soy valiente. Porque tengo moderación, soy generoso. Porque tengo humildad, soy señor de los vasallos.
Sin embargo hoy se pretende ser valiente sin compasión, generoso sin moderación, dominar al pueblo sin humildad." (poema 68).

También se nos invita a evitar la fuerza:

  • "Cuando el hombre nace es suave y flexible, pero cuando muere se vuelve duro y rígido. Las plantas y los árboles nacen delicados y tiernos, pero al morir se vuelven secos y ásperos. Por eso lo duro y rígido son símbolos de la muerte; lo suave y flexible, símbolos de la vida." (76)
  • "La norma del cielo es dar beneficios y no dañar. El proceder del sabio es actuar sin dañar." (8)

La sabiduría del tao se nos presenta de forma sutil:

  • "El que sabe no habla. El que habla no sabe." (poema 16) El silencio es el guardián de la verdad, mientras que las falsas palabras crean confusión y nos llevan al error. También se nos recuerda aquí la virtud de la modestia para recorrer la senda de la plenitud.
  • "Saber el no saber, he aquí lo sublime. Saber y no saber, he aquí la enfermedad." (71) El verdadero conocimiento no es puramente mental o racional, sino que trasciende el pensamiento discursivo y la dualidad.
  • "El sabio no actúa para acumular. Cuanto más entrega a los demás, tanto más posee para sí." (81) La generosidad es la consecuencia natural de dejar de considerar a los demás como radicalmente distintos a uno mismo.
  • "Aquel que se libera de deseos contempla la secreta perfección. Aquel que se llena de deseos contempla solamente sus fronteras." (1) Permanecer apegado a los objetos del deseo impide alcanzar la libertad del espíritu.
  • "Treinta radios convergen hacia el centro de una rueda, pero el vacío en el medio hace marchar el carro." (11) La utilidad de la nada queda así puesta en evidencia. Por eso el sabio se coloca en el centro de la rueda cósmica y desde esa posición contempla las cosas en su unidad original.

Vías para aplicar el no-hacer

Otros muchos extractos del Tao Te Ching podrían ilustrar las cualidades del sabio. Nos detendremos en el enigmático Wei- Wu-Wei. Suele traducirse como "hacer-nohaciendo", evocando sin duda para los occidentales un estado negativo de pasividad o inacción.

Mejor sería entenderlo como actuación desde el ser original, espontaneidad más allá del miedo o el deseo egoísta. También puede tener relación con el "hacer sin mérito" del budismo, despreocupándose de sanciones o recompensas, o el karma-yoga hindú que afirma que debemos actuar (haciendo el bien) sin esperar algo a cambio.

El taoísmo invita a actuar desde el "no-hacer". Para aplicar esa filosofía a la vida corriente resultan útiles estas actitudes:

  • Simplificar. Si tenemos muchas tareas y vamos escasos de tiempo o espacio, ¿no sería buena idea dejar de hacer algunas cosas, aligerar la agenda? ¿Y quedarnos así con los objetos y actividades que realmente son importantes para nosotros?
  • Sin respuesta. Estamos acostumbrados a reaccionar por ejemplo ante los estímulos de la publicidad, o nos sentimos molestos con las palabras desagradables que ciertas personas nos dicen. Pero podemos probar a no actuar en el sentido habitual: ni adquirir lo que no necesitamos, ni sentirnos concernidos si se nos insulta injustificadamente.
  • Acción mental. Solemos creer que solo actuamos verdaderamente al hacer determinados actos o al hablar. Pero todo empieza en la mente. Por eso hay una forma de acción sutil y que no está limitada por el espacio. Basta con sentir un tranquilo sentimiento de respeto, amor o gratitud hacia determinadas personas. También el perdón puede expresarse sin palabras.
  • Espontaneidad. Hacemos a menudo planes y podemos sentirnos frustrados si no se cumplen. Pero la experiencia demuestra que muchas cosas importantes de la vida suceden sin estar premeditadas. También suele suceder que lo inesperado, las sorpresas, sean experiencias divertidas y edificantes, como ocurre cuando viajamos a un país extraño.
  • Quietud. Se tiende a identificar el poder con la acción física. Pero la verdadera fuerza radica en la quietud, no en el movimiento; en el silencio, no en la palabra. Pues ambos nos acercan a la calma y a la inmutabilidad. Por eso la práctica de la meditación, que propicia la quietud del cuerpo y la mente, nos hace más fuertes y a la vez más sensibles.