Cine de denuncia

Los lobbies de la alimentación al descubierto

Ana Montes

El nuevo documental 'The price of Progress' denuncia cómo las grandes corporaciones mueven los hilos en el sector alimentario primando sus intereses económicos sobre la salud del consumidor.

Vivimos en un mundo donde la industria agroalimentaria no quiere ningún tipo de regulación. Solo le interesa vender sus productos a un precio razonable. Y la salud pública no es la prioridad, ni de la industria ni de las agencias alimentarias como la EFSA, en Europa, o la FDA, en EEUU.

De esta premisa parte el documental The price of progress (El precio del progreso), que se exhibe este fin de semana en Madrid en la V edición del Another Way Film Festival, en su ciclo de cine para el progreso sostenible.

El film plantea que los ciudadanos debemos reaccionar: debemos exigir transparencia frente a la acción de los lobbies, puesto que estos hacen todo lo posible por presionar y retrasar regulaciones que podrían protegernos de muchos de los tóxicos presentes en los alimentos.

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La agroindustria es acusada de ganar dinero uniformando cultivos para importarlos y exportarlos a través de grandes corporaciones. No produce solo comida para alimentar a la gente, sino para otros usos: textiles, alimentación animal, fibras, combustibles…

Además, la agricultura moderna ahora está en manos de esas grandes corporaciones, que disponen de información privilegiada sobre los cultivos gracias al uso de satélites. Eso les da un enorme poder sobre todo el sector alimentario.

Tratar la comida como una mercancía global y venderla al mejor postor solo plantea problemas. Por eso defienden en The price of progress, del director Víctor Luengo, que "la comida debe ser solo comida".

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Los transgénicos no son la solución

Las compañías de semillas de OMGs (organismos genéticamente modificados) forman parte de la agricultura industrial tecnificada basada en monocultivos, y no han logrado acabar con el hambre tal como prometían. Sí han adquirido un mayor poder de mercado introduciendo sus semillas, por ejemplo Bayer-Monsanto, Basf, Dupont…

La motivación real de la modificación genética de semillas es el mercado de patentes y ganar dinero con ellas y con los pesticidas que las complementan, porque solo las pueden vender ellos. No hay ya motivos, se lamentan en The price of progress, para creer que los nuevos cultivos de OMG vayan a ser mejores que los anteriores, ni siquiera con edición genética.

La respuesta está en la agricultura ecológica

"La respuesta al futuro de la agricultura no está en la tecnología, ni en la ingeniería genética ni en la nanotecnología. La respuesta está en cultivar de la forma más ecológica y natural", explica en el documental Angelika Hilbeck. Esta investigadora ambiental es la presidenta de la Red Europea de Científicos por la Responsabilidad Social y Ambiental (ENSSER) y está especializada en organismos OMG, genéticamente modificados.

Mientras la industria agrícola quiere previsibilidad para enfrentarse a los retos de 2050 creando nuevas variedades a través de la edición genética, "hoy la clave para la supervivencia es la plasticidad, la capacidad de adaptarse rápidamente a los cambios medioambientales". Porque el ADN, señala, no es el único componente de la vida: hay más.

Alimentos que nos enferman

Según aporta el epidemiólogo español Miguel Porta, muchos de los alimentos que comemos son una causa muy importante de nuestros problemas de salud. Son disruptores endocrinos, tóxicos, proinflamatorios y algunos, cancerígenos.

"Las enfermedades crónicas están aumentando debido al medio ambiente y no a cambios genéticos", explica el biólogo francés Gilles-Éric Séralini que en 2012 publicó un estudio sobre la toxicidad del RoundUp, republicado en 2014 tras ser revisado por pares confirmando sus daños. Y todo ello se debe a "los venenos crónicos que hay en el medio ambiente, diseñados para ser fumigados por todas partes, como los pesticidas".

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El glifosato, un caso de fraude calculado

Un caso popular es el del RoundUp y uno de sus componentes, el glifosato. Pero en "Los papeles de Monsanto" desvelados en 2017 se descubrió que también había arsénico y residuos del petróleo que no habían sido declarados en el RoundUp, acusado de provocar cáncer. Y es que el agricultor es quien decide qué tóxico declara y, de todos, en el RoundUp el glifosato es el menos dañino.

"El glifosato es un caso de puro fraude calculado a lo largo de los años manipulando a políticos y periodistas", se afirma, ya que la IARC (la Agencia de Investigación del Cáncer, de la OMS) lo declaró en 2014 como posiblemente cancerígeno.

Los derivados del petróleo se acumulan

"Muchas de las sustancias empleadas en nuestra rutina no pasan los controles de toxicidad para la reproducción, el sistema hormonal o su cancerogenidad", explica Porta. Se refiere a compuestos derivados del petróleo, que son tóxicos para el hígado y los riñones, y cancerígenos a medio y largo plazo.

Algunos de estos compuestos se acumulan en el cuerpo y están relacionados con enfermedades hormonales, neurodegenerativas, autoinmunes y del sistema nervioso central. Esto ocurre en un tiempo largo, superior a diez años, comenta en el documental Gilles-Éric Séralini.

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No es verdad que ahora los herbicidas sean más eficaces frente a las plagas. No son eficaces ante nada nuevo, aseguran en la cinta. El glifosato, el Dicamba, el 2,4D o la atracina son químicos antiguos. Pero las corporaciones transnacionales son más influyentes que antes y la cantidad de personas que trabajan en lobbies es enorme.

Las agencias de comunicación de las empresas y las agencias reguladoras, como la EFSA, (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, por sus siglas en inglés) que en 2018 demostró tener el 40% de sus expertos con conflictos de interés, tienen los mismos científicos promocionando sus productos. "Por eso todos emiten el mismo mensaje", puntualiza el documental.

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