Hestia, la primogénita de Crono y Rea era la diosa de la virginidad y la pureza, así como la protectora de los fuegos sagrados del altar y el hogar. De hecho, su propio nombre designa en griego el hogar, ese fuego en torno al cual se reúne la comunidad de una ciudad, la de los participantes en un rito o la de la familia.

La infancia de Hestia no fue fácil, pues, al igual que sus hermanos Poseidón, Hades, Deméter y Hera, fue devorada por su padre nada más nacer. Su hermano Zeus la liberó del estómago paterno y, tras vencer a los titanes, puso a su cargo la residencia divina del Olimpo. 

 

Hestia, diosa virgen por decisión propia

Zeus permitió también que Hestia conservara eternamente su virginidad. No se le conocen, por tanto, amoríos a la diosa Hestia, aunque parece ser que su hermano Poseidón y su sobrino Apolo la pretendieron como esposa.

Ella, sin embargo, se mantuvo firme y los rechazó. De ese modo, evitó que el Olimpo se viera inmerso en una disputa entre ambos dioses.

Hestia, una divinidad doméstica

Hestia tampoco abandonaba nunca su hogar en el Olimpo. Además, se mantenía al margen tanto de las inquinas y rivalidades del resto de la familia divina como de aquellas otras del mundo de los humanos. Por esa razón, la presencia de esta diosa griega en los mitos es prácticamente testimonial. El legendario poeta Homero ni siquiera la menciona en sus poemas épicos, la Ilíada y la Odisea.

Una de las escasas historias en las que aparece narra cómo un dios menor, Príapo, marcado por un descomunal miembro viril, intentó en una ocasión violarla mientras dormía. El oportuno rebuzno de un asno la despertó y Hestia pudo de ese modo deshacerse de su agresor. 

Desde entonces, el asno se convirtió en su animal favorito. Por ello, en las fiestas dedicadas a la diosa, ese animal adquiría un inusitado protagonismo y se presentaba engalanado con guirlandas formadas con hogazas de pan. 

El culto a  Hestia como diosa del fuego 

Aun así, el culto a la diosa estaba extendido por toda la geografía griega. Dado que Hestia era la personificación del hogar, se la adoraba en todos los lugares en los que ardía ese fuego: en el santuario oracular de Delfos, en los templos dedicados a otros dioses, en el pritaneo, la morada de los cincuenta magistrados que componían el consejo de la democracia ateniense, y, por supuesto, en las casas particulares.

En todos esos lugares había siempre un fuego que simbolizaba la unión de la comunidad o de la familia.

Ese mismo fuego era llevado por quienes abandonaban una ciudad para fundar una colonia. De ese modo, la nueva comunidad quedaba simbólicamente unida con aquella otra de origen. 

En cambio, la diosa apenas contaba con templos dedicados a ella. Una excepción se hallaba en la ciudad de Hermíone, en la región de la Argólide. En ese santuario, Hestia tenía un altar sobre el que se llevaban a cabo los sacrificios. 

Mas estos no eran los únicos que se le ofrecían, pues Hestia, por deseo de Zeus, gozaba de una prerrogativa que no tenía ninguna otra divinidad: la de ser la primera en recibir los sacrificios que se hacían al resto de olímpicos. 

En Roma, Hestia fue identificada con Vesta y sus sacerdotisas, las vestales, unas vírgenes que se encargaban de custodiar el fuego sagrado en el templo de la diosa.

Protectora del hogar

Hestia era también invocada con ocasión de la inauguración de una casa. En ese solemne momento, a ella se le dedicaba la primera y última libación del banquete, pues Hestia había sido la primera hija de Crono y Rea y, como tal, la primera en ser devorada y la última que fue regurgitada. 

En esa ceremonia se la relacionaba con su sobrino Hermes, el mensajero de los dioses, del que se creía que tenía poder para proteger las casas y sus habitantes de la acción de las fuerzas malignas.