Historias para pensar

25 cuentos cortos de Francesc Miralles para crecer emocionalmente

El escritor Frances Miralles es autor de numerosos libros sobre espiritualidad y desarrollo personal. En estos cuentos, una vez más, nos hace reflexionar sobre la vida.

Los cuentos de Francesc Miralles son inspiradores. Este escritor –autor de  Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y felizAmor en minúscula, Wabi-sabi, La última respuestaUn corazón lleno de estrellas o Cuentos para quererte mejor o Ichigo-ichie: haz de cada instante algo único– ha trascendido mundialmente con sus cuentos y novelas sobre espiritualidad que ayudan al desarrollo personal. Aquí te ofrecemos 25 cuentos cortos sobre emociones escritos por Francesc Miralles que no te dejarán indiferente. 

25 cuentos de Francesc Miralles sobre emociones

Estos cuentos cortos de Francesc Miralles son preciosos y te ayudarán a desarrollarte y crecer emocionalmente. Puedes escuchar algunos de ellos en forma de podcast. 

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Un amigo inesperado

Hacía horas que Mariana no lograba conciliar el sueño. Aunque tenía clase en el instituto a la mañana siguiente, acabó saltando de la cama, dirigiéndose hacia el ordenador. Desde que su mejor amiga había hecho una fiesta sin invitarla, se sentía humillada y llena de rabia. Al hablarlo con ella, le había dicho que la fiesta había sido idea de Jenny, una chica de clase con la que Mariana no se hablaba.

“Para que no se produjera una situación difícil”, argumentó, “esta vez no te invité, pero ha sido una situación especial”. Mientras Mariana encendía el ordenador, un trueno hizo retumbar la ventana abierta. Al ir a cerrarla, vio una figura extraña: un joven vestido de clown esperaba en la parada del autobús nocturno.

Antes de sentarse frente al ordenador, se preguntó quién sería aquel payaso que volvía a casa de madrugada sin haberse podido cambiar. Entró en Facebook y fue directamente a su agenda de amistades. Vio que eran demasiadas. A muchas personas apenas las conocía, y otras que conocía bien no podían llamarse así.

“Tengo que hacer limpieza”, se dijo a la vez que un segundo trueno daba inicio a una fina lluvia.

Se levantó un instante para ver si el clown todavía estaba allí fuera, a la intemperie. Efectivamente, seguía de pie en la parada. Su maquillaje amenazaba con deshacerse si el bus no llegaba pronto. Turbada por esta imagen, volvió al ordenador dispuesta a limpiar su agenda de falsos amigos. Empezó bloqueando a Jenny, que, absurdamente, aún formaba parte de sus contactos. Luego se deshizo de todos aquellos a quienes no conocía personalmente.

Cuando el número de contactos quedó reducido a cincuenta, Mariana se dijo que tampoco todos ellos podían llamarse amigos. ¿Cuántos ponían “me gusta” a sus post? Siempre los mismos diez o doce. El resto era como si no existiera. Decidió eliminarlos sin piedad. Luego fue al muro de su mejor amiga. En su último post, aparecía abrazada a Jenny, bailando en la fiesta donde ella no había sido invitada.

Estaba a punto de bloquearla también cuando oyó que se desataba definitivamente la tormenta. Corrió hasta la ventana para comprobar si el clown seguía allí. Al verle empapado bajo la tormenta, se olvidó por un momento de su limpieza de amigos y decidió bajar con un paraguas. Se dio cuenta, entonces, de que era muy joven. Como mucho un par de años mayor que ella. Tras ofrecerle el paraguas abierto, le preguntó:

—¿Qué haces a estas horas de la noche vestido así?

—Vengo de actuar en una cena de cumpleaños –contestó el chico– y vuelvo en autobús porque me pagan muy poco. Hoy, además, en el restaurante me han robado la bolsa con la ropa para cambiarme.

Mariana sintió lástima por aquel payaso mojado.

—¿Y no te gustaría dedicarte a otra cosa? –le preguntó–. Aún estás a tiempo de estudiar otro oficio.

—No hay mejor oficio que este –dijo el payaso llevándose la mano al corazón–. Creo que quien me ha robado la ropa para hacerme una mala pasada estaba en la fiesta, pero allí también he visto a varios reír hasta llorar. Quizá han tenido un día terrible y durante un rato les he ayudado a aligerar su carga, como un amigo inesperado. –En este punto, el clown miró a la chica, dándose cuenta de que era solo una adolescente– ¿Y tú? ¿Qué haces despierta a estas horas?

—He visto que te estabas mojando y he bajado a traerte un paraguas. Eso es todo.

—Entonces eres como yo. Has bajado para ayudar a alguien que ni siquiera conoces. Por la sola satisfacción de hacerlo, sin pedir nada a cambio.

Esta frase la hizo reflexionar sobre los sentimientos negativos que había albergado los días pasados. Cuando la silueta del autobús ya se perfilaba al fondo de la avenida, Mariana le tomó de la manga y le dijo:

—Tengo algo que preguntarte... ¿Has sentido a veces que das lo mejor de ti a alguien y que luego no te corresponde?

—Cada día, forma parte de mi oficio.

—¿Y no te enfadas?

—No, porque he entendido que la generosidad no es un camino común de ida y vuelta.

—¿Qué quieres decir con eso? –le preguntó ella.

—Lo bueno que das vuelve a ti, pero no siempre por parte de las personas que reciben tus favores. Esa es la magia de dar sin esperar nada a cambio –dijo mientras el autobús ya frenaba frente a la parada–. El universo te premia a través de otros amigos, incluso a través de alguien que no te conoce.

—¿De verdad? ¿Te ha sucedido alguna vez?

El payaso besó a la chica en la frente y, antes de subir al autobús, le confesó:

—Sí, esta noche. Yo he dado lo que tenía en otra parte, y tú me has traído el paraguas.

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Aprender a perder

Carlos miraba desde la grada los últimos minutos del partido de su hija. A sus dieciséis años, acababa de fichar por un equipo juvenil de fútbol que aquella tarde estaba ganando por uno a cero.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, las jugadoras fueron a abrazar a sus rivales

Orgulloso con el debut de su hija, aunque el único gol lo hubiera marcado el equipo contrario en propia puerta, Carlos la esperó frente a los vestuarios para volver con ella a casa. Sin embargo, al salir, ya duchada y cambiada, le dijo:

—Llegaré a casa en una hora, papá. Tenemos una merienda con el equipo.

—Claro, supongo que quieres celebrar la victoria con tus compañeras.

—Voy con ellas, sí, pero también con las rivales. De hecho, las invitamos a merendar.

—¿Cómo es eso? –preguntó sorprendido.

—Es una regla de Joan, nuestro entrenador. Los que ganan invitan a merendar a los que pierden.

—Entiendo... Se trata de consolarlos en la derrota. Una voz cascada sorprendió a Carlos, que al girarse descubrió a un anciano en chándal.

—Al contrario, de lo que se trata es de aprender de los que pierden, por eso mis chicas pagarán la merienda. Por cierto, ¿tiene usted prisa? Acostumbro a subir ese monte después de los partidos en nuestro campo, y me gusta ir acompañado.

Carlos resopló, agobiado, a la vez que valoraba la pequeña montaña justo al lado del estadio. No tendría más de doscientos metros de altura, así que se podía subir y bajar en una hora. Para no ser descortés, aceptó la invitación y los dos se encaminaron en silencio por el sendero.

Cuando ya habían cubierto la mayor parte de la cuesta, Joan explicó:

—Una vez al mes pido a las chicas que suban y bajen esta montaña. Es parte de su formación vital.

—Igual que invitar a las perdedoras, ¿no? –dijo Carlos, que no entendía qué sentido tenía subir y bajar un monte, más allá del ejercicio físico.

—De hecho se trata de lo mismo. La montaña es una metáfora de la vida y nos enseña a ganar y a perder. Durante la primera mitad de la vida, subimos la montaña y vamos ganando cosas por el camino. Acumulamos conocimientos, posesiones, éxitos... Somos jóvenes y enérgicos, y cuando llegamos a la cima miramos el mundo desde arriba y gritamos: “¡He llegado aquí arriba! ¡He conseguido esto y lo otro!”.

Aquel grito coincidió, efectivamente, con su llegada a lo más alto del monte, desde donde se apreciaba el estadio a vista de pájaro. En aquel momento, el jardinero regaba el campo.

La voz del anciano sacó a Carlos de aquella calma tras el esfuerzo con una pregunta indiscreta:

—¿Qué edad tiene usted?

—Cincuenta y cuatro. Tuve a mi hija de mayor.

—Eso es fantástico... Entonces ya ha empezado a bajar la montaña, como haremos nosotros ahora –dijo invitándole a iniciar el descenso–. ¿Está preparado para perder?

—¿A qué se refiere exactamente? –preguntó Carlos, algo irritado.

—A no ser que vaya a vivir ciento veinte años, probablemente usted ya ha llegado a la cima y ha mostrado al mundo sus logros. ¿Está satisfecho?

—Supongo que sí –dijo mientras bajaban por un camino distinto–. He conseguido trabajar en lo que me gusta y en mi sector soy respetado. Tengo mi casa pagada y mi hija ya vuela sola. En un par de años irá a la universidad y le veré poco el pelo, porque quiere estudiar fuera.
Asegurando cada paso, el anciano respondió:

En esta fase tendrá que aprender usted a perder, y no solo a su hija.

—¿Se ha propuesto deprimirme, Joan?

—¡No! Solo que disfrute de cada etapa. ¿O es que la subida a una montaña es más bella que la bajada

Carlos no contestó.

—Cuando descendemos la montaña de la vida –siguió el entrenador–, no solo vemos partir a nuestros padres mientras nuestros hijos empiezan a emanciparse. Por el camino vamos dejando amistades, gente con la que teníamos mucho en común y que ha elegido otras rutas...

—Pero duele despedirse de aquello que amamos.

—Por supuesto que duele, pero el dolor prueba que estamos vivos y en constante evolución. En la bajada de la montaña despedimos a personas, nuestro cuerpo no funciona como antes... aunque ganamos otras cosas a cambio.

—¿Qué cosas?

—Mayor comprensión de la vida. En la subida acumulamos cosas y en la bajada vamos soltando peso para andar más ligeros. Si hemos aprendido las lecciones del camino, cada vez necesitaremos menos y disfrutaremos de cada instante.

Al despedirse, el entrenador puso la mano en el hombro de Carlos y le dijo:

Es cierto que nadie nos enseña a perder en la vida... pero para nuestra felicidad es tan importante como saber ganar.

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La bolsa interior

Alfonso sopló con triste resignación las dos velas con el 4 y el 0 sobre la tarta. Nunca había sido aficionado a las fiestas, pero esperaba algo más brillante para su entrada en la cuarentena. Había convocado a media docena de personas, pero sus invitaciones habían sido rechazadas con todo tipo de excusas. Todo lo que tenía para celebrar su cumpleaños, además de aquella tarta, eran dos felicitaciones formales –una de su banco, otra de su gestor– y un obsequio de un familiar lejano que le había herido en lo más hondo: un fin de semana para dos personas en un balneario.

Se guardó el cupón en su bolsillo trasero para tirarlo en una papelera cuando saliera a la calle. Alfonso no tenía novia ni amigos que quisieran compartir un aburrido fin de semana en aguas termales. Atribuía su nula vida social al exceso de trabajo. Desde que había estallado la crisis, su profesión de analista financiero le obligaba a estar de sol a sol delante de una pantalla llena de cifras. Sus propios números no iban mal, se dijo mientras bajaba a la calle para dar un paseo nocturno. A sus 40 años ya casi había pagado la hipoteca del piso. Tenía, además, una plaza de aparcamiento en propiedad, un coche deportivo y una motocicleta que solo había sacado un par de veces. Su plan de pensiones empezaba a estar nutrido, y una herencia en metálico que tenía a plazo fijo le garantizaba buenos intereses.

Pese a disponer de todo aquello, la noche de su cumpleaños se sentía vacío. Tal vez fuera porque ese domingo ya habían cerrado los pocos bares de su barrio. Alfonso deseaba tomar una cerveza antes de acostarse, con el murmullo de solitarios clientes de barra que charlaban con el camarero. Buscando un lugar con vida en el desierto urbano, se dio cuenta de que se había alejado mucho de casa. Miró el reloj y vio que ya era medianoche. Aquel largo paseo nocturno había sido una triste celebración de cumpleaños. Resignado a iniciar como cuarentón una semana más, Alfonso se sintió repentinamente cansado y decidió que tomaría un taxi para regresar.

Mientras trataba de descubrir entre el escaso tráfico una salvadora luz verde, se le ocurrió revisar su cartera y advirtió, fastidiado, que no llevaba dinero en metálico. Contrariado, decidió proveerse de fondos en un cajero antes de subirse a un taxi. Miró a su alrededor. Por suerte, había un cajero justo al otro lado de la acera donde él se encontraba. Cruzó la calle a grandes zancadas movilizado por su impaciencia para regresar a casa.

El cajero se hallaba dentro del vestíbulo de una oficina bancaria, y Alfonso vio con desagrado que un indigente dormía junto a la máquina dispensadora de billetes. Le violentaba sacar dinero al lado de alguien que no tiene absolutamente nada. Le hacía sentirse vencedor de una guerra en la que no había pedido tomar parte. Fue ese sentimiento de pudor el que hizo que, tras obtener cuatro billetes de 20 euros, dejara uno de ellos en la mano abierta del mendigo, que parecía dormido. Como si hubiera notado el peso ínfimo del billete, los dedos callosos de la persona que parecía dormir se cerraron para atrapar los 20 euros. Justo entonces abrió sus ojos y le habló con refinado acento:

—Le agradezco la dádiva, caballero, y la acepto solo por no hacerle el feo de devolver un regalo. Lo cierto es que no necesito nada, soy inmensamente rico.

Alfonso se quedó boquiabierto ante las palabras de aquel hombre, al que calificó enseguida de chiflado. Por la propiedad con la que se expresaba, dedujo que había sido alguien que, tiempo atrás, había gozado de una posición acomodada. Quizá una quiebra, un divorcio mal negociado, el alcohol o alguna enfermedad mental le habían hecho caer en desgracia. Sintiendo lástima por aquel indigente, Alfonso le preguntó:

—Si es tan rico… ¿qué hace durmiendo aquí?

—Hace un poco de frío en casa, por eso me he venido a echar una cabezadita aquí dentro. Además, en este lugar se hacen amigos. ¿Vamos a tomar un café?

El hombre le guiñó el ojo mientras se levantaba de su lecho formado por periódicos y se sacudía el polvo.

—Está todo cerrado –dijo Alfonso, sorprendido por el rumbo inesperado que estaba tomando aquella noche.

—No todo. En una gasolinera a tres calles de aquí podemos tomar un café y un bocadillo.

Cuando se pusieron en camino, Alfonso pensó que sus situaciones vitales no podían ser más diferentes, pero le resultaba muy fácil hablar con aquel hombre caído en desgracia.

—¿Dice entonces que hace un poco de frío en su casa? ¿Dónde vive usted?

—En una vivienda que tiene miles de metros cuadrados. ¿Qué digo, miles…? ¡Millones!

—La calle, claro –supuso Alfonso tristemente.

—No hay casa más grande, aireada y diáfana. Además, como y ceno cada día de restaurante, como un señor.

—¿Y eso?

Tengo una ruta de varios establecimientos donde me respetan y me guardan siempre las sobras. Nunca me falta un plato caliente. A cambio, yo les aconsejo dónde pueden invertir lo que tienen.

El analista financiero se quedó pasmado ante esto último. Al notar su asombro, el indigente le dijo:

—También le puedo asesorar a usted.

—Pero… no tiene ni idea de mis propiedades ni de mis activos. ¿Cómo va a aconsejarme entonces?

No necesito conocer el estado de sus cuentas bancarias para saber que un hombre que pasea solo a estas horas ha errado en sus inversiones. Puede que tenga propiedades y activos, como bien ha dicho, quizás haya ganado incluso en la bolsa, pero allí no se negocia la auténtica riqueza.

—¿Dónde se encuentra entonces? —preguntó Alfonso fascinado.

—En la bolsa interior –dijo el hombre señalando su corazón– es donde se encuentran las divisas que nunca pierden valor, como el amor o la amistad. Si hubiera invertido en esa cartera, no se encontraría deambulando solo un domingo por la noche.

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Tenerlo todo y no saberlo

Adriana llevaba tiempo sintiendo que a su vida le faltaba algo. Visto desde fuera todo parecía ir bien. Tenía un empleo bien pagado en una gran multinacional, un novio que la visitaba una semana al mes –su empresa lo había trasladado al extranjero–, un amplio apartamento de alquiler, buena salud y una envidiable silueta para sus 33 años.

Sin embargo, no era feliz. Y lo desesperante era que tampoco sabía qué le faltaba para ser feliz.

Había hecho diferentes terapias, un curso de eneagrama, talleres de coaching… pero seguía igual. Eso sí, se esforzaba en imaginar otras vidas posibles que tal vez le procurarían la ansiada realización. Aquel sábado por la mañana, Adriana se entregó a ese ejercicio de fantasía. Había bajado a comprar el periódico bajo un clima gélido y, antes de regresar a casa, se había detenido en un café cercano.

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Tras una ración de malas noticias en la prensa, pidió un té verde. Mientras contemplaba desde la cristalera los árboles helados por el frío, se entregó a sus habituales ensoñaciones. Dio un primer sorbo a la infusión y empezó a diseccionar los elementos que conformaban su apática existencia.

Cobraba un buen sueldo en la multinacional y el ambiente era agradable, pero no le seducía hacer lo mismo toda la vida. Si esperaba cinco o seis años más, sería ya demasiado tarde para cambiar.

Albergaba las mismas dudas sobre su novio. Mientras vivían juntos le había parecido el hombre perfecto. Ahora, sin embargo, aunque hablaban por teléfono cada día, la relación a distancia la había enfriado. Entre otras cosas, le parecía que él se había acostumbrado demasiado rápido a estar sin ella.

Si Adriana descubría al final que él no era la persona adecuada, le resultaría difícil encontrar a otro hombre para una relación seria, y entre tanto el reloj de la maternidad seguía corriendo…

Cuanto más analizaba su vida, mayor era su confusión.

Tras el trabajo y el amor, le tocó el turno al apartamento que tenía alquilado desde hacía seis años. Era la envidia de sus amigos, pero Adriana ya se había cansado de aquella finca de principios del siglo XX.

Las habitaciones eran espaciosas y los techos altos, pero el piso era una fuente constante de contratiempos. Cuando no aparecía una grieta, había algún problema de cañerías, por no hablar de lo que costaba calentar aquellos 90 metros cuadrados, demasiados para una mujer que ahora estaba sola.

Tal vez debería mirar un piso nuevo de compra, se dijo, ahora que los precios habían caído en picado. Ciertamente, tenían menos encanto que una finca modernista y estaban en barrios menos céntricos, pero tenía que pensar en el futuro. De cara a la jubilación, era prudente conseguir una vivienda propia, aunque fuera modesta.

Una vez hubo puesto patas arriba toda su existencia, Adriana terminó su té con un suspiro y salió del establecimiento.

Aquel fin de semana prometía ser mortal de necesidad, pensó mientras, congelada, se apresuraba a rehacer el camino a casa. Todos sus amigos habían aprovechado la llegada de la nieve para salir a esquiar. Como no tenía familiares en la ciudad, pasaría el tiempo libre leyendo con una manta sobre las rodillas, igual que su abuela.

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Al llegar al portal de su casa, de repente hizo un terrible descubrimiento: se había dejado las llaves dentro. Le había pasado ya un par de veces, aunque nunca en fin de semana. Su mejor amiga tenía copia de las llaves, pero vivía sola y en aquel momento se encontraba en una lejana estación de esquí. El otro juego lo tenía la mujer de la limpieza. La llamó inmediatamente al móvil, dispuesta a tomar un taxi para recoger las llaves allí donde estuviera, pero le saltó el contestador.

Abrumada, de repente Adriana se dio cuenta de que no tenía adónde ir. Para resguardarse del viento helado, se metió en un bar de su misma calle y llamó otras dos veces a la única persona que podía procurarle las llaves.

El teléfono seguía apagado. ¿Lo habría desconectado todo el fin de semana? ¿Y si la mujer de la limpieza, como sus amigos, también pasaba los dos días fuera, en un lugar sin cobertura? En este caso estaba perdida. Se vería obligada a deambular por las calles sábado y domingo sin que nadie le pudiera echar una mano. Como mucho, podía coger una habitación en un hotel, pero ni siquiera dispondría de ropa para cambiarse.

‘Muchos buscan la felicidad como otros buscan el sombrero: lo llevan encima y no se dan cuenta.’ Nikolaus Lenau

Horrorizada ante aquella perspectiva, de repente su viejo piso se le antojaba el lugar más confortable del universo. Todas sus cosas estaban allí; y la novela que acababa de empezar y que la tenía totalmente atrapada. Además, había comida deliciosa en la nevera y le apetecía mucho cocinar. Había pensado poner su CD favorito y servirse una copa de vino mientras elaboraba la receta sin prisa. Mientras pensaba en estos planes que se habían ido al traste por su distracción, le entraron ganas de llorar.

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Justo en ese momento, su teléfono móvil empezó a sonar. Adriana lo buscó frenética en el bolso deseando que fuera la mujer de la limpieza. Estaba tan alterada que al ver en la pantalla el nombre de su novio sintió casi una decepción.

Le contó atropelladamente lo que le había sucedido. Él respondió al otro lado con una risa que solo consiguió acrecentar su furia.

—¿Te parece divertido?
—Por supuesto —contestó él—, sobre todo porque te llamo desde casa. Desde nuestro apartamento. He venido en plan sorpresa y, al ver que no estabas, te he llamado.

Eufórica y aliviada, Adriana corrió hacia el viejo apartamento sin perder un solo instante. Apenas dos minutos después estaba besando a aquel hombre del que una hora antes había tenido sus dudas.

—¡Será posible! ¿Por qué no has avisado de que venías? —le preguntó.
—Ya te he dicho que quería darte una sorpresa. De hecho, son dos: la otra es que he venido para quedarme. He pedido a la central volver a mi antiguo puesto. Te echaba demasiado de menos, cielo.

Tras abrazarlo todavía con más intensidad, Adriana supo por primera vez que estaba con quien quería estar y donde quería estar. La felicidad andaba tan cerca que hasta entonces su miopía emocional le había impedido verla.

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Un consejo sufí

Mientras atravesaba el desierto a lomos de un dromedario, Marian era incapaz de disfrutar del amanecer que convertía las dunas en un mar dorado. A lo lejos se vislumbraban las palmeras de un oasis más grande y frondoso de lo que había imaginado.

Su mente, sin embargo, seguía anclada al mundo de obligaciones que había dejado en la ciudad. Su marido avanzaba entre ella y el guía, girándose de vez en cuando con una sonrisa. Pedro le había regalado aquel viaje exótico por sus bodas de plata. Había pensado que una semana alejados del mundanal ruido les haría bien.

No obstante, nada más aterrizar en el pequeño aeropuerto egipcio, ella había empezado a preocuparse.

Mientras esperaban la furgoneta que les llevaría hasta la caravana de dromedarios, había dicho a su marido:

—¿Crees que hacemos bien dejando a los chicos solos una semana entera?

—Mujer... –la tranquilizó Pedro–. A veces te olvidas de que ya no son unos niños y van a la universidad. Que estemos aquí casi es más un regalo para ellos que para nosotros. Así tienen la casa para invitar a sus amigos el fin de semana, y el resto de los días pueden estudiar hasta la madrugada sin que les riñas.

—Van a estar toda la semana comiendo mal –dijo ella, intranquila–. Seguro que tiran de congelados y de bocadillos cada día.

—¡Que se apañen!

—Tampoco me gusta dejar a tu madre desatendida tanto tiempo. No se vale por sí sola.

—Una persona vive con ella y la cuida –le recordó Pedro–. No sé para qué gastamos tanto dinero si luego estás pendiente de cada detalle.

—¿Y la oficina? –había dicho ella al fin–. ¿Qué pensarán de que me haya tomado vacaciones en mitad del año?

—¡Pueden pensar lo que quieran! Has acumulado suficientes horas extra para dar la vuelta al mundo sin que tengan derecho a protestar. ¿Quieres dejar de pensar en los demás y disfrutar un poco?

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Aquello fue lo último de lo que hablaron antes de que la caravana partiera, todavía de noche, con otras parejas de viajeros que se dirigían hacia aquel paraíso en medio del desierto. Al llegar, bajo la primera luz de la mañana, Pedro quedó boquiabierto ante los cientos de palmeras que brotaban entre las casas encaladas de forma cubicular. Había un mercado en la calle y un café en la plaza central, donde ancianos con chilaba conversaban animadamente mientras fumaban en narguile.

Tras ser recibidos en un romántico hotel con habitaciones alrededor de un patio, durmieron un par de horas para descansar del largo viaje nocturno. Tal como sucedía en su propia casa, Pedro cayó dormido al instante; mientras, Marian daba vueltas a los quehaceres que había dejado a miles de kilómetros de allí. No podía evitarlo. Tenía mala conciencia por no estar disponible para la legión de personas por las que se afanaba.

“Parece que estés en deuda con el mundo”, le habían dicho muchas veces sus propios hijos. “¡Relájate, mamá!”.

Cuando Marian abrió los ojos, Pedro ya no estaba en la cama. Se vistió rápidamente y salió angustiada hacia la recepción. “Igual está indispuesto por el viaje o por este calor horroroso”, pensó. Un joven empleado con birrete se encargó de disipar sus miedos.

—Su marido está en el hammam. No ha querido despertarla y ha dejado nota de que volverá para el almuerzo –dijo con una sonrisa radiante–. Vaya a tomar un té a la menta en el café de la plaza. Ha llegado el sabio sufí...

Para no llevar la contraria al joven, Marian se dirigió hacia allí, pero se detuvo al ver que las cuatro mesas bajo el entoldado estaban ocupadas. Un anciano que se hallaba solo en una de ellas le hizo una señal con la mano para que ocupara una de las sillas. Marian se sentó con timidez y pidió un té mientras el viejo la observaba con el narguile en los labios. Enseguida adivinó cuál era su procedencia y no tardó en hablarle en su idioma. Sin duda, pese a vivir en el desierto, era un hombre de mundo.

—¿No le gusta el té?

—¡Me gusta mucho! –repuso azorada–. Está delicioso.

—Entonces no le gusta el oasis... Tal vez sea un lugar demasiado pequeño para una señora de ciudad.

—Al contrario, me parece una maravilla.

—¿Por qué frunce el ceño, entonces?

Convencida de que se hallaba ante el sabio sufí, Marian le confesó las inquietudes que la habían tenido desvelada desde que había empezado las vacaciones. El anciano escuchó atentamente. Luego habló:

—Le voy a contar lo que Nasrudín, un verdadero sabio, explicaba a sus discípulos cuando estos le preguntaban cómo debían comportarse con los demás.

—¿Qué les decía?

—Tres cosas –empezó el anciano–: “Bueno es aquel que trata a los otros como le gustaría ser tratado. Generoso es quien trata a los demás mejor de lo que espera ser tratado. Y sabio es quien sabe cómo él y los otros deben ser tratados, de qué modo y hasta qué punto”.

—Entonces... –murmuró Marian confusa–, ¿qué es mejor: ser bueno, generoso o sabio?

—Sin duda, lo último. Si eres sabio, no tienes que estar obsesionado con ser bueno o generoso, pues te limitarás a hacer en cada momento y con cada persona lo que sea necesario, sin olvidarte de ti mismo.

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El consultor del tiempo

Hacía mucho que Beatriz tenía la sensación de que su vida era un proyecto eternamente aplazado, como la historia de un artículo de Mariano José de Larra que había leído en sus tiempos de estudiante. Larra relataba la epopeya de un francés llegado a España para unos pocos trámites... que nunca llega a realizar porque el funcionario de turno siempre le responde con un “Vuelva usted mañana”, para al día siguiente obtener la misma promesa.

Mientras se preparaba un café instantáneo –lo único instantáneo en su vida–, Beatriz se dijo que se comportaba consigo misma como el funcionario de Larra con el francés. Postergaba una y otra vez todo lo que se proponía, con lo que había perdido totalmente la fe en sí misma.

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Desde la ventana de la cocina, contempló con fatiga el cielo veraniego mientras se lamentaba por no haber cumplido ni un solo punto de su lista navideña. Con el arranque del nuevo año, tenía el ritual de escribir en un papel tres cosas importantes para realizar antes de la llegada de las vacaciones de verano. La última vez había decidido:

  • 1. Ir al gimnasio tres días por semana.
  • 2. Terminar de una vez por todas la novela que empecé a escribir hace años.
  • 3. Apuntarme a una academia de inglés.

Entusiasmada con aquellos propósitos, el 2 de enero había regresado al gimnasio que pagaba –aún no sabía por qué– desde hacía un año. Su siguiente visita no fue hasta una semana más tarde, pero se dijo que ya habría tiempo de recuperar las sesiones perdidas.

La tercera semana, sin embargo, varios imprevistos le impidieron acudir una sola vez. Y durante la cuarta ni siquiera pensó en cumplir en el plan. Había fracasado nada más empezar.

Algo parecido sucedió con su novela, un proyecto que había iniciado en sus tiempos de universitaria y que se había prometido completar antes de los 30. De eso hacía diez años. Una vez más, se había fijado como objetivo escribir una página cada noche, en lugar de ver la tele.

La primera noche solo había logrado terminar media página porque una amiga la había llamado por teléfono y ya no había reemprendido la escritura. La segunda noche se enganchó sin querer a un debate televisivo. La tercera había devuelto la libreta al cajón para que durmiera nuevamente el sueño de los justos.

En cuanto a estudiar inglés, ni siquiera había empezado a buscar una escuela.

Desanimada, tomó el autobús que la llevaba a su trabajo en una oficina de alquiler de coches. Allí no había retraso posible, ya que no fichar a la hora se penalizaba con una multa económica que no podía permitirse.

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Mientras se entretenía en medio de un embotellamiento con estos pensamientos, Beatriz se fijó en un joven ejecutivo sentado a su lado. Llevaba una carpeta con su nombre estampado y, debajo, su cargo: Consultor de Tiempo.

Llena de curiosidad, no pudo evitar preguntarle en qué consistía su trabajo:

—Así como hay gestores de fortunas monetarias, yo ayudo a la gente a administrar lo más valioso que tienen: su tiempo.
—¿De verdad? ¿Y cómo se hace eso?
—Analizo una sola jornada para entender por dónde se escapan inútilmente los segundos, minutos y horas. Cuando el cliente se da cuenta, no le resulta difícil hacer los cambios oportunos para sacar provecho de su tiempo.
—Me encantaría contar con sus servicios –dijo Beatriz, admirada–, aunque con mi sueldo me temo que no podría permitírmelo.
—No se preocupe –sonrió el ejecutivo–, cuénteme su problema. De todos modos, el atasco parece que va para largo y, ahora mismo, no tengo nada que hacer.

Agradecida, Beatriz le explicó sus lamentaciones de aquella mañana en la cocina.

—El diagnóstico está muy claro: es usted una procrastinadora.
—¿Cómo?
Se dedica a procrastinar –explicó él pacientemente–, es decir, a aplazar las cosas que debería hacer hoy. ¿Sabe que eso implica un enorme gasto de tiempo?

Beatriz le miró sin entender a qué se refería. El ejecutivo prosiguió:
—El problema de los procrastinadores no es solo que no hacen lo que se han propuesto, porque lo que se aplaza a menudo no se realiza, sino las horas que invierten inútilmente en cambiar planes y fijar nuevas metas, que a su vez serán aplazadas en su momento. Todo eso suma un montón de tiempo tirado a la basura. Dígame, ¿cuánto tiempo ha dedicado esta mañana a pensar en lo que me ha contado?
—No mucho… Media hora quizá.
—Media hora es mucho. Podría haberla destinado a escribir unos cuantos párrafos de su novela, mientras tomaba el café. O a leer un capítulo de un libro en inglés de su nivel.

—Eso es cierto –reconoció ella–. ¿Me está diciendo, entonces, que el tiempo que dedico a planificar y aplazar lo podría invertir directamente en lo que deseo hacer?
—¡Bingo! Si esta mañana hubiera hecho usted una de las dos cosas, no estaríamos teniendo esta conversación. Estaría satisfecha con el pequeño logro y esta noche no le costaría dedicar media hora más a otra tarea. Se trata de elegir entre dos opciones: o pensamos en hacer las cosas o las hacemos. Así de simple.

Beatriz le dio las gracias justo cuando el autobús se detenía en su parada. Mientras cruzaba el vestíbulo de su oficina, decidió que entre procrastinar o hacer, en adelante elegiría siempre lo segundo.

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La Cumbre de la Atención

Desde que se había iniciado en el montañismo, Sarah había oído hablar más de una vez de una cima oculta por las brumas que pocos alpinistas se habían aventurado a ascender. Los relatos de quienes habían pisado aquella cumbre eran vagos e inconexos. Ni siquiera era un monte que saliera en los mapas. Solo había informaciones confusas sobre un lugar que, al parecer, emergía entre la niebla para luego volver a desaparecer. Sabía que algunos la llamaban la Cumbre de la Atención.

Solitaria por naturaleza, a sus treinta años Sarah invertía todo su tiempo libre en coronar nuevas cimas sin ayuda de nadie. Camino de su objetivo, a veces se cruzaba con otros montañeros que le contaban sus aventuras. Ella los escuchaba brevemente y enseguida se despedía para reemprender su camino, a menos que le hablaran de la Cumbre de la Atención.

Aún nadie había sido capaz de darle indicaciones precisas que la condujeran hasta allí. Pero su suerte estaba a punto de cambiar.

Al refugiarse de un chaparrón bajo una cabaña sin puertas, encontró a un anciano de ojos casi transparentes que le preguntó:

—¿Te has perdido, muchacha? Tal vez pueda ayudarte. Mis sandalias han pisado hasta el último palmo de estos lares. ¿Adónde deseas ir?

Sarah decidió poner a prueba a aquel hombre parlanchín:

—¿Cómo se va a la Cumbre de la Atención?

Con mucho valor –se limitó a responder el viejo.

—Llevo años ascendiendo montañas con sol, lluvia o nieve. No utilizo guías ni porteadores –se justificó Sarah.

Eso es meritorio, pero no significa que estés preparada para conquistar la Cumbre de la Atención.

—¿Dónde está?

El anciano la estudió con sus ojos acuosos y esbozó una sonrisa casi melancólica antes de decir:

—Sigue el sendero que baja desde aquí. Cuando llegues a lo más hondo del valle, verás un camino flanqueado por piedras grises. Síguelo y no te detengas. Si tienes suerte, la Cumbre de la Atención se te mostrará.

Muy intrigada, Sarah dio las gracias al anciano y, aprovechando que el temporal había amainado, siguió sin más demora sus indicaciones. Llegada al punto más bajo, buscó el camino que le había mencionado el viejo hasta dar con la senda perfilada por piedras grises de distintos tamaños y formas.

Emocionada, Sarah se ajustó bien las botas e inició la subida con la esperanza de que pronto apareciera la misteriosa montaña.

Llegó a la cima del monte con facilidad en poco más de quince minutos. Para su decepción, desde aquel mirador no se divisaba ninguna otra elevación. Mientras maldecía al anciano, se fijó en una construcción que había al lado del mirador. Era una casita redonda de ladrillo con un tejado de estilo oriental. Aunque imaginó que estaba deshabitada, Sarah no dudó en llamar por si podían darle alguna indicación más certera.

Medio minuto después de que hiciera sonar el timbre, para su sorpresa le abrió la puerta una dama de aspecto inglés.

—Disculpe, señora –se presentó Sarah–. Estaba buscando la Cumbre de la Atención, pero supongo que he errado la ruta…

En absoluto –repuso la dama con voz suave–, has acertado de pleno. Estás en la Cumbre de la Atención. ¿No quieres pasar?

Asombrada, la alpinista siguió a la mujer al interior de aquella casa, que solo constaba de un espacio circular con decenas de espejos en las paredes. Sarah se sintió incómoda al ver su imagen repetida por todos ellos. De repente se vio ojerosa y despeinada, con el bajo de los pantalones cubierto de barro. “¿Qué diablos hago aquí?”, se preguntó.

—Sé lo que piensas –intervino la mujer–. Esperabas encontrar una cumbre de difícil acceso, un lugar que aparece y desaparece en la bruma, una cima donde se experimentan emociones fuertes. ¿No es eso?

Sarah asintió.

—Pues esto mismo es lo que tienes aquí. Esta casa de espejos es una invitación a descubrirte. Es difícil acceder hasta uno mismo, porque ocupamos la jornada en mil cosas para no revisar quiénes somos y lo que estamos haciendo –la dama señaló un gran espejo frente a su huésped y siguió–. La imagen clara de uno mismo aparece y desaparece en la bruma, porque pocas veces tenemos el valor de mirarnos a la cara para saber qué queremos de verdad.

Impresionada por aquellas palabras, Sarah se dio cuenta de que nunca se había preguntado de forma sincera qué esperaba de la vida. Tal vez por eso había acabado apartada de los demás.

La pasión por el alpinismo le había bastado hasta el momento, y ahora, inesperadamente, descubría la existencia de otra clase de ascensión.

Cuando llegas al mirador mental que te permite verte con distancia –concluyó la dama–, de repente te das cuenta de quién eres, de lo que haces bien y mal, así como de tus prioridades. Esa es una experiencia tan fuerte como subir a un alto pico, pues la persona que baja ya no será la misma.

Sarah abandonó la casa de los espejos recordando el lema que se leía en el templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo.

Tras dar las gracias a la anfitriona, empezó a bajar aquella modesta cumbre con la intención de, en adelante, subir hasta su conciencia mucho más a menudo.

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El frasco de los secretos

Samir llevaba días torturado por algo que no se sentía orgulloso de haber hecho, cuando finalmente decidió sincerarse con un amigo:

—Necesito tu consejo, Ahmed. El sábado, mientras mi esposa dormía, bajé al café de la plaza. Tiene un reservado donde se juega a las cartas. Con dinero.

—¿Y de dónde lo sacaste? Hace más de un año que no tienes trabajo...

—Del cajón donde ella guarda sus ahorros para el día que se case mi hija. Había diez mil rupias y me jugué cinco mil. Tonto de mí, pensé que ganaría lo suficiente para devolver ese dinero y más, pero perdí hasta la camisa.

—Díselo, Samir –le aconsejó su amigo–. Más vale que sepa por ti lo que sucedió y que se enfade a que lo acabe descubriendo y pierda para siempre la confianza en ti.

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Samir volvió a casa pensativo. Su esposa estaba haciendo labor para una fábrica textil. Mientras, su única hija resolvía los deberes de la escuela. Con sigilo, aprovechando que ambas estaban ocupadas, se metió en el dormitorio y volvió a abrir el cajón del que, días atrás, había retirado aquel dinero.

Levantó un mantel cuidadosamente doblado y comprobó que las otras cinco mil rupias seguían allí. Todo indicaba que su esposa no se había dado cuenta de la desaparición del dinero, así que tomó lo que quedaba y se lo metió en el bolsillo. Volvió a doblar el mantel y cerró el cajón sin hacer ruido.

Esperó a que su esposa y su hija se acostaran para bajar de nuevo al reservado del café. Aquella noche perdió el resto del dinero. Y al día siguiente volvía a estar tomando el té con Ahmed:

Ahora ya no te queda más remedio que decírselo a tu mujer, Samir.

—No puedo, me echaría de casa inmediatamente.

—Pues toma el objeto más valioso que poseas y lo llevas a la casa de empeños. Igual puedes recuperar el dinero perdido y dejarlo para siempre en su sitio. ¿Lo harás?

Samir juró a su amigo que así lo haría. Acto seguido corrió hasta su casa y subió al desván. Entre todos los objetos de sus ancestros que acumulaban polvo, se fijó en un frasco herméticamente cerrado que contenía un líquido negruzco. Lo metió con asco en una bolsa para tirarlo cuando bajara a la calle a empeñar los objetos de valor.

En otra bolsa introdujo un reloj de oro y varias joyas. Sumido en la ansiedad, llegó a la casa de empeños sin darse cuenta de que había olvidado tirar aquel viejo frasco a la basura.

—Puedo ofrecerle ocho mil por todo el lote –le anunció el anciano tras haber observado bajo el monóculo el reloj y las joyas.

—¡Imposible! Tengo que restablecer una deuda bastante superior a esa cifra –dijo sin concretar.

—Hasta nueve mil podría llegar... –murmuró levantando de nuevo el reloj y dejándolo sobre la mesa.

—Diez mil y cerramos –suplicó el otro. —Si le doy eso, me expongo a perder dinero. A ver, ¿qué llevas en la otra bolsa?

Samir se sobresaltó al darse cuenta de que aún no había tirado aquel frasco y se avergonzó al verlo emerger de la bolsa.

—¡Muy interesante! –saltó el anciano al verlo–. No se lo compraré, pero le puede hacer a usted un gran servicio. Es un frasco de secretos... Lo utilizaban nuestros antepasados para medir la pureza de su mente. Abra el frasco, por favor.

Sorprendido, Samir obedeció y comprobó aliviado que el líquido no era pestilente. Al removerlo se dio cuenta de que el color le venía por unas piedras parecidas al carbón que reposaban en el fondo.

El anciano entonces llenó de agua un frasco parecido y miró a través de él a su cliente.
—Puedo verle bien –declaró–. ¿Y usted a mí?

—Claro... –dijo el otro, sin entender.

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A continuación, el hombre tomó una de las piedras negras con unas pinzas y la depositó en el fondo del frasco con agua limpia, que se emborronó ligeramente.

—La piedra está en el fondo, ¿lo ve? Pero afecta a todo lo que contiene el frasco. Voy a poner otra más...
El agua adquirió un color tintado que, sin ser negro, ya no permitía ver a través de él.

El viejo declaró:

—Lo mismo sucede con los secretos feos. Aunque estén ocultos en el fondo de nuestra mente, todo nuestro pensamiento queda enturbiado por ellos.

—¿Qué se puede hacer entonces cuando el agua ya está negra? –preguntó Samir preocupado.

—Sacar las piedras y llenar el frasco con el agua pura de la confianza –añadió un billete más al fajo mientras proseguía–, pero para merecerla de nuevo hay que ser valiente. Aunque yo le dé diez mil rupias, si usted no explica la desaparición de estos objetos, simplemente estará cambiando unas piedras por otras.

diván del ahora

El diván del ahora

Jorge se detuvo bajo el portal donde resplandecía el rótulo Diván del ahora. Aquella tarde lluviosa vagaba sin rumbo por las calles del centro. Últimamente sentía que su existencia era una acumulación de malas noticias: nada le salía bien y había perdido la alegría de vivir.

Mientras miraba hipnotizado el cartel luminoso, esperando a que cesara el aguacero, se preguntó cuándo se había empezado a torcer todo. En algún momento entre la infancia y la adolescencia había dejado de ser un espíritu libre para enredarse con los hilos de la amargura.

En medio de estas cavilaciones, un hombre calvo y esbelto, perfectamente trajeado, se plantó ante él y lo observó con atención a través de sus gafas redondas empañadas por la lluvia.

Jorge se extrañó de que aquel tipo le mirara de aquel modo, hasta que entendió que quería entrar en el edificio. Avergonzado, se apartó para que pudiera subir por las angostas escaleras que conducían al primer piso. Estaba a punto de desaparecer de su campo de visión, cuando, de pronto, el hombre se giró hacia Jorge y le dijo:

—Cada vez llueve más fuerte. Si necesita hacer tiempo, le invito a probar nuestro diván. La primera visita es gratuita.

Sorprendido por aquella propuesta, estuvo a punto de negarse, pero le asaltó una repentina curiosidad. Siempre había estado atento a las casualidades, así que si había decidido resguardarse de la lluvia en aquel portal y ahora le invitaban a pasar, lo mejor era entrar, pensó.

Además del diván que le daba nombre, en aquella consulta que ocupaba un espacio minúsculo solo había una silla y una planta de interior. Nada más. Desde la ventana se podía apreciar cómo el agua seguía cayendo con fuerza. Siguiendo las indicaciones del hombre, Jorge se tumbó en el diván y le preguntó:

—¿Es usted psicoanalista?

—No, soy una especie de geógrafo o explorador –sonrió el hombre–. Cuando alguien se pierde en los bosques del pasado o del futuro, mi misión es devolverle al ahora. Eso es lo que hago.

—Pues me temo que conmigo va a tener poco trabajo. Mi pasado es irrelevante y, en cuanto al futuro, no hay nada que me haga especial ilusión. Quizá sea mejor que le deje atender otros casos más importantes.

—No se levante, por favor –dijo el hombre trajeado al captar sus intenciones–. Le contaré algo. En una entrevista a un rabino muy célebre por su sabiduría, el periodista le preguntó cuál había sido el día más importante de su vida y su respuesta fue: “Hoy”. Al interrogarle sobre la persona más importante que había conocido, contestó: “La más importante es con quien estoy hablando ahora mismo”. Pienso igual que él en este momento.

Jorge desvió la mirada hacia la ventana. El temporal ya había amainado, pero no se podía marchar así como así.

—Yo no sé dar importancia al día de hoy. Si lo hiciera, no estaría aquí.

Se arrepintió inmediatamente de haber dicho esto, pero ya era tarde. El hombre se pasó la mano por la calva y se recolocó las gafas redondas sobre la nariz.

—Creo que se está contradiciendo. Antes me ha dicho que su pasado no es remarcable y que no hay sueños en su horizonte. Y ahora me dice que hoy tampoco es importante.

—Estoy vacío, eso es. Nada me interesa.

—Le voy a contestar tal como hacía Viktor Frankl a sus pacientes más desesperados. Les preguntaba: “¿Y usted por qué no se suicida?”. Todos tenían alguna respuesta: “Quiero ver crecer a mis hijos”, “No quiero morir sin haber visitado ese país”, “Aún tengo la esperanza de hacer esto o aquello”. Entonces Frankl les decía: “¿Lo ve como hay un sentido en su vida? Ya tiene algo por lo que luchar”.

Impresionado, Jorge pensó que su actitud tenía mucho que ver con la de aquellas personas.

—Ha dado en el clavo. Mi problema es que mi existencia no tiene sentido. No hay nada que me guste o que desee hacer. Entonces, ¿significa eso que me he cansado de vivir?

—No, significa solo que ha perdido temporalmente el campamento del ahora, pero está a punto de recuperarlo. Volviendo a Viktor Frankl, el creador de la logoterapia, si no sabe cuál es su misión en la vida, entonces ya tiene una: encontrarla.

La lluvia ya se había detenido cuando Jorge inspiró profundamente desde el diván. De repente no tenía prisa para irse. Se dirigió al terapeuta y le preguntó:

—¿Qué tiene que ver el ahora con el sentido de la vida?

—¿Qué tiene que ver cada gota que cae con la lluvia? –respondió el otro–. Todo. En una fábula de Calvino que leí, Marco Polo describe un puente, piedra por piedra, a Kublai Khan, que le pregunta: “Pero ¿cuál es la piedra que sostiene todo el puente?”. A lo que el viajero responde: “El puente no está sostenido por esta piedra o por aquella, sino por la línea del arco que ellas forman”. El jefe guerrero reflexiona y luego añade: “¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que importa es el arco”. A lo que Marco Polo responde: “Sin piedras no hay arco”.

Jorge caviló a su vez y dijo:

—Entiendo el mensaje: sin disfrutar de cada ahora no puede haber felicidad futura. Son las piedras del puente

El terapeuta sonrió antes de concluir:

—Creo que acabas de cruzar al otro lado

Como hacer amigos

El elixir de la amistad

Braulio había sido siempre un hombre de pocos amigos, pero contaba con una aliada que había acompañado sus cambios de humor desde los primeros cursos en la escuela. Casada y con familia numerosa, Montse siempre había lamentado que su compañero de la infancia hubiera crecido como un hombre huraño y solitario. Sabía que tras aquel caparazón de intolerancia y acritud se ocultaba un persona sensible y con buenas intenciones.

Más de una vez Montse se había preguntado por qué Braulio tenía una vida social casi nula. Cuando él le presentaba una nueva amistad, esta desaparecía poco después y no se volvía a hablar del asunto. ¿Se habrían peleado? ¿Sería que los demás no eran capaces de ver sus virtudes?

Montse se hacía estas preguntas mientras paseaba por una calle comercial buscando, precisamente, un regalo para su amigo. Su cumpleaños era al día siguiente y aún no había encontrado nada para él. De repente, se detuvo ante un vendedor ambulante. Mostraba orgulloso un ambientador, pero lo que le llamó la atención fue su etiqueta: Elixir de la amistad. Intrigada, le preguntó en qué consistía, y aquel caballero elegantemente vestido le explicó:

—El ambientador es de lavanda, pero se trata solo de una artimaña. Con la excusa de enseñar a la persona su funcionamiento, le hago un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos y le indico aspectos a mejorar.

A la mañana siguiente, aquel mismo caballero llamaba al domicilio de Braulio, que estuvo a punto de cerrarle la puerta en las narices.

—Le traigo un obsequio de su amiga Montse. Junto con el precio del ambientador, su amiga ha pagado una demostración.

De no haberse tratado de ella, Braulio habría agarrado el frasco y despedido al comercial de malas maneras. Sin embargo, no le quedaba otra opción que dejarle entrar.

—Podría haber elegido otro momento que no fuera el sábado por la mañana –gruñó mientras le mostraba el camino al salón.

—Su amiga me ha dicho que le trajera el obsequio cuanto antes, Braulio –dijo sonriendo el vendedor mientras pulverizaba la esencia de lavanda a su paso–. Mis clientes aseguran que este ambientador, haciendo honor a su nombre, ha cambiado el ambiente de su vida.

—¡Bobadas! Hay que ser muy ingenuo para pensar que un aroma a lavanda puede cambiar la existencia de alguien.


—¿Hubiera preferido otra esencia, Braulio?

El aludido ni contestó. El comercial no perdía el buen humor, y eso lo irritaba aún más.

—Tengo que felicitarle por el buen gusto con el que ha decorado la casa. Este podría ser un lugar muy agradable donde recibir amigos.

En este punto, el inquilino perdió la paciencia y se dispuso a librarse de la visita.

—Concédame unos minutos, se lo ruego. Ahora viene la parte más interesante del regalo. Braulio, ¿se ha fijado usted en la etiqueta del frasco? Dice: Elixir de la amistad.

El hombre, que aquel día cumplía años, le miró pasmado y con un poco de curiosidad.

—Lo del ambientador ha sido una excusa para charlar con usted y hacer un diagnóstico de su capacidad para hacer amigos. Ahora mismo es baja, pero con unas pocas correcciones va a ser el rey de la fiesta.

Braulio cruzó los brazos, dispuesto a escuchar, solo por respeto a lo que había pagado su amiga, lo que aquel tipo tuviera que decirle.

—Mi primer consejo es que usted cambie las críticas por los elogios.

—¿Por qué? Cuando algo está mal, como venir a molestar un sábado, hay que decirlo.

—Señalar un defecto no hace que nadie rectifique –repuso el comercial–. Al contrario, criticar solo sirve para que se ponga a la defensiva, se justifique y quede resentido. Se consigue mucho más elogiando sinceramente lo bueno que esa persona pueda tener.

—Tomo nota, ¿algo más?

—Si quiere crear usted un ambiente amistoso, antes de nada, escuche.

—¡Ya lo estoy haciendo! –protestó Braulio.

—Se trata de que el otro se sienta importante –prosiguió sin perder la calma–, pues de hecho lo es. Después 
de escuchar, trate aquellos temas que interesen al interlocutor, en vez de hablar
de sí mismo. El objetivo sería conseguir que el otro hablara más que usted.

Braulio se rascó la cabeza, sorprendido ante aquel curso de empatía a domicilio, y repuso:

—Lo explica usted como si cambiar de forma de ser fuera sencillo.

—Así será si usted lo cree, Braulio. De hecho, este es el secreto para alentar a los demás: hacer que los defectos o problemas parezcan fáciles de solucionar.

—Entiendo la lógica de todo lo que dice, señor...

—Gabriel –el comercial estaba ahora entusiasmado–. Ha tardado usted en hacerlo, pero dirigirse al otro por su nombre es también importante porque crea cercanía.

—Lo que quiero decir es que el test que ha realizado en esta casa no es significativo porque, con todos mis respetos, no se puede tratar a un extraño como a un amigo.

—¡Ahí está la clave! Le agradezco que haya sacado el tema, Braulio. Trate a cualquier persona como si fuera un amigo y nunca le faltará compañía o una mano cuando la necesite.

A fin de cuentas, como decía Will Rogers, un extraño es un amigo al que aún no conocemos.

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Felizmente ocupado

Jorge se levantó de la mesa y se asomó a la ventana a respirar. El corazón le latía muy rápido y un sudor frío le empapaba la nuca y las manos. No era la primera vez que sufría una crisis de angustia, pero en esta ocasión le había asaltado mientras estaba solo en su despacho, sin más presión que la bandeja de entrada de su correo electrónico.

Llevaba más de una hora repasando los mensajes importantes que debería haber respondido hacía días. Tras eliminar todos los prescindibles, le quedaban nada menos que 183. Luego había revisado la agenda y había sentido vértigo. Era imposible que lograra hacer todas aquellas llamadas y gestiones en una jornada de trabajo.

En aquel momento se acercó Imanol, un abogado recién licenciado que hacía prácticas en el bufete como pasante. Nadie sabía cuál era la función exacta de aquel chico, pero caía bien a todos. En un ambiente de jóvenes prematuramente envejecidos y mujeres atacadas por el estrés, sus bromas y ocurrencias eran un soplo de aire fresco.

—¿Está bonita la calle? –le preguntó a Jorge.

—Yo diría que está horrible, como siempre. No hay lugar más feo en esta ciudad.

—Es posible –rió Imanol–, pero en el bar de abajo hacen una paella espectacular.

—¿De verdad? Aquí todos dicen que su cocina es una porquería.

—Ya no. Ha venido un cocinero nuevo que se sale. ¡Baja conmigo a comer y te lo demuestro! Además, estás más blanco que la leche.

Jorge aceptó la invitación del pasante, que, con su ligera cháchara, por un momento le había hecho olvidar la ansiedad que le tenía paralizado. Sin embargo, mientras bajaba con él en el ascensor empezó a arrepentirse.

¿Cómo se atrevía a perder el tiempo con un menú de tres platos?

Con el trabajo acumulado que tenía, lo suyo hubiera sido encargar una pizza y apagar alguno de los muchos fuegos que tenía encendidos. Además, seguro que la paella le provocaría una digestión lenta y, por la tarde, de nuevo en el despacho, la somnolencia no le dejaría hacer nada. Otra jornada perdida. Con ese ánimo entró en el bar junto a Imanol, que empezó a bromear con la camarera y con dos clientes asiduos que lo saludaron efusivamente.

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Los dos abogados se pusieron a comer en medio del bullicio de la cantina, llena hasta los topes. El más joven enseguida captó el tormentoso humor del otro.

—Pero bueno, ¿y a ti qué te ocurre? ¿No está buena la paella?

—Seguro que sí, pero tengo tantos nervios en la barriga que no puedo disfrutarla. Es más, se me ha quitado el hambre –dijo aparcando los cubiertos al lado del plato.

Sin salir de su asombro, Imanol le preguntó qué era lo que lo angustiaba. Jorge le explicó con amargura todas las preocupaciones de trabajo que lo tenían completamente bloqueado. Había tantos frentes por atender que no sabía por dónde empezar. El pasante escuchó con mucha atención su relato. Luego se quedó unos segundos pensativo mientras rebañaba el plato con un trozo de pan. Finalmente dijo:

—Te voy a enseñar el secreto de tío César. Con eso, todo arreglado.

—¿Quién demonios es tío César?

—Un pariente mío que regenta el bar de un camping de la costa.

Jorge no daba crédito a lo que estaba oyendo. No solo perdía el tiempo con el novato de la oficina, sino que además este pretendía solucionar sus problemas con el consejo de un camarero de camping. ¡El colmo! Sin embargo, ya era demasiado tarde. Se encontraba fatal, el día estaba perdido y por cortesía hacia el pasante no le quedaba otro remedio que escucharle.

—Mientras estudiaba Derecho –empezó Imanol–, cada verano ayudaba a tío César detrás de la barra. Es un camping con un ambiente muy familiar; sabías qué quería cada cliente incluso antes de que te lo pidiera. Un trabajo muy relajado, excepto una noche que se repetía cada temporada.

—¿Y qué pasaba esa noche?

—Un holandés que venía cada verano con sus amigos montaba un concierto de rock junto a la piscina. Aquello se llenaba con cientos de clientes, del camping y de fuera. Y seguíamos siendo dos, tío César y yo, para atender a la marabunta que se agolpaba en la barra. La primera vez que me encontré ante todo ese lío casi me da un soponcio. Me quedé tan blanco como tú cuando te he encontrado esta mañana…

—¿Y cuál era el secreto de tu tío para atender a la marea humana? –le cortó Jorge. Imanol sonrió con satisfacción antes de responder:

—Me dijo: “Cuanta más gente haya, más lento tienes que ir”. Primero me quedé a cuadros, pero enseguida entendí a qué se refería. Cuando tienes mucho trabajo, no te puedes permitir equivocarte. Por ejemplo, si un cliente, después de esperar quince minutos, te pide un cubalibre y tú le llevas una cerveza, no vas a poder enmendar el error porque habrá otra gente que te estará atosigando. Y si pierdes los nervios y se te cae una bandeja al suelo, entonces estás perdido. Cuando vas hasta arriba de curro…

—No hay tiempo para enmendar fallos –completó el abogado–, lo entiendo.

—Por eso conviene ir tranquilito pero sin dormirse: primero uno, luego el otro, a continuación el tercero… y así hasta el final. En lugar de preocuparte, te ocupas de las cosas, eso es todo. Así se te pasa el turno volando e incluso llegas a divertirte.

Impresionado por aquella lección tan sencilla y llena de sentido común, esa misma tarde el abogado decidió poner en práctica el secreto de tío César. Después de revisar fugazmente los correos que habían entrado mientras comía con el pasante, decidió cuáles eran los tres más importantes y se aplicó sin demora en contestar el primero. Lo hizo con las palabras justas, para poder abordar acto seguido el segundo. Cuando llegó al tercero, se sintió lleno de energía y, al mismo tiempo, con una desacostumbrada calma.

Como el camarero ante el aluvión de clientes, siguió atendiendo uno tras otro sus correos electrónicos antiguos.

A las seis de la tarde, se dio cuenta de que la mitad de los asuntos estaban resueltos. Cansado y feliz, Jorge decidió que era hora de regresar a casa. Mañana será otro día, pensó. Y había aprendido la lección: quien se ocupa de sus cosas no solo mejora su vida, sino que, además, deja de preocuparse.

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El jardinero de haikus

En una colina de Kyoto, la que había sido durante mil años la capital de Japón, hubo un parque que llegó a ser mucho más célebre que todos los demás. Y no porque contuviera una esbelta pagoda o un monasterio budista construido en sólida madera. De hecho, ninguno de los dos mil templos de la ciudad se hallaba allí.

Era un jardín modesto rodeado por arces donde crecían flores sencillas entre los caminos de piedra. Los paseantes y curiosos se acercaban atraídos por la tranquilidad del lugar, pero aún más por el singular jardinero que se afanaba en quitar las malas hierbas y regaba las plantas en las raras semanas sin lluvia.

Aquel frágil anciano caminaba muy encorvado, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que agacharse a limpiar y abonar el lecho donde prosperaban sus flores. En los pocos momentos que el parque no tenía visitantes, les hablaba con amor y animaba a los brotes más débiles a que se desperezaran e iniciaran su camino al cielo.

Cuando llegaba la gente, se hacía el despistado faenando aquí y allá, hasta que algún niño o un adulto solitario le pedía consejo. El jardinero le regalaba entonces un haiku.

David había oído hablar de aquel hombre en el curso de literatura japonesa que estudiaba en California. Fascinado por aquellos breves poemas, trabajó de camarero innumerables fines de semana para pagarse un vuelo al país nipón y conocer al jardinero.

De camino a la vieja ciudad imperial, David ya había leído varios tratados sobre el arte del haiku, que podía resumirse en seis características:

I. Debe constar de tres versos no rimados.

II. Su brevedad permitirá leerlo en voz alta en el tiempo de una respiración.

III. Incluye alguna referencia a la naturaleza o a las estaciones del año.

IV. Utiliza el tiempo presente, nunca se proyecta al pasado o al futuro.

V. Expresa la observación o asombro del poeta.

VI. Alguno de los cinco sentidos está presente en los versos.

David se había empapado de la teoría, pero seguía sin comprender la misteriosa belleza que emanaba de haikus como el del poeta Yosa Buson:

Sobre la campana del templo

posada, dormida,

¡una mariposa!

Tras podar un arbusto de flores amarillas, el jardinero levantó la mirada hacia el joven norteamericano. Le sonrió con familiaridad, como si llevara esperándole toda la mañana. Tras un intercambio de reverencias y saludos, el estudiante le hizo en japonés las preguntas que había preparado:

—Maestro, dicen que usted es quien más sabe sobre este arte. Más allá de la métrica, los temas y todo eso, ¿qué es un haiku?

El jardinero fijó en el chico sus ojos diminutos y respondió:

Ya lo dijo Matsuo Basho, haiku es lo que está sucediendo en este lugar y en este momento

—Aquí y ahora… Pero el poeta elige algo especial que esté ocurriendo, como una mariposa que se ha posado sobre una enorme campana, ¿no es así?

—¡No! –protestó el jardinero–. Todo lo que ocurre es poesía, no necesitas la mariposa ni la campana.

David reflexionó un poco y luego añadió:

—Pero hay muchos instantes en los que no sucede nada bello ni remarcable.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles son esos instantes?

—Momentos en los que estás aburrido, agobiado o demasiado cansado para pensar en nada.

—Me estás hablando del observador, no de lo observado. Que tú estés aburrido, agobiado o cansado no significa que el mundo sea así. Solo tienes que lavarte los ojos con agua cristalina y volverás a ver la poesía en cada cosa.

—Entiendo –repuso impresionado–. Se trata entonces de limpiar nuestra mirada, de hacer caer los filtros con los que teñimos lo que vemos. ¿Es eso?

—Hablas como un doctor en budismo. Así nunca aprenderás el secreto de los haikus.

—¿Cómo puedo aprenderlo entonces, maestro?

—No puedes.

La expresión decepcionada del joven conmovió al anciano, que añadió con voz dulce:

—Voy a darte un haiku de Kito Takai para que lo entiendas:

El ruiseñor

unos días no viene

otros viene dos veces.

Dicho esto, el jardinero tomó del suelo un cubo de metal y se alejó con pequeños pasos en dirección a una fuente. Plantado él también en medio de las flores, el estudiante meditó sobre aquellos tres versos. Tal como le había sucedido con otros haikus, apreciaba su belleza, pero no conseguía captar plenamente su sentido.

Mientras los niños correteaban por el jardín y las parejas se tomaban las manos en rincones donde creían no ser vistas, David esperó al regreso del jardinero para darle su interpretación:

—A ver si lo entiendo… ¿El día que el ruiseñor viene dos veces es para compensar que otro día no vino?

—¡No has entendido nada! El ruiseñor no tiene ninguna obligación de venir.

El joven se quedó mudo hasta que una grieta empezó a abrirse en su comprensión y dijo:

—¿Qué sucede cuando no viene el ruiseñor?

—Esa es una buena pregunta. ¿Qué sucede cuando tú crees que no está sucediendo nada?

David miró a su alrededor y vio los arces mecidos por el viento, las flores que prosperaban entre los caminos, un gato dormido junto a un estanque, paseantes jóvenes y viejos. Bajo la colina donde se encaramaba el jardín, el bullicio mesurado de Kyoto.

—Siempre está sucediendo algo bello –concluyó David–, si somos capaces de apreciarlo.

—Ahora lo has dicho –sonrió el jardinero–. No hay momento perdido.

saber divertirse

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El hombre que no sabía divertirse

Aquella tarde lluviosa, Antonio sintió el impulso de releer el inicio de El Principito. Había llegado antes a casa de lo habitual, tras una jornada extrañamente apática. De repente, aquel trabajo que había absorbido sus días, meses y años, como un agujero negro, se le hacía tedioso.

A ojos de cualquiera, se encontraba en una posición envidiable. Como director de una agencia publicitaria, no tenía ningún jefe al que aguantar, y su equipo de creativos trabajaban sin causarle problemas. A no ser que se presentaran a algún concurso, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer.

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Gracias a que sabía contratar y mantener el talento, Antonio podía permitirse leer el periódico en su despacho. Aquello era el mayor éxito de cualquier ejecutivo: no hacer nada porque toda la maquinaria funciona sola.

¿Sería ese el motivo de su aburrimiento súbito?

Al tomar el libro de una estantería de su hijo, que hacía años que se había emancipado, sintió una mezcla de nostalgia y malestar. Sus dedos le llevaron a la dedicatoria “A Léon Werth” con la que aquel escritor que llevaba su nombre iniciaba su historia.

“Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor”. Tras dar tres excusas por las que había decidido hacerlo, Saint-Exupéry lo arregla finalmente así:

“Quiero dedicar este libro al niño que este señor ha sido. Todas las personas mayores fueron niños (pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria: A Léon Werth cuando era niño.”

Esta breve lectura removió algo muy profundo en Antonio que, disgustado consigo mismo, tomó un jersey de entretiempo y bajó a la calle a pesar de la lluvia. Frente al portal de su casa, se sorprendió al ver a dos niños que saltaban entusiasmados sobre un charco, mientras la cortina de agua les ponía perdidos.

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—¡Chicos, vais a llegar a casa empapados!

—Es un experimento –dijo uno de los niños.

—¿Un experimento? ¿Cuál?

—Queremos saber si es verdad eso de que los niños encogen con el agua –respondió–. Cuando lleguemos a casa, nos vamos a medir.

—La ropa encoge con el agua, si está caliente… ¡pero las personas no!

—¿Cómo lo sabes? ¿Cuánto tiempo has estado sin paraguas ni chubasquero bajo la lluvia?

—La verdad es que poco…

—¡Entonces no puedes saberlo! –replicó.

Dicho esto, dejaron de prestarle atención y reprendieron alegres su “experimento”. Antonio se puso a cubierto, a la espera de que la lluvia amainara, sintiendo que aquellos dos le habían dado una lección.

Se preguntó cuánto tiempo hacía que no se divertía, que no jugaba por el simple placer de hacerlo. ¿Cuándo había sido niño por última vez?

Recordó entonces una tarde lluviosa como aquella, antes de que naciera su hijo. Antonio estaba desanimado y, al parar un autobús delante de él, subió sin entender por qué lo hacía. Pegó la cara al cristal y observó con ojos de niño calles que nunca antes había visto.

Tras una docena de paradas, se bajó en un barrio desconocido y, tras tomar un café en medio de lugareños que le miraban como a un turista extraviado, llamó a un taxi sintiéndose mucho más vivo.

Un impulso similar hizo que abandonara ahora la protección para ponerse al lado de los niños, que seguían gritando y chapoteando.

Mientras notaba cómo empezaba a empaparse, levantó la mirada hacia la lluvia y sintió que algo se aflojaba dentro de sí mismo. Sonriendo, levantó la voz para decir:

—Chicos, creo que la lluvia no encoge. Al contrario, te hace más grande.

Lecciones del gato

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Las 4 lecciones del gato

Javier vivía con el miedo en el cuerpo desde que había sufrido un infarto. Aunque el médico aseguraba que la recuperación sería rápida, caminaba por su apartamento sumido en la angustia.

En dos semanas tendría que reincorporarse a su empresa de seguros, donde la presión por los resultados era constante. Pese a que estaba siguiendo el tratamiento a rajatabla, no las tenía todas consigo.

Sabía que no sobreviviría a otro mano a mano con la muerte.

El teléfono le sacó por unos instantes de sus preocupaciones. Era su hermana. Vivía en su mismo bloque... era extraño no hablar con ella directamente.

—¿Dónde estás?

—En Doha, ¿lo has olvidado? Tengo un congreso de tres días. Me prometiste que cuidarías de Michu. Tienes mi llave.

—Sí, claro... Lo haré, descuida.

Tras colgar, bajó de mala gana al primer piso.

El gato percibió enseguida su presencia; rascó la puerta antes de que introdujera la llave en la cerradura.

A Javier nunca le habían gustado los felinos, quizás porque necesitaba tenerlo todo controlado y los gatos le parecían impredecibles. Por eso apenas se había fijado en la mascota que su hermana había adoptado dos meses atrás.

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Michu le acompañó sinuosamente, cruzándose entre sus piernas, mientras le guiaba hasta el rincón de la cocina donde tenía la comida y el agua. El cuenco del agua estaba a la mitad y el del pienso tenía suficiente comida para un día. Su hermana había sido previsora.

Aun así, el gato maullaba frente a los cuencos y le miraba con ojos implorantes.

—Pero ¿tú qué quieres? –se impacientó Javier–. ¡Tienes de todo!

A modo de respuesta, Michu maulló aún más fuerte. El improvisado cuidador tomó entonces la bolsa del pienso y acabó de llenar el cuenco. Acto seguido, el felino se puso a comer satisfecho.

Antes de limpiar la arena, Javier se sentó en el sofá. Desde la distancia, observaba cómo el gato comía con sereno placer.

Su hermana siempre le había dicho que de los gatos se aprenden grandes lecciones. Y él acababa de entender la primera.

Michu no quería comer, sino que le sirvieran.

“El gato se deja cuidar y querer”

Se dijo para sus adentros Javier. Esa virtud no la tenían todos los humanos, pensó.

Él mismo seguía soltero a sus casi cincuenta porque siempre había visto las atenciones de sus parejas como una amenaza a su libertad. Cuando una novia se volvía demasiado cariñosa, él daba un paso atrás.

Demostrando que Michu sí aceptaba sin problemas el cariño ajeno, tras su almuerzo subió ronroneando al sofá y se sentó al lado de Javier, que le acarició la cabeza. Segundos después cayó dormido en un estado de relajada placidez.

“Cuando el gato descansa, lo hace de forma absoluta”

Bien podía ser esa la segunda lección a aprender, observó Javier.

El descanso de Michu contrastaba con su mal hábito de meterse en la cama con el móvil, contestando mensajes y actualizando las redes sociales hasta el último momento, con lo cual su smartphone vibraba constantemente. Al desconectarlo por fin, siempre había alguún mensaje o noticia que se quedaba dando vueltas en su cabeza, propiciando el insomnio.

De repente, de la ventana abierta de la cocina se oyó un zumbido, lo cual hizo que Michu levantara una de sus orejas en esa dirección. Segundos después, un moscardón entraba impunemente en el salón.

Advertido de aquella novedad, el gato saltó sobre una mesa cercana y se puso al acecho, en un estado de total atención.

Todos sus músculos se tensaron, dispuesto a saltar sobre el intruso tan pronto como se pusiera a tiro. El moscardón, sin embargo, pareció detectar el peligro y, describiendo una elipse fuera del alcance de Michu, decidió volver a la cocina y salió por la ventana por la que había entrado.

“El gato hace una sola cosa a la vez, y pone toda su atención en ella”.

Esa era la tercera lección, pensó Javier. Al descansar de forma absoluta, en el momento de actuar concentraba toda su energía en un único objetivo.

Decepcionado por el fin del juego, Michu fue a la cocina a beber agua. Un maullido en dirección al salón hizo saber a Javier que quería agua fresca.

Tras levantarse para satisfacerle, se dijo que la cuarta lección era:

“Si al gato le falta algo, no duda en pedirlo”.

Una cosa que él no había sabido hacer hasta ahora, ni en el trabajo ni en ningún sitio. Mientras se despedía de su pequeño amigo, Javier se prometió que en adelante intentaría aplicar aquellas cuatro lecciones a su propia vida:

Deja que cuiden de ti; cuando descanses, que sea de forma absoluta; haz una sola cosa a la vez, con toda tu atención; si te falta algo, pídelo.

Lentitud del impaciente

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La lentitud del impaciente

Al detenerse el tren, Eva leyó aliviada el nombre de su estación de destino. Había llegado. Tras saltar del vagón, preguntó por el maestro Wei con una frase que había memorizado.

Los campesinos que rondaban por el pequeño apeadero señalaron diferentes lugares en las colinas circundantes, sin ponerse de acuerdo. Finalmente, un joven que hablaba un poco su idioma le dijo:

—No se preocupe por encontrar al maestro. Si ha decidido recibirla, él la encontrará a usted.

Tras este mensaje inquietante, Eva comprobó asustada que la estación se vaciaba de viajeros y curiosos. Empezaba a caer la tarde y no pasaría otro tren hasta la mañana siguiente.

Aferrándose a las palabras del joven, cargó su mochila al hombro y se internó por el único sendero que partía del apeadero.

Mientras atravesaba los campos en busca de la casa de Wei, sintió cómo se iba llenando de furia. Tras pagar en su ciudad un mes intensivo con aquel maestro en artes marciales, había anunciado el día de su llegada e incluso el tren que tomaría, pero nadie había ido a buscarla.

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En medio de estos pensamientos, vio a un anciano escuálido inclinado sobre un seto de flores silvestres y se dirigió a él. Al preguntarle por el maestro Wei, el campesino le contestó en su idioma:

—Soy yo. ¿En qué puedo servirla?

Asombrada, Eva le explicó atropelladamente que llevaba años practicando aquella disciplina de artes marciales, y que su instructor le había recomendado que trabajara aquel mes intensivo con él antes de prepararse para la maestría.

—Entiendo que no le avisaron de que venía hoy –concluyó ella para disculparle.

—Sí que me avisaron. Tu habitación está lista. La compartirás con otros tres discípulos que ahora están preparando la cena.

Eva no podía creer lo que estaba oyendo. Saltándose el respeto que un aprendiz debe a su maestro, repuso:

—Si le avisaron... ¿cómo es que nadie me ha venido a buscar a la estación?

—Eres lo bastante despierta para hallar el camino.

—Pero, sin ninguna indicación, podría haber tardado mucho en encontrarle... o en que usted me encontrara a mí.

—Es posible, pero ¿qué prisa hay?

Escandalizada, la discípula no dudó en contestar:

—Según mi inscripción, el curso tiene su inicio hoy.

—Tal vez ya ha empezado y tú no te has dado cuenta.

Tras esta conversación desconcertante, el maestro la citó para la enseñanza después de la cena y la llevó hasta la casa donde residían los alumnos. Eva se relajó de inmediato ante la bella simplicidad de las habitaciones y la armonía que reinaba en el lugar.

Mientras deshacía su mochila e iba conociendo al resto de los alumnos, fue pensando con entusiasmo en las preguntas que formularía al maestro.

Llegada la hora, se reunieron todos alrededor de Wei, que, con una taza de té en la mano, atendía a las dudas de los discípulos. Tras resolver varias consultas sobre movimientos y una sobre cómo acompasar la respiración, Eva levantó la mano.

Wei bajó la cabeza para invitarla a hablar.

—Tengo entendido que, después de este mes intensivo, si tomo clases en mi país dos días por semana, en un año habré alcanzado la maestría.

—Así es.

—En ese caso, estoy pensando en asistir a clase todos los días de la semana, a mi regreso.

—En ese caso –dijo Wei– tardarás dos años en alcanzar la maestría. Cuatro si vas mañana y tarde.

Los alumnos estallaron a reír, pero el maestro les hizo callar alzando la mano. Su rostro grave expresaba que no había hecho ninguna broma.

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—La impaciencia y la ansiedad no aceleran el curso de las cosas –explicó Wei–, sino todo lo contrario.

Imaginad que tirarais del tallo de una flor para que creciera más rápido. Al final se rompería y tendríais que plantarla de nuevo

No se puede forzar el ritmo de la vida. Por eso, cuanta más prisa tengas, más lenta avanzarás, porque tendrás que parar o incluso deshacer el camino si te has equivocado.

—¿Puede explicarnos este concepto, maestro? –preguntó un discípulo.

Wei sonrió y, tras apurar su taza de té, dijo:

—Cuentan que, en un país lejano, un explorador europeo contrató a varios porteadores para que atravesaran la selva con todas las provisiones. Tras muchas horas caminando sin cesar, finalmente se sentaron en el suelo. Cuando el explorador les preguntó por qué no seguían, el jefe de los porteadores dijo:

“Hemos caminado tan rápido que nuestras almas se han quedado atrás y ya no sabemos por dónde vamos. Ahora tendremos que esperar a que nos alcancen”

maestra-inesperada

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Una maestra inesperada

En un olvidado reino a orillas del río Amarillo, se cuenta que el joven Emperador se rodeaba de geógrafos, matemáticos, juristas y calígrafos, entre muchos otros. En este consejo de notables, ninguno ostentaba más poder que el Consejero Imperial, que reunía en su persona las más excelsas virtudes. El Emperador le consultaba todas las decisiones vitales para su pueblo.

Estando amenazados por un aguerrido ejército mongol, el anciano consejero murió justo antes de que el Emperador pudiera decidir cómo proteger la ciudad. Ante su ausencia, la velada para organizar la defensa del reino se convirtió en una guerra abierta entre los hombres del Emperador.

Todos querían ganar puntos ante el monarcapara ocupar el lugar del difunto. Convencido de que ninguno de ellos servía, el joven Emperador salió en busca del más anciano de la ciudad, un centenario que dirigía la escuela de medicina. A la pregunta de si aceptaría el cargo, este respondió:

—A mi edad, necesito ayuda para levantarme de la cama y cuatro brazos para andar hasta el riachuelo para lavarme. ¿Cómo podría, en mi estado, atender los asuntos de un reino tan vasto? Imposible. Tendrá que buscar un consejero más vigoroso que yo, mi Emperador.

—Tú llevas setenta años curando a todo aquel que tose o tiembla en la capital y los conoces a todos –resolvió el monarca–. Confío en ti para que me digas quién debe ser el Consejero Imperial ante el peligro que se cierne sobre todos.

—Dame una jornada para pensarlo. Buscaré a los mejores candidatos y mandaré a palacio al más capacitado. Llevará un pergamino con mi decisión.

El Emperador estrechó las manos del viejo y regresó a sus aposentos. Una luna más tarde, se despertó de un descanso tras el almuerzo alertado por el griterío en el patio real. Al bajar a ver qué sucedía, encontró a varios de sus asesores zarandeando a una pordiosera que portaba un pergamino.

—¿Qué es todo este desorden? ¿Y qué hace esta mujer aquí?

—¡Está loca de atar! –saltó uno de los asesores–. Dice que ha sido elegida como Consejera Imperial, pero yo sé quién es: se llama Miao y limpia los suelos de una tetería muy concurrida. No sabe escribir dos signos seguidos.

Sin saber qué pensar, el monarca le pidió el pergamino y, tras alejarse de ella para que no pudiera oírles, lo leyó a los suyos: “Tras examinar a decenas de candidatos, sin duda esta dama es la más capacitada. Su extremada modestia la ha movido a ocuparse de labores sencillas, pero he constatado que es discípula y heredera de los cuatro grandes maestros del Tao. No desea hablar de sus méritos y no debéis importunarla con eso, pero su conocimiento es tan arcano como inmenso y sabrá aconsejaros de la mejor manera”.

Esta revelación sumió a los expertos en el asombro e inmediatamente acudieron a honrar a aquella mujer tan docta. El Emperador ordenó que le procuraran ropa, alimentos y una estancia adecuados a su rango y convocó una reunión de emergencia.

Impresionados por el privilegio de contar con aquella erudita, todos aprovecharon la velada para preguntar a la nueva Consejera Imperial cómo actuar contra los enemigos que asediaban el reino. Sorprendida al principio con tantos honores, la mujer pronto dio sabios consejos sobre cómo parlamentar con el jefe de los mongoles, a la vez que se reforzaba secretamente la defensa de la ciudad. Muchas otras preguntas y dudas fueron atendidas por aquella discípula directa de los más grandes.

El Emperador tomó por ciencia exacta aquellos consejos, que al día siguiente mandó cumplir a rajatabla. Cinco lunas más tarde, las fuerzas enemigas se marcharon sin haber siquiera entrado en batalla. Mientras los notables celebraban la victoria con un banquete en palacio, el monarca fue en busca del viejo médico para agradecerle tan lúcida elección.

—Es fabuloso que tuviéramos entre nosotros a la heredera de los cuatro maestros del Tao y que nadie lo hubiera sabido. El anciano reaccionó ante estas palabras con una enorme carcajada.

—¿Se puede saber de qué reís?

—Nunca han existido tales maestros, y Miao no ha recibido más formación que la de sus padres, que limpiaban establos y pocilgas.

—Pero... ¡Sus consejos tenían la osadía y lucidez de un erudito!

—Porque la habéis tratado como a una sabia maestra y ella no ha querido defraudar vuestras expectativas. Es esa confianza lo que la ha hecho astuta y audaz.

Un milenio después, este prodigioso fenómeno sería conocido en Occidente como el efecto Pigmalión: acabamos siendo aquello que los demás esperan de nosotros.

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El secreto de Hawái

Robert perdió la mirada en las aguas turquesa donde en aquel momento se levantaba una gran ola. La cabalgaba un joven sobre su tabla de surf con un equilibrio prodigioso. Acto seguido, bajó los ojos a la arena blanca y suspiró.

Había emprendido aquellas vacaciones en Hawái para recuperarse de un disgusto que le había quitado el apetito y el sueño. Averiguar que su socio en la consultoría desviaba clientes secretamente a su propia empresa para no compartir los beneficios le había hecho perder la fe en las personas.

Tras cerrar el despacho compartido desde una década atrás, había necesitado escapar de todo. Pero ni siquiera aquel paraíso aliviaba su amargura.
—¡Aloha! –dijo una voz suave a sus espaldas.

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Robert se giró sorprendido. En aquella playa que creía solitaria, una mujer de piel oscura y edad indeterminada parecía llevar tiempo observándole.

—No necesito nada –le dijo, irritado, pensando que pretendía venderle algún souvenir.

—¿Estás seguro? –le preguntó ella con una sonrisa.

—¡Claro que lo estoy!

—Pareces enfadado con el mundo.

—Pues te equivocas –respondió con desgana–. El mundo me trae sin cuidado. Ciertamente estoy enfadado con alguien. De hecho, estoy furioso, pero eso no es asunto tuyo.

—Y al parecer tampoco tuyo, por la manera en que hablas...

Robert estuvo a punto de mandar a paseo a aquella indígena que se atrevía a entrometerse en su vida, pero había algo en ella que le inspiraba confianza.

—¿De qué manera hablo?

—Como si tu enfado estuviera provocado por una tormenta que no has provocado tú.

—¡Es que no la he provocado yo! He sido traicionado por quien yo consideraba mi socio y amigo. Por eso estoy aquí. ¡No quiero saber nada de nadie!

En lugar de retirarse por aquel tono, la mujer posó la mano en el hombro del extranjero y le dijo:

—Estás en tu derecho, pero antes de seguir ardiendo en soledad, déjame que te cuente un secreto de estas islas.

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Robert la miró con cierta curiosidad. Estaba claro que no se marcharía por las buenas, así que decidió escuchar lo que tenía que decirle.

—En Hawái aprendemos algo desde pequeños: de alguna forma eres responsable de lo que te pasa.

En completo desacuerdo, el extranjero le explicó a grandes rasgos lo que había hecho a sus espaldas quien había sido su compañero y socio.

La mujer le escuchó con atención y luego repuso:

Lo que hizo él no tiene importancia ahora, porque no depende de ti. En cambio, te resultará muy útil saber de qué manera contribuiste a que eso sucediera.¿Podrías haber hecho algo diferente para que ahora no estuvieras en esta situación?

Robert se quedó pensativo y finalmente respondió:

—Supongo que debería haber sido más desconfiado. Tal vez hace años que se agenciaba los clientes que “perdíamos” y yo no me había enterado.

—Eres responsable de no haber prestado atención a los clientes que se marchaban, de acuerdo, pero piensa ahora en algo positivo que podrías haber hecho y no hiciste.

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—Déjame pensar... –murmuró ya más inseguro–. Bueno, lo cierto es que la parte comercial nunca me ha gustado y delegaba en mi socio la captación de clientes. Él se quejaba siempre de eso. Decía que yo nunca descolgaba el teléfono para conseguir nuevos contratos. Supongo que me resultaba más cómodo ocuparme del trabajo del día a día que de los clientes futuros.

—¡Excelente! ¿Te sientes más tranquilo?

Robert asintió sin acabar de entenderlo. ¿Sería el tono pacífico de aquella indígena lo que le había devuelto la calma? Ella se encargó de hacerle saber que era otra cosa:

—Asumir tu responsabilidad te aporta paz, porque te da la oportunidad de reparar tu error por la parte que te toca... ¿Qué harías de forma diferente si pudieras retroceder en el tiempo?

—Habría levantado más veces el teléfono, como me pedía mi socio. También habríamos repartido el trabajo de una forma más justa. Supongo que quedarse con clientes era su forma de compensar lo que yo no hacía. Lo que no quiere decir que esté bien hecho.

—No te apartes de ti mismo y dime: ¿qué podrías hacer ahora para reparar lo que no hiciste bien?

—Podría escribirle un e-mail y decirle que entiendo lo que hizo, pero no las formas.

—Eso está bien. ¿Crees que podrías hacer algo más?

—Desearle suerte en su andadura en solitario.

—Eso es fantástico si lo haces de corazón. Escribe ese correo y podrás disfrutar de las vacaciones que te quedan y volver renovado. Perdona a tu amigo y perdónate a ti mismo. Solo así serás libre.

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El museo de la nostalgia

Desde que había dejado atrás su etapa de estudiante, Yaiza se había convertido en una adicta a la nostalgia. Terminada la carrera de filología, había aprobado unas oposiciones y trabajaba en un instituto de la zona alta de la ciudad. Pero, a sus treinta años, seguía añorando cierta época de su vida.

Aquel lunes por la mañana, para comentar con sus alumnos un poema de Federico García Lorca, copió en la pizarra el verso original:

“Hay un fragmento de la mañana en el museo de la escarcha”

De repente, se le ocurrió un ejercicio. Justo debajo del verso y en letras bien grandes, escribió: “el museo de la nostalgia”, y pidió que cada estudiante expusiera algo de su vida pasada que echara de menos y explicara por qué.

Aunque la mayoría de los alumnos solo tenía dieciséis años, fueron llenando a su manera aquel museo imaginario.

—Tengo nostalgia de mi abuelo –dijo la primera–. Desde muy pequeña, cada sábado por la mañana me llevaba a un parque a jugar a ping-pong. La verdad es que muchas veces me daba pereza y hubiera preferido quedarme en casa. Ahora que ha muerto, echo mucho de menos ese ritual.

Se oyeron algunas risas de compañeros, hasta que el capitán del equipo de fútbol declaró gravemente:

—Yo metería en ese museo un viaje a Alaska que hice con mis padres hace dos veranos. Me hubiera quedado ahí con mucho gusto. Odio esta ciudad.

—Pues yo echo de menos a Helga Müller –intervino el gracioso de la clase–, un pivonazo que me ligué en la Costa Brava y que aún me visita en sueños.

Tras el regocijo general, tomó la palabra la alumna más brillante del grupo:

—Lo que yo tengo es nostalgia del futuro.

—Un concepto curioso –apuntó Yaiza–. ¿Puedes explicarnos en qué consiste?

—Lo leí en una novela. En mi caso, siento que aún no ha sucedido nada importante en mi vida. No he viajado a ningún país lejano, no he corrido grandes aventuras, ni he encontrado el amor de mi vida. Por eso tengo nostalgia del futuro. Espero encontrar más adelante esos momentos.

Yaiza meditó sobre estas palabras al atardecer, ya en casa. Su marido volvía tarde de la oficina, así que se instaló cómodamente en el sofá con una taza de rooibos y se entregó a su juego favorito: pescar recuerdos.

Siempre cobraba la misma presa: el verano que pasó trabajando en un café bohemio del casco antiguo. Allí había conocido a un viejo pianista, que le había inoculado la pasión por la canción francesa. También guardaba mucho cariño por la dueña, una mujer excéntrica que le había dado los mejores consejos de su vida.

Por último, estaba Ángel, un camarero de su edad –pintor en sus ratos libres– con quien había compartido momentos inolvidables. Incluso se había dejado pintar desnuda por él, y el cuadro aún colgaba en un lugar privilegiado de su casa.

Yaiza había estado secretamente enamorada de aquel chico, que luego resultó ser gay.

De aquella época feliz, recordaba muchos detalles de las conversaciones que había tenido con Ángel, la dueña y el pianista, también con los clientes que frecuentaban el local –había tenido varios ligues memorables–. Aunque lo mejor de todo eran las “cenas secretas” que celebraban los cuatro al bajar la persiana. A menudo se quedaban hasta la madrugada bebiendo, charlando y cantando canciones al piano.

Aquel había sido el mejor verano de su vida. No pasaba día que Yaiza no aprendiera cosas nuevas y se llevara algún descubrimiento a la cama. Después de aquello, todo había sido aburrido y previsible. Tras aprobar las oposiciones, se había casado con un hombre que era cualquier cosa menos bohemio, y su vida transcurría de casa al instituto y viceversa.

¿Sería así hasta el fin de sus días? Tal vez cuando llegaran los hijos –estaban en ello– encontrara otro aliciente, pero, de momento, Yaiza se sentía atrapada en una existencia de baja intensidad.

Recientemente había abierto una cuenta en Facebook, algo a lo que se había resistido con tozudez hasta entonces, y aquella noche nostálgica, mientras esperaba a su marido, encendió el portátil y decidió buscar a sus antiguos compañeros de café.

La dueña tenía un apellido muy poco común y no estaba en la red social. Tampoco encontró al viejo pianista, que si todavía estaba vivo debía de haber superado los ochenta años. Sí encontró a Ángel, tras descartar varios perfiles con el mismo nombre y apellido. Le mandó una solicitud de amistad, que fue aceptada de inmediato.

Tras saludarla efusivamente, el antiguo camarero le contó por el chat privado que había conseguido dedicarse a la pintura, pero que sus ingresos procedían de las clases que daba en academias de dibujo. Raramente hacía exposiciones o vendía algún cuadro.

Ella le explicó su situación y la nostalgia que sentía del verano de las cenas secretas. Ángel le contestó muy seriamente:

— La nostalgia es un veneno que debe tomarse en pequeñas dosis, como una droga peligrosa. Si abusas de ella, paralizas tu presente y dejas de fabricar buenos recuerdos.

— Creo que ahí me has calado –reconoció ella al instante.

— Mientras tu cabeza esté en tiempos y lugares que ya no existen, no podrás llevarte la magia al presente. Si aquel verano, que ahora recuerdas con tanta emoción, hubieras estado colgada de otra época, nada de lo que viviste hubiera podido suceder.

— ¿Crees entonces que esa magia puede revivir? ¿Cómo? Mi marido es un trozo de pan, pero siempre llega cansado y se duerme frente al televisor.

— Quizá lo que le pasa es que le aburre verte aburrida. ¿Sabes lo que decía Albert Einstein? Si haces siempre lo mismo, no esperes resultados diferentes. ¿Por qué no le organizas una cena secreta esta noche, a ver qué pasa? Sorpréndele. Pero no le hables más de ese maldito café, porque él no estuvo allí. Tienes que librarte del pasado para que el presente pueda caminar.

Tras esta conversación a distancia, Yaiza decidió retomar el espíritu de los buenos tiempos. Antes de iniciar los preparativos de una cena romántica, le escribió un mensaje a su marido:

— Deja los agobios en la oficina. Hoy puede suceder cualquier cosa.

Esta última frase siempre había sido verdad, solo que hasta entonces ella no se había dado cuenta.

nubes claros

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Nubes y claros. ¿Qué tiempo hace dentro de ti?

Alina aparcó su coche y se enfundó el plumón antes de salir a la intemperie. Hacía un año que había empezado su estudio del cambio climático en aquel enclave al norte de Inglaterra, justo después de su separación. Aquello le había causado tantos altibajos que ya no se sentía la misma persona que, un día no tan lejano, había llevado en la capital una existencia plácida y previsible.

Siguiendo la máxima de Milan Kundera de que “la felicidad es el deseo de repetir”, los días se habían reproducido de forma agradablemente similar hasta que, una noche, su marido le dio la noticia: se había enamorado de una compañera de trabajo y necesitaba empezar de nuevo. Tras el shock, Alina abandonó la gran ciudad y aceptó un puesto de profesora de meteorología en una universidad del Lake District. Las mediciones que se hacían en la estación meteorológica formaban parte de los estudios del departamento.

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Alina entró en el módulo donde se recogían los registros de barómetros, termómetros, pluviómetros y muchos otros artilugios que terminaban en “metro”. Con el cambio climático, en varias regiones se empezaba a cultivar viñedos. Su investigación analizaba hasta qué punto se había alterado la meteorología del norte del país.

Tras encender el ordenador, empezó a analizar las curvas de los distintos registros, comparándolas con otros años en aquella misma estación. A la vez que los nubarrones de invierno amenazaban con lluvias sobre la estación, Alina sintió que también su ánimo se iba encapotando. Tal como hacía siempre en momentos de desánimo, decidió llamar a su madre, una dama octogenaria que vivía en Francia desde su jubilación.

—¿Cómo está el tiempo hoy? –le preguntó la mujer con su habitual tono jovial.

—Cambiante… Hemos tenido tres días soleados, con temperaturas extrañamente altas para esta época, pero esta noche han empezado a soplar vientos del norte y ahora se avecina una tormenta.

—Eso es lo que pasa afuera, pero… ¿qué tiempo hace dentro de ti?

Alina sonrió. Su madre tenía un don natural para captar los cambios en su estado de ánimo. En ese sentido, era una estación meteorológica siempre activa.

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—Entre nubes y claros… Hoy me he levantado alegre, pero a medida que conducía hasta aquí me he ido apagando. Justo antes de llamarte estaba a punto de echarme a llorar.

—No tiene nada de raro, hija. Así como todos los lugares tienen su propio clima, las personas pasamos a lo largo de la vida por distintos estados de ánimo. A veces, en un mismo día.

—Entonces, ¿no estoy loca?

—En absoluto, pero creo que le das demasiada importancia a borrascas que son pasajeras – la mujer hizo una pausa y Alina supo que estaba llenando su taza de té–. Nuestro biosistema interior es muy delicado y cambiante. Puede lucir el sol y, justo después, aparecen problemas en forma de nubarrones. Luego llegan tormentas que arrastran viejas tristezas y nos limpian las gafas a través de las que vemos la vida. ¿No es perfecto así?

Alina no supo qué contestar.

—Todo cambia constantemente, por fuera y por dentro. El problema es que vivimos lo que nos ocurre como si fuera permanente.

Cuando te embarga la tristeza, cuesta creer que la tempestad pronto amainará. Y, a la inversa, cuando tu cielo interior es radiante, esperas que se quede así para siempre. Saber que todo es pasajero, también la soledad y la tristeza, ayuda a vivir.

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Alina respiró, ya más confortada. Su madre pareció percibir el cambio desde el otro lado, ya que le preguntó:

—¿Cómo estás ahora?

—Mucho mejor.

—Lo celebro, hija. Como dijo un pensador escocés:

“La alegría ha sido llamada el buen tiempo del corazón”.

ofensa intangible Miralles

Una ofensa intangible

Raquel miró una vez más la pantalla de su móvil y sintió que una mezcla de rabia y tristeza la envenenaba por dentro. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Nada.

Hacía ya cinco horas que había mandado su mensaje pidiendo ayuda, pero Sofía no parecía tener prisa alguna por contestar. Decepcionada, releyó el texto enviado a las diez de la mañana.

El double check azul revelaba que su amiga lo había leído un minuto después de recibirlo. ¿Por qué diablos no había contestado?

Volvió a leer el wasap para tratar de entender la “no respuesta” de quien, hasta aquella tarde, había considerado su mejor amiga:

Hola Sofía
Sé que estás en el trabajo ahora mismo, pero necesito hablar contigo desesperadamente. Juanjo me ha dejado. Dice que no es feliz conmigo... No me ha dado más explicaciones.
¡Estoy rota por dentro! Por favor, llámame cuando tengas un huequecito.
xxxx R

Raquel no podía entender que un grito de ayuda como aquel no hubiera merecido respuesta pasadas las tres de la tarde. Sabía que el trabajo de su amiga en el almacén tenía un ritmo intermitente. Había picos de mucho trabajo, pero también numerosas pausas.

Ella misma le había conseguido aquel empleo; había trabajado en las oficinas de la empresa años atrás y mantenía buena relación con los dueños.

Sofía le había pedido ayuda tras ser despedida en su anterior trabajo y Raquel había reaccionado inmediatamente. Dos horas más tarde tenía una entrevista en aquel almacén donde ahora estaba fija.

Recordar lo que había hecho por su amiga hizo que se sulfurara aún más. ¿Cómo se podía ser tan desagradecida? Ella la había salvado cuando Sofía no podía ni pagar el alquiler, y ahora que la necesitaba...

Miró ansiosa su wasap y también el SMS, ya que le había mandado el mensaje por partida doble. Nada. Con lágrimas en los ojos, Raquel se dejó caer sobre la cama. Había dicho en su empresa que tenía gripe, pero casi habría preferido la actividad de la oficina a aquel silencio.

Empezó a enumerar las razones por las que Sofía no había contestado. Se le ocurrían dos explicaciones, a cual más humillante para ella.

La primera, a su amiga no le apetecía ser su paño de lágrimas aquel viernes. Prefería pasar los ratos que le quedaban libres en la máquina de café, charlando de cualquier cosa con sus compañeros. Sabía a ciencia cierta que uno de ellos le gustaba.

Y la segunda: prefería mantener conversaciones más frívolas por wasap con otras amigas. Desde que Raquel había mandado su mensaje, había comprobado varias veces en el “estado” que estaba activa. Aquello la había acabado de enfurecer.

Más allá de estas deducciones y comprobaciones, una cosa estaba clara: a Sofía no le importaba nada su sufrimiento, pensó Raquel. De otro modo, la habría llamado inmediatamente. O, como mínimo, le habría mandado un mensaje de aliento del tipo:

“Luego te llamo. ¡Siento mucho lo que estás pasando!”

Pero nada. Seis horas después solo había obtenido silencio e indiferencia. Raquel se dio la vuelta y clavó sus ojos llorosos en una grieta del techo que ilustraba a la perfección cómo se sentía por dentro.

Había sobrestimado a Sofía, pensó. Tal vez porque siempre había estado detrás para impulsarla, escucharla y ayudarla, había dado por supuesto que haría lo mismo por ella el día que la necesitara.

Y el día había llegado. Era aquel viernes y Sofía le había fallado. ¿Podía seguir considerándola su amiga después de aquello? Probablemente no. La había dejado en la estacada cuando más la necesitaba.

Raquel miró por enésima vez la pantalla del móvil y se puso en pie. Desde la ventana de su habitación, contempló con rencor el lento tráfico que llenaba las calles. En aquel momento, sintió que no solo su pareja y su mejor amiga la habían traicionado, sino el mundo entero.

Todos iban a lo suyo y a nadie le importaba que ella sufriera

Empujada por la determinación, decidió que no podía quedarse impasible ante aquella falta de cariño y amistad. Llamaría a su amiga y le cantaría las cuarenta. Le diría todo lo que pensaba de ella, aunque aquello supusiera el fin de su relación.

La señal telefónica sonó cuatro veces hasta que obtuvo una respuesta al otro lado. Una voz de mujer distinta de la que esperaba contestó:

—¿Quién eres?

—Soy Raquel... –“Quién eres tú”, pensó–. ¿Puedo hablar con Sofía?

—Aún no ha despertado de la anestesia. ¿Es usted un familiar?

—No, soy... soy su mejor amiga. ¿Qué ha pasado? –preguntó alarmada.

—Un ataque de apendicitis, pero está ya fuera de peligro. Soy la enfermera de planta. Hemos tratado de localizar a algún familiar a través de su móvil, incluso hemos escrito a su hermano, pero nadie ha contestado.

—Su hermano vive en el extranjero... Es posible que a estas horas aún no haya visto el mensaje.

—Hable con él, si tiene ocasión –le pidió la enfermera–. ¿Quiere que deje a la ingresada algún mensaje de su parte?

—Olvídese de mensajes –dijo Raquel, avergonzada, mientras corría a ponerse el abrigo–. Voy ahora mismo.

Las olimpiadas del valor

Las olimpiadas del valor

Las olimpiadas del valor

En un pequeño país que lindaba con un poderoso enemigo, murió el rey sin dejar descendencia. Se desató el pánico entre su gente. Sin liderazgo para hacerse valer, ya se veían invadidos por su gigantesco vecino. Antes de que la noticia cruzara la frontera, los más ancianos se reunieron para encontrar a alguien capaz de tomar las riendas del país.

–Hay que elegir al ciudadano más valiente e investirlo rey cuanto antes -declaró uno.

–Tienes toda la razón -repuso otro-, pero esta es una tierra de agricultores, granjeros y artesanos. ¿De dónde vamos a sacar un aguerrido monarca?

El consejo de ancianos debatió largamente hasta que el más imaginativo de todos ellos dijo:

–Propongo que reunamos mañana mismo a todos nuestros hombres y mujeres en una gran competición. La podemos llamar las olimpiadas del valor.

Tras acordar que era una buena idea, la fiesta fue pregonada por las doce poblaciones del reino. A la mañana siguiente, en la pequeña capital se levantó una vistosa carpa con una tarima en medio para que quien quisiera pudiera mostrar su valor. El pueblo decidiría a mano alzada al final del día quién estaba mejor dotado para el mando.

Corrió la bebida en un ambiente festivo que disipó por unos instantes la inquietud que había instalado la muerte del rey.

A las diez de la mañana, el primer candidato subió a la tarima. Era un hombre fuerte como un toro, cuya espalda doblaba en anchura la de la mayoría de hombre presentes. Levantó sus poderosos brazos para que le prestaran atención y proclamó:

–Es bien sabido que soy el más fuerte de todos. Muchos me habéis visto derribar un árbol con mis propias manos. Desde aquí reto a quien quiera ponerme a prueba, ya que me veo capaz de vencer hasta tres hombres a la vez.

Algunos mozos animados por el alcohol saltaron a la tarima, y todos ellos acabaron de bruces en el suelo ante el aplauso general. Sin embargo, un murmullo posterior indicó que la mayoría opinaba que aquel no sería un valiente y eficaz gobernante. Para mantener a raya a un enemigo mucho más grande que uno mismo, además de músculo, era necesario cerebro y estrategia.

El siguiente en subir a la tarima fue un hombre maduro, conocido por las lejanas expediciones que había realizado en su juventud, habiendo luchado incluso en las filas de una legión extranjera.

–Yo soy el más adecuado para asumir el mando -dijo con voz autoritaria-. Sabré dirigir a nuestros hombres hacia la victoria. Si me elegís rey, prometo defender la libertad hasta la última gota de nuestra sangre.

Aquellas últimas palabras no gustaron. En las cabezas de las mujeres y los hombres se representaron escenas de terribles batallas y sacrificios que acabarían diezmando a la población.

Una mujer, la más bella y noble del reino, presentó sus lejanos lazos de sangre con mandatarios de distintos países. Aquello les podía procurar valiosas alianzas para hallar protección ante su gran enemigo.

Pero aquella propuesta tampoco convenció.

Entonces se produjo un momento de gran bullicio cuando un joven insensato saltó a la tarima desnudo y cargando un saco. Tras vaciarlo a sus pies, decenas de escorpiones, alacranes y serpientes venenosas ascendieron por su piel sin que su expresión mostrara pánico ni preocupación alguna.

–Yo no tengo miedo a nada ni a nadie -gritó el muchacho-. Elegidme y no podrán decir que nuestro reino está gobernado por manos temerosas.

Fue desestimado inmediatamente.

Sin más candidatos, la fiesta se fue apagando y el desánimo empezó a cundir entre la población. Para sorpresa de todos, cuando los cocineros ya retiraban los restos de comida y los bodegueros se llevaban rodando los barriles vacíos, un hombre flaco y encorvado subió a la tarima y dijo:

–No era mi intención presentar mi candidatura, pero
puesto que no hay nadie más,
puedo llevar esta carga hasta que encontremos a otra persona más capacitada.

Hubo un estallido de risas. Aquel hombre solo era conocido por sus constantes achaques. Muchos no entendían incluso cómo seguía vivo.


Tal vez esperabais a un rey o una reina con más hermosura –siguió-. O a un bravucón que encendiera los ánimos del pueblo. No os puedo ofrecer nada de eso, pero doy fe de que me he enfrentado a una y mil adversidades sin darme nunca por vencido.

–¿Ah sí? -lo provocó un tabernero-. ¿A quién has vencido tú, piltrafa?

Sin alterarse lo más mínimo, explicó:

–Cuando era muy pequeño, una grave enfermedad deformó mi cuerpo y me dejó como me veis. Pero mis padres jamás escucharon de mis labios un solo lamento. Por mi constitución débil, toda mi vida he tenido que afrontar afecciones de toda clase, pero ni un solo día he dejado de levantarme con el sol y cumplir con mis obligaciones.

Un silencio expectante acompañó el final de su discurso.

–Poseo el valor suficiente para, sabiendo la opinión que tenéis de mí, brindar mi ayuda en estos momentos de dificultad. No tengo en mi haber galardones ni victorias militares, pero me siento orgulloso de haberme vencido a mí mismo.

Esa misma noche fue investido rey.

otros como espejo

El otro como espejo

Carla y Judit habían entrado a trabajar en HumanKey con apenas un mes de diferencia. Carla estaba desde el primer día en aquella agencia de trabajo temporal. A pesar de la crisis, la respuesta de las empresas había sido tan buena que pronto hubo que contratar a una segunda telefonista para atender las llamadas.

Sobre el papel, habían dado con la dupla perfecta. Al igual que Carla, en las entrevistas personales y los tests antes de ser contratada, Judit había demostrado tener una notable empatía con sus interlocutores, además de hablar fluidamente cuatro idiomas.

En la práctica, sin embargo, algo se estaba pudriendo en aquel frente clave para la oficina. La primera señal de preocupación saltó cuando la gerente detectó un extraño silencio entre aquellas dos mujeres de edad y formación parecidas.

Nunca se las veía compartir un café y apenas intercambiaban algunos monosílabos a lo largo de la jornada.

La crisis definitiva explotó un lunes por la mañana, cuando Carla fue descubierta llorando en el lavabo mientras su teléfono no cesaba de sonar. Judit tampoco parecía encontrarse en su mejor día, ya que se equivocó al redireccionar dos llamadas.

Ante aquella situación y sin más demora, la gerente convocó al jefe de personal para pedirle explicaciones sobre la situación.

—No entiendo lo que está pasando -se disculpó el hombre-. Ambas empleadas tienen un currículum intachable. No me consta que ninguna de ellas sea conflictiva. Según nuestros protocolos, sus perfiles no pueden ser más adecuados para el cargo que ocupan.

—En este caso, quiero hablar individualmente con cada una de ellas —dijo la gerente.

La primera en entrar al despacho fue Carla. Con treinta años recién cumplidos, vestía un impecable traje chaqueta y llevaba el pelo moreno recogido en un moño. La dulce musicalidad de su voz recordaba a las eficientes azafatas de las películas.

Tras estudiarla con atención, la máxima responsable de la agencia decidió tomar el toro por los cuernos.

—Creo que has tenido un mal día -la tuteó como era costumbre entre el personal de HumanKey-. Ahora que las líneas telefónicas están cerradas hasta mañana, me gustaría saber si puedo ayudarte de alguna manera. Soy toda oídos.

—Pues, la verdad es que... -la telefonista se sonrojó-. En realidad no sé cómo explicar lo que ha sucedido esta mañana. Siento mucho haber abandonado mi puesto. Prometo que no volverá a suceder.

—Tampoco tu compañera ha estado muy fina. Ha pasado dos veces a nuestro mejor cliente con el departamento equivocado.

—Judit es una profesional extraordinaria -se apresuró Carla a defenderla-. Seguro que este lapsus tampoco se volverá a repetir.

La gerente suspiró comprensiva y dijo:

—No es el error lo que me preocupa, sino que es obvio que no os lleváis bien. Esa negatividad se acaba transmitiendo a los clientes, que acuden a nosotros en busca de soluciones, no de problemas.

—Lo entiendo perfectamente -se ruborizó nuevamente Carla-. Nada de esto sucedería si no fuera porque... sí, estoy convencida de que Judit me odia.

—¿Cómo has llegado a esta conclusión?

—Aunque llegó después de mí, desde el primer día me ha tratado como a una enemiga. Es muy fría conmigo y todo parece molestarle, incluso mi tono de voz al atender a los clientes. He tratado de entenderme con ella pero es imposible. Está todo el día de mal humor y cuando intento ser amable me rehuye la mirada. No hay duda de que me odia.

Minutos más tarde, la gerente recibió en su despacho a Judit. Igual que su compañera, vestía un traje chaqueta. Llevaba el pelo corto castaño a la altura de las orejas, lo que le daba un aire “retro” que casaba con el empleo de telefonista.

La voz diáfana de Judit se hizo oír antes de que su jefa la interpelara.

—Siento mucho haber estado tan torpe esta mañana. No volverá a ocurrir.

—Acabas de hablar como tu compañera, prácticamente con las mismas palabras —le hizo notar la gerente—. ¿Por qué la tratas con tanta frialdad? ¿No te cae bien?

—¿Eso ha dicho Carla? —los ojos de Judit expresaban indignación—. Desde que llegué he intentado hacerme su amiga, pero me rehuye la mirada y parece molestarle todo de mí, incluso mi voz. Me odia.

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La gerente tuvo que contener una sonrisa al llamar al jefe de personal para que volviera a citar a Carla.

Ahora las dos telefonistas, visiblemente nerviosas, estaban sentadas ante su jefa a la espera de lo que –temían– podía terminar en un despido para ambas.

—Vuestros roces no están ocasionados por diferencias de carácter -empezó la gerente-sino por todo lo contrario: vosotras dos sois demasiado iguales.

—¿Qué quiere decir con eso? -preguntó Carla mirando aturdida a su compañera.

—Hablaré en plata, no me ando con rodeos. Las dos sois hipersensibles, lo cual es positivo para la buena atención al cliente, pero vuestro punto débil es que vais necesitadas de afecto. Sois ordenadas y cumplidoras en extremo, pero os ofendéis demasiado rápido y sospecháis hasta de vuestra sombra.

—Eso no es cierto —se encendió Judit lanzando una mirada cómplice a su compañera—. Estamos exagerando un malentendido que...

—Seguro que, si indagara en vuestras vidas, hallaría muchas más afinidades,ya que habéis utilizado incluso las mismas palabras para hablar del conflicto. Por ejemplo, las dos vivís solas y vuestro currículum muestra que tenéis aficiones muy parecidas. ¿Por qué no resolvéis vuestras diferencias, o mejor dicho, vuestras coincidencias mañana sábado con un partido de tenis?

Las operadoras se escandalizaron a la vez ante aquella idea, aunque era cierto que las dos le daban a la raqueta.

—Resumiendo, chicas —concluyó la gerente—. Si no queréis sudar en la pista de tenis, salid a cenar esta noche y compartid una botella de vino. Seguro que, tras el deshielo, lo vais a pasar en grande. ¿Sabéis? Solo nos molesta de los demás lo que también hay en nosotros. Quien parece un enemigo es en realidad un espejo que nos muestra cómo somos. Lo que nos separa es, en realidad, aquello que nos une.

shambala-ciudad

shambala-ciudad

Shambalá en la ciudad

Héctor bajó del tren con los nervios a flor de piel. Tras un largo año trabajando en su aplicación para móviles, había llegado el momento de hacer una prueba real. Era su primer encargo como programador de apps y su carrera estaba en juego.

Mientras cruzaba el andén, activó el joytester en la pantalla y cruzó los dedos para que funcionara bien. La idea de crear un “medidor de felicidad” había sido suya y la empresa le había apoyado pese a su juventud.

Aquella jornada en la ciudad iba a ser decisiva. Tenía que elegir a medio centenar de personas que aceptaran ser escaneadas por la aplicación durante diez segundos. El joytester guardaría los resultados de la medición para que, a su vuelta, los jefes pudieran comprobar la precisión del programa. Nada más salir de la estación, Héctor detuvo a una anciana con su nieto y les preguntó si podía enfocarles con el móvil.

—¿Quieres una foto de los dos? –preguntó la abuela.

—No, necesito enfocar un momento a cada uno. Soy ingeniero y he diseñado un programa que capta la expresión del rostro y la postura corporal.

—Pues te dirá que voy encorvada –bromeó ella–. Para eso no hace falta haber estudiado ingeniería.

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Héctor se concentró en la pantalla mientras el programa recogía datos sobre la viveza de los ojos, la curvatura de los labios, la tensión en el rostro y la postura general de la anciana. Tras analizarlos, la aplicación emitió un suave zumbido a la vez que reflejaba en la pantalla: Grado de felicidad: 4,62/10.

Sorprendido por el hecho de que aquella abuela habladora hubiera suspendido el test de la felicidad, se dispuso a escanear al niño:

—¿Para qué sirve este programa? –le preguntó.

—Sirve para saber si estás contento.

El niño levantó las cejas con incredulidad y luego sacó la lengua. Héctor esperó a que su expresión volviera a la normalidad para activar el escáner. Diez segundos después arrojaba su segundo resultado: Grado de felicidad: 5,82/10. “Eso está mejor”, se dijo mientras iba a por su siguiente test. Esta vez pidió su colaboración a una muchacha de gran belleza que miraba su reloj delante de una tienda de cosméticos. La chica hizo un par de preguntas antes de prestarse al experimento, pero al saber para qué servía el programa, posó orgullosa.

Durante la recogida de datos, Héctor se dijo que aquella chica podía ser perfectamente modelo o actriz. Su piel y su mirada lucían saludables, y debía de estar satisfecha con la genética que había heredado. Cabía esperar una gran puntuación, por eso el resultado lo llenó de asombro: Grado de felicidad: 3,97/10. Cada vez más inquieto mientras buscaba otros voluntarios, recordó que el programa se había mostrado muy fiable al procesar escenas de películas. Había puntuado con gran criterio los diferentes estados de ánimo de los protagonistas.

Héctor había elegido aquella ciudad por sus estadísticas de calidad de vida. El desempleo era escaso y el índice de longevidad superior a la media. Tal vez la abuela y el niño habían discutido antes de la prueba, se dijo para tranquilizarse, y la muchacha acababa de cortar con su novio.

Para salir de dudas, decidió seguir la prueba con personas con motivos sobrados para ser felices: la recién ascendida directora de una sucursal bancaria, un vendedor de flores que aseguraba amar su trabajo, una pareja de enamorados en un parque, un hombre al que le había tocado la lotería unos días atrás... Todos ellos se prestaron al experimento, pero las puntuaciones eran siempre bajas. Aquella ciudad conocida por su calma, zonas verdes y bella arquitectura suspendía en felicidad.

Confuso ante aquellos resultados, decidió poner fin a su jornada en una tetería llamada Shambalá, como el paraíso de los tibetanos. Héctor entró con una expresión que no podía estar más lejos del paraíso. De haber probado consigo mismo su invento, habría obtenido poco más de cero.

—¿En qué puedo servirle? –le atendió un hombrecillo de aspecto oriental–. ¿Se encuentra usted bien?

Al ingeniero le pareció que se interesaba sinceramente por él, así que le explicó la aplicación que había creado y lo que le había sucedido al probarla en la ciudad. Su relato mereció una gran carcajada por parte del dueño de la tetería, que a continuación le dijo con voz serena:

—Es normal que la gran mayoría haya suspendido en felicidad.

—¿Normal? –preguntó ofendido–. ¿Por qué?

—Dice que les ha explicado a todos la finalidad de la prueba. Eso ha hecho que, sin querer, pensaran en su felicidad durante esos diez segundos. De algún modo, la han medido antes de que lo hiciera ese chisme.

—Entiendo, pero... ¿cuál es el problema?

El oriental puso una taza de té sobre el mostrador y le dijo: “La felicidad desaparece en el momento en que se mide. Si vives sin preocuparte por ella, es muy posible que estés activo y feliz, pero en cuanto te paras a pensar...”. Antes de desaparecer en la trastienda, concluyó: “Ya conoces el proverbio: Si quieres ser feliz como dices, no analices”.

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El tesoro invisible

Miguel había recibido la noticia con una extraña mezcla de irrealidad y calma. “Lamento comunicarle que su madre ha muerto.” Tal vez porque vivía a miles de kilómetros de lo que había sido su hogar, al escuchar el contestador dos días después —demasiado tarde para acudir al entierro—, había sido incapaz de reaccionar.

Tras enviar dinero para cubrir los gastos del funeral, vivió las semanas siguientes con gran estupor. No tenía hermanos, ni ningún pariente directo en su ciudad natal. Cada mes había ingresado en la cuenta de su madre una cantidad generosa, y nunca se había olvidado de llamarla el día de su cumpleaños y por Navidad. Aparte de eso, sentía su país tan lejano que incluso aquella pérdida le había resonado como el eco de otro mundo.

Hasta que, veinte días después, sonó el teléfono y la voz monótona de un administrador de fincas le anunció:

—Por muy lejos que viva, debe acudir al domicilio de la difunta, ya que el propietario quiere poner el piso nuevamente en alquiler.

—Ya he liquidado todas las facturas –contestó Miguel, irritado–, así que puede…

La vivienda tiene que quedar vacía –le interrumpió el administrador–. Todo está tal como lo dejó su madre el día de su ingreso en el hospital. ¿No desea recuperar los objetos de valor antes de que vaciemos el piso? Aunque corra con los gastos, eso es algo que ninguna empresa puede hacer por usted.

—De acuerdo –respondió acalorado–. Me ocuparé de todo para que el propietario pueda disponer de su piso cuanto antes.

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Cuarenta y ocho horas después, Miguel aterrizaba en una ciudad cargada de retazos de su infancia y adolescencia. Una oportunidad laboral le había servido, al terminar la universidad, para poner tierra –y mar– de por medio. Únicamente había regresado tres veces desde entonces, la última para celebrar el 70 cumpleaños de su madre. Y había pasado una década desde entonces.

Tras recoger las llaves en la oficina del administrador, Miguel tomó un taxi y empezó a angustiarse en su trayecto hacia aquel familiar destino. ¿Por qué no había llamado a su madre más a menudo? ¿Qué le hubiese costado viajar una vez al año para que, en su vejez, ella sintiera el calor de su hijo? Había sido un egoísta y un desagradecido.

Mientras subía en el viejo ascensor de la finca, se sintió incapaz de enfrentarse a todo lo acumulado durante más de medio siglo por su madre, que había enviudado poco después de que él naciera. ¿Cuáles eran los objetos con valor sentimental y por qué? ¿Cómo sería capaz de deshacerse de cosas que ella había amado?

La llave chirrió en la cerradura antes de que Miguel, quien estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, empujara la puerta. Lo que vio al otro lado le dejó asombrado. No había nada. Paseó su mirada por los anticuados muebles –no iba a llevárselos–, pero las estanterías estaban vacías, así como los cajones y armarios de todas las habitaciones. Solo una pequeña fotografía en su marco destacaba en la pared desierta del comedor.

Miguel liberó del cristal una instantánea tomada en la playa cuando él contaba cinco años. Recién salido del agua, en la foto se veía a su madre protegiendo su cuerpo escuálido con una toalla. La guardó con cuidado en su cartera, ya que aquel retrato contenía el amor incondicional de su madre.

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Solo por rescatar aquella foto ya había valido la pena el viaje que un administrador inepto le había hecho hacer sin saber que el piso estaba vacío, pensó. A punto ya de abandonar la casa, advirtió algo blanco sobre la mesa del comedor. Era un folio escrito de puño y letra de su madre.

Querido hijo:

Cuando leas esta nota, yo ya no estaré aquí. Hace tiempo que sé que esto se acaba, por eso me he ido deshaciendo de todo. Como dicen los hindúes, “uno solamente posee aquello que no puede llevarse en un naufragio”. Las cosas son solo eso: cosas, y si significaron algo para alguien, el sentido se pierde cuando la persona ya no está. He sido muy feliz sabiendo que te valías por ti mismo al otro lado del océano. No tengo otra herencia que dejarte que la que ya te he dado: la libertad de vivir tu propia vida, no la de otros. Es un tesoro que no se ve, pero que vale más que todas las riquezas del mundo. Llévate tu libertad, hijo, e inviértela en una vida que merezca la pena.

Miguel leyó la despedida con lágrimas en los ojos. Luego dobló la nota con cuidado y la guardó en su cartera junto a la fotografía. Al salir, recordó la frase de Antoine de Saint-Exupéry, que había dicho que lo esencial es invisible a los ojos. Hasta entonces, no había sido consciente del regalo que le había otorgado su madre, vigilando en silencio sus pasos en tierras lejanas.

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Decidió que, en adelante, usaría aquella libertad para llevar una vida de la que estar orgulloso. Había cometido errores, pero aquella despedida era el inicio de algo nuevo. A diferencia de los cuentos, había que empezar por el final.

Tres formas de viajar

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Tres formas de viajar, tres beneficios para el alma

El calor era tan aplastante aquel mediodía en Pushkar que incluso los peregrinos hindúes se habían refugiado en la sombra. La ciudad sagrada lucía desierta cuando se encontraron tres viajeros en el único café abierto a esa hora infernal. Y aunque los tres procedían del mismo país extranjero, su aspecto no podía ser más distinto.

Del pecho de Ralph colgaba una enorme cámara. En la mano llevaba el programa del tour que había contratado, para asegurarse de que no se saltaban un solo punto de la ruta.

Linda cargaba con una mochila y en su mano lucía un grueso volumen de la Lonely Planet comprado de segunda mano en un albergue.

El tercer viajero que se había refugiado en el café se llamaba Jonathan, pero se había asimilado tanto a las costumbres locales que parecía un hindú más, y de hecho llevaba meses viviendo en un cuarto diminuto de Pushkar.

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Cuando el camarero trajo té y agua fresca para todos, Ralph decidió abrir fuego:

—Voy a quejarme a los organizadores del tour –dijo mientras se secaba el sudor con un pañuelo–. No solo hace un calor horroroso aquí, sino que ni siquiera hay peregrinos haciendo sus rituales en el agua. Mis compañeros de viaje hacen bien en dormir la siesta… Suerte que esta tarde partimos ya hacia Jaipur.

—Lo que vosotros hacéis yo no lo llamaría viaje –replicó Linda–. Os dedicáis a poner cruces en el mapa, y os hacéis un selfie en cada sitio, pero pasáis por los lugares sin haberlos conocido.

—Ese ha sido un comentario insolente –saltó Jonathan–. Tu manera de viajar no es tan distinta a la de un turista. Lo único que cambia es que te alojas en lugares más incómodos y que has de ser tu propia guía, pero también vas de un sitio a otro sin entender nada.

—¿Ah, sí? –repuso ofendida–. ¿Y crees que tú entiendes más por disfrazarte de hindú?

—Como mínimo estoy el tiempo suficiente para tomarle el pulso al lugar. Solo si te quedas quieto y haces como la gente de aquí, llegarás a captar el alma de la India.

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Una voz hizo callar a los tres amigos:

—Tú tampoco captarás nunca nada, puesto que estás siempre juzgando.

Desde el fondo del café, hablaba en perfecto inglés un sadhu, un peregrino mendicante de largas barbas envuelto en un hábito azafrán.

—Si hace el favor de sentarse con nosotros –dijo Jonathan–, será un placer invitarle.

El peregrino aceptó con una sonrisa y se unió a la mesa de los viajeros.

Ninguno se atrevía a decir nada por miedo a ser desautorizado por el hombre santo, que levantó las manos, conciliador, para decir:

—Igual que ningún camino es mejor que otro, cada forma de viajar es válida y tiene sus ventajas para el alma. El turista organizado se levanta muy temprano, desafiando al sueño y la comodidad, con el fin de cumplir un objetivo. ¡No es tan diferente a lo que hacen los meditadores en un ashram! Es una forma de entrenar la disciplina y ver mundo.

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Ralph sonrió complacido mientras los ojos del santón se posaban en Linda, que bajó la cabeza, avergonzada.

—Improvisar a cada paso es otra bella manera de viajar –siguió–, porque desarrollas tu valor e intuición, sobre todo si caminas solo, y vas escribiendo día a día el viaje de tu vida. No es muy distinto a lo que hacemos los sadhus, que peregrinamos de templo en templo buscando la verdad.

Por último, el hindú miró a Jonathan y dijo:

—Y es bueno también quedarse quieto para absorber la sabiduría del mundo. Eso es lo que hace el yogui cuando se sienta para abrazar el universo entero. Pero si dejas fuera a los que no viajan como tú, te estarás abrazando a ti solo.

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La tribu maldita

Una extraña maldición había caído sobre los Invalu. Aquella tribu, conocida por su espíritu risueño y sencillas costumbres, parecía atacada por un misterioso virus de insatisfacción. El valle donde transcurría su vida seguía siendo fértil y acogedor, con temperaturas moderadas en invierno y abundante agua en verano para regar los cultivos y refrescarse. Sin embargo, algo había cambiado.

Desde las últimas lluvias, los Invalu se levantaban malhumorados y ya no disfrutaban del trabajo en el campo. Los cultivos de mijo se llenaban de hierbajos que nadie se esforzaba en arrancar, con lo que el cereal crecía más débil y resultaba poco sabroso.

La tribu había perdido casi toda su vitalidad. La poca que quedaba la gastaban en constantes fricciones entre ellos. Cada día se oían disputas por terrenos y lindes, los amigos se ofendían por cualquier cosa y las parejas se retiraban la palabra entre sí. Las jornadas eran tan amargas que por la noche nadie lograba conciliar el sueño.

—Esta tribu está maldita –sentenció el más anciano de los Invalu–. Algún pueblo enemigo nos ha echado mal de ojo y por eso ya nada nos sale bien.

Aquella idea cundió entre los nativos, que se resignaron a sufrir una época que venía cargada de carestía y calamidades.

El mal fario de los Invalu trascendió los límites de su aldea y llegó a oídos de otros pueblos, que se guardaban de acercarse a lo que empezó a conocerse como “el valle maldito”. Hasta que una mañana llegó al pueblo una forastera de raída túnica y sonrisa radiante.

Por la aldea corrió el rumor de que era una hechicera que llevaba años retirada en su cabaña, en lo alto de un monte inaccesible. Pero incluso hasta allí habían llegado las noticias de la misteriosa plaga que ensombrecía la vida de los Invalu. Movida por la compasión, la ermitaña había decidido aventurarse en el valle maldito.

El primer aldeano con el que se encontró fue un joven asustadizo, que se quedó paralizado ante la aparición de aquella forastera que parecía vieja como el mundo.

—Váyase enseguida –le recomendó el muchacho–. Este lugar es víctima de una maldición. Si se queda mucho por aquí, perderá la poca vida que le queda.

—Cierra el pico, y tráeme agua y algo de comer –le ordenó la anciana–. Luego convoca a todos los Invalu. Quiero descubrir la raíz de vuestro mal.

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El chico salió a la carrera y regresó poco después donde estaba la mujer con un poco de queso y pan de mijo. A continuación, fue choza por choza hasta reunir a todos los aldeanos, que ahora rodeaban expectantes a la recién llegada, que habló así:

—A la entrada del poblado, he visto unas cabras que están en los huesos. ¿Por qué nadie cuida de ellas?

—No merece la pena –dijo un hombre de aspecto tosco–. Dan tan poca leche que más vale dejarlas a su aire.

—Tal vez dan poca leche porque no les procuráis suficiente hierba fresca. ¿Y ese mijo que crece en los campos? ¿Por qué las espigas son tan bajas y quebradizas?

—Estamos por abandonar esos cultivos –suspiró una mujer–. Las cosechas son escasas y la lluvia nunca es suficiente.

En aquel momento, una pareja de mediana edad empezó a discutir agriamente.

—Y a vosotros, ¿qué os pasa? –les interpeló la hechicera.

—Mi marido prometió arreglar la techumbre hace días, pero no lo ha hecho y se me llena la casa de hojas y polvo.

—Dije que lo haría a condición de que tú tiñeras mis ropas –se defendió el hombre–, que da pena ver lo gastadas que están.

Harta de aquella reunión donde de repente todo el mundo gritaba y se recriminaba cosas, la ermitaña se puso de pie y levantó las manos para que se hiciera el silencio.

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Luego declaró:

—Ya he oído bastantes quejas por hoy. No necesito escuchar más. He entendido cuál es el virus que hace que ningún Invalu esté contento, y voy a daros el antídoto.

Decenas de ojos asombrados se posaron en la hechicera, que acto seguido concluyó:

—Todo el mundo en esta aldea cree tener menos de lo que merece. Unos se decepcionan porque el mijo no crece más alto o la cosecha no es más abundante. Otros se enfadan con las cabras que dan menos leche de la deseada o con las reses que no dan una carne lo bastante tierna y jugosa. Lo mismo ocurre con maridos, esposas e hijos. Esperáis que las cosas sucedan a vuestro gusto y, como no es así, vivís sumidos en la infelicidad.

—¿Y cuál es el remedio, forastera? –se atrevió a preguntar un niño.

—Dejad de esperar cosas y tomad todo lo que venga, sea mucho o poco, como un regalo. Trabajad duro y celebrad cada grano que brote en la espiga igual que un milagro. Si actuáis así, este volverá a ser el valle más fértil del mundo.

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