El valor de aceptarse

Cómo aceptar la realidad y la situación para poder seguir adelante

Silvia Díez

A veces libramos una batalla interior, escindidos en nuestra relación con el mundo. Al aceptar una situación, se gana claridad para dar y recibir sin restricciones.

Al ser humano a veces le cuesta aceptar los cambios que propone la vida, así como los obstáculos y conflictos que se cruzan en su camino.

Ante ellos, es fácil atascarse y quedarse anclado en la queja de lo que se deseaba y no pudo ser, de lo que se perdió o no se llegó a recibir. Le reprochamos y reclamamos entonces al universo una y otra vez, como si este se rigiera por nuestro mismo sentido de la justicia.

Cuesta reunir el valor para rendirse ante aquello que es más grande y poderoso hasta llegar a la aceptar la realidad, la situación. Pero la vida no interrumpe su curso por eso ni deja de sorprendernos con nuevos recodos.

El lastre de juzgar

El ser humano no tiene potestad para decidir la mayoría de los sucesos cruciales de su existencia, como el país en que nace, la época en que vive, el cuerpo y el potencial intelectual que posee, los padres y otras personas con las que crece, de quién se enamora o quién le querrá.

Lamentarse o rebelarse por ello supone una lucha estéril que solo prolonga el sufrimiento. En cambio, aceptar la realidad, con toda la dureza y la grandeza que la conforman, permite abrirse para encontrar un nuevo camino.

Suele decirse que aquello a lo que uno se resiste, persiste, y aquello que se acepta, se transforma. Cuanta más lucha, queja y reproche, más crece el vínculo con lo que se está rechazando.

Sin embargo, cuando cesa la oposición y aparece la aceptación, la acción se convierte en algo sencillo, fluido, amable y seguro.

Pero, ¿cómo aceptar? La aceptación surge de una actitud parecida a la que se desarrolla durante la meditación, cuando se contemplan los pensamientos sin identificarse con ellos.

Consiste en abandonar el hábito de juzgar como bueno o malo, correcto o incorrecto todo aquello que ocurre, tanto fuera como dentro de uno mismo, porque la vida se mueve más allá de estas etiquetas.

Como propone Lou Marinoff en Más Platón y menos Prozac: "Cuando se disponga a definir el problema al que se enfrenta procure averiguar lo que ocurre sin emitir juicios. Estará contemplando lo que los filósofos denominan ‘fenómenos’, es decir, sucesos externos a usted, hechos que existen con independencia de sus creencias, sentimientos o deseos al respecto".

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Deja de juzgar. De juzgarme. De juzgarte.

Aprender de las situaciones

Cuesta vencer la inercia de enzarzarse en juzgar, pero cuando se desarrolla la capacidad de crear ese espacio, ese silencio más allá del "debería ser", se puede empezar a percibir el mundo tal cual es y a dejar de ser víctima de las situaciones para convertirse en discípulo de ellas.

La aceptación es el mecanismo que conecta a cada persona con los recursos de que dispone para adaptarse a las circunstancias, como el junco que se mueve junto al viento sin romperse.

Puede servir de ayuda tener presente que algunas desgracias traen consigo una semilla o un regalo escondido que va haciéndose visible con el tiempo. ¡Cuántas personas, tras sufrir una enfermedad que ponía en peligro su vida, agradecen enormemente la lección que significó esa experiencia!

Sería útil preguntarse si es posible vivir lo que está sucediendo de forma diferente. La muerte de una persona anciana y debilitada, por ejemplo, aunque entrañe duelo, puede implicar una liberación para ella y sus allegados.

Deepak Chopra, en su libro Las siete leyes espirituales del éxito, describe la llamada "Ley del Distanciamiento", según la cual, para obtener cualquier cosa en el universo físico, antes se debe renunciar a aferrarse a ella:

"La necesidad de aferrarse surge del miedo y de la inseguridad, pero la búsqueda de la seguridad es una ilusión. Desistid de aferraros a lo conocido: si os adentráis en lo desconocido, entraréis en el campo de todas las posibilidades. En lo desconocido, hallaréis la sabiduría de la incertidumbre, donde se produce la liberación del pasado y de los antiguos condicionamientos. Es el campo de todas las posibilidades, donde nos libramos a la mente creativa que dirige la danza del universo".

Todo ello comporta no solo renunciar a muchas ideas preestablecidas sobre uno mismo, los demás y el mundo, sino comprender que el placer de vivir no puede abrazarse sin abrazar también el dolor de existir. La soledad, la enfermedad, la vejez y la muerte forman parte de la existencia.

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"Aceptar las pérdidas nos hace más humanos"

Viktor Frankl habla del valor madurativo del sufrimiento aceptado, del sentido que se puede encontrar al sufrimiento por las lecciones que trae.

La aceptación conecta a cada persona con sus recursos para adaptarse a las circunstancias, como el junco que se mueve junto al viento sin romperse.

La rotura del viejo cubo

Pero cabe señalar que el dolor genuino es mucho menos común de lo que se cree y que gran parte del sufrimiento es fruto de una especie de pataleta al no conseguir que la realidad se ajuste a nuestra voluntad y expectativas.

"Ahí donde nos forzamos, nos atascamos y sufrimos se encuentra el propio ego, que siempre se las ingenia para no aceptar la realidad y manipula, calcula, hace conjeturas, se preocupa, trata de controlar, se aferra... en vez de soltar y confiar, en lugar de permitir que todo fluya, crear un espacio y abrirse para recibir lo nuevo", escribe Ascensión Belart.

Se cuenta que Chiyonô, una monja zen alumna del maestro Bukkó, practicó la meditación pacientemente durante treinta años sin obtener los frutos que buscaba.

Una noche de luna llena, como tantas otras, Chiyokô transportaba agua en un viejo cubo remendado de bambú y la luna se reflejaba en la superficie del agua. La monja la miraba, pensando en los reflejos y en la fuente de la cual proceden.

Entonces la cuerda se rompió, el cubo se cayó y se desfondó y el agua corrió por el suelo. Se dice que en ese instante Chiyokô alcanzó la iluminación. Para celebrarlo, escribió este poema: "Durante mucho tiempo he transportado este viejo cubo / cuyas duelas de bambú estaban rompiéndose. / Hasta que el cubo se desfondó. / Ahora, ¡no hay agua en el cubo! / ¡No hay luna en el agua! / Solo el vacío en mi mano".

Es la magia de la aceptación: apaga la lucha, deshace los viejos moldes, sana y permite el cambio.

Lo mismo ocurre en todo proceso de crecimiento personal: resulta imposible seguir avanzando mientras se niega una parte de uno mismo. Las personas pueden aceptarse incondicionalmente o aceptarse solo si se cumplen una serie de condiciones, como: "ser una persona de éxito", "ser una persona serena", "no tener miedo"...

Pero, ¿qué ocurre cuando no pueden cumplirse esos requisitos en función de las circunstancias? Aparecen la ansiedad, la depresión, incluso tal vez la enfermedad.

Y aun cuando esas condiciones se alcancen, ¿qué precio habrá que pagar para cumplirlas? ¿Cuánto esfuerzo y exigencia serán necesarios?

La perfección escondida

La búsqueda de la perfección en uno mismo y en los demás puede ocultar un ideal de superioridad y omnipotencia que favorece la insatisfacción. Sin embargo, cuando se renuncia con humildad a lo perfecto, entonces es posible acoger la grandeza de lo pequeño y entregarse con más fuerza al placer de vivir.

Me decía Jorge Bucay, en una entrevista para Cuerpomente, que la enorme energía que se invierte en esconder el barril donde se guarda todo aquello que se rechaza y avergüenza no se puede usar en otras cosas e impide el disfrute de la vida y de relaciones más auténticas: "Para poder soltar el lastre del barril el primer paso consiste en entender que no se trata de esconderlo más hondo ni de ponerle más piedras para enterrarlo, sino de dejarlo salir a la superficie. El segundo paso es creerse lo bastante valioso como para decirse: Seré capaz de quererme sea cual sea el contenido del barril".

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Mirar a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros padres y a nosotros mismos sintiendo que son perfectos tal cual son, diciendo: "Os amo exactamente tal como sois sin necesidad de cambiar nada", produce efectos milagrosos en el otro y en uno mismo.

La vida es un proceso continuo de aceptaciones y un diálogo permanente con la realidad. Se puede optar por luchar y tratar de imponerse a ella; o bien navegar por ella sonriendo ante lo que trae, doblegarse ante su misterio y su inconmensurabilidad, aprendiendo a ver los problemas como amigos y no como cargas, siendo discípulos en lugar de víctimas o inquisidores de un gran universo, que tal vez tenga un propósito específico.

Como dice Hermann Hesse en Demian: "Yo era un proyecto de la naturaleza, un proyecto hacia lo desconocido, quizá hacia lo nuevo, quizá hacia la nada y mi misión, mi única misión era dejar realizarse ese proyecto que brotaba de las profundidades, sentir en mí su voluntad e identificarme con él por completo".

El reto de amar lo que sucede

Byron Katie, autora de Amar lo que es (Ed. Urano), recuerda que para aceptar la realidad lo primero es centrarse en uno mismo.

Se sufre cuando se da por cierto un pensamiento que está en desacuerdo con lo que es. Entonces, cabe preguntarse: "¿Qué sería de mí sin ese pensamiento? ¿Cómo me sentiría si no lo tuviera?".

Ante una desgracia se buscan explicaciones desesperadamente. Pero, como concluye Harold S. Kushner en Cuando a la gente buena le pasan cosas malas (Los Libros del Comienzo), a menudo las cosas ocurren sin una explicación que pueda servir de consuelo.

Aceptar la realidad es aceptar que lo inmutable es la mutación, que ni lo bueno ni lo malo permanece. Por eso no conviene apegarse en exceso a las cosas buenas.

5 ejercicios para sentirse mejor con uno mismo

  • Aceptar a los demás. Destina un día a darte permiso a ti y a las personas de tu entorno a ser tal y como son sin imponer ninguna idea de cómo deberían ser las cosas ni buscarles una solución forzada.
  • Sentir la fuerza de la vida. Cierra los ojos e imagina que estás delante de tus padres, que detrás de ellos están sus padres, detrás los padres de estos, luego los padres de estos últimos... Mientras ves a todos tus antepasados, intuye una fuerza misteriosa –la fuerza de la vida– que a través de estas generaciones ha llegado hasta ti. Cuando la sientas, baja la cabeza. Después, date la vuelta y, apoyado de espaldas en tus padres, mira hacia tus hijos y hacia la vida que queda por venir a través de ti.

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  • Aprender a fluir. Imagina que estás en la orilla de un río y te subes a una balsa para navegar en él. Primero la balsa está amarrada a un árbol mediante una cuerda, pero, poco a poco, sueltas la cuerda y dejas que la balsa sea arrastrada por la corriente. Ve abriendo los ojos si aparece el miedo y vuelve a cerrarlos para abrirte lo más que puedas a la experiencia de bajar por la corriente sin ejercer ningún control sobre la dirección que toma la balsa ni sobre su velocidad.
  • Liberarse de los juicios. El juicio de los demás es uno de principales obstáculos para aceptar las cosas. Cierra los ojos y mientras los pensamientos fluyen sin prestarles atención deja que aparezca esta frase: "Me libero del juicio de otros". Siéntela mientras la repites una y otra vez. Contempla cada una de sus palabras y disfruta de la sensación de vivir más conforme con tus deseos internos.
  • Cultivar la compasión. Todos los seres humanos luchan por ser felices y a la vez sufren. El sufrimiento es un mal de todos. Tenerlo presente ayuda a desarrollar la compasión que permite la aceptación hasta de quienes más daño nos han hecho.

Libros para aprender a aceptarse

  • Vivir y amar en el alma; Joan Garriga, Rigden Institut Gestalt
  • Prácticas de autoestima; Christophe André, Ed. Kairós
  • Un viaje hacia el corazón; Ascensión Belart, Ed. Herder

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