Procrastinar

Ser muy inteligente y dejarlo todo para el último momento: hay relación

Desde pequeñas, algunas personas tienen la costumbre de dejarlo todo para última hora. A veces ocurre porque son demasiado inteligentes y se aburren. Procrastinar les impide desarrollar todo su potencial.

Postergar las tareas importantes mientras se pierde el tiempo con actividades más entretenidas y agradables. Eso es procrastinar.

Para ayudar a las personas a superar esta tendencia a aplazar las obligaciones, han proliferado en los últimos tiempos numerosas webs y libros de psicología y autoayuda cargados de buenos consejos y soluciones.

Sin embargo, ¿sabemos qué lleva a algunas personas a aprender y reforzar este patrón hasta llevarlo al límite?

Ser muy inteligente puede estar tras este patrón

Aunque, obviamente, existen infinidad de motivos para procrastinar, tener altas capacidades puede ser uno de ellos.

A lo largo de mi carrera profesional he observado que algunos niños y adultos de gran inteligencia reproducen este patrón, lo que puede llegar a causarles graves problemas tanto en el mundo escolar, como en el laboral.

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Paradójicamente, cuando tienen el compromiso de realizar alguna tarea que implique algún grado de responsabilidad por su parte o cuando deben entregar un trabajo en un plazo determinado, les cuesta enormemente centrarse y tienden a procrastinar.

Lo dejan todo para el último momento.

Ocurre porque, al considerarlo como algo sencillo, se entretienen con cualquier cosa y van alargando el proceso hasta que, al final, terminan realizando la tarea con prisas y con un resultado bastante decepcionante en relación con las enormes cualidades intelectuales que poseen.

¿Por qué las personas con altas capacidades se concentran menos?

Vayamos hacia atrás en el tiempo para tratar de comprender el proceso desde el principio. Imaginemos a una niña que tiene que enfrentarse a unos aburridos deberes el fin de semana.

La chica es consciente de sus capacidades y sabe que puede resolver estas tareas sin problema. Sin embargo, los deberes, repetitivos y monótonos, demasiado fáciles para ella, no le resultan atractivos y prefiere pasar sus días de descanso jugando y empleando su tiempo en actividades más estimulantes para su intelecto.

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Día a día, va postergando el momento de hacer su tarea y, finalmente, el domingo por la noche, entre amenazas y discusiones con sus padres, se sienta a la mesa para realizar sus deberes. ¿Por qué lo hacen?

  • Creen que igualmente aprobarán el curso. A veces ni siquiera hacen los deberes. Piensan que si les bajan la nota por no llevarlos hechos, con los exámenes podrán acabar aprobando el curso.
  • Los niños de altas capacidades, poseen una gran memoria y una inteligencia rapidísima, por lo que están acostumbrados, desde pequeños, a aprender las materias que le gustan a toda velocidad.
  • Mientras los demás alumnos necesitan la reiteración para adquirir nuevos conocimientos, ellos, a la primera, ya han captado el aprendizaje.
  • Los deberes no suponen ningún esfuerzo intelectual para ellos, les aburren y les resultan aún más tediosos que al resto de alumnos.
  • No desean realizar el más mínimo esfuerzo para hacerlos y los posponen hasta el límite. También en su día a día, aquellas tareas monótonas que les aburren y no les estimulan las suelen dejar para última hora.

Las consecuencias de la procrastinación

Con el paso del tiempo, estos niños van reforzando esta tendencia a dispersarse y dejar las obligaciones para el último momento, lo que conlleva unas consecuencias negativas en sus vidas de las que quizás no son conscientes en ese instante.

La procrastinación puede llevarles a desperdiciar sus talentos e, incluso, a perder oportunidades laborales.

Quizá, el peor efecto de dejarlo todo para última hora sea que estos niños no aprenden un método de estudio o de trabajo que les ayude a ordenar y a profundizar en sus magníficos talentos.

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No saben organizar su tiempo ni sus recursos, son caóticos y, ya de adultos, se muestran incapaces de dar lo mejor de sí mismos. Cuando tienen que rendir en sus trabajos, se entretienen, posponen, se dispersan, procrastinan y no logran desarrollar al máximo sus enormes potencialidades.

El caso del brillante informático sin trabajo

Para ejemplificar este tema de hoy, tomaremos la historia de Paco, un brillante informático que no lograba conservar ningún empleo.

Este joven, al llegar a un nuevo trabajo, siempre comenzaba destacando y llamando la atención de sus jefes. Sin embargo, a medida que le pedían más responsabilidades, dejaba de cumplir los plazos, la calidad de su trabajo disminuía considerablemente.

Su brillo se apagaba y, al poco, acababan por despedirle.

Trabajando en consulta, Paco comprobó que, en su infancia y durante la carrera, nunca había tenido que esforzarse en serio. Siempre dejaba todas las tareas para hacerlas en el último minuto y conseguía terminarlas a tiempo, incluso, sacando buenas notas.

“Te acostumbras a dejarlo todo para el final. Te sale todo bien, no tienes que esforzarte. El problema es que, a la larga, no aprendes un método de trabajo”, me comentó en una sesión.

Deshacer este aprendizaje tan arraigado, no es tarea fácil. En terapia, ya con adultos, es necesario empezar casi desde cero a crear, poco a poco, unos hábitos de trabajo efectivos.

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La persona debe encontrar la motivación y el gusto por su trabajo y, desde ahí, practicar técnicas de concentración para poder dedicarse, con el tiempo, a proyectos más ambiciosos.

Con este objetivo fui trabajando con Paco y, al cabo de unos meses, montó su propia empresa, totalmente motivado y obtuvo un gran éxito con ella.

El problema de las monótonas tareas

Resulta comprensible, y más en los casos de altas capacidades, que los niños se aburran y no deseen hacer las monótonas tareas escolares hasta el último minuto.

Quizá el sistema educativo deba replantearse si hacer que los niños hagan deberes en casa tiene sentido.

Este sistema termina convirtiéndose en algo contraproducente porque los niños acaban saturados, bloqueados y rechazando cualquier tipo de actividad académica o intelectual.

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Muchos niños de altas capacidades se acostumbran a cubrir el expediente haciendo el mínimo esfuerzo necesario, pero no refuerzan el hábito, ni el gusto de dar lo mejor de sí mismos.

Tal vez los profesores deberían estimular más los talentos de cada alumno, enseñar más métodos de trabajo y centrarse menos en la repetición mecánica de procesos.

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