Dulces sueños y grandes historias

50 cuentos cortos de adultos para dormir (audio podcast)

¿Recuerdas con qué emoción leías los cuentos de tu infancia y lo efectivos que eran para conciliar el sueño? Puedes recuperarla en tu etapa adulta con esta lista de cuentos para dormir que además nos hablan sobre las relaciones personales y las emociones. ¡Dulces sueños!

¿Buscas cuentos cortos para adultos que te hagan reflexionar y que además te ayuden a dormir? Los cuentos cortos para adultos de Ferran Ramón-Cortés son pequeñas píldoras literarias que nos hablan sobre las relaciones personales y las emociones. Son ideales para leer a la hora de dormir y, por su trasfondo positivo, ayudan a relajar tensiones al final del día y a conciliar el sueño. 

Esta es una selección de los cuentos de la colección "Encuentros con Max" que el escritor Ferran Ramón-Cortés ha publicado en exclusiva en Mentesana/Cuerpomente. Ferran Ramón-Cortés es un escritor dedicado a la formación y entrenamiento de las habilidades de comunicación personal y ha escrito numerosos libros relacionados con la comunicación.

50 cuentos cortos para adultos

Aquí tienes la selección de cuentos cortos para leer a la hora de acostarte que te ayudarán a desarrollar tus relaciones personales y a crecer emocionalmente. Algunos de ellos se pueden escuchar en versión podcast para que puedas escuchar el audio con las luces apagadas justo cuando te hayas acostado. ¡Dulces sueños!

Un relato efímero

Un relato efímero

Un relato efímero

Ni Mali se agarró con fuerza a la falda de su madre Habiba.

Amanecía en Sidi Ifni y el siroco había borrado la línea previsible del horizonte haciendo del esperado azul cielo un rojo terroso.

La niebla era tan cerrada que hacía casi imposible vislumbrar la senda.

Ni Mali odiaba madrugar y más cuando tenía que interrumpir sueños que, para ella, eran de grandísima importancia.

Aquella noche soñó con el agua marrón de la desembocadura del río, con Habiba y con su abuelo Rafael, que había muerto antes de que ella naciera, justo cuando los españoles dejaron la ciudad, y del que tenía una fotografía vestido de militar bien guardada dentro de un cuaderno de cuadros grandes con el dibujo de una mariposa en la cubierta.

En el sueño, Habiba lava la parte inferior de la chilaba que lleva puesta. Lo hace sin quitársela mientras Rafael la mira atentamente.

Lo único que hace el barro es ensuciar la chilaba más y más, cada vez más arriba, por mucho que Habiba frote de manera frenética.

Rafael parece satisfecho, casi a punto de aplaudir.

Entonces Habiba se detiene en seco, mira a Ni Mali y se deja caer al río como una ciruela madura.

Ni Mali corre hacia su madre mientras Rafael abre los brazos sonriendo con la misma cara que tiene en la fotografía.

Habiba se hunde y durante unos segundos solo se escucha el sonido del agua en el cauce.

Ni Mali está en la orilla e intenta mirar en el fondo, pero todo está turbio y solo alcanza a ver su sombra intentando mirar en el fondo.

Al cabo de unos segundos emerge del agua una mariposa blanca con manchas marrones de gato montés revoloteando.

Ni Mali intenta atraparla, pero justo en ese momento su madre la despertó como todos los días, menos los lunes, para ir a recoger los higos chumbos de los cactus.

Hacía tiempo que ese era su único medio de vida.

Caminaban a toda prisa bordeando la muralla con un par de cubos azules de plástico que a veces chocaban con alguna piedra del camino.

A lo lejos se escuchaban los preparativos del festival de caravanas.

—Corre, Ni Mali, vamos a llegar tarde.

Ni Mali aceleró el paso intentando dar zancadas más grandes con sus minúsculos pies.

Habiba empezó a toser con bastante fuerza y sacó un pañuelo sin bajar el ritmo.

—Maldito polvo.

Ni Mali vio en el pañuelo una pequeña mancha de sangre antes de que su madre lo introdujera de nuevo en el bolsillo de la chilaba.

—¿Qué haces, Ni Mali? —preguntó Habiba, un tanto desesperada mirando cómo su hija se había detenido en seco.

La niña había dejado el cubo en el suelo y estaba frente a un cactus que le sacaba por lo menos tres cabezas.

—Mira qué bonita —dijo señalando al centro de la planta.

Allí, entre cientos de picos desafiantes, sobresalía una flor fucsia con pétalos en forma de endibias.

Ni Mali estaba ya intentando arrancarla cuando Habiba la detuvo suavemente con la mano.

Ni Mali miró contrariada a su madre.

—¡Deja que la coja! ¡Es para ti!

Habiba acunó a su hija con una sonrisa.

—Gracias, Ni Mali. No la quiero. ¿Sabes que las flores de los cactus son efímeras?

Ni Mali dijo que no con la cabeza.

—¿Sabes lo que es efímera?

Ni Mali volvió a negar repitiendo exactamente el movimiento anterior.

—Efímera es que solo dura un día. La flor ha nacido hoy y se morirá hoy.

Ni Mali volvió a mirar la flor que ahora le parecía mucho más importante, casi como sus sueños.

—Pues entonces, si se va a morir de todas formas, podemos llevárnosla. Si tú no la quieres, la pondremos en la libreta junto a la foto del abuelo para que se seque –dijo Ni Mali intentando convencer a su madre.

No, Ni Mali. La flor es de la planta. ¿No ves todos los picos que tiene? ¿Lo verde que es? Y ahora, hoy, tiene algo hermoso. ¿Te habrías parado a mirarla si no tuviera la flor?

Ni Mali miró los cientos de cactus similares que había alrededor.

—¿Entonces tenemos que dejársela porque es lo único bonito que tiene?

Eso es, Ni Mali. Además, las cosas efímeras son las más bonitas —dijo Habiba acariciando la frente de su hija.

Recogieron los cubos y a doscientos metros las esperaba el resto de las mujeres y niñas con las que iban a compartir el trabajo diario.

Junto antes de llegar, Habiba se agachó hasta el oído de su hija.

—Ni Mali, mi niña linda, todos somos una flor. Todos somos efímeros. El abuelo lo era. Yo también lo soy. No dejes que nunca nadie te arranque, porque todo el tiempo que tenemos es hoy y porque tú eres bonita, a pesar de que te rodeen picos, y siempre, siempre, serás digna de admiración.

Ni Mali miró entonces dentro de su cubo y allí estaba la mariposa blanca con manchas marrones de gato montés.

Simplemente revoloteando.

No te lo dije para no herirte

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Joshua Ness - Unsplash

Silvia y Max llevaban un buen rato disfrutando del primer café de la mañana.

A pesar de la premura con que Silvia le había pedido que se vieran, Max no tenía prisa por descubrir qué le pasaba. Cuando ella quisiera, ya se lo diría.

Después de media hora de animada charla, Silvia le dijo:
—Max, el viernes fue mi último día de trabajo.
—¿Qué ha ocurrido?
A mi jefe no le gusta cómo hago las cosas. Considera que soy demasiado agresiva con los clientes y, por lo que parece, ha tenido algunas quejas. Me invitó a marcharme…

—¿Y cómo estás ahora?
—Desconcertada
, la verdad, porque el despido me pilló desprevenida…
—¿Sabías lo que pensaba de ti?
—No, pero otros sí que lo sabían. Mi compañera Ruth me ha dicho que él se lo había comentado un par de veces, pero que ella no me lo había dicho para no herirme.

—¿Y cómo te sientes sabiendo esto?
—Pues mal. No puedo evitar pensar que me hubiera ayudado saberlo. Hubiera podido rectificar, hacer las cosas de otro modo y quizás hubiera reconducido la situación. Pero también lo entiendo…
—¿Qué es lo que entiendes?
—Que no me lo dijera… En el fondo, yo también funciono así, me callo según qué cosas para no herir a los demás…

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Max se levantó. Se dirigió ceremoniosamente a la cocina y volvió con su taza de café. La conversación iba a alargarse.
—Silvia, no podemos cambiar la situación, pero sí aprender de ella. Ahora has sentido en tu propia piel lo poco que te ha ayudado que alguien que te aprecia no te dijera algo que necesitabas saber. Seguro que no quieres que esto le pase a alguien a quien aprecias, que no pueda disponer de una información valiosa solo porque tú temes ofrecerla.

Silvia mostró el desconcierto en su rostro, así que Max se apresuró a añadir:
—Por ejemplo, si alguien de nuestro entorno tiene un comportamiento autodestructivo, optar por la pasividad y no decírselo no es una buena idea. No podemos cerrar los ojos cuando vemos que alguien a quien apreciamos camina hacia el precipicio.

Silvia se reconocía perfectamente en el comportamiento que Max describía.
—A menudo, como nos cuesta decirlo, cuando por fin hacemos acopio de valor y lo hacemos, caemos en el otro extremo: la agresividad. Decimos las cosas de forma violenta, haciéndole sentir mal.
—¿Y entonces?

A la hora de expresar algo que nos resulta incómodo conviene hacerlo desde el respeto y la consideración; sin juzgar y sopesando, en todo momento, la predisposición del otro a escucharnos.

—Entre la pasividad y la agresividad hay un camino: la asertividad. La capacidad de no dejar de decir las cosas, pero hacerlo de manera que ayudemos, que nuestro mensaje no hiera sino que mueva a ser escuchado. Que nuestro interlocutor no se cierre en banda sino todo lo contrario.
—¿Y cómo se consigue?
Debemos cuidar mucho la forma de decirlo, estando muy pendientes de que el otro no se sienta agredido.

Las palabras de Max estaban calando en Silvia, que le escuchaba con atención.

Cuando una persona se siente herida, deja de escuchar.Todo lo que digamos caerá en saco roto y no servirá para nada. Puede que nosotros nos quedemos tranquilos, puesto que se lo hemos dicho todo; pero al otro no le ayudará. Por eso hemos de ser especialmente sensibles a todos los signos que nos indiquen que estamos superando el nivel que el otro puede aguantar.

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—¿Y dónde encontramos estos signos?
—En la expresión, en la mirada, en la reacción a las preguntas... Sabrás captarlos, no lo dudes. Solamente se trata de observar al otro con atención.

Silvia estaba convencida. Las palabras de Max tenían todo el sentido del mundo. Pensando nuevamente en lo que le había ocurrido el viernes, le dijo a Max:
—Max, lo tengo clarísimo. Y tengo claro también que a Ruth le iría muy bien conocer tu teoría. ¿Qué tal si se la cuento?

Max, rápido en su reacción, le respondió:
¿Qué sientes ante la idea de contárselo?
—¡Uf! Me da miedo. No sé si lo entenderá…
—Pues debes saber que este miedo que sientes puede alejarte de la asertividad.
—¿Y qué hago, entonces? ¿Me lo callo?
—No, pero primero has de superar este miedo. Convencerte de que haces lo mejor para ella, y prever que puede tener una primera reacción negativa. Cuando te sientas preparada, será el momento de decírselo.

Silvia se despidió de Max. A la mañana siguiente, Max recibió un escueto mensaje. Decía: “He hablado con Ruth. No ha sido un camino de rosas; cuando nos despedíamos, me lo ha agradecido”.

Cómo decir lo que piensas sin hacer daño

  • Si ves que me comporto de un modo que me va a perjudicar, no dejes de decírmelo. Pero hazlo de modo que no me hiera y lo pueda percibir como una ayuda.
  • En el momento adecuado: cuando me veas preparado, no solo cuando hayas hecho acopio de valor para decírmelo.
  • En el tono adecuado: sin agresividad, sin reñirme, sin juzgarme.
  • Es muy posible que me muestre muy sensible, y necesito que lo seas tú en tu modo de hablarme.
  • Al ritmo adecuado: si hoy no puedo absorberlo todo, continuaremos mañana. Sin prisa.
  • Aceptándome en mi comportamiento: porque solo puedo cambiar si yo lo decido. Y solo lo decidiré si me siento aceptado.
  • Y siempre desde el cariño y el aprecio, no desde la censura o la intención de darme una lección.

¿Y tú qué harías?

consejos que harias

Carolina paseaba al perro por un parque con su hija Alba. Hacía unas semanas que no se veían, y el encuentro había sido iniciativa de Alba, que quería el consejo de su madre en un asunto que le preocupaba.

Mientras el perro jugaba con otros perros, se sentaron en un banco a hablar. Alba le explicó a su madre una enganchada monumental que había tenido con Iñaki, un compañero de trabajo. Acabó preguntándole:

—¿Tú qué harías?

Su madre no se lo pensó dos veces. Le contestó:

—Llámalo, y hazlo ya.

—Pero ¿qué le digo?

Ante todo te disculpas. Y él debería disculparse también.

—Ya... pero ¿estás segura? ¿No dejarías pasar un poco de tiempo?

—No te lo pienses. Haz exactamente lo que te digo. Siempre funciona.

Alba meditaba el consejo de su madre. Al cabo de un momento, le dijo:

—Vale, voy a hacer lo que me dices, aunque no estoy convencida al cien por cien. Te dejo, que me esperan los niños. Gracias por tu consejo. Espero que me funcione...

Carolina se quedó en el banco sentada, y de repente oyó una voz a su lado que decía:

—¿Y si no funciona?

Desconcertada, miró en dirección al origen de la voz y se encontró con la mirada de un entrañable hombre mayor. Tentada a levantarse y desparecer, su curiosidad pudo más que su lógica, así que permaneció sentada y siguió el diálogo:

—¿A qué viene esta pregunta?

—Permíteme que me presente. Me llamo Max. No he podido evitar oír vuestra conversación, y soy tan enemigo de los consejos...

—Yo soy Carolina, y como habrás comprendido, soy la madre de la joven con la que hablaba. Y como madre creo que es casi mi obligación aconsejar a mi hija cuando me lo pide.

—Es muy generoso por tu parte el querer ayudarla, pero quizás haya otros caminos que a ella le ayuden más y a ti no te comprometan.

—¿Me lo explicas? Porque no te sigo...

—¿Qué tal un paseo por este magnífico parque?

Se levantaron, Carolina llamó a su perro, le puso la correa y se dispusieron a caminar por el parque. Max empezó su explicación:

—Verás, Carolina. Los consejos tienen dos grandes problemas: si a la persona a quien se lo das no le va bien, te hará responsable...

A Carolina le vinieron inmediatamente a la cabeza las palabras de su hijo Tomás, cuando hacía unos días le había dicho: “Bravo, mamá, hice lo que me dijiste y mira en qué lío me he metido”. Max continuó:

Y si le van bien, generarás una gran dependencia. Las personas acudirán sistemáticamente a ti cada vez que necesiten solucionar algo.

De nuevo Carolina conectó con su realidad: Alba era, en efecto, una adicta a sus consejos; la llamaba siempre para recurrir a ellos. Sin embargo, no estaba dispuesta a renunciar a ayudar a sus hijos, así que aceptaba todo aquello como un mal menor. Le preguntó a Max:

—Vale, Max, puedo entenderlo, pero ¿cuál es la alternativa? Porque lo que no voy a hacer es dejar colgados a los demás cuando tienen un problema, especialmente si son mis hijos.

—No, claro que no. Ayudar a los demás está en tu ADN. No te voy a sugerir que dejes de hacerlo. Lo que te propongo es que para ayudarlos, en vez de darles tus consejos, les ayudes a descubrir sus soluciones.

—Fácil de decir, pero ¿cómo se hace eso?

Max se tomó unos instantes para encontrar la manera de conseguir que Carolina conectase con aquella idea...

—Te propongo un pequeño juego: por un rato yo voy a ser tu hija Alba. Volvamos al punto en que te ha contado su conflicto y te ha preguntado “¿Tú qué harías?”. Trata de respondérmela sin un consejo...

Carolina, con una sonrisa en los labios, aceptó el reto y empezó a pensar en posibles respuestas. Inevitablemente, todas eran, de forma más directa o más encubierta, consejos. Así que siguió buscando alternativas. Pasó un largo rato, hasta que por fin le dijo:

—¿Qué se te ocurre que puedes hacer?

Max se dispuso a seguir el juego.

—No sé... dímelo tú que tienes más experiencia.

—Quizás, pero lo que a mí me funciona no tiene por qué funcionarte a ti. Piensa en alternativas y, si quieres, las hablamos.

—Vale: lo primero que se me ocurre es llamarle, pero me da miedo su reacción.

—¿Qué te puede decir?

—Me puede acusar de haberle dicho cosas injustas.

—¿Y cómo puedes evitar esta acusación?

—Quizás con una buena disculpa...

Se miraron y se pusieron a reír. Habían llegado al mismo punto, pero Carolina había evitado los consejos. Había sido Alba, en la persona de Max, la que había sugerido su propia solución. Max le preguntó:

—Y bien, ¿qué te ha parecido?

—Interesante y reconfortante para mí, porque no asumo ningún compromiso... ¡pero mucho más largo!

—Sin duda, pero recuerda lo que te dijo Alba al despedirse: “Voy a hacer lo que me dices, aunque no estoy convencida al cien por cien”.

A Carolina se le abrió un mundo. Todo aquello tenía mucho sentido... y lo agradecía sinceramente. Suponía un giro en su forma de ayudar a la gente.

Su perro salió disparado persiguiendo a otro, arrastrándola con él. Cuando el perro se calmó, buscó a Max con la mirada para despedirse de él y agradecerle la charla. Sin embargo, no pudo encontrarlo. Se quedó con la extraña sensación de que todo aquello solo había ocurrido en su imaginación.

Tenemos un café pendiente

Tenemos un cafe pendiente

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Verónica salía del trabajo para irse a casa. Se dirigió a la parada del autobús, y justo al llegar se dio cuenta de que Juan, un compañero, estaba allí, esperando. Inmediatamente ralentizó el paso, y con disimulo esperó a cierta distancia a que llegara el autobús y subiera la gente. Un minuto después la parada quedó vacía, excepto por un hombre que se había quedado en el banco. Verónica se sentó a su lado y el hombre le dijo:

—Has perdido a posta el autobús...

Verónica estaba sorprendida. No esperaba que hubiera sido tan evidente. Viendo la expresión afable del hombre, se atrevió a comentar:

—Sí, había alguien en la parada con quien no me apetecía viajar...

Tras un intercambio de miradas cómplices, aquel hombre mayor le dijo:

—Me llamo Max, y el próximo autobús tardará aún quince minutos. ¿Me lo cuentas?

—Es sencillo. Se trata de mi compañero Juan. Hace dos años que no nos hablamos, y cada vez me apetece menos coincidir con él.

—¿Qué ocurrió?

–Casi ni lo recuerdo. Tuvimos una discusión en una reunión, nos dijimos algunas cosas y a partir de allí se enquistó el conflicto.

—¿Y no habéis hablado nunca del tema?

—Lo intenté una vez, pero él reaccionó fatal. Me dijo textualmente que no teníamos nada de qué hablar.

Max, que la escuchaba con atención, apuntó:

—Pues creo que tienes un café pendiente con él.

—¿Un café pendiente?

—Sí, llamo cafés pendientes a esas conversaciones aplazadas que todos tenemos, que perjudican nuestras relaciones y que, sin embargo, no nos atrevemos o no sabemos cómo abordar.

—¿Y por qué cafés?

—Porque necesitan cierta ceremonia. No son conversaciones que puedan tenerse precipitadamente en un pasillo o en un despacho. O en la parada del metro o del autobús...

—¿Y cómo sabemos que tenemos un café pendiente?

—Lo identificarás fácilmente porque cuando veas o te cruces con la persona con la que lo tienes, el tema que os separa te vendrá inevitablemente a la mente.

Verónica sintonizó con aquella idea al instante. Reconocía que a veces se cruzaba con personas e inmediatamente recordaba algún episodio vivido del que no habían hablado.

Eran episodios que no le quitaban el sueño, pero que volvían a su mente al ver a la persona involucrada.

Max continuó su explicación:

—Y también porque –y esto puede que no lo sientas conscientemente– tenderás a evitar a esa persona precisamente por eso.

—Como me ha ocurrido ahora con Juan.

—Exactamente...

Permanecieron en silencio. Verónica absorbía la información y trataba de darle sentido. Sin dejar pasar mucho rato, lo interpeló de nuevo:

—Pero yo quise tener ese café pendiente. Quise hablar con Juan y él se negó. Su respuesta, como ya te he dicho, fue contundente...

—Una respuesta que necesita traducción. “No tenemos nada de qué hablar” en el contexto de un conflicto significa “no estoy preparado aún”. No es un portazo, es un aplazamiento. Será bueno que lo vuelvas a probar al cabo de un tiempo.

Verónica reflexionaba con la mirada perdida.

—¿Sabes, Max? Creo que tengo unos cuantos cafés pendientes, pero si te digo la verdad, no tengo ni idea de cómo tenerlos.

—Déjame que te explique cómo yo los concibo y qué tiene que ver con esa ceremonia de la que te hablaba. Para empezar, creo que es bueno lanzar un primer mensaje, hacer saber a la persona que te gustaría hablar con ella. Puedes obtener distintas respuestas, desde el “vale, hablemos”, que es un buen presagio de cómo irá la conversación, al “no tenemos nada de qué hablar”, que es solo un aplazamiento, pasando por el “hablemos mañana”, que significa “déjame prepararme”. Luego vendrá la conversación en sí. Busca una cantidad de tiempo generosa y un lugar apropiado.

Aquí la regla de oro es hablar solo de lo que a ti te pasó, de lo que sentiste. Sin acusaciones, sin juicios, sin reproches. Si aparece algo de todo esto..., la conversación fracasará.

—Pero en algún momento tendremos que discutir sobre quién tenía razón...

—Los conflictos no son de razones, son de sentimientos, y esto es de lo único que tenemos que hablar, de sentimientos.

—¿Y si nos hemos dicho cosas gordas?

—La disculpa será balsámica. Debes ofrecerla generosamente, sin exigir otra a cambio.

El autobús se retrasaba, circunstancia que por una vez Verónica agradecía.

—Max, ¿tiene sentido para ti que yo pueda tener un café pendiente con alguien no por algo que nos separa sino por algo que no le he agradecido?

—Tiene todo el sentido del mundo. Los cafés pendientes son para lo malo y para lo bueno.

—¿Y es necesario que los dos tengamos esa sensación?

—En absoluto. El café pendiente es algo que yo tengo, independientemente de que lo tenga el otro. Soy yo el que se lo quiere sacar de la cabeza.

El autobús se dejaba ver a lo lejos. Verónica lanzó su última pregunta:

—¿Funciona siempre?

—No tienes garantía. Pero no pierdes nada. Y un buen café a media mañana siempre ayuda...

Llegó el autobús. Verónica se levantó e hizo señas al conductor para que parase. Subió, pagó y se dirigió a un asiento vacío. Iba a ofrecérselo a su acompañante, cuando reparó en que este no había subido. Miró fuera, intentando localizarlo con la mirada. Quería, aunque fuera con un gesto, agradecerle sus reflexiones. Pero no lo vio por ningún lado. Sencillamente, y como si nunca hubiera estado allí, se había esfumado.

Tampoco nos conocemos tanto

intimidad inicio relacion

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Miguel tenía una cita. Sentado en la terraza de un pequeño restaurante, esperaba a Andrea, a quien había conocido unas semanas atrás en una cena, y con quien había coincidido en un par de salidas en grupo.

Andrea llegó, se saludaron y, tras pedir la comida, Miguel empezó a hablar, contándole diferentes episodios de su vida. Le habló de los problemas con su jefe, de las relaciones con sus hermanos, de la dependencia que tenía su padre de él y también de cómo había terminado su última relación de pareja, que había sido muy frustrante para él.

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Andrea le escuchaba con discreción y sin añadir mucho al diálogo. En las ocasiones en las que Miguel se dirigía directamente a ella con alguna pregunta, le contestaba con una escueta respuesta, sin mojarse demasiado.

En estas circunstancias, Miguel acabó monopolizando casi por completo el diálogo, hasta que Andrea, con el postre recién terminado, le anunció de forma precipitada que tenía que marcharse y se levantó. Miguel le propuso quedar aquel viernes, cita que ella esquivó diciéndole que lo tenía mal, que tenía un compromiso familiar.

En un instante, Miguel se quedó solo en la mesa al tiempo que un camarero se acercaba para preguntarle:

—¿Tomará café?

—Mmmm, no sé. No me apetece tomarlo solo.

Desde la mesa contigua, una voz añadió:

—Yo estaré encantado de acompañarte... si quieres.

Miguel se giró para ver de quién procedía la oferta, y pudo ver a un entrañable hombre mayor, que rondaría los ochenta años, con una mirada viva y limpia. Aún desconcertado por la súbita marcha de Andrea, aceptó la oferta, y el hombre se desplazó hasta su mesa.

—Soy Miguel, y si llevas un rato ahí habrás visto que mi pareja casi ha huido...

—Mi nombre es Max –le dijo– y sí, lo he visto. Y tengo que decirte, si me lo permites, que no ha sido una sorpresa para mí.

—Pues para mí sí lo ha sido, y me encantará que me ilumines al respecto.

Max lo miró directamente a los ojos y, midiendo cada palabra, le dijo:

—Creo que simplemente la has desbordado.

Miguel se defendió instintivamente:

—Pero es que no soltaba prenda. Si no hubiera hablado yo, habríamos estado en completo silencio toda la cena...

—Puede que tengas razón, pero es que yo no me refiero tanto al tiempo que has hablado como a la profundidad de lo que le has contado.

—No te sigo...

—Corrígeme si no es cierto, ya que solo puedo referirte algunos fragmentos de conversación que me llegaban, pero creo que le has estado hablando de cosas bastante íntimas, sin que ella te correspondiese en ningún momento.

—Sí, es bastante cierto. Pero no veo dónde está el problema si lo que pretendía era empezar una relación con ella.

En este punto, Max hizo una pausa para tomar un sorbo de su café y le dijo:

—Verás, Miguel, la construcción de una relación es como recorrer un sendero de la mano. Si uno corre demasiado, el otro se sentirá forzado. Y si aquel ritmo no le funciona, terminará por soltarse y huir por donde ha venido. En las relaciones, y muy especialmente al principio, cuando hay un gran desequilibrio entre la velocidad de uno y la velocidad de otro, cuando uno se abre enseguida, y con mucha más profundidad de lo que el otro está dispuesto, la reacción que podemos esperar es de huida. De alguna manera es como decirle: “¡Eh! Aquí me quedo, este es el nivel de apertura que espero de ti”. Y si el otro no está dispuesto a alcanzarlo, sencillamente se esfumará.

—Pero hay gente más abierta y gente más cerrada, y siendo así, alguien tiene que tirar del carro de la relación...

—Sin duda, y estará bien hacerlo, pero teniendo los límites muy claros. Las relaciones se resienten del desequilibrio. En un caso como el tuyo con tu acompañante, estará bien que lleves la iniciativa, pero también que respetes la profundidad que de buenas a primeras tu amiga está dispuesta a ofrecerte. Si con lo que tú cuentas pones el listón tan alto, sentirá vértigo, que es probablemente lo que hoy le ha sucedido.

Miguel se quedó pensativo. De repente se daba cuenta de algunas “huidas” que había provocado sin quererlo. Y no solo con relaciones sentimentales, también con amigos o con la propia familia. Se estaba dando cuenta de que comprender bien el tema podría suponer un punto de inflexión en sus relaciones.

—Max, si lo estoy interpretando bien, lo que me estás sugiriendo es que yo modere mi forma de abrirme si percibo que la persona que tengo delante no estaría cómoda haciendo lo mismo.

—Sí, efectivamente. Con dos matices importantes: el primero, que ello no supone que renuncies a la iniciativa de entablar el diálogo y que te puedes permitir ir algo por delante, pero no demasiado.

—¿Y la segunda?

—Que tu ejemplo, si no se pasa de medida, será estimulante para la otra persona y conseguirás que progrese. Es, en esencia, un ejercicio de equilibrio, de que nadie se quede ni demasiado atrás ni tire demasiado del otro.

—Necesito hacerte esta pregunta: ¿Lo he perdido todo con Andrea?

—Nada está nunca totalmente perdido. Especialmente si en vuestro próximo encuentro percibe en ti una actitud distinta.

Aquel café estaba siendo revelador para Miguel. Estaba dispuesto a reconquistar a Andrea manteniendo aquel importante equilibrio.

Buscó con la mirada al camarero para pedirle la cuenta. Quería invitar a Max. Pero al volver la mirada a la mesa, se encontró la silla vacía y la extraña sensación de que aquel encuentro no había existido.

Somos distintos

somos-distintos

somos-distintos

Clara había bajado a tomar el aire. Necesitaba estar sola un buen rato. No se podía sacar de encima el disgusto por el duro comentario con que la había despachado su jefe hacía unos minutos. Llevaba un buen rato sentada en un banco de la calle, ya que no se sentía con fuerzas de volver a la oficina. El brillo de las lágrimas afloraba en sus ojos.

De repente reparó en un entrañable hombre de avanzada edad que estaba sentado a su lado. Tenía la certeza de que no estaba allí cuando ella había decidido sentarse en aquel banco, pero lo cierto es que no se había dado cuenta de su llegada.

Tras unos instantes de silencio, y después de intercambiar alguna que otra mirada, el hombre la interpeló con amabilidad:

No está siendo tu mejor día...

—No, la verdad. Sin duda he tenido días mejores.

—¿Me lo cuentas?

Clara dudó; estaba ante un absoluto desconocido. Sin embargo, su mirada serena y algo en su expresión que no hubiera sabido definir la alentaron a hablar.

—Mi jefe me acaba de hundir con un comentario durísimo. Y lo peor de todo es que se ha quedado tan ancho...

Ante el silencio cómplice de su acompañante, Clara se extendió en su relato:

—Ayer me pidió que preparara un informe. Me quedé hasta muy tarde haciéndolo, y sí, es cierto, había errores. Pero me los ha echado en cara sin ningún tipo de tacto, sin contemplaciones. Y sin pensar en todo el esfuerzo que hice ayer hasta las tantas de la noche encerrada en el despacho. En un tono deliberadamente frío y distante, me ha dicho textualmente: “El informe está lleno de errores. Tendrías que haberlo repasado antes de dármelo”.

El hombre, mirando a Clara a los ojos, le dijo:

—Me llamo Max, por si quieres dirigirte a mí por mi nombre. Déjame que te pregunte: ¿tu jefe es un hombre directo, expeditivo, al que le gusta que las cosas se hagan enseguida y a su manera?

—Sin duda, así es exactamente.

—Y tú probablemente seas una persona de gran sensibilidad, cuidadosa con la gente, que te preocupas por los demás y les hablas con tacto...

—Podría decirse que sí, aunque creo que estás siendo muy generoso conmigo.

—Pues es importante que consideres que, precisamente por ser él como es y por ser tú como eres, los dos estáis dando un significado muy distinto a las mismas palabras. Él te las ha dicho de muy mala manera, desde luego, pero probablemente no tenía la intención de hacerte daño.

—Quizá no tenía intención de hacerme daño, ¡pero me lo ha hecho!

Max, sin dejar de mirar a los ojos de Clara, siguió con su razonamiento:

—Volvamos un instante a lo que te ha dicho: “El informe está lleno de errores. Tendrías que haberlo repasado”. Es evidente que son palabras que no reconocen el trabajo que has hecho, y que no te ayudan a mejorarlo. Pero ¿qué más estás escuchando cuando oyes estas palabras?

—Que no sé hacer las cosas bien; que soy un desastre. Y también que soy una irresponsable por no haber repasado un trabajo antes de entregarlo a otra persona para que lo lea.

—Ahí está la clave: probablemente él, teniendo en cuenta su manera de ser, no te estaba queriendo decir nada de lo que tú has interpretado que había detrás de sus palabras.

La expresión de Clara mostraba una absoluta perplejidad, de modo que Max se apresuró a completar su explicación:

—Verás, todos somos distintos y nos comunicamos y recibimos la comunicación de forma distinta; tu jefe es una persona energética, muy ejecutiva, y para él es importante que las cosas se digan de forma clara, directa y sin rodeos. Por tu parte, tú eres una persona con sensibilidad, que dice las cosas con respeto y esperas que así actúen contigo, cosa que, claramente, no hace tu jefe. Vuestros estilos son muy diferentes y debéis de tenerlos muy presentes al interpretar vuestra comunicación.

—¿Qué significa esto exactamente?

Pues que los mensajes directos de tu jefe son así por su estilo, no porque busquen ofenderte.

—Pero esto es muy cómodo: siguiendo tu razonamiento, él puede ampararse en su estilo y soltar lo que le venga en gana sin que los demás tengamos derecho a ofendernos...

Max esbozó una sonrisa. Parecía que ya esperaba una reacción como esta.

—Bueno, es evidente que esta forma de comunicación no ayuda a tu jefe. Va a tener que hacer las cosas de forma muy distinta si quiere que vuestra relación sea buena. Pero tú tienes también la oportunidad de conseguir que lo que él te diga no te afecte como te afecta. Y lo harás si tomas consciencia de su estilo. Sabiendo cómo es, puedes dar la dimensión exacta a sus palabras y no tomarte de una forma tan personal lo que te dice.

Clara reflexionaba mirando al suelo. No estaba segura de poder aceptar todo lo que su vecino de banco le estaba explicando, pero reconocía que la ayudaba a relativizar las cosas. Y sí, ella tenía una cierta tendencia a tomarse de manera personal muchos de los comentarios de su jefe.

A medida que pasaban los minutos iba visualizando cómo, efectivamente, había un camino de entendimiento con su jefe que pasaba porque ambos pusieran de su parte. Él, diciéndole las cosas de otra manera, y ella, dando el sentido exacto a sus palabras. Estaba claro que tenían una buena conversación pendiente...

Satisfecha de haber llegado hasta aquel punto en su reflexión, y aún mirando al suelo, dijo:

—Gracias, Max, tus comentarios me ayudan. Por cierto, mi nombre es Clara.

Al girarse se encontró con el banco vacío. Y, de repente, tuvo la extraña sensación de que aquella conversación no había sucedido.

La solución a los conflictos está dentro de ti

solucionar conflictos dentro de uno mismo

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo.

Álex salió a la terraza de sus oficinas. Necesitaba respirar, ya que se sentía confundido por el episodio que acababa de vivir.

Había quedado con Juanjo para hablar de un conflicto que se había creado entre ellos a raíz de una tensa reunión, y a pesar de que iba absolutamente determinado a tener una actitud conciliadora, la conversación había derivado enseguida a una agria discusión. Habían terminado levantándose la voz el uno al otro de nuevo y, lógicamente, no habían sido capaces de resolver nada.

No lograba entender por qué había sucedido, ya que se había propuesto que ocurriera todo lo contrario.

Con la mirada perdida, intentaba reproducir el encuentro en su mente, en busca de alguna pista que le ayudara a comprender aquel nuevo encontronazo, cuando de pronto reparó en un hombre mayor que, plantado ante él, lo miraba sin disimulo. Antes de que pudiera reaccionar, el hombre le preguntó:
—Sospecho que algo no anda bien…

Álex intentó identificarlo. No creía haberlo visto antes y, en cualquier caso, no le venía a la cabeza quién era. Sin embargo, aquel era un espacio privado, así que alguna relación debía de tener con la empresa. Renunciando a reconocerlo, pero sintiendo la confianza que le transmitía su limpia mirada, se sinceró con él:
—Sí, es cierto: acabo de intentar solventar un conflicto con un compañero, y me temo que lo único que hemos logrado es hacerlo todavía más grande.
Quizá fuiste a ese encuentro sin haber resuelto antes el conflicto dentro de ti…

Álex lo miró sin comprenderlo. Sin embargo, algo en aquella afirmación le llamaba mucho la atención, así que se lanzó a dialogar con aquel extraño.
—Me llamo Álex, y necesito que me lo cuente.
—Mi nombre es Max, y para contártelo necesito hacerte primero una pregunta: ¿Qué es lo que sentías cuando fuiste a hablar con tu compañero?
—La urgencia y las ganas de resolver nuestro problema.
—No lo dudo. Pero qué sentías respecto a él.
—Nada, estaba tranquilo.
—¿Seguro?
Álex se tomó unos largos segundos para reflexionar.

“Se trata de comprender qué hubo en sus palabras que también me hicieron reaccionar."

Se dio cuenta de que eso era más lo que le hubiera gustado sentir que lo que sentía en realidad. Finalmente, y mirando al suelo, se decidió a decir:

—Creo que no es del todo cierto. Si soy sincero conmigo mismo, en realidad lo que sentía era enfado, porque en el fondo me parece muy injusto cómo me trató en su momento…
—Y ese enfado encontró la manera de hacerse presente en vuestra conversación.
—¿A qué se refiere?
—Verás, Álex, comunicamos lo que sentimos, siempre y en todo momento, porque es algo que no podemos esconder. Digamos lo que digamos, nuestro cerebro encuentra el camino para expresar la emoción que tenemos dentro. Si estamos tristes, nuestros ojos lo mostrarán. Si estamos alegres, nuestra sonrisa lo delatará. Si estamos nerviosos, nuestros gestos lo evidenciarán, y si estamos enfadados… nuestro tono de voz nos traicionará.
—Veo que lo tiene muy claro…
—… sin duda. Desde la razón podemos decidir qué decimos, pero el cómo procede directamente de nuestras emociones.

Max dejó que Álex interiorizase su mensaje. Éste no tardó en preguntarle:
—¿Y qué debería haber hecho entonces? ¿No hablar con él y dejar el conflicto en el aire? Tampoco nos hubiera resuelto nada…
—Permíteme que te responda volviendo al punto de inicio: probablemente lo que más te hubiera ayudado es no hablar con él antes de haber resuelto tú, en tu interior, ese conflicto.

Álex recibió con impotencia aquellas palabras, porque constituían una gran teoría, pero no veía cómo podía ponerla en práctica. Con evidente nerviosismo, y una cierta ironía, se atrevió a preguntarle a Max:
—¿Y cómo se hace esto? ¿Tengo que discutir conmigo mismo?

Max lo miró con simpatía, y sin prestar atención a su ironía le dijo:
—Resolver un conflicto dentro de uno significa intentar comprender al otro, hasta poderlo revivir con serenidad.
—O sea… ¿darle la razón?
—No, no hablamos de razones, porque no las hay en casi ningún conflicto.

Se trata sencillamente de comprender los motivos por los que el otro puede haber tenido una determinada reacción, y no menos importante, comprender qué hubo en sus palabras que también a mí me hicieron reaccionar.

—¿Y de verdad eso es posible?
—Sí, lo es, siempre que tengamos una sincera intención de comprender al otro, en vez de la habitual necesidad de culpar.

Álex empezaba a encajar algunas piezas, y se daba perfecta cuenta de que ciertamente, al preparar su conversación con Juanjo, no había hecho más que intentarse cargar de argumentos para defender su razón.

Max lo intuyó, y le propuso un pequeño ejercicio:
—Álex, te propongo un pequeño ejercicio: tómate unos minutos y mira el conflicto con tu compañero. Pero esta vez hazlo mirándolo desde fuera, como si se tratara de una película. Mírate a ti y a tu compañero como estáis discutiendo, y con esa mirada externa trata de comprender a ambos protagonistas.

Álex se puso a ello, y pasaron unos minutos en los que Max esperaba, pacientemente, la respuesta a su propuesta.
—Realmente veo las cosas distintas. Empiezo a comprender algunas cosas más de lo que ocurrió, y creo que ahora sí puedo decir, honestamente, que no estoy enfadado con mi compañero.
—Pues ese sería el buen momento para hablar con él, porque desde este estado emocional tus sentimientos no te jugarán una mala pasada.

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Álex reflexionó unos instantes, y dijo:
—Max, es realmente muy curioso, pero cuando pienso en hablar con él ahora me ocurre una cosa y es que ya no siento la necesidad de hacerlo.
—Esta es la gran magia de resolver los conflictos dentro de nosotros: que cuando somos capaces de hacerlo, a menudo ya no necesitamos resolverlos con el otro.

Álex, mirando al infinito, saboreó estas últimas palabras de Max. ¡Qué gran verdad! ¡Cuántos conflictos seguro que eran ciertamente solo suyos! Aquella conversación le había sido de una gran ayuda.

Decidió entonces que era hora de saber de dónde salía ese tal Max, y qué vínculo tenía o había tenido con la empresa. Se giró para dirigirse a él pero para su sorpresa se encontró completamente solo en la terraza. Lo buscó con la mirada y buscó también alguna puerta de salida que no supo llegar a ver, y se quedó con la extraña sensación de haber vivido un espejismo.

"Te lo tengo que decir"

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Max no esperaba la visita de Ana, pero al verla venir desde su ventana del salón, pudo percibir que algo le sucedía. Estaba a punto de servirse su primer café de la mañana, así que inmediatamente fue a buscar una segunda taza para compartirlo con su amiga.

Tras saludarse, se dirigieron a la sala y, como Max sospechaba, Ana le contó que estaba inmersa en un conflicto importante.

–Max, perdona que me presente así, sin avisar, pero necesitaba hablar contigo... Mercedes, mi compañera de piso, me ha pedido que me marche.

–¿Sí? ¿Por qué?

–Pues no lo sé muy bien. Tuvimos una conversación a principios de esta semana acerca de su relación con Carlos y, al parecer, algo le sentó mal. Te aseguro que no lo entiendo, no hice más que ser absolutamente sincera con ella. Ella me preguntó mi opinión y yo me limité a decirle, simple y llanamente, lo que pensaba.

Max la escuchaba con atención. Tras dar un sorbo a su humeante café, le preguntó:

–¿Puedes reproducirme cómo se desarrolló la conversación con tu compañera?

Ana se quedó pensativa unos instantes, luego añadió:

–Sí, puedo hacerlo, porque recuerdo perfectamente lo que le dije. Mis palabras exactas fueron: “Mercedes, no sé si te gustará lo que vas a escuchar, pero, créeme, te lo tengo que decir...”.

Max esbozó una sonrisa, que no era más que la confirmación de su sospecha. En seguida, y remarcando las palabras, le preguntó:

–Ana, ¿y por qué se lo tenías que decir?

–Porque yo soy muy sincera, ya me conoces. Digo siempre lo que pienso y creo que sería bueno que todos hiciéramos lo mismo...

Max se levantó y se dirigió al rincón de la sala donde tenía su biblioteca particular. Recorrió con la mirada las estanterías, cogió un volumen del escritor y ensayista francés André Maurois y buscó una página que tenía señalada. Sentándose de nuevo con el libro entre las manos, y sin más explicaciones, leyó en voz alta una cita del autor: –“La sinceridad no es decir todo lo que uno piensa. Es no decir jamás lo contrario de lo que uno piensa”.

Esgrimir la sinceridad como muestra de buena voluntad es una excusa para decir lo que queremos sin pensar en el otro. Dar nuestra opinión requiere empatía, valorar el efecto de nuestras palabras.

Ana se quedó pensativa. La cita –como quería Max– había tenido su efecto. El profesor se apresuró a darle sus explicaciones:

–Ana, la sinceridad no es una virtud personal, es una virtud interpersonal. Yo no escojo decirte algo sencillamente porque soy sincero, elijo decírtelo porque creo que te ayudará. Esta es la esencia: la sinceridad se basa en lo que el otro puede recibir y no en lo que yo necesito decir.

Ana no articulaba palabra. Había estado años utilizando la sinceridad como coartada para dirigirse a los demás y ahora estaba descubriendo sus límites.

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Max continuó con sus explicaciones:

–La expresión “Te lo tengo que decir” esconde un interés personal por parte de quien la utiliza, en el sentido de que lo que esta persona dice es más una descarga que un favor. En general, cuando “tenemos que decir” algo es porque queremos quitarnos de encima un peso, una angustia... En cambio, cuando simplemente “elegimos decirlo”, entonces quizás sí estemos pensando en el otro.

–Max, ¿sugieres entonces que hay muchas cosas que debemos callarnos? De ser así, con nuestro silencio difícilmente ayudaremos a los demás...

–De lo que estoy seguro, Ana, es de que herir en nombre de la sinceridad no ayuda en absoluto. Lo que de verdad debemos hacer es tantear al otro, ver hasta dónde puede aguantar, e ir paso a paso: decirle lo que esté preparado para recibir, sin ir más lejos ni caer en la trampa de decírselo todo simplemente para sacarnos un peso de encima.

–Pero, de alguna manera, con la expresión “Te lo tengo que decir”, ya estamos advirtiendo al otro de lo que le puede venir...

–Es una expresión que sugiere una disculpa, pero en realidad se trata de una disculpa falsa, porque está basada en una interpretación egoísta de la sinceridad.

Ana apuró ceremoniosamente su café. Realmente se daba cuenta de que sus “Te lo tengo que decir” estaban mucho más cerca de su necesidad de desfogarse que de su voluntad de ayudar a los demás. El enfoque que le acababa de enseñar Max daba un giro a su forma de entender la sinceridad.

Convencida de las explicaciones de su viejo amigo, y con la voluntad de no alargar más su visita improvisada, Ana se levantó para despedirse. Abrazó a Max y, con una gran sonrisa en los labios, le dijo:

Max, te lo tengo que decir..., eres único.

¿Cómo saber si realmente tienes que decir algo?

Hay que aprender a distinguir "lo que tenemos que decir" de "lo que queremos decir".

Cuando me lo "tengas que decir"...

  • ... piensa en si a mí me hará algún bien escucharlo, en si realmente yo habría elegido escucharlo.
  • ... reflexiona si, tras tu sinceridad, lo que estás haciendo es justificar tu necesidad de desahogo, de sacar algo que llevas dentro.
  • ... ten en cuenta que yo no voy a valorar tu sinceridad si con ella me haces daño.

Cuando me lo "quieras decir"...

  • ... te escucharé con toda mi atención, porque habrás elegido decírmelo pensando en mí y no en ti.
  • ... hazlo poco a poco y fíjate en mis reacciones. Para a tiempo si ves que me voy a romper.
  • ... apreciaré tu sinceridad, aun cuando alguna vez te equivoques, porque sabré que en el fondo querías de verdad ayudarme.

Un silencio inspirador

silencio inspirador

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Antonia se disponía a hacer un largo viaje para visitar a su hermana. Poco amante de los aviones, se disponía a realizar el trayecto en autobús. Su hija Carolina la había acompañado a la estación y, como habían llegado pronto, se habían instalado en la sala de espera para hablar. Antonia tenía la sensación de que algo no funcionaba bien en la vida de Carolina, así que le preguntó:

Hija, ¿estás bien?

—Sí, aunque algo cansada.

—Es que trabajas demasiado…

—Mamá, no empieces. Trabajo lo que necesito trabajar.

—Claro, y así estás. Se te nota el cansancio en la cara.

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En el extremo del mismo banco, un hombre mayor esperaba periódico en mano, sin poder evitar oír la conversación, que continuó aún un buen rato.

—Mamá, me encanta mi trabajo, y no lo cambiaría por nada.

—Pero es que no te veo bien, y tú misma reconoces que vas demasiado cansada…

La conversación giraba invariablemente en torno al mismo tema, y Carolina parecía cada vez más incómoda. Al cabo de unos minutos, dijo:

—Mira, mamá, lo mejor será que no te preocupes más. Además, no te estás enterando de nada. Estoy cansada, pero eso es lo que menos importa. Perdóname pero me voy ya; que tengas un buen viaje y dale recuerdos al tío.

Antonia se quedó sorprendida. No entendía nada.

En mitad de su desconcierto, y cuando Carolina ya se había marchado, se oyó a sí misma decir:

—Pues de poco me voy a enterar si no me lo cuentas.

Inmediatamente oyó una voz a su lado que le decía:

—Y poco le contará si no le deja contarlo…

Se giró, y fulminó con su mirada al hombre mayor del periódico, que sin embargo le sonreía. Enseguida le dijo:

—Disculpe, no quería incomodarla, pero es que he vivido esta situación mil veces, hasta que comprendí por qué me pasaba.

Antonia tardó unos segundos en decidir qué hacía: si se levantaba y cambiaba de banco, o si entraba en la conversación. Al final le dijo:

—Adelante, le escucho.

—Permítame presentarme: mi nombre es Max, y lo que le ha ocurrido con su hija tiene una explicación sencilla.

–Yo soy Antonia, y me encantará conocerla.

–Verá, Antonia, las personas casi nunca contamos de buenas a primeras la verdad de lo que nos pasa, y no porque queramos mentir, sino porque necesitamos un cierto calentamiento. Necesitamos ir paso a paso. Su hija le ha dicho que estaba cansada, pero ese no es el problema central, es solo un indicio. Y si se coge a ello, ella no sentirá que la entienda…

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—Pero yo no lo podía saber, y en todo caso, ¿qué debería haber hecho?

—Ignorar este punto del cansancio y dejarla hablar más.

—¿Y cómo se hace esto?

—Con algo muy sencillo: un inspirador silencio.

—¿?

—Un sereno e inspirador silencio.

Antonia no daba crédito a lo que escuchaba. Ahora sí guardaba silencio, pero porque intentaba comprender todo aquello. No entendía lo del silencio. Se suponía que lo que tenía que hacer era ayudarla, darle su punto de vista. Todo menos quedarse callada. Max se apresuró a aclarar las cosas:

—Cuando alguien nos quiere contar algo, es difícil que nos lo cuente de entrada. Nos hablará de cosas, que no son las que verdaderamente importan. Si en este punto, en lugar de responder a lo que hemos oído guardamos un respetuoso silencio, la persona hablará más, y lo que nos dirá ya se acercará más a lo que necesita compartir.

—¿Y después?

De nuevo, el silencio será nuestra mejor respuesta. Entonces sí, en tercera ronda, es posible que ya nos cuente en profundidad toda la verdad; lo que realmente le pasa y en el fondo quería contarnos.

Antonia escuchaba con atención. Entendía lo que Max le quería decir, pero le surgió inmediatamente una duda:

—Pero el silencio incomoda…

—… tanto como para forzar que el otro continúe, esa es la historia. Revivamos su conversación con su hija: le ha dicho que estaba algo cansada, y usted se ha cogido a ello sugiriendo que trabajaba demasiado.

—… cosa que ella no quiere oír.

—Probablemente, y en todo caso, cosa que no es lo que de verdad le pasa. Si en lugar de responder le hubiera regalado un buen silencio, su hija quizás hubiera profundizado una capa, y detrás de ese cansancio podría haber aparecido una frustración, o un enfado, o una tristeza… o lo que realmente le pasa.

—¿Y si no sale nada?

—Siempre sale. Y en todo caso, si no sale como respuesta a su silencio, es que no se lo iba a contar. Pero lo que no podría decir nunca es que no la había atendido.

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Ella no lo acababa de ver claro. Dudaba de todo aquel razonamiento. Para ella el cansancio de Carolina y su exceso de trabajo eran evidentes.

¿Y si era su hija la que se engañaba a sí misma, porque no quería aceptar que trabajaba demasiado?

De repente, sonó un Whatsapp... Decía: “Mamá, lo que me ocurre es que estoy triste. Estoy pasando malos momentos con Luis pero es algo de lo que me cuesta hablar”.

Ahora entendía. El cansancio era solo el inicio de algo más importante. Se dio cuenta de que el silencio era la respuesta que Carolina hubiera necesitado. Acababa de recibir una gran enseñanza:

El silencio en una conversación crea el espacio para que la otra persona pueda comunicarse y hablar, y llegar de verdad al fondo de lo que necesita hablar.

Un frenazo la sacó de sus pensamientos: el autobús había llegado. Pensó que quizás tendría suerte y el tal Max viajaría a su mismo destino; podrían compartir viaje. Pero cuando se giró para preguntárselo, se encontró el asiento vacío. Y a su alrededor, no pudo ver ni rastro del entrañable personaje del que en aquella corta espera tanto había aprendido.

Si lo hubiera sabido...

remordimientos culpa

Max esperaba a Nacho. Habían mantenido una corta conversación telefónica el día anterior en la que Max había podido percibir una elevada dosis de angustia en la voz de su amigo. Por eso no dudó en invitarle a compartir un café para charlar tranquilamente.

Nacho llegó al refugio con cierto retraso.

—Ya no recordaba el camino, he tenido que parar en el pueblo a preguntar.

Max preparó un café y, como la temperatura era agradable, decidieron tomarlo en el jardín. Nacho enseguida le relató su problema:

—Necesito contarte algo que me he quedado dentro mucho tiempo y me está afectando.

—Tú dirás, Nacho. Soy todo oídos.

—Hace algunos meses, un excompañero de trabajo me estuvo llamando insistentemente. Se fue de la compañía hace dos años para trabajar por su cuenta, y yo sabía que no le iban muy bien las cosas. Estaba convencido de que me llamaba para intentar volver, y como no podía ofrecerle nada, decidí no contestar a sus llamadas, hasta que dejó de hacerlas. Al cabo de unas semanas, coincidí con un conocido común y me enteré de que padecía una enfermedad grave. Me había estado llamando porque necesitaba el contacto de un médico amigo mío...

Max escuchaba el relato de Nacho con suma atención y, después de una breve pausa, añadió:

—Y ahora te sientes fatal...

—Me siento absolutamente culpable, Max. Me comporté como un estúpido. Y no sé las consecuencias que puede haber tenido mi actitud. Si lo hubiera sabido...

Max quería ayudar a Nacho a desprenderse de su angustia y buscaba la manera de hacerlo. Refugiado en la cocina con la excusa de preparar un nuevo café, pensó en qué recurso podía utilizar. Cuando salió de nuevo al jardín, café en mano, le dijo:

—Nacho, imagina que dentro de dos días tenemos una comida aquí con nuestros amigos, que estamos en pleno verano y que la previsión meteorológica es excelente, ¿estarías de acuerdo en que comiésemos fuera?

—Sí, sin duda. En tu jardín se está muy bien ahora y también en verano.

—Ahora sitúate en el día de la comida. Enormes nubarrones cubren de repente el cielo, y nos sorprende un violento chaparrón de verano. La comida acaba en un pequeño desastre. ¿Pensarás que tomamos la decisión equivocada al comer en el exterior?

Nacho reflexionó unos instantes:

—Claro que no, no podíamos prever lo que iba a pasar.

—No te sentirías culpable, entonces.

—No, claro, la información que teníamos dos días antes no presagiaba la tormenta...

Max dedicó a Nacho su mejor sonrisa y se apresuró a añadir:

—Nacho, tomamos las decisiones con la información que tenemos en ese preciso instante. Y tú, cuando decidiste no responder a las llamadas de tu excompañero, no sabías que padecía una enfermedad. Sí sabías, en cambio, que tenía problemas laborales. Por eso pensaste lo que pensaste. Y ahora es lógico que, una vez que posees toda la información, te sientas mal. Pero no debes sentirte culpable por eso. Podrías sentirte culpable si, conociendo sus circunstancias, hubieras desoído las llamadas deliberadamente. Pero tu actitud fue en función de la información que tenías en ese momento. Si lo hubieras sabido, como tú dices, sin duda hubieras actuado de manera diferente.

Nacho escuchaba a su amigo en absoluto silencio, por lo que Max entendió que podía continuar su explicación:

—El sentimiento de culpa no es un sentimiento genuino en este caso. Lo has creado a posteriori, es un sentimiento “fabricado” en tu interior una vez que has conocido una realidad que en aquel momento desconocías.

—Lo que no quita que, en prevención, otra vez atienda una llamada de este tipo...

—Seguro. Nunca sabemos ni podemos dar por sabido nada, y eso es lo que te ha enseñado este episodio. Deja fuera la culpa, que es el sentimiento que en estos momentos te angustia.

Apuraron el café recibiendo el calor del sol de la mañana. Gracias a la conversación con Max, Nacho se había quitado un gran peso de encima. Habían sido demasiados días dándole vueltas a un asunto angustiante. Realmente, todo había resultado muy sencillo en el momento de hablarlo.

Al llegar a su casa, Nacho escribió un sms: “Gracias, Max. Aunque no estoy en absoluto satisfecho de mi comportamiento, no siento la culpa que me ha agobiado tantos días. Si lo hubiera sabido...”

Puedo sentirme culpable...

...si he tomado una decisión equivocada teniendo toda la información y conociendo todos los hechos.

...si en el momento de tomar la decisión, era consciente de todas sus consecuencias.

...si lo que ha pasado posteriormente era previsible que pasase a la vista de la información de la que disponía.

No debo sentirme culpable...

...si las cosas que hoy sé no las sabía ni las podía saber cuando tomé la decisión.

...si lo que ha pasado no depende directa ni inequívocamente de la decisión tomada.

...si con la información que tenía en el momento –y solo con esa información–, hoy hubiera decidido exactamente lo mismo.

Ser claros con lo que decimos

ser claros

Hacía ya tres largos meses que Max se había ido a vivir a Inglaterra y, en su ausencia, Marta y Alberto no habían tenido ocasión de verse cara a cara con Clara. Así que decidieron ir a visitarla al pueblo. Quedaron para cenar en el bar de José, escenario habitual de sus encuentros con Max. Llegaron puntualmente al bar, donde Clara ya los esperaba y José les tenía preparada su mesa de siempre.

Los tres amigos charlaron animadamente durante toda la cena. Hablaron de sus vidas, de sus proyectos, y aprovecharon también para rememorar el reto que Max les había lanzado antes de marcharse y que mantenía vivo a base de enigmas. Se preguntaban quién sería el destinatario del siguiente y cuándo llegaría.

Estaban ya tomando el café cuando a Alberto le sonó el móvil: había recibido un mensaje. Mientras lo buscaba en el bolsillo de la chaqueta, el de Marta también emitió el sonido de entrada de mensajes. Y lo mismo ocurrió con el de Clara, de forma prácticamente simultánea. Los tres recibieron el mismo mensaje. Era de Max, y decía:

“El agua que nace turbia en la fuente llega turbia al lago”

Max les hacía llegar el enigma, y los había pillado juntos. ¿Se trataba de una pura casualidad? Así tenía que ser, sin duda, pero Max parecía tener un sexto sentido para saber cuándo y cómo hacer las cosas.

El enigma de Max abrió un animado diálogo entre los tres, que subía de tono por la pasión, y al que José aguzaba el oído desde la barra. Estaban decididos a resolverlo aquella noche, porque lo que estaba claro es que, si todos habían recibido simultáneamente el mensaje, es que Max creía que esa habilidad comunicativa debían trabajarla juntos.

No tardaron mucho en intuir el significado del enigma, pero se originó un encendido debate sobre en qué punto fallaban y por qué. Marta había sido la primera en intervenir:

–En mi caso, creo que lo que enturbia mi mensaje es que no soy capaz de decir las cosas con pocas palabras. Me enrollo, me repito; es como si nunca estuviera segura de que los demás me han entendido bien, como si... Bueno, exactamente como estoy haciendo ahora.

Clara, tras confirmar lo que decía, intervino para salir a su rescate:

–A mí, en cambio, lo que me ocurre es que no lo digo todo. Dejo lagunas, agujeros que la gente rellena con especulaciones o incluso invenciones. Esto genera mucha confusión.

–¿Y de mí, qué pensáis? –preguntó Alberto.

–Tú... nunca te mojas –dijo Marta–. Ahora mismo lo acabas de demostrar. Ocultas tus pensamientos y, a menudo, como no sabemos qué piensas, se generan malentendidos...

Estuvieron un buen rato identificando cómo cada uno de ellos generaba “agua turbia” en su comunicación y viendo cómo esta, como no podía ser de otra forma, llegaba a su destino también turbia. De repente surgió un tema común que centró la discusión:

–¿Y las cosas que pensamos pero no decimos también son “agua turbia”? ¿Es bueno o malo callarse las cosas que uno piensa?

Marta tomó la palabra para recordar lo que Max les había dicho en tantas ocasiones:

–Ya sabéis que es distinto callar por no herir al otro que callar por miedo, o callar por no querer decir la verdad. El límite estará en si lo que tenemos que decir puede ser recibido por el otro de forma constructiva, sin que se sienta herido; es decir, el límite está en ver si nuestras palabras le ayudarán o no.

Alberto mostraba una expresión dudosa; en cambio, Clara se apuntó a la tesis de Marta:

–Ciertamente. ¿Qué virtud hay en herir o en querer ser “demasiado claro” a costa del otro? Hay gente que es demasiado clara simplemente para descargarse, para “soltar lo que lleva dentro”, no porque piense que su claridad va a ayudar al otro.

El debate duró un buen rato. Y hasta que no vieron a José levantando las sillas de las mesas contiguas, no repararon en la hora. Alberto, en nombre de los tres, escribió con celeridad un mensaje a Max:

“Querido Max, la habilidad para comunicarnos eficazmente y construir relaciones fuertes es ser claros con lo que decimos. Ser claros significa no utilizar más palabras –ni menos– de las necesarias y no dejar lagunas en nuestro relato. Pero también pensamos que ser demasiado claros puede, alguna vez, darnos algún disgusto. Esperamos ansiosos tu punto de vista al respecto”.

Al día siguiente, Max envió a los tres amigos su mensaje de confirmación:

“En efecto, la claridad es una habilidad comunicativa esencial.

Cuando utilizamos demasiadas palabras para explicar algo, en el fondo lo que hacemos es desconfiar de que el otro lo entienda.

Cuando nos callamos lo que pensamos, damos pie a la imaginación, casi siempre en nuestro propio perjuicio.

Cuando ocultamos nuestros verdaderos pensamientos, dejamos a los demás la tarea de interpretar nuestras intenciones, y el resultado es siempre un malentendido.

Os animo a ser claros en la comunicación. Cuanto más digáis, menos posibilidades habrá de que la desinformación impulse al otro a ‘llenar los agujeros’.

Y en cuanto a si nos debemos callar o no algunas cosas para no herir a los otros, dejadme que la respuesta os la dé un famoso novelista, André Maurois:

"Ser sincero no consiste en decir todo lo que pensamos, sino en no decir nunca lo contrario a lo que pensamos”.

José, el propietario del bar, recibía también un mensaje de Max. Decía: “Gracias, José, por avisarme de que tenía a mis amigos reunidos. Me fue muy útil tu aviso”

Resistir a las críticas

superar criticas

Max se encontraba de nuevo en la universidad, disfrutando del recuerdo de los buenos momentos pasados recientemente en su pueblo con los amigos. Hasta entonces, Marta, Alberto y Clara habían hecho un excelente trabajo descubriendo las habilidades para construir buenas relaciones, lo que demostraba que estaban preparados para dar un paso más y abordar una habilidad muy especial.

Una de las más importantes, pero también de las más difíciles de interiorizar. Esta vez optó por enviarles un correo con una pregunta muy directa: “¿Cuándo fue la última vez que os hirieron las palabras de alguien?”.

Las respuestas llegaron al instante y todas sugerían periodos de tiempo muy cortos. Marta se limitó a responder con un escueto “ayer mismo”, mientras que Clara describió con todo lujo de detalles el daño que le habían causado las palabras de su jefe no hacía ni una semana. Alberto fue más inconcreto y solo dijo: “Hace poco, demasiado poco”.

Max les respondió con una nueva y enigmática pregunta: “¿Cuántos agujeros tiene vuestra coraza?”.

Como siempre, la primera reacción de los tres fue de desconcierto. Pero Alberto ya presentía por dónde quería llevarlos Max: “Intuyo que nos haces responsables a nosotros del dolor de las palabras de los demás, por no tener nuestra coraza en condiciones... ¿Saber protegernos de las críticas es otra habilidad para construir buenas relaciones?”.

Alberto había sido rápido en su deducción, y no era de extrañar, ya que llevaba muy mal la crítica de los demás. Max les envió aquella misma tarde una larga explicación:

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“La resistencia a la crítica es, efectivamente, otra importante habilidad. Es una habilidad que muy pocos desarrollan, pero que es esencial para relacionarse. Ante la crítica,

  • El 70% de las personas reaccionan sintiéndose heridas.
  • Un 20% la rechazan negándola, como si no hubiera existido.
  • Y tan solo un 10% reflexiona con serenidad sobre ella, utilizando la información recibida para el crecimiento personal.

El hecho de que nos afecte más o menos la crítica no depende de las palabras que nos lleguen sino del estado de nuestra coraza protectora, que no es ni más ni menos que nuestra seguridad personal. Si yo estoy seguro de mí, de mis capacidades, si me gusto como soy, mi coraza es sólida y me protege de la crítica. Las palabras tienen pocas posibilidades de hacer mella en mí.

Pero si dudo de mí mismo, de lo que hago, de cómo soy, mi coraza estará llena de ‘agujeros’ por donde se colarán las críticas para herirme. Tendré pánico a la crítica y la viviré como una verdadera agresión.

No es una casualidad que seamos más vulnerables a la crítica en aquellos aspectos en los que no hemos desarrollado una completa seguridad

Así, cuando estamos en un trabajo nuevo, nos relacionamos con gente nueva o hacemos algo que no dominamos, somos especialmente sensibles a lo que nos digan. Para evitar que la crítica nos afecte, debemos trabajar en el desarrollo de nuestra seguridad personal y reforzar así nuestra coraza protectora para que no tenga grietas. Nunca podremos evitar las agresiones externas, pero sí que nos lleguen dentro y nos hieran”.

La larga respuesta de Max hizo reflexionar a los tres amigos. Iniciaron un improvisado chat para revisar a fondo todos los detalles. La primera intervención fue de Clara:

—Max, comprendo y comparto tu explicación, pero, en mi caso, he observado desde hace tiempo que son precisamente las personas más cercanas quienes más me critican...

—Porque son las que más te quieren –continuó Max–. Somos más críticos precisamente con quienes más amamos, pues queremos que sean como nosotros deseamos.

Marta se sumó al debate:

—Max, yo he notado que a veces soy injustamente crítica con los demás; les echo en cara cosas que yo también hago y, sin embargo, ¡no puedo evitarlo!

—Tiene mucho sentido –aclaró Max–, pues somos más críticos con aquellos aspectos de los que nos acusamos secretamente. Si nos sabemos personas impulsivas, y este aspecto no nos gusta, criticaremos con contundencia los impulsos incontrolados de los demás, porque estamos viendo reflejadas las conductas propias que no aprobamos y que queremos corregir de nosotros mismos.

Alberto también hizo su aportación:

—Max, la resistencia a la crítica depende de nuestra seguridad personal. Esto lo entiendo perfectamente. Y, en este sentido, sería deseable que todos tuviéramos un alto grado de seguridad, pues podríamos criticarnos sin límites. Nadie se sentiría ofendido por las palabras de nadie. Sin embargo, me temo que la realidad dista mucho de esta situación...

—Es cierto. Una cosa es lo que sería deseable, y otra, la realidad. Por eso es importante que sepamos actuar como personas que aún no tenemos nuestra seguridad plenamente desarrollada, y ante personas que tampoco la tienen.

Cuando nos critican, es importante reflexionar sobre qué aspectos nos han dolido especialmente, porque nos darán la pista de las áreas que debemos trabajar.

Y, cuando criticamos a los demás, es esencial percibir en qué nivel de seguridad personal se encuentra el otro. Hemos de ser más o menos críticos en función de la percepción que tenemos de su autoestima, ya que si nuestra crítica es percibida como una agresión, caerá en saco roto y no ayudará.

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Los tres amigos interiorizaban las ideas de Max. Cada uno era capaz de identificar en qué áreas era especialmente vulnerable a la crítica y, por tanto, de pensar en el trabajo que tenía por delante.

Cuando el chat enmudeció fruto de la reflexión, Max concluyó con una frase que todos anotaron y que se convertiría en la motivación principal para trabajar su resistencia a la crítica:

“El crecimiento empieza donde termina mi percepción de acusación”

Redes sociales y relaciones cara a cara

redes vs relaciones ms

Sentado en una amplia mesa de una conocida cafetería, Pepe, un hombre de unos treinta años, llevaba largo rato ensimismado en su tablet, tecleando mensajes sin tregua. Delante de él, Amaya, una mujer de su misma edad, solo levantaba los ojos de la pantalla de su ordenador para dar algunos sorbos a su café.

Tras una larga media hora, un hombre mayor con una bandeja de desayuno en la mano, se dirigió a ellos para preguntarles:

—¿Me harían un hueco, por favor?

Los dos personajes se sorprendieron. Estaban ocupando aquella mesa y, aunque ciertamente había espacio libre, era su mesa. Y fue Amaya quien educadamente se lo hizo saber.

—Disculpe, es que esta mesa la estamos ocupando nosotros en este momento…

El hombre mayor reaccionó al instante, diciéndoles:

—¡Ah! Disculpen ustedes. Es que he estado observando un rato precisamente para asegurarme, y he tenido la sensación de que era una mesa común, de esas que se comparten sin necesidad de conocerse…

Aquella afirmación los dejó perplejos. Tras unos instantes de puro desconcierto, fue Pepe quien le dijo:

—Sea bienvenido a nuestra mesa. Y nos gustará que nos cuente cómo ha llegado a esa conclusión.

El hombre se sentó e inició el diálogo:

—Me llamo Max, y lo que me ha hecho pensar eso es que he estado observando en ustedes un montón de sonrisas y expresiones en sus caras. Daba la sensación de que estaban muy enfrascados en conversaciones paralelas, cada uno en la suya…

—Pues yo soy Amaya y, ciertamente, es lo que estaba ocurriendo. Estamos los dos, Pepe y yo, navegando por nuestras redes, con nuestros respectivos amigos.

—Y, sin embargo, han venido juntos…

—En efecto, porque somos amigos también. ¿Hay algo extraño en ello?

—No, en absoluto, es solo una sensación que se me despierta… como que, detrás de tantas redes, se están perdiendo el uno al otro en este precioso momento.

Se hizo un denso silencio, que Pepe rompió con ironía:

—Después de esto, creo que ya es momento de tutearnos.

Un sonriente Max se apresuró a responder:

—Adelante, por mí encantado.

—Verás, Max, para nosotros las redes son importantes. Nos ayudan infinitamente en nuestras relaciones.

—No lo dudo, y seguro que es posible que penséis que por mi edad no puedo estar
de acuerdo, pero sí lo estoy. Las redes son una gran ayuda para las relaciones, ninguna duda al respecto.

—Pero…

—…pero hay dos límites que para mí son muy claros.

El primero, el tiempo que les dedicamos a las redes, ya que en muchas ocasiones es en detrimento de las relaciones cara a cara.

Amaya reaccionó:

—Lo siento, pero no lo comparto. No siento que el tiempo que dedico a mis redes me impida mis relaciones en persona.

Max se limitó a lanzar una inquietante pregunta:

¿Qué habríais hecho en el tiempo de este café si no hubierais tenido las redes? ¿Qué podría haber habido entre vosotros como amigos que no ha podido tener lugar?

Pepe miró a Max de reojo. Aquel entrañable anciano, como quien no quiere, disparaba balas certeras. Se reconoció inmediatamente en multitud de ocasiones en las que siguiendo las redes había perdido oportunidades de relación en persona, y la mirada al suelo de Amaya le confirmó que posiblemente estaba pensando lo mismo.

Con pocas ganas de martirizarse con la reflexión, la evitó interiormente lanzándole a Max una nueva pregunta:

—¿Y el segundo límite?

—La naturaleza de las relaciones en la red.

Creo en las relaciones que tienen al menos una parte de experiencia cara a cara, y no creo en las que solo son virtuales.

—Te lo puedo discutir con experiencias concretas de relaciones virtuales que sí funcionan –le respondió Amaya.

—Y te creeré en lo que me cuentes. Pero esas experiencias están más en el lado de la excepción que en el de la norma. Y el motivo es muy claro:

Si no nos hemos visto nunca, si no hemos compartido un encuentro físico, los mensajes que nos enviamos no tienen una base sólida de interpretación.

No sabemos a ciencia cierta qué tono los acompaña y el sentido de muchos de ellos. No hay garantía de interpretación como tampoco la hay de autenticidad. ¿Qué nos indica que lo que nos llega es algo genuino de la persona que hay detrás?

De nuevo el silencio estuvo muy presente, y Max pudo observar las caras de reflexión de Pepe y Amaya. Aprovechó para añadir:

—Estamos diseñados para el encuentro personal. El lenguaje no verbal nos sigue hablando alto y claro, más que un mensaje virtual.

Pepe tomó de nuevo la palabra para retarlo:

—Entonces, ¿defiendes o condenas las redes?

—Creo que las redes son un gran instrumento, probablemente el mejor que jamás hemos tenido para mantener el contacto, pero no creo en las relaciones que no tienen o han tenido un espacio de encuentro personal.

—¿Y en la distancia?

—Son una gran ayuda, pero sobre todo para acercarnos por un momento a los que ya conocemos.

Amaya intervino para obtener la claridad que le faltaba:

—O sea… ¿sí a las redes?

Un sí convencido, pero limitando el tiempo de uso y con experiencia persona a persona. Tanta como se pueda.

Pepe, tras un momento de reflexión y recordando cómo Max había aparecido en su mesa al pensar que Amaya y él no se conocían, añadió:

—Y sobre todo sin romper nunca el potencial del momento presente.

Max sonrió. Pepe le había robado las palabras de su boca. Amaya en un gesto automático bajó la pantalla de su portátil y le robó de forma simpática la tablet a Pepe, al mismo tiempo que le decía:

—Y tanta razón hay en esas palabras como que quiero pasar el resto del desayuno hablando contigo, Pepe, y sin interferencias.

Amaya dijo esas palabras con parsimonia, lentamente, y mirando fijamente a Pepe a los ojos. Y cuando ambos se volvieron para buscar la mirada cómplice de Max, descubrieron que, sencillamente, se había esfumado.

¿Sin tiempo para nadie? Prioriza tus relaciones

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Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

El avión iba completamente lleno. En la penúltima fila, una atareada Isabel, móvil en mano, iba contestando frenéticamente un mensaje tras otro, a pesar de que sabía que no los podría enviar hasta llegar al aeropuerto. A su lado, un hombre mayor la observaba por el rabillo del ojo. Isabel, absorta en su tarea, no paraba de teclear en su móvil.

Al llegar al aeropuerto, se encontraron con una larga cola para tomar un taxi. A Isabel le sonó el teléfono.

—¿Sí?

—…

—Me encantaría ir, pero he quedado.

—…

—Sí, lo sé. Estoy fallando mucho, pero es que tengo muchos compromisos.

El hombre mayor la miraba con interés. Llegó un taxi e Isabel, que seguía hablando, le indicó con un gesto que lo tomara él. El hombre se atrevió a sugerirle:

—Voy al centro. ¿Lo tomamos juntos?

Isabel sonrió y subió. Cuando por fin colgó, el hombre se presentó:

—Me llamo Max y, por lo que he visto, creo que estoy ante alguien con una vida social trepidante.

Con un audible suspiro, Isabel respondió:

—Soy Isabel, y no te creas. Sí, tengo muchos compromisos y quedo con mucha gente, pero no quedo con la gente que me gustaría. Precisamente acabo de rechazar una invitación que me apetecía muchísimo.

—¿Hora de vaciar el armario?

—¿Perdón?

Max se apresuró a explicarse:

Cuando el armario de la ropa se desborda, toca ordenar: desprenderse de la que ya no nos sirve, hacer sitio para la nueva que necesitamos, y cuidar con esmero la que más nos gusta y queremos para que no se nos estropee. Pues lo mismo ocurre con nuestras relaciones. Cuando nos desbordan, tenemos que ordenarlas: desprendernos de las que no nos aportan nada, buscar las que necesitamos y no tenemos y –sobre todo– cuidar las que más nos gustan y queremos para no perderlas.

Isabel miraba a Max con cara de sorpresa. Aquella lógica le estaba gustando. Max le preguntó:

Mira tu agenda. Revisa los dos últimos meses. ¿Con quién te has visto que realmente quisieras?

Isabel lo hizo, y lo que encontró no le gustó nada. Ni una cena con amigos. Ni un simple café. Solo un encuentro fugaz con una ex compañera que había llegado a la ciudad.

Max lo intuía y no necesitaba que se lo confirmase. Siguió su discurso:

—Isabel, nuestras relaciones son nuestra vida. Son las responsables en gran medida de nuestra felicidad y de nuestro bienestar. Pero en un mundo tan conectado como el que vivimos, tenemos que ordenarlas con cuidado. Y tomar algunas decisiones.

—¿Como cuáles?

—Como dejar algunas de lado. Dejar de dedicar tiempo a relaciones que no nos aportan nada, para dedicarlo a las que sí nos aportan.

Isabel cambió el semblante. No se sentia nada cómoda con la idea de dejar algunas relaciones. ¿Y si en algún momento las echaba en falta? Cuantas más relaciones, mejor, pensaba.

Max, como si le leyera el pensamiento, le dijo.

—Isabel, probablemente piensas que puedes relacionarte con cientos de personas, que es lo que a tu manera estás haciendo. Pero eso es falso. Estás conectada con cientos de personas, o con miles si lo prefieres. Pero eso no son relaciones, son contactos. Y a base de dedicar tiempo y energía a tus contactos, te vas a perder tus relaciones.

Isabel protestó:

—Pero a algunas personas las quiero mucho. No las voy a dejar así como así.

—Si han de volver, volverán; y si vuestra historia es bonita, cuando vuelvan lo harán con fuerza. Pero hoy no las puedes manejar todas.

—¿Y cómo decido qué relaciones cuido y qué relaciones dejo?

—Muy sencillo: haz la prueba de la cena.

Isabel volvió a quedarse perpleja. Max disfrutaba de la escena. Enseguida se explicó:

—Isabel, imagina que organizas una gran cena. ¿A quién invitarías seguro? ¿De quién dudarías? ¿A quién dejarías fuera sin contemplaciones? Si eres capaz de hacer la lista, estás siendo capaz de decidir qué relaciones son las que de verdad te importan.

—¿Así de sencillo?

—Y de complicado. Porque en una cena caben los que caben, que no son todos.

—Pero incluso así, si pienso en esa cena, hay compromisos que sentiré que los tengo que invitar, porque si no quedaría fatal…

—Sí, y si lo haces estarás ocupando un cubierto y dejando fuera a alguien que te apetece de verdad. Es tu cena, es para que la disfrutes. No dejes que se te cuelen compromisos.

Isabel se estaba divirtiendo. En su mente visualizaba una gran mesa y empezaba a poner caras a sus invitados. De repente le dijo:

—¿Y qué pasa con los familiares? Ahí sí que no tengo escapatoria…

—En esa cena han de estar los que te llenan, no los que les toca estar. Independientemente de su etiqueta. A un familiar no lo vas a echar de tu vida, pero puedes decidir qué relación quieres con ella o él. No necesariamente ha de ser un invitado a tu cena…

—Y al final, ¿cuántos invitados puedo tener?

—Tú verás… pero si no tienes tiempo de dirigirles la palabra en toda la noche, no se sentirán tus invitados. Podemos mantener el número de relaciones que podemos cuidar. De forma activa y realista. Haciendo cosas y manteniendo la relación viva. Si no es así, vale más reducir la lista.

"Podemos mantener el número de relaciones que podemos cuidar. De forma activa y realista"

Isabel empezaba a verlo claro. Y al repasar mentalmente la vida que llevaba se daba cuenta de que el orden era urgente. Se determinó a actuar y en medio de esa reflexión, oyó la voz de Max que, como si le leyera de nuevo el pensamiento, decía:

—Y al cuidar las relaciones, pon atención: porque pensar en hacer algo no es lo mismo que hacerlo. En las relaciones no vale pensar en quedar. Hay que quedar.

Llegaron al centro. El taxi paró e Isabel se bajó. Se entretuvo unos instantes para coger su maleta del maletero y, al levantar la mirada, no pudo ver ni rastro de Max. Se había esfumado. Preguntó por él al taxista, que la miró con cara extrañada. Claramente no sabía de quién le hablaba.

Predicar con el ejemplo

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En el vestíbulo de la estación de tren, Carmen despedía a su hija, que volvía a su residencia de estudiante:

–Bueno, hija, buen viaje. Y llámame, por favor.
–Sí, mamá, lo haré. Como siempre.
–Sí, es cierto, no puedo negar que me llamas pero es que no me cuentas nada. Eres tan cerrada… No sé prácticamente nada de tu vida.
–Bueno, tampoco exageres.
–No lo hago, te lo aseguro. Pero es que me entero de todo por los demás. Tienes que ser más comunicativa conmigo, contarme tus cosas.
–Vale, mamá, dejémoslo aquí. Me voy, que pierdo el tren.
–De acuerdo, pero escucha lo que te digo: tienes que abrirte más conmigo, ¿lo recordarás?

En aquel momento escuchó una voz a su lado que le decía.
–Lo recordará, pero probablemente no lo hará…

Carmen se giró sobresaltada. Y se encontró con un hombre mayor, que con una mirada cálida y la más encantadora de las sonrisas le dijo:
–Perdone si la he molestado, no lo pretendía.
–No, no lo ha hecho. Pero sí me ha sorprendido.
–Lo cierto es que no he podido ignorar su conversación, y me encantaría comentarla.

Carmen seguía perpleja, pero algo le decía que aquel hombre podía tener algo valioso que decirle. Sin pensarlo dos veces, le dijo:
–Adelante, soy todo oídos.
–Se lo cuento de camino a la parada del autobús, si quiere.

Empezaron a andar, y Max tomó la palabra:
–Me llamo Max, y estaría encantado de que nos tuteemos.
–Yo soy Carmen, y te escucho intrigada.
–Carmen, quieres que tu hija comparta su vida contigo, ¿cierto?
–Sí, exactamente. Supongo que en el fondo es lo que quiere cualquier madre.
–Y por eso se lo pides.
–Claro, porque es muy cerrada. Se lo guarda todo para ella. Verás, hablamos a menudo, pero no pasamos de las banalidades. No me cuenta nada de su vida personal, y mucho menos de sus sentimientos. No sé si ha tenido una bronca con su jefe, o está triste por algo… no sé absolutamente nada.

Max esperó unos instantes en silencio antes de preguntar:
–Carmen, ¿cómo va tu vida?
–Bien, gracias. ¿Lo preguntas por algo?
–Llegaremos a ello enseguida. Cuéntame, ¿ha pasado algo importante últimamente?

Carmen dudó. No sabía si podía y quería sincerarse con aquel desconocido, por más que le cayera bien de entrada. Al final decidió tirarse a la piscina.
–La verdad es que sí; acabamos de conocer el diagnóstico de una enfermedad importante de mi hermana, y estoy muy triste por ella. Estoy preocupada, muy preocupada.
–¿Lo has hablado con tu hija?
–No, no... No le he dicho nada. No necesita saberlo ahora. Además, no quiero que se dé cuenta de que estoy preocupada…
–Y, en cambio, te gustaría saberlo si lo estuviese ella…

Carmen se quedó pensativa. Le saltó una alarma, y se apresuró a preguntar:
–Max, ¿adónde quieres ir a parar?
–Verás, Carmen, en lo relativo a la comunicación entre las personas, pedir sirve de poco. Predicar con el ejemplo sí funciona. Tú quieres que tu hija se abra, pero tú no te estás abriendo con ella.
–Pero no es lo mismo, yo soy su madre y tengo mis motivos para actuar así…
–Ya, y ella es tu hija. Y seguro que tendrá los suyos… Pero, más allá de vuestros roles, sois dos personas. Dos personas que os queréis, y que os podéis comunicar mejor.

Carmen no podía añadir nada al respecto. Se limitó a seguir escuchando.
–Carmen, ¿verdaderamente quieres que tu hija se abra? Ábrete tú con ella. No hay otra receta. Cítala un día y cuéntale sobre ti. Percibirá un espacio de confianza, que es probable que la anime a ella a hablar de ella.
–Lo dices muy seguro… ¿Siempre funciona?
–Casi siempre. Y, en cualquier caso, es la única alternativa. En comunicación interpersonal no funciona más que predicar con el ejemplo. Si tú le hablas y le cuentas, le estás dando el mensaje de que es digna de tu confianza, y de que te abres con ella.

Es probable que solo entonces te corresponda y juntas construyáis un nuevo espacio de confianza.

–¿Así de fácil?
–Y de complicado, porque te toca tomar la iniciativa. Porque, dime, ¿cómo empiezan las conversaciones cuando os llamáis?

Carmen necesitó unos instantes para pensarlo, tras los cuales respondió:
–Hago lo que haría cualquiera en mi lugar: preguntarle cómo le va, qué ha hecho…

–Pues la clave es que la llames también para contarle sobre ti, no solo para preguntarle sobre ella. Tienes que ser el espejo en que se mire. Tú tienes que mostrarle el camino. Y esto será especialmente importante cuando os veáis cara a cara...
–¿Y no corro el riesgo de que se piense que no me interesa ella y que solo le cuento mis historias?
Vas a tener que encontrar el equilibrio.

De entrada, tienes que saber que ella solo se abrirá si te ve a ti hacerlo. Son las reglas de la comunicación interpersonal.

Carmen lo vio claro y estaba dispuesta a probarlo. De hecho, estaba ya pensando en cómo le contaría la enfermedad de su hermana. Este pensamiento la despistó unos instantes. Cuando volvió a la realidad, Max se había esfumado. Solo pudo ver un autobús que marchaba, y fue incapaz de ver si él viajaba dentro.

Perder y ganar amigos

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Julia se dirigía a la cafetería del hotel en el que se hospedaba para tomar el desayuno. Había tenido que viajar por motivos profesionales y se había quedado una noche más para poder cenar con unos antiguos amigos de la Universidad a los que no tenía muchas ocasiones de ver.

Habían compartido una agradable velada, pero lo cierto es que tenía un sabor agridulce de la noche. Le había gustado estar con ellos pero el encuentro le había sabido a poco.

La conversación había sido intrascendente, y se había quedado con la sensación de que vivían en mundos distintos.

Llegó a la cafetería, y lo primero que vio es que todas las mesas estaban llenas.

Tras recorrer la sala con la mirada vio una mesa de cuatro, solo ocupada por un hombre mayor que, consciente de que no había mesas libres, la invitócon un gesto a sentarse. Ella, viendo el aspecto bonachón del hombre, aceptó.

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Nada más sentarse, el hombre le preguntó:
—¿Muchos días fuera de casa?
—Solo una noche. Ayer vine por trabajo y me quedé para cenar con unos viejos amigos…
—… que quizás ya no son lo que eran.

—¿Perdón?
—Disculpa, es que por tu forma de contarlo me da la impresión de que hubo algo que no funcionó como esperabas.

Julia no sabia cómo reaccionar. Por un lado sabia que el hombre tenia razón, pero por otro no estaba segura de querer sincerarse con un completo desconocido. Tras dudarlo unos instantes, optó por confiar en él.

—Sí, estoy algo desconcertada por cómo fue la velada. Por cierto, mi nombre es Julia.
—Yo Max, y me encantará que me lo cuentes.

—Verás, son buenos amigos de la época de la Universidad. Y los aprecio. Pero ayer, tras hablar de banalidades, enseguida sentí que estábamos en mundos distintos. Me contaban historias de viajes que no me interesaban para nada, y creo que se aburrieron con lo que yo les conté de mi trabajo. Al hablar de cosas de la vida me di cuenta de que ya no pensaban igual que yo; vi claramente que nuestros valores son ahora muy distintos.

—Y te sabe mal.
—Claro, me entristece la sensación de poder perder a unos amigos.
—Perder amigos, aunque te resulte extraño, no tiene por qué ser un problema. El problema sería no ganar nuevos.

La construcción de amistades es constante y dura toda la vida.

—Pero ¿por qué tengo que perderlos?
—No tienes que perderlos, pero puede que los pierdas. Y si ocurre, será de forma natural, será simplemente porque vuestros caminos han tomado direcciones distintas.

—¡Pues vaya pereza tener que ganar nuevos!
—Para ganar nuevos no tienes que hacer mucho, solo estar bien atenta a las personas que la vida te brinda. Esto no es como en la Universidad; ahora tienes mucha más experiencia e intuición, y enseguida puedes saber si con alguien encajarás o no…

Las amistades vienen y van y es bueno que así sea.

—¡Pero pensando así siento que traiciono a mis amigos!
—La alternativa es traicionarte a ti misma.

Max dejó que sus palabras impactasen en Julia. Tras unos instantes, intentó explicarse con más claridad para no desconcertarla más:

En la vida tenemos amigos incondicionales, sin duda. Los tenemos porque algo muy fuerte nos une a ellos, y estos amigos son generalmente para siempre. Pero tenemos muchos otros con los que congeniamos en una determinada época y dejamos de hacerlo en otra. Es bueno que los dejemos entrar en nuestras vidas y que los dejemos también salir, porque las relaciones tienen su recorrido y forzarlas no tiene sentido.

Los amigos de cada momento no lo son por la historia común o por compromiso: han de ser verdaderos amigos.

—Pero ¿por qué dejamos de congeniar? Tú lo ves muy claro, pero yo no lo entiendo.
En todas nuestras vidas hay cambios: de prioridades, de intereses, incluso de valores; y en esos cambios, algunos amigos pueden dejar de encajar. Es algo que ocurre, que también les ocurre a ellos, y que tenemos que vivir con naturalidad, sin culpa ni sufrimiento.

—Pero ¿sabes? No sé si estoy preparada para perder demasiadas amistades, porque en el fondo me aterra quedarme sola…
—Y de nuevo, el problema será si no haces nuevos amigos.
—Pero no es tan fácil: con la edad estamos menos receptivos.
—Eso es lo que pensamos: tenemos la idea de que construimos las amistades de jóvenes, nos dedicamos a mantenerlas y tenemos finalmente que intentar no perder demasiadas. Pero en la realidad no funciona así: la construcción de amistades es constante y dura toda la vida.

Nunca tenemos que dejar de explorar nuevas amistades.

—¿Y los que ya no encajan? ¿Nos los quitamos de encima? Me suena tan mal…
—No, no hay que hacer nada especial. Se trata de dejar esas amistades en suspenso. A veces te reencuentras y es fantástico. A veces hay una segunda oportunidad para esa amistad.

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Julia reflexionaba sobre aquellas ideas. Reconocía que tenían todo el sentido del mundo, pero al mismo tiempo se le hacía extraño pensar en dejar una amistad.

Max lo intuyó rápidamente y se apresuró a añadir:
Lo mejor que se puede hacer con una vieja amistad es agradecer los años vividos juntos, y guardar el buen recuerdo. Porque sin duda forma parte de nuestra vida. Y no hay nada que impida que un día vuelva.

Julia miraba a Max con atención. Sí, estaba agradecida, y mucho, a la amistad de sus compañeros de Universidad pero se daba perfecta cuenta de que no era una amistad viva ahora.

Siempre estarían en su corazón pero no necesariamente en su agenda en estos momentos.

Se fue a por unas tostadas. Qué privilegio estaba siendo aquella conversación. Tenía la prueba de que podía vivir en cualquier momento una nueva amistad también. Sin embargo, al volver a la mesa, se la encontró vacía y limpia, con un servicio intacto. Como si nunca nadie la hubiera ocupado. Como si hubiera estado hablando consigo misma.

Parece que soy invisible

ser invisible

En el pequeño restaurante del barrio, un joven matrimonio cenaba mientras reflexionaban sobre la relación que mantenían con los hermanos de ella:

– Últimamente las cosas no son como antes con tus hermanos. La última comida fue poco cordial, incluso tensa. Se respiraba un ambiente denso, incómodo, como si a nadie le apeteciera estar allí.

–Sí, parece como si hubiéramos perdido la confianza de antes.

–Pero es que tu hermano se pasa el día echándonos la bronca a todos…

–Bueno, ya sabes cómo es, pero sí que es cierto que la cosa ha ido a peor.

–Y da la sensación de que todo son reproches entre vosotros.

–Sí, la relación entre nosotros ha cambiado. Y se está deteriorando por momentos. Me encantaría saber qué nos está pasando.

De repente, desde la mesa de al lado, les llegó una voz que decía:

– Quizás os estáis olvidando de las palabras mágicas.

Se quedaron alucinados. La primera sensación fue sin duda de enfado: ¿cómo alguien se metía en su conversación de esta manera? Pero sin ni tiempo de reaccionar, la persona que les había interpelado se volvió a dirigir a ellos.

– Disculpad, lo siento mucho. Sé que ha sido una intromisión en toda regla…

La pareja le contestó:

– ¡Ni lo dude!

– Déjenme que me presente, mi nombre es Max, no he podido evitar oírles, y mi única intención es ayudarles.

Se miraron el uno al otro y miraron al tal Max. Vieron a un hombre mayor, con una expresión cálida, que no sabían bien por qué pero les inspiraba confianza.

Le dijeron:

–Pues ya que está dentro, ¡al menos que nos sirva de algo! Explíquese un poco.

–Claro, así lo pretendo. Os decía que quizás os estéis olvidando de las palabras mágicas.

–Ya, eso lo hemos oído. Pero, ¿qué significa exactamente?

–Mirad, las relaciones, si no se trabajan, se deterioran (como parece que ocurre con la vuestra con tus hermanos) y una parte importante de este trabajo consiste en no dejar nunca de utilizar una serie de palabras y expresiones que protegen esas relaciones. Son las que yo llamo las palabras mágicas.

–¿Nos las va a decir por lo menos?

–Son muy sencillas y de puro sentido común. Probad a acertarlas. La primera tiene que ver con el agradecimiento.

– ¡Gracias!

– Efectivamente. Fácil. La segunda tiene que ver con la disculpa.

– ¡Lo siento!

– Acertada. Es una opción válida. Y la tercera tiene que ver con el perdón:

– No pasa nada.

– Por ejemplo.

La pareja miraba a Max divertida. Aquella intromisión estaba resultando más que interesante. Él se apresuró a seguir su explicación:

–Gracias, lo siento, no pasa nada. Las tres expresiones mágicas para mantener sanas las relaciones.

Y la pregunta es: “¿cuánto las estáis utilizando últimamente en vuestra relación con los hermanos?”.

Ella se tomó unos instantes para reflexionar. Su respuesta fue clara y concisa:

–Muy poco.

Max dejó que aquella revelación les calase hondo y, viendo sus caras de preocupación, se apresuró a añadir:

–Y no es nada extraño. Sucede. Con mucha frecuencia. Las relaciones entre personas que nos tenemos mucha confianza entran en inercias de descuido.

Sin darnos cuenta, tenemos la confianza de decirles a los demás todo lo que nos molesta pero nos olvidamos de decirles lo que nos gusta.

Justificamos todos nuestros errores, sin sentir la necesidad de pedir disculpas (total, son de confianza), y no perdonamos una a los demás, sin pensar en que ellos pueden haber simplemente cometido un error. Nos volvemos demasiado exigentes en esas relaciones y se deterioran sin remedio. ¿Y hay solución?

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–Claro. Solo necesitamos tomar conciencia y hacer uso constante e ilimitado de las palabras mágicas. Agradecer todo lo que hagan por vosotros, por natural o usual que sea. Pedir disculpas por lo que les haya podido molestar, y no tomarse a pecho los errores de los demás.

–Pero nos dices que eso es lo que debemos hacer nosotros, pero... ¿y ellos?

–Seguirán vuestro camino. Es algo que se contagia. Hacedlo vosotros y enseguida todos entrarán en la misma onda. Siempre es así en mi experiencia, y por mi edad podéis suponer que no es poca la que tengo.

La pareja estaba profundamente sorprendida: ¿tan sencillo era? Y sí, tenía sentido.

Esas palabras se escuchaban muy poco en ese grupo de hermanos últimamente y, como menos se utilizaban, más costaban de pronunciarse por parte de alguien.

Ellos habían gozado del conocimiento, a ellos les tocaría aplicarlo en primera instancia.
Apuraron los cafés. Él se levantó para ir al servicio y ella se acercó a la barra con intención de pagar y aprovechar para invitar a Max. Pidió las dos cuentas y el camarero, divertido, le preguntó:

–¿De qué dos cuentas me hablas? Hace un buen rato que se han marchado todas las mesas. Estáis solos tu pareja y tú.

Ella se giró y vio una mesa solitaria y ni un alma en el local. Daba la sensación de que el tal Max nunca había estado allí. Quizás ni tan siquiera había existido.

5 principios para evitar dañar las relaciones

  • 1. La rutina nos hace perder el cuidado en las relaciones. No por haber mucha confianza tenemos que dejar de agradecer, pedir disculpas o perdonar.
  • 2. Somos más críticos con quienes más queremos, porque son los que más queremos que sean como nos gustaría. Pero eso no es neutro: la relación se resiente.
  • 3. Juzgamos con demasiada subjetividad las intenciones de los demás cuando hacen algo. ¿Y si, simplemente, se han equivocado?
  • 4. Cuidar una relación es contagioso: lo que yo haga por ti lo harás fácilmente tú por mí en algún momento.
  • 5. Las palabras mágicas son gratis. Y funcionan siempre.

Palabras mágicas para no dañar las relaciones

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En el pequeño restaurante del barrio, un joven matrimonio cenaba mientras reflexionaban sobre la relación que mantenían con los hermanos de ella:

– Últimamente las cosas no son como antes con tus hermanos. La última comida fue poco cordial, incluso tensa. Se respiraba un ambiente denso, incómodo, como si a nadie le apeteciera estar allí.

–Sí, parece como si hubiéramos perdido la confianza de antes.

–Pero es que tu hermano se pasa el día echándonos la bronca a todos…

–Bueno, ya sabes cómo es, pero sí que es cierto que la cosa ha ido a peor.

–Y da la sensación de que todo son reproches entre vosotros.

–Sí, la relación entre nosotros ha cambiado. Y se está deteriorando por momentos. Me encantaría saber qué nos está pasando.

De repente, desde la mesa de al lado, les llegó una voz que decía:

– Quizás os estáis olvidando de las palabras mágicas.

Se quedaron alucinados. La primera sensación fue sin duda de enfado: ¿cómo alguien se metía en su conversación de esta manera? Pero sin ni tiempo de reaccionar, la persona que les había interpelado se volvió a dirigir a ellos.

– Disculpad, lo siento mucho. Sé que ha sido una intromisión en toda regla…

La pareja le contestó:

– ¡Ni lo dude!

– Déjenme que me presente, mi nombre es Max, no he podido evitar oírles, y mi única intención es ayudarles.

Se miraron el uno al otro y miraron al tal Max. Vieron a un hombre mayor, con una expresión cálida, que no sabían bien por qué pero les inspiraba confianza.

Le dijeron:

–Pues ya que está dentro, ¡al menos que nos sirva de algo! Explíquese un poco.

–Claro, así lo pretendo. Os decía que quizás os estéis olvidando de las palabras mágicas.

–Ya, eso lo hemos oído. Pero, ¿qué significa exactamente?

–Mirad, las relaciones, si no se trabajan, se deterioran (como parece que ocurre con la vuestra con tus hermanos) y una parte importante de este trabajo consiste en no dejar nunca de utilizar una serie de palabras y expresiones que protegen esas relaciones. Son las que yo llamo las palabras mágicas.

–¿Nos las va a decir por lo menos?

–Son muy sencillas y de puro sentido común. Probad a acertarlas. La primera tiene que ver con el agradecimiento.

– ¡Gracias!

– Efectivamente. Fácil. La segunda tiene que ver con la disculpa.

– ¡Lo siento!

– Acertada. Es una opción válida. Y la tercera tiene que ver con el perdón:

– No pasa nada.

– Por ejemplo.

La pareja miraba a Max divertida. Aquella intromisión estaba resultando más que interesante. Él se apresuró a seguir su explicación:

–Gracias, lo siento, no pasa nada. Las tres expresiones mágicas para mantener sanas las relaciones.

Y la pregunta es: “¿cuánto las estáis utilizando últimamente en vuestra relación con los hermanos?”.

Ella se tomó unos instantes para reflexionar. Su respuesta fue clara y concisa:

–Muy poco.

Max dejó que aquella revelación les calase hondo y, viendo sus caras de preocupación, se apresuró a añadir:

–Y no es nada extraño. Sucede. Con mucha frecuencia. Las relaciones entre personas que nos tenemos mucha confianza entran en inercias de descuido.

Sin darnos cuenta, tenemos la confianza de decirles a los demás todo lo que nos molesta pero nos olvidamos de decirles lo que nos gusta.

Justificamos todos nuestros errores, sin sentir la necesidad de pedir disculpas (total, son de confianza), y no perdonamos una a los demás, sin pensar en que ellos pueden haber simplemente cometido un error. Nos volvemos demasiado exigentes en esas relaciones y se deterioran sin remedio. ¿Y hay solución?

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–Claro. Solo necesitamos tomar conciencia y hacer uso constante e ilimitado de las palabras mágicas. Agradecer todo lo que hagan por vosotros, por natural o usual que sea. Pedir disculpas por lo que les haya podido molestar, y no tomarse a pecho los errores de los demás.

–Pero nos dices que eso es lo que debemos hacer nosotros, pero... ¿y ellos?

–Seguirán vuestro camino. Es algo que se contagia. Hacedlo vosotros y enseguida todos entrarán en la misma onda. Siempre es así en mi experiencia, y por mi edad podéis suponer que no es poca la que tengo.

La pareja estaba profundamente sorprendida: ¿tan sencillo era? Y sí, tenía sentido.

Esas palabras se escuchaban muy poco en ese grupo de hermanos últimamente y, como menos se utilizaban, más costaban de pronunciarse por parte de alguien.

Ellos habían gozado del conocimiento, a ellos les tocaría aplicarlo en primera instancia.
Apuraron los cafés. Él se levantó para ir al servicio y ella se acercó a la barra con intención de pagar y aprovechar para invitar a Max. Pidió las dos cuentas y el camarero, divertido, le preguntó:

–¿De qué dos cuentas me hablas? Hace un buen rato que se han marchado todas las mesas. Estáis solos tu pareja y tú.

Ella se giró y vio una mesa solitaria y ni un alma en el local. Daba la sensación de que el tal Max nunca había estado allí. Quizás ni tan siquiera había existido.

5 principios para evitar dañar las relaciones

  • 1. La rutina nos hace perder el cuidado en las relaciones. No por haber mucha confianza tenemos que dejar de agradecer, pedir disculpas o perdonar.
  • 2. Somos más críticos con quienes más queremos, porque son los que más queremos que sean como nos gustaría. Pero eso no es neutro: la relación se resiente.
  • 3. Juzgamos con demasiada subjetividad las intenciones de los demás cuando hacen algo. ¿Y si, simplemente, se han equivocado?
  • 4. Cuidar una relación es contagioso: lo que yo haga por ti lo harás fácilmente tú por mí en algún momento.
  • 5. Las palabras mágicas son gratis. Y funcionan siempre.

"Nunca me dices que me quieres"

cuento nunca me dices te quiero
Sticker Mule - Unsplash

Max cenaba en casa de sus amigos Julio y Raquel. En la sobremesa, iniciaron una distendida charla en la que, de forma irónica, los dos amigos comentaban su relación. En un momento dado, Raquel le dijo a Max:

—¿Sabes qué es lo que ocurre, Max? Pues que Julio nunca me dice que me quiere.

El comentario quedó en el aire, pero a Max no le pasó desapercibido que en el tono de Raquel había un punto de reproche que iba más allá de la ironía del momento.

A la mañana siguiente, Julio recibió un mensaje de Max.

Era una invitación a compartir un café. Acompañaba el mensaje una vieja canción de Phil Collins, Do You Remember, que Julio recibió con total desconcierto y sin acertar a entender el significado de aquel envío.

Julio aceptó gustoso la invitación y se presentó puntual en casa de Max. Max preparó el café. Se instalaron en la sala y, taza en mano, Max le comentó:
—Por cierto, Julio, me sorprendió el comentario de ayer de Raquel…

Sin dejarle terminar, Julio replicó de forma precipitada:
—Es su frase preferida, Max. Pero no sufras, se lo oigo decir una docena de veces a la semana. No tiene la menor importancia.

Max, convencido de que el tono de Raquel escondía algo más que un comentario anecdótico o irónico, preguntó:
—Pero, sinceramente, ¿tú le dices a Raquel que la quieres, sí o no?

—A ver, Max, llevamos juntos diez años y nos va bien. No creo que a estas alturas deba andar diciéndoselo todo el día. Además, lo sabe perfectamente…

Max se levantó, se acercó al ordenador y puso la canción de Phil Collins que le había enviado a Julio con el mensaje. Él la reconoció al instante.
—¿Escuchaste lo que dice la canción? –le preguntó Max al cabo de un rato.
—Sí, pero no entendía a qué venía. Me temo que mi inglés no está a la altura. Pero como has pasado tanto tiempo en Inglaterra, seguro que me lo puedes explicar.

Es una historia de alejamiento. En concreto, la estrofa que está sonando ahora dice: “siempre teníamos cosas más importantes que hacer, cosas más importantes que decir. pero ‘Te quiero’ no era una de estas cosas. Y ahora es demasiado tarde”.
Julio, tras escuchar la explicación de Max, no pudo evitar justificarse:

—Pero, Max, Raquel y yo estamos bien. Quizá sea verdad que no le digo que la quiero, pero ¡no lo puede olvidar!

—Verás, Julio, tú mismo has dicho que lleváis diez años juntos y, después de tanto tiempo, solemos dar muchas cosas por sobrentendidas. Nos instalamos en unos tópicos que se acaban convirtiendo en grandes creencias, pero que no siempre se corresponden con la realidad. Tú dices que Raquel sabe que la quieres, y que esto es suficiente. Pero ella probablemente no solo necesita oírlo sino que lo quiere volver a experimentar. Las relaciones necesitan realimentarse, sacarlas de los tópicos, las inercias y las rutinas. Y, en este sentido, volver a decir “Te quiero” es una buena manera de hacerlo.


—O sea, que te has aliado con ella para que se lo diga más a menudo –comentó Julio con ironía–. Pero, Max, me temo que va a sonar falso, forzado. No se lo va a creer.
—Hombre, si es para “cumplir el trámite”, evidentemente que sonará forzado. Se lo tienes que decir de verdad.
—¿Y cómo se dice “de verdad”?
—En tu caso, que no eres muy dado a las palabras, se lo puedes decir con gestos, con detalles que tengas con ella, haciendo las cosas que hacías por ella al principio, cuando, fueras consciente de ello o no, le estabas diciendo “Te quiero” las 24 horas del día. Haz que sienta que vuelve a estar, como al principio de vuestra relación, permanentemente en tu mente, que has pensado en ella en el trabajo, o en el coche, o mientras hacías la compra en el supermercado.

—Max, me estás pidiendo que vuelva a los inicios. Y ya no somos dos adolescentes…
—Te pido que lo hagas desde tu madurez de ahora. Y me refiero tanto a tu madurez personal como a la de la relación. Seguro que harás cosas diferentes y que tendrás gestos distintos a los de hace diez años, pero el mensaje será el mismo, que la quieres, que te importa realmente.

Max despidió a un pensativo Julio, que no acababa de integrar toda aquella información. Sin embargo, al cabo de una semana, recibió un correo electrónico. Decía: “Max, te devuelvo tu canción. Gracias a nuestra charla, ya no me identifico con ella”.

No temas decepcionar: quítate los disfraces

Miedo a decepcionar

En una de las mesas de un pequeño restaurante de barrio, cuatro amigas cenaban juntas. Una de ellas, Carmen, les estaba proponiendo al resto realizar una gran fiesta para celebrar el ya cercano aniversario de todas ellas.

—¡Imaginaos! Todos nuestros amigos, desde el colegio hasta ahora. Un montón de gente, música en directo… ¡Será una pasada!

Mientras dos de las amigas se apuntaban entusiastas a la idea, otra de ellas, Ana, se limitaba a escuchar sin pronunciarse. Lo cierto es que le horrorizaban los grandes actos públicos, y ya había previsto hacer una celebración íntima con un pequeño grupo de amigos. En un momento dado, Carmen le preguntó:

—Ana, ¿tú qué dices? Te apuntas, espero...

Ana no sabía qué responder. Tras un silencio que se le hizo eterno, se oyó a sí misma decir:

—Claro, será fantástico.

Tras lo cual, y con la excusa de un mensaje que le había entrado en el móvil, salió un momento a la calle. Estaba tomándose un respiro y tratando de asimilar el compromiso que acababa de adquirir cuando escuchó una voz a su lado que le decía:

—Sospecho que no es precisamente el tipo de fiesta que planeabas…

Ana se quedó petrificada. A su lado, un entrañable hombre mayor la miraba con una sonrisa. Ana se preguntó: “¿Estaba pasando realmente aquello? ¿Acaso aquel hombre le leía la mente como en las películas?”. El hombre se apresuró a hablar:

—Me llamo Max, y he cenado en la mesa de vuestro lado. Me temo que estabas demasiado ofuscada para reparar en mí, pero yo he podido ver tu cara al aceptar la propuesta de la fiesta y sobre todo he captado el tono de tu voz al declarar que sería fantástica. Por eso sospecho que no te hace ni la más mínima gracia.

Ana se dio cuenta de que aquel hombre estaba dando en el clavo, así que se atrevió a confesarle la realidad.

—Soy Ana, y no, no me apetece en absoluto esta fiesta. Pero, como siempre, no he podido negarme. Algo dentro de mí no me ha dejado.

—¿Me cuentas más?

—Son mis amigas del colegio, y las quiero un montón. Pero ellas funcionan de una manera y yo de otra. A mí no me gustan las fiestas multitudinarias. Ni las salidas nocturnas. No me va todo eso. La fiesta que planean no era lo que quería ni lo que esperaba.

—¿Y por qué has dicho lo que has dicho?

—Porque, como siempre, no he querido defraudarlas.

—Como siempre, dices.

—Sí, porque siempre hago lo mismo.

—¿Y qué crees que pasaría si, como tú dices, las defraudases?

—Que probablemente las perdería.

Max esbozó una sonrisa. Aquella absurda creencia la hacia actuar así, y era tan solo eso: una creencia.

Pero tendría que explicárselo, y quizás una pequeña provocación le ayudase.

—¿Estás cómoda con la decisión tomada? –le preguntó Max.

—En absoluto. Ya me has visto la cara.

—Pues que sepas que así sí que realmente vas a perderlas.

Ana puso cara de no entender nada.

Max se explicó:

—Verás, Ana, con la intención de no defraudar a los demás decimos muchas cosas que no salen de nosotros. Que no son auténticas. Y esto sí pone en riesgo nuestras relaciones, mucho más que decir las cosas que de verdad pensamos. Porque acabamos aceptando compromisos incómodos o dando opiniones que no sentimos. Acabamos sintiéndonos mal, y queriendo renunciar a esas relaciones…

—Es lo que me pasa con ellas. Más de una vez me he planteado no venir a las cenas.

—Ahí lo tienes. Y si no eres tú la que huyes, serán los demás los que lo hagan cuando se descubra la verdad, porque se romperá en gran medida la confianza.

Max no estaba seguro de que la idea hubiera calado en ella, así que añadió:

—Ana, lo que estás haciendo con tus amigas –y probablemente con mucha gente de tu alrededor– es llevar una gran máscara, que no deja que te vean como eres. Tú piensas que a los demás les gusta tu máscara incluso más que tu verdadero rostro, pero las máscaras no nos gustan a nadie. Porque sabemos que son solo una farsa.

Ana ahora sí lo entendía perfectamente, y le disgustaba la idea de llevar una máscara. Al mismo tiempo se veía incapaz de cambiar de proceder. No sabía qué tenía que hacer.

—Vale, ¿y qué hago? ¿Cómo me saco la máscara si es lo que han visto de mí toda la vida?

—Da un cierto respeto, ¿no? Pues en el caso de hoy es bien simple.

Solo tienes que decir lo que piensas.

Dilo con cariño, con respeto a lo que ellas han elegido, pero con sinceridad. Es todo lo que necesitas para dejar caer tu máscara y descubrir tu verdadero rostro.

Max dejó pasar un generoso espacio de tiempo, tras el cual añadió:

—Solo las relaciones basadas en la autenticidad son duraderas en el tiempo. Las relaciones en las que yo no puedo ser yo son una tremenda carga, de la que tarde o temprano necesitaré desprenderme. Llevar siempre una máscara con los demás es un ejercicio mortalmente cansado y frustrante.

—Pero tengo miedo de que no les guste cómo soy, que no les guste mi rostro.

—¿Tiene para ti valor la amistad de alguien a quien no le gusta cómo eres?

—No, visto así… no lo puede tener.

—Pues es que no hay otra manera de verlo. Descubre tu verdadero rostro; deja que la gente lo perciba y lo aprecie. Y quienes no lo hagan no merecen ser tus compañeros de viaje.

Ana se quedó pensativa. Intentaba asimilar aquella valiosa lección. De repente le volvió a sonar el móvil. Le había entrado un mensaje de Carmen que decía: “¿Dónde te has metido?”. Tenía que volver, y tenía que volver con una decisión tomada.

Con determinación, le dijo a Max:

—¿Entramos?

—Adelante. Tú primero.

Llegó a la mesa, y tal y como se sentaba les dijo a sus amigas:

—Chicas, rectifico. Lo siento. Os quiero un montón y lo sabéis, pero esta fiesta –una fiesta que me encantará que organicéis y disfrutéis– no va conmigo.

Se hizo un denso y largo silencio, que Carmen rompió para decir:

—Lo entiendo perfectamente, Ana. Y te agradezco y me gusta que tengas la suficiente confianza para decírnoslo.

Y todavía añadió:

—Y perdona por no habernos dado cuenta.

Ana se giró para mirar a Max. Quería –aunque solo fuese con su sonrisa– mostrarle su agradecimiento. Pero la mesa contigua estaba vacía. Y no solo eso: estaba impoluta, con el servicio preparado. Le pareció imposible que alguien hubiera cenado allí esa noche.

No sufras por mí

No sufras por mi

En la concurrida cafetería de la planta baja de su oficina, Tomás tomaba un café con Rebeca. Mientras jugueteaba con el sobre de azúcar que no había abierto, le contaba su situación:

—Hoy me lo han comunicado: no me renuevan el contrato. Dejaré el trabajo a final de mes.

—¡Vaya palo, Tomás! Estarás hecho polvo.

—Bueno... Por un lado me lo esperaba, y además creo que es el empuje que necesito para buscar algo de mi especialidad. En el fondo no me gustaba lo que hacía...

—Ya, lo entiendo, pero ¡pobre! Lo debes de estar pasando fatal. Qué mal me sabe...

Justo en la mesa de al lado, un entrañable anciano no podía evitar escuchar la conversación, al tiempo que disimuladamente escrutaba la expresión de Tomás.

—¿Y qué vas a hacer ahora? –preguntó Rebeca.

—Pues eso, empezar a buscar, pero con calma. Tengo tiempo y quiero buscar algo de lo mío.

—Uf, no sabes cuánto siento todo esto...

Terminaron la conversación y Tomás se fue. Rebeca, que esperaba a una amiga, se quedó en la mesa, pensativa y profundamente afectada. Tras unos instantes, el anciano se dirigió a ella:

—¿Preocupada por tu compañero?

Rebeca se sorprendió por la pregunta, pero pudo ver una mirada cálida y acogedora en el rostro de su interlocutor. Decidió responderle:

—Pues sí, la verdad. El pobre Tomás está hecho polvo y me sabe fatal...

Él, con su aspecto de profesor jubilado, se atrevió a decirle:

—No, no lo está, te lo aseguro. No está feliz, pero tampoco hecho polvo. Lo lleva bien, como él mismo ha reconocido.

—¿Disculpe? ¿Por qué dice eso? Yo he estado hablando un buen rato con él y le aseguro que lo está pasando fatal. Soy una persona empática, sé cuando los demás sufren o les pasa algo.

—No lo dudo, pero ¿qué es lo que te ha dado esa impresión?

—Pues en este caso es obvio: ¿Cómo estaría usted en sus circunstancias?

El anciano sonrió y serenamente le dijo:

—Esa es la clave: que yo no soy él y cómo estaría yo no tiene la menor importancia.

Rebeca se quedó perpleja. Tras quedarse sin palabras unos instantes le dijo:

—¿Me lo cuenta?

—Claro, y déjame que me presente: mi nombre es Max y soy un viejo cliente del local...

—Yo soy Rebeca, compañera de Tomás.

—Verás, Rebeca, no dudo de que seas una persona empática, pero me temo que tu empatía no es exactamente la que te puede ayudar a captar los sentimientos de los demás.

Rebeca, entre nerviosa y molesta, le preguntó:

—¿Puede ser más claro?

—Voy a intentarlo. Verás, hay una empatía que nos permite captar lo que los otros sienten. Es la empatía real. Y hay otra empatía que lo que hace es proyectar en los demás lo que nosotros sentiríamos en sus circunstancias, asumiendo que ellos han de estar sintiendo lo mismo. Es la empatía proyectada.

Rebeca escuchaba, pero su rostro mostraba que no lo acababa de entender. Max le preguntó:

—Rebeca, ¿te da miedo perder tu trabajo?

—Me aterra.

—¿Lo pasarías mal si lo perdieras?

—Me quedaría destrozada.

—Pues me temo que esto es lo que le estás atribuyendo a Tomás, pero no es lo que él siente.

—¿Y qué te lleva a creerlo?

—Tenía a Tomás enfrente. Su mirada era serena, su rostro relajado. Te lo estaba diciendo con sus palabras, pero sobre todo con su expresión: no estaba especialmente preocupado.

—Está muy seguro de eso.

—Completamente. Y no te niego que desde la distancia, física y personal, es más fácil captarlo.

Rebeca empezaba a entrar en el razonamiento de Max, y necesitaba acabar de entenderlo:

—Pero, Max, cuando Tomás me ha explicado su situación, me he puesto en su piel, ¿no es eso pura empatía?

—El problema es que te has puesto en su piel con tus sentimientos, no con los suyos. Empatía es captar con precisión lo que el otro siente, no pensar que siente lo que nosotros sentiríamos en una situación parecida. Eso es pura proyección. Ponerse en la piel del otro significa captarlo siendo él, no siendo nosotros.

Rebeca conectó en profundidad con la idea. Se dio cuenta de inmediato de que en algunas ocasiones había hecho lo mismo. Entendió entonces que algunos intentos de ayudar a los demás habían sido poco fructíferos porque no incidían en lo que los demás realmente sentían. Como si le pudiera leer el pensamiento, Max le dijo:

—Y claro, si no captamos con precisión lo que el otro siente, no podremos ayudarlo de verdad. Ese es el problema.

Ahora fue Rebeca quien sonrió. Convencida con el argumento, le dijo a Max:

—Max, nuestra conversación me ha llevado a un valioso descubrimiento sobre mi empatía. ¿Te puedo invitar al desayuno?

—Me encantaría, pero no he tomado nada.

—¿Me dejarás en la próxima ocasión?

—Sin duda.

Rebeca se levantó para ir a pagar. Aprovechó para preguntarle a José, el camarero:

—¿Conoces al anciano que está en la mesa contigua a la mía?

José se limitó a responderle con otra pregunta:

—¿Qué anciano?

Cuando Rebeca dirigió la vista hacia las mesas, no había rastro de nadie, ni siquiera de que alguien hubiera ocupado aquella silla perfectamente pegada a la mesa. Andaba con la sensación de haber soñado aquella conversación cuando le sonó el móvil; era un mensaje de Tomás: “Rebeca, de verdad que lo llevo bien. Te he visto muy preocupada...”.

"No quiero discutir"

Discutir

Carlos se dirigía al refugio de Max con una mezcla de ilusión y perplejidad. Ilusión por compartir una charla con aquel viejo profesor que ya le había ayudado en las relaciones con su equipo años atrás. Y perplejidad porque llevaba más de tres horas conduciendo para ir a tomar, como él le había propuesto, un simple café.

Con media hora de retraso –encontrar aquel refugio no era tarea fácil– llegó a casa de Max y se lo encontró en el salón, ante dos tazas de café. Se saludaron efusivamente, rememoraron su encuentro anterior y, cuando Max le preguntó cómo estaba, Carlos fue directamente al grano:

–Bueno, ya te comenté por teléfono que tengo problemas con mi pareja. Hasta ahora lo hablábamos todo, fuese lo que fuese, y solíamos conseguir el acuerdo. Pero ahora parece que ya no es posible. Cada vez que tenemos que discutir un tema, se cierra en banda y acabo escuchando invariablemente la misma frase: “no quiero discutir”.

–Es que quizá sea eso, que no quiera discutir.

Pero, Max, las cosas hay que hablarlas, hay que confrontar las opiniones. No me estoy refiriendo a acaloradas discusiones que se convierten en peleas. Te hablo, sencillamente, de mantener cordiales intercambios, de contrastar opiniones...

–Ya me imagino –contiuó Max–. Aun así, me parece razonable que ella no quiera discutir.

–Pero esto nos aboca a un callejón sin salida... ¿Qué debo hacer, entonces?

–Deja de discutir los argumentos, y empieza a dialogar los sentimientos.

La expresión de Carlos reflejaba una total perplejidad, por lo que Max se apresuró a aclararle las cosas:

Carlos, explícame alguna de las discusiones que hayáis tenido últimamente.

–La de ayer mismo... Aunque el tema fue algo banal...

–Te escucho.

–Discutimos sobre si debíamos asistir o no a una cena. Ella insistía en ir. Yo quise hacerle ver que este mes ya hemos ido a tres cenas, y que estoy demasiado cansado. Pero ni me dejó acabar, soltó su inevitable: “No quiero discutir”, y allí acabó todo.

–Y, después de lo que te he dicho, ¿cómo lo resolverías si hablaseis ahora?

–Intentaría explicarle de nuevo mis motivos, añadiendo uno más: el próximo fin de semana tenemos una salida, razón de más para no ir a la dichosa cena.

–A ver, Carlos, ¿por qué no eres realmente sincero e intentas ir al fondo?

Carlos no esperaba esta pregunta, que sin duda no era fácil de responder. Tras una profunda reflexión, dijo:

–Supongo que tengo la sensación de que no pasamos tiempo los dos solos...

–De acuerdo. Entonces cuéntale exactamente esto, que sientes que no pasáis suficiente tiempo los dos solos. No la avasalles con tu batería de argumentos para evitar la cena. Intenta averiguar también qué es lo que ella siente en el fondo, qué hay detrás de su insistencia para asistir a la cena.

Puede que ella tenga la sensación de que siempre acabáis haciendo lo que tú dices o que siempre tienes la última palabra...

Carlos se quedó pensativo. Max, que conocía perfectamente su capacidad y rapidez mental, se atrevió a añadir:

–Verás, Carlos, intenta analizar tu actitud en el diálogo. Seguramente tienes infinitos recursos para resolver cualquier discusión a tu favor. Eres rápido argumentando, hábil defendiendo tu opinión y muy eficaz desmontando la de tu interlocutor. Difícilmente darás tu brazo a torcer... Y tu pareja vive esta actitud con una fuerte sensación de incomprensión.

Carlos estaba profundamente impactado. Haber cogido el coche y hacer ese viaje para tomar aquel “simple café” había valido la pena realmente.

Carlos, abandona los argumentos y confronta los sentimientos. Sé sincero con tu pareja en lo que sientes y preocúpate por percibir sus sentimientos con empatía. Dejaréis por fin de discutir y empezaréis a dialogar.

En el diálogo nunca hay vencedores ni vencidos, porque todos los sentimientos son legítimos.

Apuraron el café en un revelador silencio. Carlos había captado la idea de Max. Reconocía que su habilidad para la argumentación era un lastre para el auténtico diálogo y la cortina de humo perfecta para esconder sus sentimientos.

Aquella misma noche, tras la marcha de Carlos, Max recibió en su móvil un mensaje. Era la foto del salón de la casa de Carlos. Se veía una mesa preparada para dos comensales e iluminada con velas. Acompañaba la foto un breve texto: “Max, empezamos el nuevo camino. Gracias por todo”

Cómo retomar el diálogo

Podremos volver a hablar las cosas si...

  • ...no me desbordas con interminables argumentaciones ni descalificas sistemáticamente mis opiniones.
  • ...dejas de esconderte detrás de los razonamientos y me hablas abiertamente y con sinceridad de tus sentimientos.
  • ...me dejas espacio para contarte lo que yo siento; y si no lo tengo claro, me ayudas a descubrirlo.
  • ...aceptas que los sentimientos son siempre legítimos y, por tanto, indiscutibles y, por ello, ni los niegas ni los juzgas negativamente.
  • ...no quieres tener siempre tú la última palabra, ni vives como una decepción el que no hagamos lo que has propuesto.
  • ...aceptas que, tras el aparente desacuerdo, hay una gran oportunidad de comprendernos, aceptarnos como somos y querernos.

No puedo decirte que no

aprender a decir no

Max había invitado a Roberto a compartir un café. Roberto había trabajado en una gran empresa informática y hacía cuatro años lo había dejado todo para instalarse en el pueblo de Max. Sin embargo, aun siendo vecinos, hacía tiempo que no habían tenido la ocasión de charlar tranquilamente, cosa que ambos añoraban.

Roberto llegó puntual a la cita y, tras una breve conversación, Max le pidió un favor:

—Roberto, estoy teniendo muchos problemas con el ordenador. Ya sabes que la tecnología y yo no nos llevamos demasiado bien, así que te querría pedir si podrías revisarme la instalación...

Solo bastaba ver la cara de Roberto para darse cuenta de su incomodidad; lo que le estaba pidiendo Max no le hacía ninguna gracia. Pero Max, lejos de hacer caso a los gestos que sin duda estaba captando, insistió:

—De hecho, me interesaría no solo que revisaras la instalación sino que me actualizaras también el sistema operativo...

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La cara de Roberto lo decía todo. Pero era incapaz de articular palabra. Se limitó a emitir un casi inaudible “cuando quieras”, con la mirada clavada en el suelo.

Max, plenamente consciente de la tensión que había provocado, le dijo:

—Roberto, hace por lo menos cuatro años que ya no te dedicas a la informática y sé que te horroriza hacer lo que te estoy pidiendo. ¿por qué no te niegas?

—Max, a ti no puedo decirte que no...

—Como tampoco puedes decirle que no a María, ¿no es cierto?

A Roberto se le activaron las alarmas. Entendió que todo era una encerrona y se apresuró a preguntarle a Max:


—¿Cómo lo sabes?

—Tu mujer me lo ha dicho; ella ve que sufres... Roberto se sentó en el sofá, abatido. Y repitió la misma frase:


—Es cierto, Max. Pero a María tampoco le puedo decir que no.

Max, apurando el café, se dispuso a hablar:

—Roberto, ¿y qué tenemos María y yo que te impida negarte a hacer lo que te pedimos?

—Me une a vosotros un vínculo de amistad muy fuerte y también lo mucho que os debo por lo que me habéis ayudado en el pasado.

—Vayamos a la primera parte: precisamente por la amistad que nos une, deberíamos tenernos la suficiente confianza para decirnos las cosas. Con los auténticos amigos no es necesario hacer cumplidos, ¿no te parece?

Roberto escuchaba atentamente. Sentía que Max tenía razón.


—Y en cuanto a la segunda parte... Verás, de los amigos podemos esperar lo que buenamente pueden y desean hacer por nosotros. Pero en la amistad no debería haber un sentimiento de deuda. No hacemos cosas por un amigo para cobrárnoslo tarde o temprano. Quien lo entiende así está confundiendo la amistad con una relación de conveniencia.

—Pero es que a mí me gustaría hacer cosas por ti y por María.

—Lo entiendo. Pero tanto María como yo te estamos pidiendo algo que supone un sacrificio para ti, algo que te resultará complejo de hacer; algo que, mientras para nosotros es aparentemente fácil y menor, para ti será una pesadilla. ¿No es cierto?


—Sí, así es. Ya sabes que estoy completamente desconectado de mi anterior trabajo, y en cuatro años la tecnología ha cambiado mucho. La verdad es que lo que me pides me supone un problema...

—Pues aquí se cierra el círculo. ¿Qué clase de amigo sería si deseara ponerte en un problema? Si lo que te pido es un inconveniente para ti, solo quiero que me lo digas, porque yo no lo sé, o no lo he tenido en cuenta. Un gran indicador de la amistad es cuando podemos decirnos que no el uno al otro de forma clara y sin tapujos.

—Aun así, yo quiero ayudaros. Y hasta cierto punto, aunque sea un problema para mí, me siento en la necesidad de hacerlo...


—Lo entiendo, y te honra. Pero, ¿has pensado hasta qué punto es importante para mí lo que te pido, y qué otras soluciones puedes proponerme? Porque existe el peligro de que se produzca un gran desequilibrio: un enorme esfuerzo por tu parte para algo que yo valoraré más bien poco...

Roberto reflexionaba intensamente sobre todo aquello. Con pequeños gestos afirmativos, indicaba a Max que iba asimilando los mensajes. Apuró la taza de café y levantándose le dijo a Max:


—Querido amigo, gracias una vez más.

Ya desde la puerta, añadió:


—¡Ah! Te llamará mi sobrino: por un precio muy razonable, te hará esa revisión y la actualización. Y lo hará mejor y en la mitad de tiempo que yo.

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Puedes decirme que no...

...si ese “no” es razonable, si tiene una explicación clara que yo comprenderé.

...si me lo dices sin excusas, si siento que me hablas sincera- mente y con la confianza que merece nuestra amistad.

...si me ayudas a encontrar una solución alternativa, que me pueda resolver el problema sin que necesariamente te implique a ti.

...si aceptas de forma natural que yo también tendré un “no” para ti alguna vez.

...si, por no conocer tu realidad actual, no he podido valorar que lo que te he pedido es para ti un problema. De haberlo sabido, no hubiese actuado así.

No me lo merezco

cuento no lo merezco

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Max estaba disfrutando de una agradable velada junto a muchos de sus exalumnos. Se habían reu­nido en un encuentro de promoción mag­níficamente organizado por Roberto, que había tenido la paciencia de convocarlos, perseguirlos y prepararlo todo para que el evento fuese un éxito.

Max charlaba animadamente con Rober­to cuando se acercó una compañera para despedirse de ellos:

—Gracias por todo, Roberto. Si no fuese por ti, esto no habría ocurrido.

Roberto, visiblemente incómodo, respon­dió con un hilo de voz:

—Bueno... en realidad... tampoco he hecho nada especial...

Siguieron charlando hasta que otro compa­ñero, que también se marchaba, interrumpió la conversación para decirle a Roberto:

—Roberto, ¡eres el alma del grupo! Somos muy afortunados de tenerte.

De nuevo, Roberto se mostró incómodo y respondió con evasivas:

—Hubierais hecho lo mismo sin mí...

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Max, que había observado las reacciones de su amigo, le preguntó:

—Roberto, ¿pensabas irte ya?

—No, en absoluto. De hecho, pensaba que­darme hasta que se marchen todos.

—¿Nos tomamos un último café?

Roberto aceptó encantado. Se instalaron en un rincón apartado que Max eligió con la idea de que no los pudieran distraer.

—Roberto, gracias por haberlo preparado to­do con tanto cariño. Tenemos mucha suerte de contar con tu organización.

Roberto respondió impulsivamente:

—¿Tú también, Max? ¿Qué pasa? ¿Os habéis propuesto martirizarme esta noche?

—¿Qué es lo que te “martiriza”?

—Que todos me agradezcáis la fiesta...

—¿Y por qué?

—Porque no me lo merezco.

Max hizo una larga pausa para dejar que Roberto interiorizase aquello que él mismo acababa de decir. Y luego le dijo:

—Roberto, ¿fue tuya la idea de reunirnos?

—En realidad... sí.

—¿Y los llamaste a todos?

—Sí, era la única manera...

—¿Buscaste el local y organizaste la cena?

—Sí, me había comprometido a hacerlo.

—¿Has llegado media hora antes para ase­gurarte de que todo estaba a punto?

—Sí, siempre lo hago.

—Y te quedarás hasta el final para asegurarte de que todo termina bien. ¿Cierto?

—Sí, así me quedaré tranquilo...

—¿Y entonces por qué no puedes aceptar los halagos por todo lo que has hecho?

Se produjo, de nuevo, un largo silencio hasta que Max lo rompió:

—Roberto, nuestra seguridad personal se manifiesta tanto en nuestra capacidad de aceptar las críticas como en la de aceptar también los halagos. Si no vives bien los halagos, si no los recibes con naturalidad y no los disfrutas, es que estás poco convencido de tus virtudes. Y si no acabas de convencer­te de tus cualidades, es que, en el fondo, no te las reconoces.

Es bueno conocer y recono­cernos nuestras virtudes; tenerlas presentes, disfrutarlas nosotros y disfrutar cuando nos las reconocen.

Ser conscientes de nuestras virtudes es un pilar fundamental de nuestra seguridad personal. Todo lo que te están reconociendo tus compañeros es cierto. Tienes una gran virtud para organizar y movilizar a las personas, y hoy todos hemos sido felices y nos lo hemos pasado bien gracias a ella. ¿Te la reconoces a ti mismo?

—En cierto modo, pero lo cierto es que nunca me lo había planteado así...

—Pues empieza a hacerlo. Con esta y con muchas otras virtudes que tienes. Haz inventario de todas ellas, sácalas del armario y déjalas que vean la luz. Tenlas siempre presentes, del mismo modo que tienes presentes –y así me consta– tus limitaciones. Solamente así podrás disfrutar de los merecidos halagos que recibes.

Roberto escuchaba con atención la disertación de Max. Con discreción, un compañero se acercó al rincón que ocupaban y dirigiéndose a Roberto le dijo:

—Amigo, te buscaba. No quería marcharme sin antes darte las gracias. La organización no podría haber sido mejor, y lo hemos pasado realmente bien.

—Gracias por decírmelo, Carlos. Me gusta organizar bien las cosas. Disfruto haciéndolo y me alegro de que la celebración haya sido de vuestro gusto.

Max se levantó con una sonrisa. Poco podía añadir. Tras recoger su chaqueta, le dio un fuerte abrazo a Roberto y se dirigió, con otros exalumnos, hacia la salida.

¡Sí, te mereces mis halagos!

  • Recibe mis halagos sinceros con ilusión, no con incomodidad. Son mi reconocimiento y mi regalo, y quiero que los disfrutes.
  • No te quites méritos. Lo que te estoy reconociendo tiene un gran valor para mí: quizá para ti es fácil, pero yo no sabría hacerlo.
  • Igual que valoras lo que yo hago bien, y me lo reconoces abiertamente, valora también en ti las cosas que haces bien, y reconócelas abiertamente.
  • Si un halago te incomoda, pregúntate por qué: tal vez no te lo reconozcas, o quizá no te lo hayas descubierto aún. Si no te lo reconoces, y el halago es sincero, empieza a hacerlo. Si todavía no lo habías descubierto, súmalo a tu lista de virtudes.
  • Sé que distingues halagos de adulación. La adulación puedes seguir ignorándola. Los halagos los tienes que empezar a disfrutar.

Miopías

miopias

miopias

La cafetería estaba prácticamente vacía a aquella hora de la mañana. Sus propietarias, Rosa y Natalia, tenían una animada conversación mientras ordenaban el mostrador de pasteles:

—No soporto a Juan. Es un arrogante y un prepotente. Y dice las cosas sin ningún tacto.

—Pues a mí me encanta. Precisamente acaba de hacerme el favor de mi vida. Tenía un problemón, le llamé, le pedí ayuda, y en tres minutos lo tenía en casa resolviéndomelo...

—¡Si jamás ha pensado en nadie que no fuera él!

—Pues ya te digo. A mí me parece una persona excepcional.

Tras unos instantes de reflexión, Rosa le preguntó a Natalia:

—¿Estamos hablando del mismo Juan?

En aquel preciso instante se oyó una voz que provenía de un extremo de la barra:

—Sí, probablemente...

Natalia y Rosa lanzaron una incisiva mirada al autor de aquella afirmación, un hombre mayor, al que no recordaban haber visto entrar y que, devolviéndoles la mirada, les dedicaba una cálida sonrisa. ¿Quién era? ¿Y por qué se metía? ¿Conocía quizás a Juan y habían estado hablando de él de forma imprudente?

El anciano las tranquilizó enseguida:

—Me llamo Max, y lo cierto es que no he podido evitar escucharos. No conozco a Juan, pero por vuestra conversación me imagino lo que os está sucediendo, y me gustaría poner un poco de luz a vuestro debate si tengo vuestro permiso.

Natalia, casi divertida, le lanzó un animoso “¡Adelante, te escuchamos!”. Y Max les dijo:

—Veréis, todos tenemos rasgos de eficacia, que nos ayudan a funcionar bien como personas y en nuestras relaciones nos acercan a los otros, y rasgos de ineficacia, que nos distancian de los demás. Lo fundamental es entender que todos, sin excepción, tenemos ambas listas.

Natalia y Rosa escuchaban con atención. Max continu�� sus explicaciones.

—Cuando alguien nos cae bien, tendemos a ver de esta persona, y de forma prioritaria, sus rasgos de eficacia. Sin embargo, cuando alguien nos cae mal, son sus rasgos de ineficacia los que destacan con fuerza. En ambos casos estamos siendo miopes...

—¿Miopes? –dijo Natalia–. No te sigo...

—Sí, es una particular forma de miopía, porque no estamos viendo a la persona en su totalidad. Una parte de ella, la positiva si nos cae mal o la negativa si nos cae bien, se vuelve invisible, y el retrato que nos hacemos de la persona no es real.

Rosa no pudo evitar la protesta:

—¡Pues yo considero que mi retrato de Juan es totalmente real! Es un mandón y siempre quiere tener la razón...

—... y esta puede ser una parte de él, pero solo una parte. Esa es la miopía a la que me refiero. Y lo importante es que esta miopía nos complica mucho las relaciones.

Natalia y Rosa se miraron algo confundidas. Aunque seguían los razonamientos de aquel desconocido, no acababan de entender lo que les estaba transmitiendo. Max, consciente de ello, se apresuró a continuar:

—Veréis, cuando nos relacionamos con alguien desde la visión de sus rasgos de ineficacia, llevamos escrito en la frente lo que pensamos de esa persona. Nos relacionamos con ella desde esa visión y, por lo tanto, pocas cosas buenas podemos esperar. Le estamos diciendo al otro constantemente (desde nuestro tono, nuestra expresión y nuestros gestos) que no nos cae bien. De este modo, difícilmente nos va a responder desde sus rasgos positivos. Estamos, sin saberlo, sacando lo peor de esa persona por la manera en que la abordamos.

—¿Y si es a la inversa? ¿Si vemos principalmente sus rasgos de eficacia, también es un problema?

—Es un problema menor, sin duda, pero también lo es. Porque recordad que todos tenemos ambas listas. Si de una persona solo vemos sus rasgos de eficacia, cuando tenga un mal día, cuando salga alguno de sus rasgos de ineficacia, que también los tiene, nos decepcionará profundamente. Viviremos una de esas situaciones en las que pensamos: “¡Pero ¿cómo has podido hacer esto? ¡Tú!”.

Rosa y Natalia iban interiorizando las explicaciones de Max y empezaban a conectar el sentido de todo ello con sus diferentes percepciones de Juan. Rosa tomó la palabra para preguntarle:

—Así, en mi caso, ¿crees que podría cambiar mi relación con Juan?

—El proceso requiere dos pasos: el primero es desprenderte de tu miopía en relación a él y, por tanto, recomponer su retrato. Tienes muy claros sus rasgos de ineficacia. Lo que necesitas es redescubrir sus rasgos de eficacia, pensar qué es lo que Juan tiene de positivo y que hace tanto tiempo que no estás reconociendo.

—No lo veo fácil, pero lo intentaré. Si lo consigo, ¿cuál es el segundo paso?

—Relacionarte con él reconociéndole alguno de esos rasgos positivos. Tiene que ser algo absolutamente sincero, no fingido. Mostrarle que valoras esa parte de él de verdad.

—¿Y qué reacción puedo esperar?

—Con toda probabilidad él acabará haciendo lo mismo contigo, recomponiendo su retrato de ti...

Las dos amigas estaban sorprendidas. ¡La estrategia tenía sentido! De hecho, reconocían que ellas mismas, siendo muy distintas, habían logrado una magnífica relación. Algo que habían hecho por pura intuición, valorarse una a otra con toda su complejidad, era sin duda el secreto para desprenderse de esas miopías.

El pitido del horno las sacó de sus elucubraciones. Ambas se dirigieron a la cocina para sacarle a Max alguna pieza de bollería recién hecha y agradecerle así sus reflexiones. Sin embargo, al salir de nuevo, se encontraron la barra vacía. Ningún indicio hacía pensar que alguien hubiera estado allí aquella mañana.

Mi espacio de protección personal

Protección  ante las críticas

En la barra del bar, Pepe y Antonio comían un menú rápido antes de volver a la oficina. Al lado de ambos, un hombre mayor tomaba un café, mientras hojeaba sin demasiado interés las páginas de un periódico. Inevitablemente le llegaban fragmentos de la conversación que mantenían Pepe y Antonio a su lado.

…eres un desastre y no vas a cambiar…

…haberlo pensado antes, como siempre te has precipitado…

…estás equivocado, y, además, no soy el único que lo piensa…

si pusieras un poco más de atención las cosas te irían de otra forma...

Estos y muchos otros eran los comentarios que Pepe le estaba lanzando a Antonio sin tregua. En un momento determinado, Pepe se levantó y se despidió, y Antonio se quedó apurando su café, con cara de circunstancias y un cierto abatimiento después de recibir todos aquellos ataques.

El hombre mayor cerró el periódico y, al notar que su mirada se cruzaba con la mirada de Antonio, le dijo:

–Por lo que me ha parecido oír, te ha tocado una buena sesión de reproches

Antonio se quedó parado. ¿Cómo aquel hombre, al que no conocía absolutamente de nada, le decía aquello? El hombre lo notó, y se apresuró a añadir:

–Disculpa si te he incomodado. Me llamo Max, y soy cliente asiduo del bar. Te he hecho este comentario porque me llegaba vuestra conversación sin que pudiera evitarlo. Y me ha dado la sensación de que te quedabas tocado

Antonio se relajó. La sonrisa franca de aquel hombre hacía imposible que se tomase mal su injerencia. Entró de inmediato en la conversación.

–Yo soy Antonio, y sí, es cierto, no me han sentado nada bien los comentarios de mi compañero. La verdad es que ni hoy ni nunca, porque siempre hace lo mismo, y siempre me sienta igual de mal.

–Esto te pasa por tener tantos agujeros en la coraza…

–¿Perdón?

–Sí, tienes la coraza llena de agujeros, y claro, todas las flechas te alcanzan en el pecho.

Antonio estaba alucinado. ¿De qué iba todo aquello? Picado por la curiosidad, le dijo:

–Pues tendrás que contármelo porque no me estoy enterando de nada.

–¿Versión corta o versión larga?

–Corta, me temo. Entro a trabajar en diez minutos…

–Verás, en el mundo en que vivimos, estamos expuestos a todo tipo de comentarios por parte de todo el mundo. El primero que pasa nos lanza una flecha, en forma de reproche, de comentario sarcástico, de opinión o incluso de insulto.

Es por esto que necesitamos construirnos una buena coraza que nos proporcione un espacio de protección personal. Con esta coraza nos protegemos de todas estas flechas.

Si la coraza está en buen estado, las flechas que nos lanzan nos llegan hasta ella, y allí se detienen. Esto quiere decir que lo que nos digan no nos impacta directamente y lo podemos escuchar –y valorar– sin dolor.

Pero cuando la coraza tiene agujeros, cuando está debilitada en algunas zonas, estamos expuestos a que esas flechas la traspasen y nos impacten directamente, haciéndonos daño. Esto significa que lo que nos dicen nos llega dentro e inevitablemente nos provoca dolor.

–…y crees que mi coraza tiene agujeros.

–Sí, pero no es que yo lo diga, es que me lo dices tú cuando me afirmas que te quedas dolorido cuando te dice estas cosas.

Antonio escuchaba a Max con atención. Algo le decía que todo aquello tenía sentido, pero no lo acababa de ver. Le preguntó:

–Max, ¿no es inevitable que te duela cuando alguien te dice algo malo?

–Depende.

–¿Depende de qué?

–De lo que tú pienses…

Max jugaba con Antonio. Notaba que le interesaba su tesis, y se permitía hacerle bailar un poco la cabeza. Tras un silencio, continuó:

–Vayamos a alguno de los ejemplos de tu compañero. Te ha dicho que eres un desastre y que no vas a cambiar nunca. Mi pregunta es: ¿Piensas eso de ti mismo?

–No, la verdad. Algunas cosas las puedo hacer mejor, pero no considero que sea un desastre. Y he cambiado muchas cosas en todo este tiempo.

–Pues esa flecha no te ha de doler.

–No lo veo tan claro… porque lo cierto es que me duele.

–Es su opinión, y sin duda tú sabes más de ti que él.

-¿Y si me equivoco en mi propio juicio?

-¿Y si es él el que se equivoca, y no te estás dando cuenta?

Antonio estaba aturdido. Aquello le resultaba demasiado chocante.

–Verás, Antonio, cuando nos dicen algo, no tiene por qué ser una verdad. Es la verdad del que nos lo dice. Y nosotros tenemos la nuestra. No tenemos por qué aceptarlo. La coraza nos para la flecha delante de nuestras narices y nos deja observarla.

Si llegamos a la conclusión de que lo que nos dicen es cierto, la flecha nos impactará. Y habrá algo de dolor, porque hay algo de razón en esa flecha. Pero si creemos que no es cierto… la flecha no va para nosotros. La coraza la para y caerá al suelo, sin hacernos ni un rasguño.

–Es una visión muy clara, pero difícil de llevar a la práctica.

–Solo si la coraza tiene agujeros...

Aquel comentario ya pasaba de la raya. Antonio, entre desesperado e inquieto, le soltó:

–¡Vale! Volvemos a la misma historia. Pues suéltalo ya: ¿Qué es esa famosa coraza que yo tengo tan maltrecha?

–Esa coraza tiene un nombre: autoestima.

Fue como una revelación. Antonio se quedó clavado. Tenía todo el sentido del mundo. En los últimos años cada vez creía menos en él y le afectaban más las opiniones de los demás. Cada vez tenía menos coraza, y más flechas le llegaban a impactar de forma directa.

Habían pasado los diez minutos, y además Antonio tenía la sensación de que ya estaba todo dicho. Lo que le quedaba era su trabajo personal para ir ganando autoestima y tapando agujeros de la coraza.

Agradecido, se dirigió a la caja con la intención de pagar su comida e invitar a Max, ya que sentía que le había sido de gran ayuda. Pidió la cuenta a Joaquín, el encargado del bar, y le pidió que añadiese la consumición de su acompañante.

Joaquín, entre divertido e intrigado, le preguntó:

–¿De quién me hablas? Llevas un buen rato solo en la barra…

Lo que me digo a mí mismo

Dialogo interno

La barra de la cafetería estaba llena. Eran las ocho y cuarto de la mañana y la gente tomaba su primer café; unos leyendo el periódico, otros (la mayoría) consultando su móvil. Una mujer de unos cuarenta años, leía un mensaje del móvil cuando, de repente, soltó un audible suspiro y dijo en voz alta:

—Es que soy un desastre…

A su lado, un señor mayor que saboreaba plácidamente su café, le miró a los ojos. Ella, agobiada, y dándose cuenta de que había hablado sola, desvió su mirada y se puso de nuevo a mirar el móvil. Al cabo de un rato, la situación se repitió, y la mujer, de nuevo en voz alta, dijo:

—Ufffff... ¡Nunca lo conseguiré!

Su vecino de barra, con una serena sonrisa, volvió a mirarla a los ojos, y esta vez no solo la miró, sino que, con sumo respeto, le dijo:

—Es probable que no lo consigas, sobre todo si eso es lo que te dices…

Ella lo miró con extrañeza: ¿cómo se atrevía aquella persona a meterse con ella? Pero la limpia mirada que se encontró ante ella le hizo cambiar de actitud. Relajando los hombros en señal de rendición, le dijo:

—¿Me lo cuentas?

—Claro, me encantará. Pero antes déjame que me presente. Mi nombre es Max, y soy un viejo profesor…

—Yo soy Ingrid, y soy una frustrada aspirante a ejecutiva.

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—Ya volvemos a estar en lo mismo –se lamentó Max, aunque con una tierna sonrisa–. Verás Ingrid, llevamos cinco minutos juntos en esta barra de bar, y en estos cinco minutos te has machacado a ti misma ya tres veces. ¿Eres consciente de lo que te dices?

Se hizo un espeso silencio, que Max respetó, y que finalmente Ingrid rompió para decir:

—No me lo había planteado nunca. Pero en cualquier caso no considero que me esté machacando. Digo lo que pienso de mí misma. Ni más ni menos.

Max se dio cuenta de que lo que quería transmitirle a Ingrid no iba a ser fácil, así que cambió de hilo argumental. Le preguntó:

—Ingrid, ¿cómo eres con los demás?

—¿A qué te refieres?

—Cuéntame, la gente de tu alrededor... ¿cómo piensan que eres?

Ingrid, que no sabía muy bien a dónde quería ir a parar Max, se tomó unos instantes para pensar. Finalmente respondió:

—Tengo fama de ser muy transparente, y a veces me dicen que soy un poco dura, que siempre digo lo negativo.

Max tenía lo que quería. Mirando a Ingrid directamente a los ojos le dijo:

—Tan dura y negativa como eres contigo. Ni más ni menos.

Ingrid recibió el mensaje con impacto. Pero Max se dio cuenta de que no acababa de entenderlo. Así que se apresuró a contárselo.

—Ingrid, tratamos a los demás como nos tratamos a nosotros mismos. Lo que me digo a mí mismo es lo que me permito decir a los demás. Si me digo que soy un desastre, poco me costará decir lo mismo a alguien de mi entorno. Si me digo que no lo conseguiré, poco me costará decírselo a otro.

Escuchar nuestro diálogo interno es fundamental para descubrir cómo nos tratamos, y para tomar consciencia de cómo probablemente tratamos a los demás…

Ingrid recibía las palabras de Max como una auténtica revelación. De repente, en su cabeza, muchas piezas empezaban a encajar. Entendía por qué a veces decía a los demás cosas que le sorprendían a ella misma, y que no le gustaban. Entendía por qué a veces, sin quererlo, machacaba a los demás. Pero había una pregunta fundamental todavía no resuelta para ella.

—Max, te compro el argumento. Pero ¿cómo me escucho a mí misma? Yo no era consciente de lo que me estaba diciendo esta mañana. Solo de lo que he dicho en voz alta, pero no ando hablando sola por el mundo todo el tiempo…

—Ingrid, no se trata de lo que dices en voz alta y que los demás podemos escuchar. Se trata de todo lo que te dices internamente. De tu voz interior.

—Pero no me doy cuenta…

—Porque no pones consciencia en ello. Déjame que te eche una mano: esta mañana, cuando has dicho en voz alta “soy un desastre”, ¿qué había sucedido?

—Pues que he leído un mensaje de mi jefe que me decía que había un error en un documento que le pasé ayer…

—Y cuando has dicho “nunca lo conseguiré” ¿qué había ocurrido?

—Que no me han aceptado en un curso que quería hacer.

—Bien, pues esos son uno de los momentos clave en los que puedes tomar consciencia de tu diálogo interno: cuando algo sale mal. Te puedes decir “soy un desastre”, o te puedes decir “la próxima vez me saldrá mejor”. Como te puedes decir “nunca lo conseguiré”, o decirte “a la próxima estoy dentro”. Y esto es lo que marca la diferencia.

Ingrid escuchaba con atención. Max se percató de ello y continuó:

—Si quieres tomar consciencia de tu diálogo interno escúchate en tres momentos fundamentales:

  • Cuando algo te sale mal
  • Cuando algo te sale bien
  • Al empezar el día

— Estos son tres momentos que te harán ser muy consciente de lo que te dices a ti misma. De esta manera podrás aprender a escucharte siempre, en todo momento.

Ingrid cerró los ojos unos instantes, pensando en lo que se había dicho al comenzar el día. Lo recordó, y no le gustó... No era un mensaje alentador, ciertamente. Max interrumpió su ensoñación para preguntarle:

—¿Qué estás a punto de decirte?

—Que esto es muy revelador pero también va a ser muy…

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Ingrid iba a añadir un “difícil”, pero cambió al instante:

—Que es muy revelador y que lo voy a conseguir. Y que esto cambiará muchas cosas en mi forma de tratar a los demás.

Max sonrió complacido. Ingrid, encantada, se levantó de la barra y se fue directa a la caja. Quería adelantarse e invitar al desayuno a su recién conocido maestro Max, que tan generosamente le había regalado un conocimiento vital para ella.

Le indicó al camarero que quería pagar su café y el de su acompañante. Pero el camarero no podía entenderlo. Porque al lado de Ingrid no había nadie, no había más que un taburete vacío.

¡Mándame un whats!

mandame-un-whats

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Laura y Carmen salían de una reunión de padres y madres en el instituto. Ambas con hijos de 15 años terminando la ESO, discutían sobre algunas de las recomendaciones que les habían dado sobre las redes sociales.

—Reconozco que mi hija está enganchada a WhatsApp. Se pasa horas chateando con sus amigas haciendo ver que estudia...

—Mi hijo igual. Está pendiente del móvil a todas horas. Estoy por requisárselo en cuanto llegue.

Víctor, padre también de una adolescente, se unió a la conversación:

—Lo de WhatsApp debería cortarse por lo sano, porque mucho contacto y mucho mensaje, pero en el fondo les está incomunicando. WhatsApp está haciendo que se vean menos y esto no puede ser bueno. Si lo hubiéramos tenido nosotros a su edad, probablemente hoy no tendríamos las relaciones de amistad que tenemos...

Discretamente, un hombre mayor al que no conocían se acercó al grupo y con voz cálida y respetuosa afirmó:

—... O quizá las tendríamos mejores.

Los tres se giraron hacia él. ¿De dónde salía? Obviamente, no era un padre de la escuela... ¿Alguien del personal administrativo? ¿Quizá un antiguo profesor? El hombre, al ver que había captado su atención, se lanzó a decir:

—Yo soy el primero que me asusté con WhatsApp y, a mi edad, podéis imaginar que me costó comprenderlo. Enseguida pensé en los jóvenes y en cómo se incomunicarían si solo se relacionaban por el famoso chat. El sentido común me decía que no podía ser bueno. Pero decidí investigar un poco y, junto a las lógicas prevenciones que hay que tener, descubrí informaciones fascinantes que cambiaron mi percepción.

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La curiosidad se palpaba en el ambiente y Laura le preguntó:

—¿Compartirías algunas con nosotros?

—Claro que sí. Algunas son puramente científicas, como el hecho de que las relaciones por las redes tienen el mismo efecto neuronal que las relaciones en vivo. Disparan la oxitocina igual que las relaciones cara a cara. Y la oxitocina es un potente neurotransmisor vinculado a la generosidad y a la confianza.

Las caras de perplejidad del grupo eran patentes. El anciano continuó:

—Otras son más sociológicas, como el hecho de que las redes proporcionan a los adolescentes un ámbito de libertad de comunicación que les permite decirse cosas que ni nosotros nos decíamos ni ellos se dirían probablemente cara a cara. Me refiero a pequeños halagos, algún piropo y mensajes de cariño o agradecimiento.

—Me sorprende lo que dice, y está bien saberlo. Pero me sigue asustando que estén enganchados. ¿Qué ocurre con la adicción?

—Existe, como en cualquier tecnología, y contra ella sí que es bueno luchar. Todos los beneficios pueden venirse abajo si hay un exceso de uso. Y ahí es donde los padres tenéis un papel fundamental, pero que solo ejerceréis en la justa medida si comprendéis también sus beneficios.

Laura miraba incrédula al sorprendente personaje. Él decidió continuar:

WhatsApp y en general las redes sociales, bien usadas, matizan y enriquecen las relaciones. Son un magnífico preámbulo para el encuentro cara a cara, que será una fértil experiencia porque partirá de una base sólida. Tenemos que ver su uso como un posible aumento y una oportunidad de mejora de las relaciones, teniendo presente que nunca debe sustituir al contacto real. Visto así, puede ser una gran ayuda para los adolescentes en un momento crucial de creación de vínculos afectivos y definición de su identidad.

Los tres padres reflexionaban atentos. Aquellas explicaciones les estaban cambiando algunos esquemas. Aunque seguían siendo conscientes de los peligros, entendían y aceptaban la visión constructiva que aquel desconocido con pinta de antiguo profesor les estaba dando. Víctor, el más crítico al inicio, le preguntó:

—¿Y qué pasa con los adultos? ¿Qué tenemos que hacer con WhatsApp?

—Primero, conocerlo, y conocerlo bien. Debemos experimentar cualquier tecnología que esté al alcance de nuestros hijos antes de sacar conclusiones. Y en cuanto a la utilidad para vosotros, juzgad por vuestra experiencia...

—Reconozco –se apresuró a afirmar Víctor– que WhatsApp favorece nuestra vida social. A mí personalmente me ha ayudado a revivir muchas relaciones adormecidas, o a recuperar contactos perdidos, cosa que me ha encantado. El mismo grupo de WhatsApp que compartimos nosotros lo demuestra. ¿O es que alguien piensa que hubiéramos podido organizar la última cena juntos con tanto éxito sin él?

El grupo había cambiado de energía. De las duras críticas iniciales lanzadas hacia sus hijos, habían pasado a una visión muy distinta de las cosas. No olvidaban la prudencia, y mantenían un cierto miedo, pero habían contactado con el valor de estas herramientas cuando son bien usadas. De forma discreta, se miraron con complicidad y Carmen sugirió:

—¿Qué tal una cervecita con el maestro? Creo que le debemos un pequeño agradecimiento. A mí me han ayudado sus reflexiones.

Asintieron y se giraron para invitarlo; sin embargo, como por arte de magia, el hombre había desaparecido. Tuvieron que conformarse con aceptar que probablemente había iniciado el camino a casa sin que ellos lo hubieran visto.

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Carmen se despidió; era tarde. En su móvil apareció un mensaje que desencadenó un diálogo:

—Mamá, ¿llegas? Te estamos esperando...

—¿Ahora me echáis en falta?

—No, es por la cena, me muero de hambre... bueno, va, un poquito sí.

Aquel hombre tenía razón. Algunos mensajes no solo ayudaban a las relaciones, sino que además tocaban muy adentro.

Invisibles

invisibles

invisibles

David salió de su despacho en dirección a los ascensores. Acababa para él una larga jornada de trabajo. Con la cabeza ya en la cena que tenía aquella noche, cruzó velozmente el pasillo, la recepción, llegó al vestíbulo y pulsó el botón de llamada.

Entró en el ascensor con tanta energía que casi atropella a un hombre mayor que se encontraba dentro.

—Disculpe, no lo había visto.

El hombre, sin atisbo de acritud ni censura en su tono, le contestó:

–Ni a mí, ni a unos cuantos más hoy, me temo.

David lo miró con sorpresa. ¿A qué venía aquel comentario? No sabía cómo tomárselo. Bajaron en completo silencio: David mirando al suelo y el hombre mirando a David con una tierna sonrisa en la cara.

David no se podía quitar de la cabeza el comentario porque, más allá del hecho puntual, le conectaba directamente con algunos problemas que había estado teniendo últimamente con su gente. El ascensor llegó a la planta baja y se abrieron las puertas.

David cedió el paso al hombre y cuando se dirigían a la puerta exterior del edificio, en un impulso que no sabía explicarse muy bien, le dijo:

—¿Tiene diez minutos para una cerveza?

—Sí, encantado. Mi nombre es Max.

—Yo soy David.

Entraron en un bar. David pidió dos cañas.

—Max, podría decirle que me ha sorprendido el comentario, pero de hecho ha sido más que eso: me ha incomodado. ¿Qué me ha querido decir?

—Creo que quería decirle literalmente lo que he dicho: que hoy ha habido mucha gente a la que, como a mí, de entrada no ha visto.

—¿De qué gente me habla?

—De algunas de las personas con las que se ha cruzado saliendo de su despacho, de la recepcionista, del señor que reparaba la luz de la planta en la que esperaba el ascensor...

David se quedó pensativo. Lo que Max le estaba diciendo era totalmente cierto. De hecho, él no hubiera podido confeccionar esa lista porque, efectivamente, no había visto a esas personas.

Y lo más importante era que aquella constatación le llegaba tras varias acusaciones de personas muy cercanas de que parecía que “no existían para él”. Enseguida le preguntó:

—Max, no he visto a esas personas y mi entorno se queja de que hago lo mismo con ellos. ¿Qué sentido tiene para usted todo esto?

—Verá, David. Todos sin excepción tenemos a nuestro alrededor un buen número de invisibles. Personas a las que no prestamos atención, que nos pasan desapercibidas y, por tanto, es como si no existieran. Todos tenemos nuestra particular lista en la que puede haber familiares, conocidos, vecinos, compañeros de trabajo o personas con las que nos cruzamos a diario.

—¿Y por qué nos pasa esto?

—Puede haber muchos motivos: las prisas, que andamos con la cabeza en otro sitio... y no nos ayudan los móviles ni los artilugios a los que estamos permanentemente conectados. Es como si las borráramos de nuestro campo visual. Con las consecuencias que esto tiene para ellas...

—¿Que son...?

—Pues que sienten lo que usted ha descrito: que no existen para nosotros. Y esto es muy duro.

David reflexionaba sobre lo que su acompañante le decía. Este le lanzó un reto:

—Piense por un instante en el día de hoy: ¿con cuántos invisibles se has cruzado?

Hizo el ejercicio. Se vio abriendo la puerta de casa con prisas por la mañana. Andaba justo de tiempo. Recordó haber bajado la escalera y haberse cruzado con un vecino que sacaba a pasear al perro. Al llegar a la planta baja había salido en puro piloto automático hacia la calle. No había visto al portero, que debía de estar en la entrada de la finca. Había pasado por delante del quiosco contestando correos en su móvil... Desistió de continuar.

—Me temo que tengo muchos invisibles alrededor. ¿Cómo empiezo a reducir esa maldita lista?

—Abriendo bien los ojos. Teniendo la cabeza aquí y ahora. Y compartiendo una comunicación básica de cordialidad que no nos tendríamos que saltar nunca. Un buenos días, un hasta mañana, fórmulas sencillas que simplemente hacen que los demás capten que hemos reparado en ellos y que están bien presentes para nosotros.

No se trata de tener grandes conversaciones, una simple mirada a veces es suficiente

—¿Esta recomendación vale para todos?

—Sí, y será bueno adaptarla al nivel de complicidad de cada caso.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Pues que con las personas más cercanas podemos ir más allá; un comentario que para ambos tenga sentido será más efectivo...

—¿Y qué me dice del tiempo? No me sobra precisamente...

—Ni le faltará por culpa de esta pequeña comunicación, se lo aseguro. No se trata más que de tener la sensibilidad de no andar ignorando a los demás. El tiempo, en este caso, es una excusa.

David coincidía. Si se escudaba en la falta de tiempo, estaría siendo poco honesto consigo mismo. Lo tenía claro, tenía que cambiar de rutina. Abrir los ojos a su entorno y no dejar la pequeña comunicación de lado.

Su entorno se la reclamaba y la idea de hacerlos invisibles le horrorizaba ahora que había comprendido este término. Él había experimentado, como probablemente todo el mundo, la sensación de haber sido invisible para alguien... y no le había gustado.

Pagó las cervezas y salieron del bar. David lanzó una pregunta:

—Por cierto, ¿cómo ha podido saber de todos a los que he hecho invisibles al salir del trabajo? ¿Me seguía acaso?

Se giró para escuchar la respuesta de Max, pero este había desaparecido.

Se encontró sin compañía... y con la mirada divertida de un transeúnte que lo había pillado hablando solo.

Escuchar a los abuelos

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Viernes por la tarde. En un banco de una plaza, Mónica, Natalia y Eva, tras salir del instituto, charlaban animadas sobre los planes del próximo fin de semana:
–¿Quedamos mañana para tomar algo?
–Yo sí, perfecto. Mónica, ¿te apuntas?
–Me encantaría, pero me toca residencia.
–¿Residencia?
–Sí, tengo que ir a ver a mi abuelo. Pasaré toda la tarde.
–Ufff... –comentó Natalia–, menudo palo.
–¿Pero está bien? –preguntó Eva.
–Sí, sí, perfecto. Pero es que ¡imagínate!, tiene ochenta y cuatro años. Tenemos poco de que hablar…

Desde el banco contiguo, oyeron una voz que les decía:
–Pero sí mucho que escuchar.

Las tres amigas se quedaron perplejas. No habían visto llegar al hombre mayor que se había sentado en ese banco y que, sin levantar la mirada de su periódico, les había hecho ese comentario. Algo molesta porque se había metido en su conversación, Eva le dijo:
– ¿Defendiendo a su generación?
– No, defendiendo vuestro aprendizaje.
–Pues será que tengo mucho que aprender de un octogenario que no sabe ni lo que es un whats –dijo Mónica.

–No, no aprenderás de redes, por supuesto. Pero sí podrías aprender mucho de tu vida.

Aquella frase llamó la atención de las tres amigas, que lo invitaron a continuar:
–Cuéntenos.
–Dejadme que me presente: mi nombre es Max y lo que quiero compartir con vosotras es por vosotras, no por mí ni por mi generación.
–¡Le escuchamos!

–Cuando tenía vuestra edad, yo era un alumno mediocre, sin mucho interés por los estudios. Pero mis padres se empeñaron en que fuera a la universidad. En el segundo año quise dejarlo. Mis padres lo aceptaron, pero una noche mi abuelo se presentó en mi habitación y me dijo: “Max, cuando tu padre tenía tu edad, le encantaba estudiar. Quería ser arquitecto. Pero nos pilló la guerra. Tuvimos que exiliarnos y no pudo continuar sus estudios.
Al acabar la guerra, cuando pudimos volver, tuvimos que empezar de cero. Tuvo que buscarse un empleo y ponerse a trabajar para contribuir al sustento de la familia, olvidándose de su sueño de ser arquitecto”.

Esa conversación dio sentido a la insistencia de mis padres para que estudiara, y al esfuerzo económico que hacían. Me volqué en la carrera, y no solo me licencié sino que acabé siendo profesor de mi misma universidad.

Pero sin haber conocido esa historia, probablemente todo eso me lo hubiera perdido.

Las tres amigas se quedaron profundamente impactadas por la historia. Max lo aprovechó para continuar:
–Es difícil dar sentido a muchas cosas de la vida si no conocemos nuestra historia. Y no podemos conocerla si no escuchamos a los mayores.
Las historias de nuestros abuelos son fundamentales para entender y dar sentido a mucho de lo que nos ocurre, y a menudo estamos tan llenos de actividades y tenemos a nuestro alrededor tantas distracciones que no nos paramos a escucharles.

Mónica estaba repasando mentalmente las visitas a su abuelo y se daba cuenta de que se las pasaba chateando por whatsapp o escuchando música. Max continuó:
–Nuestro pasado como personas y como familia da sentido a nuestro presente. A veces no tenemos ni idea de qué experiencias vitales hay detrás de los valores que compartimos, o no sabemos ni quién ni cuándo se construyó la casa en dónde vivimos. Y es difícil valorar las cosas del presente y entender las relaciones del presente sin conocer de dónde vienen.

La vida en directo que hoy vivimos ignora nuestra historia. Nuestras historias. Y esto nos empobrece como personas.

Las tres amigas escuchaban con atención. Reconocían abiertamente que sabían muy poco de las historias de sus familias, y que en efecto muchas veces se habían preguntado el porqué de algunas decisiones de sus padres o de algunos episodios de sus vidas.

El discurso de Max tenía todo el sentido del mundo. Eva, sin embargo, quiso interpelarlo:
–Pero, Max, me reconocerá que vivimos otra realidad. Tenemos móviles, estamos conectados, sabemos menos de nuestro pasado pero sabemos mucho más de todo.
–Sin duda, pero el presente necesita un pasado para entenderse. No tiremos el móvil, no nos desconectemos de Internet, pero escuchemos más a nuestros abuelos. A los abuelos en general.

Es un gran aprendizaje vital. Y el riesgo de no hacerlo es que hay un montón de sabiduría que cuando los perdamos se habrá ido con ellos.

Mónica se quedó con la mirada perdida. Estaba imaginando la visita de ese sábado. Se le ocurrían un montón de preguntas para hacerle a su abuelo. Max intuía su pensamiento y añadió:
–¿Sabes, Mónica? Escuchando más a tu abuelo aprenderás mucho, no lo dudes, pero es que además a él le estarás haciendo un enorme regalo.

Laura, una cuarta amiga, apareció de repente. Mónica iba a presentarle a Max, el enigmático hombre mayor que les estaba dando aquella lección de vida. Sin embargo, al dirigir su mirada al banco contiguo no encontró más que un periódico abandonado.

Hablar de corazón

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Habían pasado varias semanas desde la noche en que Max reunió a Marta, Alberto y Clara para anunciarles su marcha. Les lanzó entonces el reto de descubrir las habilidades básicas para construir buenas relaciones con los demás. Max les había prometido guiarles en el proceso, y así lo había hecho con Clara en el descubrimiento de la primera habilidad: la escucha. Sin embargo, los tres amigos no habían vuelto a tener noticias de su viejo amigo.

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Marta se preguntaba si Max, inmerso en su nueva etapa profesional, habría olvidado su compromiso. Pero aquella noche, cuando llegó a casa después de una larga jornada de trabajo, encontró un críptico mensaje de Max. Decía: “Lo que tú has escuchado no es lo que yo tenía la intención de decir. Pero, para nuestra relación, lo que cuenta es lo que tú has escuchado”.

La primera reacción de Marta fue de total desconcierto. Sabía que, con aquel enigma, Max la retaba a descubrir la segunda habilidad necesaria para las relaciones interpersonales. Pero no entendía en absoluto el sentido del mensaje. Lo único que tenía claro es que le había tocado a ella el papel de interpretarlo.

Marta se encontraba inmersa en un conflicto con una compañera de trabajo y, precisamente aquella tarde, habían tenido un tenso desencuentro en el curso de un torpe intento que había hecho ella por resolver las cosas. Lo que le había ocurrido aquella tarde era precisamente lo que Max describía en su mensaje: ella se había dirigido a su compañera con la intención de darle un mensaje de reconciliación, pero ella había captado un mensaje de enfado.

Entre lo que Marta había querido decir y lo que su compañera había escuchado, había una notable diferencia. Y, sin duda, lo que de verdad contaba era lo que su compañera había escuchado.

¿Qué había pasado? ¿Por qué no había sido capaz de comunicar a su compañera lo que le quería decir? Tras un largo rato reviviendo todo el proceso, Marta se dio cuenta del problema: había ido a hablar con ella estando aún profundamente enfadada, y el enfado había salido a la luz en el curso de su conversación.

¿Y por qué había ido a hablar con ella en ese estado? La respuesta era fácil: porque no se había dado cuenta de que en su interior continuaba profundamente enfadada. Lo reconocía ahora que revivía la película de todo lo ocurrido, pero no había sido en absoluto consciente de ello en aquel momento. No había sido capaz de contactar con lo que sentía, y por ello aquel sentimiento le había jugado una mala pasada.

La habilidad que debía descubrir le pareció, desde esta perspectiva, evidente: para poder comunicarse con los demás de manera constructiva, es necesario estar en todo momento en contacto con los propios sentimientos.

Marta no había contactado con su enfado, lo que había condicionado su comunicación. A tenor de los reproches que le había hecho su compañera, probablemente había dado un tono agresivo a sus palabras y había terminado diciendo cosas que no tendría que haber dicho. Ella no era consciente de ello, pero este era, sin duda alguna, el efecto de un enfado que no había sido capaz de reconocer que llevaba dentro.

Aquel pequeño descubrimiento era para ella absolutamente esencial, pues lo que le había pasado con su compañera le ocurría habitualmente: se comunicaba con la gente sin estar en contacto con sus sentimientos, sin saber qué es lo que de verdad transmitía. Se sentía profundamente cansada, pero contenta de haber abierto un camino que la ayudaría en sus relaciones.

Ante la posibilidad de resolver un aspecto que influía notablemente en sus relaciones personales, quiso investigar más a fondo el tema. Recuperó notas de los antiguos seminarios con Max, buscó en sus libros de referencia e hizo una pequeña investigación por internet. Descubrió que todas las manifestaciones emocionales proceden de cinco sentimientos básicos:

  • el miedo, que incluye la angustia, la preocupación y el pánico;
  • el enfado, con variantes como la rabia, el odio, la frustración o el resentimiento;
  • la tristeza, incluyendo la soledad, la melancolía o la pena;
  • la alegría, que se puede también vivir como gozo, paz o armonía;
  • y el amor, en todas sus manifestaciones y variantes.

Esto, de algún modo, simplificaba mucho las cosas, pues se trataba de que, en el futuro, Marta fuera capaz de identificar su estado de ánimo con alguno de estos cinco sentimientos. Antes de cada intercambio importante, debería cuestionarse cuál de estas emociones sentía.

También descubrió, aunque no le sorprendió lo más mínimo, que en nuestra comunicación es imposible esconder nuestros sentimientos, por más que nos esforcemos. Podremos no manifestarlos con las palabras que digamos, pero el cerebro es sincero por naturaleza, y el tono de voz y nuestros gestos nos delatarán inevitablemente en algún momento. Controlamos de forma consciente solo una pequeña parte de nuestra comunicación. Del resto, se ocupa el inconsciente.

La esencia del enigma de Max estaba clara: necesitamos estar en contacto con nuestros sentimientos para saber qué comunicamos.

Pero a Marta se le escapaba todavía un punto importante: identificado el sentimiento, si este es de alegría, o de amor, no tendremos ningún problema en comunicarlo. Pero si se trata del miedo, de la tristeza o del enfado, ¿qué hacemos con él?

No fue hasta después de un par de horas de búsqueda en sus notas que Marta encontró la solución: antes de iniciar la comunicación, es necesario superar nosotros ese sentimiento. Debemos trabajar sobre él para hacer que desaparezca; transformarlo en serenidad y paz.

Esto significaba que, inevitablemente, Marta tenía que resolver en su interior el enfado con su compañera antes de ir a hablar de nuevo con ella; si no lo hacía, el resultado sería un nuevo enfrentamiento. Solo cuando sintiera paz y serenidad, y ni el más mínimo atisbo de resentimiento, podría abordar un diálogo constructivo. Debía explorar en las causas por las que se sentía enfadada y hacer ella el trabajo. Recordaba las palabras que tantas veces le había repetido Max: “No nos hacen enfadar. Somos nosotros quienes nos enfadamos”.

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Antes de acostarse, redactó un escueto mensaje para Max, con copia a Clara y a Alberto. Decía: “Para poder comunicar lo que de verdad quiero comunicar, he de estar en todo momento en contacto con mis sentimientos, porque si no sé lo que siento, no sabré lo que de verdad comunico. A mi entender, esta es la segunda habilidad necesaria para relacionarse positivamente con los demás. Y siento que es la que más falta me hace en estos momentos…”.

Aquella misma noche, los tres amigos recibieron puntual confirmación de Max: “Comunicamos lo que sentimos, y lo que sentimos no se puede esconder. Esta es una realidad que estos días he podido constatar en mi propia piel. Estoy seguro de que mis alumnos captan el pánico que siento en estas primeras semanas cuando piso el aula por la mañana. Pero confío en que también perciban la ilusión con la que imparto cada sesión. Estar en contacto con nuestros sentimientos es, en efecto, la segunda gran habilidad para las buenas relaciones. Y solo se adquiere mirando en nuestro interior y siendo, por encima de todo, honestos y sinceros con nosotros mismos”.

¿Por qué no nos ponemos de acuerdo?

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Hacía un sol radiante y, en el parque, un grupo de personas disfrutaban de la bondad del clima. Al mismo tiempo, mantenían un acalorado debate. Desde dos bancos colocados casi uno enfrente del otro, cada grupo defendía con fervor su posición.

A medida que pasaban los minutos, el debate fue creciendo en intensidad y en vehemencia. En un momento dado, un hombre mayor se acercó al grupo y, exhibiendo una cálida sonrisa, preguntó:

–Buenos días. Mi nombre es Max y me está llamando mucho la atención vuestro debate. ¿Os importa que me una?

Desde uno de los bancos obtuvo de inmediato la respuesta:

–Claro, ¿de qué lado estás?

El hombre, tras mirar a uno y otro lado, dijo:

–Todavía no lo sé, dejad que me quede por aquí en medio de momento y, desde cada bando, os reto a que intentéis convencerme de vuestra posición. Y haciendo un notable esfuerzo debido a su edad, se sentó sobre una piedra que había entre los bancos.

El grupo reanudó el debate con ímpetu, esperando convencer al nuevo miembro. El tono de voz subía, y las interrupciones se sucedían. Max seguía las intervenciones con creciente incomodidad, una incomodidad a la que los debatientes eran totalmente ajenos.

Tras una media hora larga de discusión, le interrogaron:

–¿Y bien? ¿Te hemos convencido?

–¿Puedo ser honesto con vosotros?
–Claro, eso esperamos…

–Pues no, no me habéis convencido para nada. Y tengo que reconocer que hasta cierto punto incluso me habéis horrorizado.

Se hizo un denso silencio en el grupo, que Max aprovechó para explicarse:

–Creo que seguramente no sois muy conscientes de ello, porque hace mucho rato que no os escucháis unos a otros, pero vuestra opinión cada vez es más radical, y vuestra radicalidad se expresa ya como manifiesta hostilidad. En realidad, os oigo y casi me dais miedo.

–Eso es porque tenemos convicciones y las defendemos.

–Yo más bien creo que es porque tenéis miedo a dejar de tenerlas

El grupo se quedó totalmente desconcertado.

Max dejó pasar treinta largos segundos, hasta que añadió:

–Vuestra polarización viene del miedo a que vuestras creencias se tambaleen. Y para que eso no ocurra os cogéis a ellas de forma inamovible, las tratáis de imponer por la fuerza de vuestra voz, y os cerráis a escuchar nada, no sea que en el discurso del otro surja algo de razón. Me recordáis a los niños que cuando no les conviene oír algo, cuando lo que se les dice no cuadra con su idea, se tapan los oídos, cierran los ojos y gritan con fuerza…

–Pero, en realidad, demostraríamos muy poca solidez si nos dejásemos influenciar por las palabras de los otros.

Demostraríais mucha seguridad, no tengáis duda.

La persona insegura se atrinchera en sus creencias. La persona segura las revisa, escucha, y está dispuesta a cambiar de opinión si lo que oye le parece razonable.

El grupo se quedó mudo; el impacto de las palabras de Max era palpable. Uno de los presentes, que ya había comprado los argumentos de Max, se atrevió a decir:

–Pues Max, esa radicalidad... es eso lo que vemos cada día.

–Ahí está el problema: que el debate público se guía por el titular fácil, por el ataque tramposo, y ha renunciado a la dialéctica. Vivimos en un entorno donde “o estás conmigo o contra mí”, sin matices ni grises.

Max hizo una pausa, y añadió:

¿Es lo que queremos en nuestra convivencia día a día?

Otro de los presentes todavía no lo tenía claro:

–¿No es normal que cada uno defendamos lo nuestro y lo hagamos con fuerza?

Si lo que queréis es entreteneros, podéis estar cada uno en su bando, atrincherados, defendiendo a capa y espada la posición. Será todo un espectáculo (y por cierto, de eso viven las tertulias de muchos medios).

Pero si lo que queréis es construir algo, avanzar en alguna dirección, tendréis que abandonar vuestras trincheras y encontraros en algún lugar intermedio.

–Pero hay veces que no hay terreno común.

Siempre hay algo en lo que podréis estar de acuerdo. Puede ser tan solo el 1%, pero ya es algo. Y es allí donde hay que ir. Pero claro, si no os escucháis es difícil que lo encontréis…

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–Es que eso puede parecer una renuncia.

–Sí, y eso nos hace esclavos de los nuestros, que si ven que nos movemos nos acusarán de traidores. Perdemos la libertad de pensar por nosotros mismos.

–Pero la polarización es lo que vemos cada día en la tele o en los periódicos.

–Pues no les demos la razón. Porque ahí afuera las nuevas generaciones de jóvenes nos están observando. Y podemos enseñarles que sabemos convivir, en lugar de perpetuar los desacuerdos. Ahora os sugiero que, con lo que os he estado contando, reiniciéis el debate.

Empezaron a hablar de nuevo entre ellos. Escuchándose un poquito más. Buscando terreno común. Estaban sorprendidos. Enseguida se escucharon voces de reconocimiento entre los dos bandos.

En un momento dado quisieron contrastar cómo lo estaban haciendo y dirigieron su mirada hacia Max. Pero en su lugar, una solitaria piedra permanecía como única testigo del debate.

¿Ideas opuestas? Cómo encontrar un punto en común

  • No podemos pensar en diálogo desde nuestras posiciones maximalistas. Solo se dialoga desde el mínimo terreno compartido, por mínimo que sea.
  • Lo que yo defiendo nunca puede ser LA verdad. Es, como mucho, MI verdad. Querer escuchar la verdad del otro es el inicio de la aproximación.
  • El mundo solo se explica por los matices de gris. Una imagen toda blanca, o toda negra, no revela nada.
  • Los extremos se acaban tocando… en el desprecio y la agresividad.

Un molesto reflejo

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Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Ana estaba sentada en un banco del aeropuerto esperando el embarque de su vuelo. Una vez más, salía con retraso, ya que ni siquiera había llegado el avión con el que tenían que viajar. Llamó a su pareja para avisarle del contratiempo y, aprovechando el tiempo de espera, se enfrascaron en una larga conversación.

A su lado, un hombre de avanzada edad esperaba pacientemente sin poder evitar escuchar partes de la conversación, ya que Ana hablaba con energía y a un volumen considerable. En un momento determinado pudo oír cómo esta le decía a su interlocutor:

—No puedo entender cómo Jaime no le ha dicho nada. Me molesta terriblemente lo incapaz que es de decir las cosas cuando aparece un conflicto. Si se encuentra en esa situación, nunca tiene el valor de hablarlo abiertamente, se lo queda dentro y no dice nada. Eso sí, después anda criticando a los demás a sus espaldas...

Al cabo de unos instantes, oyó un nuevo fragmento de la conversación:

—He llegado a la conclusión de que Jaime siempre quiere evitar los conflictos y eso es algo que no soporto. Nunca dice lo que piensa y luego se queja a su mujer o a quien le quiera escuchar. Pero a las personas involucradas no les dice nada, y es lo que más me molesta.

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Ana se calló de repente. La llamada se había cortado. Mientras miraba la pantalla de su móvil sin batería, su compañero de banco aprovechó el súbito silencio para decirle:

—Te molesta de Jaime lo que probablemente no te gusta tampoco de ti, ¿podría ser?

Ana, absolutamente sorprendida, miró en dirección al hombre que le había hablado. En un primer instante lo ignoró y se dispuso a levantarse y a cambiar de banco, alejándose de aquel entrometido. Pero la expresión serena y amable de su rostro la llevó a reconsiderar aquel impulso e iniciar una conversación con él.

—Perdone, ¿se dirigía a mí?

—Sí, eso hacía. Permíteme que me presente. Me llamo Max y me encantará que me tutees.

—Yo me llamo Ana y no estoy segura de haber entendido lo que me has dicho. Con la sorpresa de oír que te dirigías a mí no me he enterado...

Este, sosegadamente, buscó la manera de explicarse haciéndole una primera pregunta:

—¿Cuál es tu crítica a Jaime?

—Que cuando hay un conflicto, no es capaz de hablar las cosas cara a cara, pero, en cambio, critica a la gente por detrás...

—Y tú, ¿cómo llevas los conflictos?

Ana iba a contestarle que los llevaba muy bien, que los abordaba siempre sin demora... pero le vino a la mente la imagen del último conflicto con su padre y de su incapacidad de hablar con él.

Se quedó pensativa un buen rato, hasta que con un hilo de voz le dijo:

—Me temo que no muy bien. Tengo un problema con mi padre que no estoy sabiendo abordar... No me veo capaz de hablar con él de lo que nos ocurre.

—¿Y te gusta estar actuando así?

—No, en absoluto.

—Pues lo que estás experimentando te asemeja bastante a Jaime.

Las palabras quedaron flotando en el ambiente.

Tras unos instantes, Max continuó:

—Y en relación al conflicto con tu padre, ¿qué has hecho hasta ahora?

—Pues hablarlo con mi pareja, desahogarme con él, criticando –me temo– a mi padre.

—Igual que dices que hace Jaime...

Ana bajó los ojos. Tenía que reconocer que así era. Y no lo entendía. Porque le molestaba lo que hacía Jaime, y ahora se encontraba ante la realidad de que ella también lo hacía. El comportamiento de Jaime era fiel reflejo del suyo, y, sin embargo, le molestaba profundamente.

Se dio cuenta de que estaba criticando de Jaime lo que en el fondo ella también hacía.

Max se apresuró a rescatarla de su ansiedad:

—Verás, Ana, muy a menudo nos irrita de los demás aquello que más nos molesta de nosotros mismos, y solemos criticarlo sin ser conscientes de que nosotros también lo hacemos. Es paradójico, pero es así.

Precisamente porque no nos gusta de nosotros, somos sensibles a ello, y cuando lo vemos reflejado en los demás, sin darnos cuenta, nos falta tiempo para criticarlo.

—Tengo que darte la razón, porque es lo que me está ocurriendo a mí, pero me parece un sinsentido.
¿Podemos evitarlo?

—Lo que podemos hacer es abordar toda la situación desde otro punto de vista: cuando algo nos irrita de los demás, en lugar de criticarlo, podemos pensar en qué nos dice de nosotros y descubrir así áreas de trabajo que tenemos pendientes. Al final, lo que no nos está gustando de los demás es nuestro gran maestro.

Ana se quedó pensativa. Las palabras de Max tenían un enorme calado y le descubrían un camino de crecimiento totalmente nuevo.

Pensó en qué otras cosas le irritaban de los demás, o qué otras cosas solía criticar, y en efecto encontró reflejados comportamientos que no le gustaban de ella.

Tenía “deberes”, pero estaba agradecida por aquel descubrimiento. Por los altavoces anunciaron –por fin– el embarque de su vuelo. Se levantó para confirmarlo en las pantallas y, al volver la vista hacia Max, se encontró con una silla vacía.

Lo buscó por la terminal con la mirada, pero no había rastro de él. Embarcó con una extraña sensación, como si no hubiera vivido nada más que una fantasía.

Si comprendes, te comprenden

empatia comprender para ser comprendido

En un banco de un parque, apartado de la zona de mayor bullicio, una mujer de unos treinta años permanecía sentada, sola y con la mirada perdida. En un momento dado, los ojos se le anegaron y las primeras lágrimas surcaron su rostro. De repente, oyó una voz a su lado que le decía:

—Algo me dice que no es tu mejor día, ¿te ayudaría hablarlo?

La mujer, sorprendida, se giró, y se encontró con un hombre mayor, con pinta de viejo profesor, y con una cálida expresión en su rostro. No lo había oído llegar y mucho menos sentarse a su lado.

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Dudó: ¿cómo podía contarle sus problemas a un completo desconocido? Sin embargo, el brillo de sus ojos le decía que podía confiar en él. Esto, junto al hecho de que estaban solos, la animó a sincerarse.

—Me llamo Sara, y vengo de tener un encontronazo con mis dos hermanas.

El hombre le respondió:

—Yo me llamo Max, y soy todo oídos...

—Te cuento: somos tres hermanas, yo soy la pequeña, y tenemos a nuestra madre enferma desde hace tres años. Llevaba ya un tiempo reclamándoles tener una reunión para organizarnos, porque ellas no hacen nada y yo lo hago prácticamente todo sin que ni se enteren. Hoy hemos tenido esa reunión, y el encuentro ha terminado fatal.

—¿Qué ha pasado exactamente?

—Pues es muy sencillo: he intentado explicarles que yo cargo con todo, con las visitas médicas, las pruebas, la logística de casa, los medicamentos... que soy la única que se ocupa de ella, pero no me han dejado prácticamente ni hablar. Me lo rebatían todo sin ni siquiera escucharme.

Max sí escuchaba con atención, se dio cuenta de que había más enfado que tristeza en aquellas lágrimas. Sara terminó su explicación:

—Está claro que no se ponen en mi piel, que no me comprenden.

Para Max aquella última afirmación era importantísima, y manteniendo un respetuoso silencio dejó que Sara tuviera unos momentos de reflexión. Solo entonces le propuso:

—¿Damos un paseo?

Cuando ya daban los primeros pasos por el camino, Max le dijo:

—Dime, ¿por qué piensas que tus hermanas no hacen nada?

—No sé el motivo. Solo sé que no lo hacen. No han puesto los pies en casa de mamá en las últimas tres semanas.

—¿Qué te contaron en la reunión al respecto?

—Nada, que yo recuerde, porque se limitaron a negar todo lo que yo les decía.

—Dime, ¿cómo se llaman tus hermanas?

—Vero y Carmen.

—Pues vamos a hacer un juego: voy a pedirte que vivas en su piel por unos momentos.

Sara no le veía el sentido a todo aquello, pero llegados a ese punto se dejó llevar. Sentía que había algo especial en Max y que podía sacar algo valioso de todo aquello. Se sentaron de nuevo, Max le pidió a Sara que cerrase los ojos y se metiera en la piel de Vero.

Le dio unas instrucciones muy concretas: le pidió que intentase pensar como Vero, no como Sara, y que respondiese a sus preguntas con lo que Vero respondería, no ella. Entonces le preguntó:

—Vero, ¿qué haces por tu madre?

—Ummm... la verdad es que trabajo tanto que no puedo ir a verla mucho. Me encantaría, pero no puedo.

—¿Hay algo que sí haces por tu madre y que crees que tus hermanas no comprenden? La pregunta pilló a Sara desprevenida, que necesitó un buen rato para responder.

—No, nada en especial –dijo.

A lo que Max le respondió:

—No es Vero la que habla, es Sara. Y yo quiero oír a Vero, así que repetiré la pregunta: ¿Hay algo que sí haces por tu madre y que crees que tus hermanas no se dan cuenta?

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Sara se concentró y, de repente, y con vehemencia, dijo:

—¡Sí, claro! Pago su asistencia. Puedo hacerlo porque tengo un buen trabajo y me lo puedo permitir, y sé que para mis hermanas sería un problema.

Hicieron una pausa. Max tenía la información que buscaba y le pidió, seguidamente, que se pusiera en la piel de Carmen, y repitieron el ejercicio:

—Carmen, ¿qué haces por tu madre?

—Voy a verla muy poquito, la verdad... pero es que siempre se me tira el tiempo encima.

—¿Y hay algo que crees que tus hermanas no comprenden de ti?

De nuevo, Sara necesitó un buen rato para pensar la respuesta, pero esta vez no iba a contestar como Sara, sino como Carmen. Y con un hilo de voz, dijo finalmente:

—Pienso que creen que soy un desastre, y no confían en mí. Por eso lo hacen todo ellas, y por eso yo tampoco hago nada.

Max dejó que las palabras calasen hondo en ella y volviendo a la realidad del momento dijo:

—Sara, has escuchado la voz de Vero y de Carmen. ¿Cómo ves las cosas ahora?

—La situación es diferente. Creo que en parte las comprendo. Y supongo que, si quiero que me comprendan a mí, también las tengo que comprender a ellas...

—Esa es la gran verdad, y permíteme que todavía corrija algo; yo lo diría así: si quieres que te comprendan, primero las tienes que comprender a ellas.

Primero comprender, después ser comprendidos. Este es el orden, y la forma en que se pueden resolver los conflictos.

Sara conectó de lleno con la idea. Y se dio cuenta de inmediato de que en la reunión solo había luchado por hacer comprender a Vero y a Carmen su visión, sin prestar la más mínima atención a la de ellas. Se dio cuenta de que cuando Max la había forzado a conectar con la visión de ellas, de repente las veía distintas, porque las comprendía. Y ello le permitía imaginar un diálogo muy distinto con ellas. ¡Qué sencillo! Primero comprender, después ser comprendido. Para ella el proceso era claro, pero le surgió una duda:

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—Max, ¿me comprenderán a mí si yo las comprendo primero?

—Así ocurre casi siempre. Y en todo caso, es el único camino. Si así no lo hacen, tampoco lo harían en cualquier caso.

Sara cerró los ojos de nuevo y esta vez, en su propia piel, revivió de nuevo la reunión. Y realmente era muy distinta. Sentía ganas de reconocer a Vero su esfuerzo económico y valorar la ayuda de Carmen.

Y estaba segura, no tenía la más mínima duda, de que la comprenderían a ella. Una sonrisa se dibujó en sus labios y tenía la intención de agradecerle a Max aquel revelador ejercicio y su ayuda.

Sin embargo, al abrir los ojos, Max había desaparecido. No pudo ver ni el rastro de sus huellas en el camino.

Elogio del conflicto

elogio-conflicto

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Ana viajaba cómodamente instalada en el AVE en dirección a Barcelona, adonde se dirigía para visitar a un cliente. De repente sonó su móvil. Era Jorge, el director de fábrica de su empresa, que la llamaba para avisarla de que un pedido que tenían pendiente no iba a poder entregarse aquella semana.

Ana no se lo podía creer. Llevaban más de un mes de retraso con aquel pedido. En pocos minutos, la conversación fue subiendo de tono, hasta que se enzarzaron en una agria discusión que se prolongó durante unos largos veinte minutos.

Ana colgó soltando un improperio. De repente reparó en que, a su lado, un hombre mayor la miraba con sorpresa. Con cierta vergüenza, se disculpó:

—Lo siento, acabo de tener una airada discusión con un compañero de trabajo.

—No te preocupes, no me ha molestado.

—Además, me temo que me he metido en un buen conflicto...

—¿Y eso es malo?

Ana no reaccionó al inicio. No estaba segura de haber oído lo que creía haber oído. Llena de curiosidad le preguntó:

—Disculpe... ¿Me ha preguntado si es malo?

—Sí, efectivamente, eso he hecho.

Ana se quedó pensativa al tiempo que valoraba las intenciones de su acompañante, que no veía claras. Al final, y viendo la franqueza de su mirada, decidió seguirle la conversación:

—Pues sí, estoy convencida de que es malo. Cualquier conflicto lo es necesariamente.

El hombre se presentó:

Me llamo Max, y tengo que decirte que yo, en cambio, soy un gran defensor de los conflictos

—Yo me llamo Ana, y los odio. O mejor dicho, les tengo pánico. Por eso los evito a toda costa.

—Pues como tenemos un buen rato de viaje, déjame que intente convencerte de mi tesis. Tampoco puedes escaparte...

A Ana le gustó la ironía del anciano y, además, estaba en lo cierto. A 300 km por hora y sin más paradas hasta Barcelona, pocas opciones tenía.

—Adelante. Reconozco que soy su presa.

—Verás, Ana, durante mucho tiempo me asustaron los conflictos igual que a ti, pero ahora me asustan más las relaciones en las que no hay discusiones y en las que nunca pasa nada. Que no haya conflictos entre dos personas podría ser un ejemplo de perfecta convivencia, pero mucho más a menudo es un síntoma de una relación “anestesiada” en la que las personas han renunciado a discrepar o a discutir las cosas para tener la fiesta en paz. Relaciones aparentes que poco tienen que ver con la autenticidad...

—Max, va a tener que explicarse mejor si quiere convencerme.

—Los grupos, los equipos o las relaciones que están vivas tienen discrepancias. Discuten. Y algunas veces entran en conflicto. Y eso demuestra que las cosas se dicen y se defienden, y que en aquella relación hay energía.

—Energía y muy mal rollo, ¿no?

—Puede que lo haya en un momento dado. Pero si se sabe abordar el conflicto, no durará. Y habrá habido un crecimiento por el camino.

—Entiendo ese punto, pero estoy lejos de convencerme.

—Ana, al conflicto no hay que temerlo. Lo que hay que saber es cómo solucionarlo.

No deberíamos aspirar a no tener conflictos, pero sí a tener el valor y la voluntad de abordarlos

—Sigo sin entender de qué nos sirven...

Es que, sencillamente, son inevitables si tenemos una relación abierta y franca. Evitarlos nos lleva a dejar de defender nuestras convicciones. Pero, insisto, la clave es hablar sobre ellos.

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Ana empezaba a simpatizar con los argumentos de Max. Reflexionó un instante y le preguntó:

—¿Alguna pista de cómo hacerlo?

—En primer lugar, elegir el momento oportuno: ni demasiado pronto, cuando el conflicto está incandescente, ni demasiado tarde, cuando se ha enfriado demasiado. En el primer caso es muy fácil que las emociones nos traicionen. En el segundo, las malas interpretaciones ya habrán aparecido.

—¿Y cómo se solucionan llegado el momento?

—Compartiendo un café y hablando de lo que nos ha pasado. Cada uno de lo suyo. Sin ataques, sin querer ganar la batalla, simplemente compartiendo las emociones.

—Me parece complicado de llevar a la práctica.

—Porque no nos atrevemos. Porque pensamos que el otro no querrá. Y a veces es cierto, pero muy pocas veces...

—¿Y cuando nos hemos dicho cosas desagradables, como las que yo me he dicho con mi compañero hace un rato?

—Hay algo que siempre funciona: pedir disculpas. Y, por supuesto, no exigirlas nunca.

Ana se quedó pensativa. Sabía las consecuencias de aquella respuesta, y sabía también que le costaría hacer lo que tenía que hacer. Se aventuró a una pregunta final:

—Y al final, ¿qué sacamos de ese conflicto? No olvido que usted lo defiende.

—Detrás de un conflicto hablado hay siempre un crecimiento en confianza. En la complicidad hay una dosis sana de confrontación y algún conflicto siempre se cuela.

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Ana escuchaba atentamente y Max aprovechó para completar su explicación:

—No hay relaciones auténticas que no hayan pasado por el conflicto.

El conflicto es un maestro, aunque no lo sabremos hasta que lo hayamos superado

Anunciaron la llegada a Barcelona. El tren empezó a detenerse. Ana cogió su móvil. Sintió la necesidad de enviarle un mensaje a Jorge invitándolo a un café a su vuelta. Tras pulsar la tecla de envío se giró para agradecerle a Max aquella sugerente conversación.

Pero el asiento estaba vacío. Debía de haber bajado ya, aunque no comprendía cómo se había esfumado tan rápido. Y, ciertamente, por la pulcritud del asiento, parecía que allí no había viajado nadie...

El momento oportuno

café

En el hall del campus universitario, un joven cabizbajo andaba deambulando sin dirección. Se le notaba tenso, preocupado. Tras unos instantes de titubeo, se sentó en un banco. Nervioso, movía compulsivamente una pierna mientras meditaba algo. De repente, oyó una voz que le interpeló diciendo:

–Algo te preocupa.

Levantó la cabeza y se encontró sentado a su lado un hombre mayor, con aspecto de profesor jubilado. En su desesperación, y sin pensarlo dos veces, se lanzó a contarle:

–Sí, sin duda. Acabo de tener un encontronazo con una compañera y me siento fatal. Por todo lo que me ha dicho ella a mí, que me va a costar digerirlo, y por todo lo que le he dicho yo a ella, que seguro que le ha dolido. No se cómo arreglarlo y necesito hacerlo cuanto antes.

–Mi nombre es Max. Me encantará ayudarte.

–Pues yo soy Nacho y me encantará que me ayudes. Dime, ¿qué hago?

Max percibió su ansia por recibir un buen consejo, así que se apresuró a contestar:

–Espera, espera, que mi intención no es resolvértelo, sino ayudarte a que tú lo resuelvas. Así que me temo que vamos a tener que hacer un pequeño camino… Cuéntame, ¿qué ha pasado exactamente?

El joven respondió entre titubeos:

–Pues te lo puedes imaginar: le he dicho que me había dejado tirado con el trabajo que estamos haciendo y se ha puesto hecha una fiera. Entonces yo me he encendido y nos hemos dicho de todo.

Max escuchaba, atento, y tras dejar unos instantes de silencio preguntó:

–¿Y cómo estás ahora?

–Pues sigo indignado, porque es cierto: ¡me ha dejado tirado! Pero, por otro lado, no soporto estar así, necesito resolverlo. Creo que voy a hablar con ella ahora mismo.

Max intuía cómo acabaría aquella conversación si lo dejaba marchar en ese estado, así que le hizo una propuesta.

–Mira, Nacho, harás lo que consideres oportuno pero no sin antes compartir un buen café con leche conmigo.

Nacho accedió resignadamente y juntos se dirigieron a la cafetería.

Se sentaron en una mesa y Max tomó la iniciativa:

–Espérame un minuto que voy a por los cafés con leche.

Se dirigió a la barra e hizo una petición algo extraña: un café con leche con la leche hirviendo, y un segundo café con leche, corto de café y con la leche fría, directamente de la nevera.

Con sus dos tazas, y ante la extrañada mirada del camarero, se dirigió a la mesa. Le entregó el café hirviendo a Nacho, sin advertirle de nada, y dejó que lo sorbiera.

–¡Ahhhhg! Está quemando. Me he abrasado…

Max, absolutamente consciente de lo que hacía, intercambió las tazas.

–Disculpa, prueba con este.

Nacho cogió la otra taza y, tras comprobar la temperatura con las manos para cerciorarse de que esta no quemaba tanto como la anterior, tomó un buen sorbo:

–No quema, pero, ¡está horroroso! Está frío y sabe a leche de nevera.

Y dándose cuenta de que aquello no podía ser accidental, le preguntó:

–¿Cuál es el juego?

Divertido, Max se quiso explicar enseguida.

–Verás, Nacho, los conflictos son como el café con leche. Si está demasiado caliente, te abrasas. Si, por el contrario, está demasiado frío, deja mal sabor.

–No estoy seguro de estarlo entendiendo.

–Hay un momento oportuno para resolver un conflicto, que no es ni justo cuando ha sucedido (es el café con leche hirviendo, que abrasa) ni pasado mucho tiempo (es el café con leche demasiado frío, que deja mal sabor). Y tu sabiduría consiste en detectar cuándo es ese momento. Porque las ganas y las prisas por resolverlo pueden hacer que lo intentes resolver con tus emociones aún a flor de piel, y no funcionará. Y por el contrario, si dejas esperar demasiado tiempo, la otra persona ya se habrá formado sus juicios, ya habrá sacado sus conclusiones, y puede ser muy difícil resolverlo.

–O sea, que tengo que dejar que el café con leche se enfríe un poco…

–… pero no demasiado.

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–Pero es que el tema me remueve por dentro.

–Y es bueno que sea así. Aprovecha para contactar con esos sentimientos que te vienen. Piensa en lo que ha ocurrido, pero tú solo. Sin hablar aún con ella. Ordena tus ideas y tus sentimientos. Solo cuando sientas serenidad será el momento oportuno.

–¿Y si no la siento nunca?

–Significa que no estás trabajando dentro de ti el conflicto. Que no estás sabiendo ver más allá de tu supuesta razón. Es decir, que estás recalentando el café con leche una y otra vez y cada vez sabe peor…

Nacho sintió que aquello tenía todo el sentido del mundo. De hecho, podía rememorar conflictos que había intentado resolver demasiado pronto, y ciertamente se había quemado. También podía recordar los que había intentado resolver tarde, cuando las cosas estaban ya frías.

Inmerso en sus pensamientos, volvió a tomar la taza de café con leche caliente.

Había pasado un tiempo y ya no quemaba, de hecho estaba riquísimo y pudo terminárselo entero. Fue al levantar la vista cuando se dio cuenta de que frente a él no había nadie. El tal Max había desaparecido. Era como si nunca hubiera estado allí. Dos tazas (una de ellas vacía) eran el único testigo de aquel supuesto encuentro.

¡Lo siento! Sin excusas...

Disculparse

Alberto estaba sentado en la parada del metro esperando que llegara el siguiente tren. Hablaba por teléfono con un amigo acerca de un problema que había tenido con su hija Alba.

—Hoy he metido la pata con ella. Y la he metido hasta el fondo. Lleva varios fines de semana saliendo hasta las tantas, esta mañana se ha levantado tardísimo y andaba arrastrándose por toda la casa...

—(...)

Sí, ya lo sé, pero déjame que te lo acabe de contar: ha ido a la cocina y lo primero que ha hecho es romper un vaso. Cuando yo he entrado, me la he encontrado pasmada, incapaz de hacer nada. Le he pegado una bronca monumental; le he dicho que no podía arrastrarse todo el día vagando como un alma en pena por la casa, y que todo era culpa de sus salidas nocturnas. Que se iban a acabar de golpe si seguía así...

Mientras seguía hablando con su amigo, de repente reparó en un hombre de avanzada edad que se había sentado en su mismo banco.

Alberto continuó su conversación sin inmutarse.

—Mi hija se ha encerrado en su habitación, y al rato me ha venido su hermana y me ha dicho: “Papá, Alba no salió ayer. Se ha pasado la noche en blanco porque no se encontraba bien. Todo esto no tiene nada que ver con sus salidas nocturnas”. O sea, que he metido la pata.

—(...)

—Sí, está claro, pero no sé qué hacer. Creo que lo mejor será que deje pasar unos días, y que todo vuelva a la normalidad. Procuraré organizar una cena fuera, en algún sitio que le guste...

—(...)

—¿Y qué quieres que haga? La verdad es que no se me ocurre nada más.

En aquel momento, el tren entró en la estación.

Alberto se levantó, y todavía con el móvil en la oreja, miró fugazmente al hombre mayor y le hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida. Este, mirándole a los ojos, le dijo en una voz clara y audible:

—Lo siento.

Alberto frenó y se lo quedó mirando con cara de no comprender nada.

—Lo siento, esto es lo que tienes que decirle –le insistió el hombre.

Alberto se quedó parado. El tren había abierto ya las puertas y tenía que entrar. Pero, al mismo tiempo, aquel comentario había captado poderosamente su atención. En una decisión totalmente impulsiva, colgó el móvil, volvió al banco y se sentó al lado del desconocido. Este continuó:

—Solo son dos palabras y, sin embargo, a tu hija le harán mucho bien.

Alberto se desarmó. Sabía que, en el fondo, aquel hombre mayor, fuese quien fuese, tenía razón. Pero le costaba tanto... El hombre, sintiendo el debate interno de Alberto, se apresuró a explicarse:

—Nos cuesta mucho pedir perdóny, no obstante, pedir perdón sinceramente es balsámico para las relaciones. Una disculpa auténtica produce un efecto inmediato entre las personas que se quieren. De repente, estamos viendo el conflicto desde otro punto de vista, desde la voluntad de superarlo y de reencontrarnos emocionalmente. Un simple “Lo siento” abre las puertas de la empatía en los demás.

Alberto se iba hundiendo en el banco. Sabía que aquel hombre tenía toda la razón, pero algo le impedía hacerlo. Llegados a ese punto, decidió sincerarse:

—Le entiendo, y lo tengo claro. Pero ¿qué ocurrirá con mi autoridad? Mi hija verá que soy vulnerable. Le estaré mostrando mi inseguridad. ¿Cómo me hará caso en adelante?

El hombre lo miró con ojos serenos. Le dijo:

—¿Puedo llamarte por tu nombre?

—Sí, claro. Me llamo Alberto.

—Yo soy Max. Encantado de conocerte. Verás Alberto, la disculpa es de los valientes. Las soluciones que tu sugerías, como dejar pasar el tiempo o salir a cenar, esas son de los inseguros. Se necesita una enorme seguridad en uno mismo para disculparse.

El que no sabe pedir perdón es el verdaderamente vulnerable

Alberto estaba alucinado. No se podía creer que en el metro estuviera aprendiendo una lección tan importante de un absoluto desconocido.

—Hay gente que se disculpa añadiendo una excusa. Dicen cosas como “Lo siento, pero me hiciste perder los estribos”, o “Lo siento, pero es que me provocaste”. Y esta disculpa no sirve. Es una disculpa para quedarse por encima y llega al otro cargada de reproche. Es una disculpa poco valiente

—Ya, pero a veces es así, a veces el otro tiene una buena parte de culpa.

—Alberto, la disculpa es una decisión personal. Yo decido disculparme porque creo que te he hecho algo que no ha estado bien. Y eso es independiente de lo que tú me hayas hecho a mí. La disculpa llama a la disculpa, y si tú has hecho algo, probablemente también te disculparás. Pero si no, no pasa nada. Yo respondo por mis actos y si percibo que he hecho algo mal, te ofrezco mi disculpa.

Alberto se quedó pensativo. Max tenía toda la razón. Él debía responder por sus actos.

Y, además, en el episodio con su hija no había excusa posible. Lo tenía claro: necesitaba urgentemente plantarse delante de Alba y decirle las dos palabras que tenían más sentido en esta historia: “Lo siento”.

Sin grandes explicaciones ni excusas, sin edulcorantes ni eufemismos. Simplemente, “Lo siento”.

Se volvió para darle las gracias a su clarividente desconocido, pero se encontró con el banco vacío. Instintivamente, puso la mano en el lugar que había ocupado el hombre y sintió el frío tacto del hormigón del banco. Como si todo aquel episodio jamás hubiera sucedido.

En su desconcierto, un nuevo tren entró en la estación. Alberto se levantó para tomarlo. Al entrar, se dio un golpe con un pasajero que salía. ¿De quién era la culpa? Sin pensarlo ni un instante, le dijo:

—¡Lo siento!

Deseo que tengas un buen viaje

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Miguel compartía un café con su hijo Pablo en un pequeño y acogedor bar cerca de su despacho. Su hijo le estaba explicando sus planes de dejar su trabajo en una importante empresa tecnológica para montar su propio negocio, y Miguel, que no veía nada clara aquella decisión, persistía en intentar disuadirlo con todo tipo de argumentos y señalándole todos los peligros:

—Pablo, estás en una gran empresa. Tienes mucho que aprender todavía, y los nuevos negocios no siempre salen bien...

—Papá, es mi momento, no tengo familia ni compromisos. Ahora me lo puedo permitir.

—Pero es que el mercado está muy complicado. Y todavía más conseguir financiación. ¿Cómo te las vas a apañar solo?

Sin que se dieran cuenta ni uno ni otro, la conversación fue subiendo de temperatura:

—Tengo un buen plan, que por cierto ni te has mirado. Si lo hubieras hecho, habrías visto que lo tengo todo previsto.

—El papel lo aguanta todo, Pablo, pero la realidad luego es muy distinta.

—Tú lo hiciste en tu época, ¿por qué no puedo hacerlo yo ahora?

—Eran tiempos muy distintos. Hoy en día todo es muchísimo más difícil. ¿A quién conoces que deje un empleo fijo para lanzarse a una aventura tan arriesgada como esta?

Se sumieron ambos en un espeso silencio, que al cabo de un largo rato Miguel rompió para decirle a su hijo:

—Mira, Pablo, sé que te sabe mal que te lo diga, pero creo que es un error lo que haces, y creo que es importante que te dé mi opinión.

Pablo, con la mirada en el suelo, le contestó:

—Pues no recuerdo habértela pedido.

Tras decir estas palabras, se levantó y abandonó el bar. Miguel se quedó pensativo con su taza de café entre las manos.

Entretanto, en la mesa contigua, un hombre mayor también se levantaba para abandonar el bar, olvidando sobre la mesa un papel escrito a mano. Miguel se dio cuenta y lo cogió, al tiempo que llamaba la atención del hombre.

—Amigo, creo que se olvida de esto.

Este se giró para decirle.

–Es cierto. Y sin embargo creo que te ayudará más a ti que a mí.

Miguel, desconcertado, echó un vistazo al papel y pudo leer:

“Ante las grandes decisiones siempre hay dos clases de personas: las que se empeñan en hacernos ver todos los escollos y las que, conscientes de que nuestra decisión es firme, se limitan a desearnos buen camino”.

Con aprecio, Max

Se quedó clavado en su silla. Antes de que pudiera plantearse quién era aquel hombre misterioso o por qué se entrometía en su vida, una idea le vino como un relámpago a la cabeza. ¿Por qué estaba actuando de este modo con su hijo? ¿Por qué estaba siendo tan negativo?

Volvió a sentarse en su mesa y empezó a reflexionar: sí, el proyecto de Pablo presentaba incertezas y él, que ya era mayor y sufría por el futuro de sus hijos, preferiría mil veces que continuara con su empleo en la empresa tecnológica. Temía que no le fuera bien y luego le costara volver a encarrilar su carrera.

Pero tras haber leído el mensaje de aquel tal Max, se daba perfecta de que todos estos pensamientos eran fruto de su miedo y que lo que estaba haciendo con su actitud era trasladarlo a su hijo sin más. Ciertamente, al empeñarse en subrayar los peligros del proyecto de Pablo, estaba siendo de las personas del primer grupo.

Sintió un escalofrío al darse cuenta de lo que estaba pasando: la decisión de su hijo era una decisión profundamente meditada, valiente y muy consciente. ¡Y él estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que Pablo necesitaba! Si alguien tenía que estar a su lado incondicionalmente era precisamente él. Porque era cierto, como le había recordado Pablo, que él también había hecho ese camino en un momento dado y sabía lo duro que es ver que no creen en ti. Estaba mostrando una evidente falta de confianza en su hijo.

También estaba siendo terriblemente injusto. Si estuviera ante una decisión irreflexiva o precipitada, no dudaría en mantener la misma posición. Pero ese no era el caso, en absoluto: se había dejado llevar por su inquietud personal, sin ponerse en la piel de su hijo. Cogió el teléfono de inmediato y lo llamó:

—Pablo, ¿estás muy lejos?

—No, sigo en el barrio…

—¿Podemos vernos de nuevo?

Se hizo un silencio tras el que, con voz apagada, Pablo respondió:

—No sé si tengo muchas ganas. ¿Sabes? Yo también tengo un montón de dudas sobre este proyecto, como no puede ser de otra forma, y que me las refuerces no me ayuda nada.

Miguel reconocía que eso era exactamente lo que había estado haciendo esa mañana, y se apresuró a decirle a su hijo:

—Solo quiero repasar el plan de negocio contigo. Y ayudarte en un par de puntos en los que mi experiencia te puede servir.

—¿Y por qué ibas a hacerlo después de todo lo que me has llegado a decir hace un momento?

—Porque creo en ti y sé que puedes conseguirlo.

Pablo se comprometió a volver y hablar de nuevo con su padre del proyecto. Mientras esperaba ver a su hijo entrar por la puerta, Miguel pensó que le encantaría dar las gracias a aquel entrañable anciano que le había regalado aquella reveladora nota. Tenía unos minutos, así que se acercó a la barra para preguntar al propietario del bar sobre el tal Max.

—Carlos, ¿conoces al hombre mayor que estaba en la mesa al lado de la nuestra? ¿Es quizá un cliente habitual tuyo?

El propietario, mirándolo con cara de extrañeza, le respondió:

—Miguel, no sé de quién me hablas. Esa mesa lleva desocupada desde las once...

Desconexión empática: cuando nos sentimos atacados

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La cafetería estaba situada en la planta baja de un gran edificio de oficinas, así que a media mañana un ejército de ejecutivos la poblaba. No quedaba ni una mesa libre. En una esquina, dos personas tenían una conversación aparentemente trascendente. A su lado, un hombre mayor leía el periódico sin poder evitar escuchar lo que se decían:

–Carlos, hace ya tres meses que estás con nosotros, ¿cómo valoras tu trabajo?

–Estoy cien por cien integrado, Manuel, y trabajando a tope.

¿Hay algo que creas que no está funcionando suficientemente bien?

–No, para nada. Aunque, si te soy sincero, creo que no me estáis dando las oportunidades que merezco.

–¿Cómo? Pero si llevas tres meses…

–Sí, tres meses dejándome la piel, y ya deberíais haberos dado cuenta.

Tras unos instantes de un denso silencio, el hombre oyó a un Manuel crispado decir:

–Pues, ¿sabes una cosa? Yo no hago el mismo balance. Has cometido muchos errores y te precipitas constantemente. No estoy seguro de que pases el periodo de prueba.

El tal Carlos se quedó de piedra y bajó la mirada. Tras unos tensos instantes, y tras murmurar una excusa, se levantó y se marchó. Manuel se frotó las sienes con sentimiento de impotencia. Oyó una voz a su lado:

–No esperarías otro desenlace, ¿no?

Sorprendido, se giró para ver quién le hacía el atrevido comentario. Y se encontró con la limpia mirada de un hombre mayor que lo desarmó con su cálida sonrisa.

–Me llamo Max, y perdona por entrometerme en la conversación. Pero es que lo que te ha ocurrido es un cl��sico y quizá te interese comprenderlo mejor.

El hombre valoró la situación en unos segundos y enseguida tomó la decisión de querer escucharle:

–Sin duda, me interesa.

–Verás, te cuento. Querías hacer una valoración algo crítica del trabajo de Carlos, ¿cierto?

–Sí, esa era mi intención. Para ayudarlo a crecer en sus primeros meses de trabajo.

Sin embargo, te has encontrado con que él hacía una valoración muy distinta.

–Sí, incluso me achacaba la culpa de no darle oportunidades…

Y has acabado siendo especialmente duro con él.

–Sí, no se qué me ha pasado.

–Lo que te ha pasado lo conocemos como “desconexión empática”.

–¿Desconexión empática?

–Sí, por unos instantes te has desconectado de tu empatía natural y has dicho las cosas con toda su crudeza. Sin valorar el impacto que podían tener.

El hombre reflexionaba sobre aquellas palabras. Sentía que aquello probablemente le ocurría más a menudo de lo que desearía. Se dirigió a Max:

–¿Y por qué me ocurre?

–Quizá porque al ver que Carlos te acusaba de no darle oportunidades te has sentido atacado. Esto te ha hecho reaccionar perdiendo momentáneamente la empatía.

Se dicen grandes verdades en desconexión empática; el problema es que se dicen mal, y si se dicen mal, sientan mal.

Tenía todo el sentido del mundo, pero una gran duda lo asaltaba:

–Max, lo entiendo y seguro que es cierto. Pero me ocurre una cosa: lo que le he dicho es en el fondo exactamente lo que pienso. Por lo tanto no está mal haberlo dicho, ¿no?

–Manuel, le dijiste lo que pensabas, pero conectado a tu empatía, probablemente no se lo habrías dicho así.

–¿Y cómo puede evitarse?

–El secreto está en estar en contacto con nuestras emociones, reconocer qué sentimos en cada momento y no dejarnos secuestrar por ellas.

–Fácil de contar y muy difícil de hacer...

–No tanto, si te permites un poco de entrenamiento. Vamos a hacer una cosa: reproduzcamos la situación que has vivido. Yo voy a ser Carlos, y tú, además de seguir el diálogo, me vas a ir describiendo tus emociones:

–Carlos, hace ya tres meses que estás con nosotros, ¿cómo valoras tu trabajo?

–Estoy cien por cien integrado, y funcionando a tope.

–Vale, ¿qué estás sintiendo?

Estoy perplejo de que no se dé cuenta de la realidad.

–¿Hay algo que creas que no funciona?

–No, para nada. Aunque creo que no me estáis dando las oportunidades que merezco.

–Ahora estoy empezando a enfadarme. Me echa la culpa de su incompetencia.

La desconexión empática es un automatismo que nos sucede cuando nos sentimos atacados, o cuando estamos presos de una fuerte emoción.

–Perfecto. Acabemos el diálogo.

–¿Cómo? Pero si llevas tres meses…

–Sí, tres meses dejándome la piel, y ya deberíais haberos dado cuenta.

–¿Qué sientes ahora?

Me siento claramente atacado. Y muy molesto. Y ya sabemos cuál ha sido mi respuesta…

–Perfecto. Ahora enfría este enfado. Respira, tómate un buen sorbo de tu café, y cuando sientas que el enfado no está tan vivo, respóndeme.

–Carlos, entiendo que puedas estar pensando esto pero déjame compartir mi punto de vista: creo que aún necesitas algo de rodaje, que te permitirá cometer menos errores y tomar las decisiones con mayor conocimiento. ¿Estás de acuerdo con esto?

–Fantástico. Le dices lo que piensas pero de forma empática. Probablemente desde esta formulación pueda procesarlo.

Habían justo terminado la simulación cuando una mujer se acercó a la mesa y, dirigiéndose a Manuel, le dijo:

–Manuel, te necesito. ¿Te veo en tu oficina?

–Sí, enseguida subo. Dos minutos.

Al girarse encontró una silla vacía, y una mano anónima cogía el periódico que estaba doblado encima de la mesa. Buscó a Max pero no lo encontró. Tuvo la extraña sensación de que todo aquello no había ocurrido.

Dar buenas y malas noticias

Dar buenas y malas noticias

Max repasaba, encerrado en su pequeño despacho de la universidad, una particular lista de habilidades para construir buenas relaciones. Había conseguido que Marta, Alberto y Clara descubrieran las cinco primeras:

  1. Escuchar
  2. Estar en contacto con los propios sentimientos
  3. Captar los sentimientos de los demás
  4. Ser claros
  5. Abrirse a los demás

Ahora buscaba la manera de transmitirles la sexta habilidad. Después de pasar un buen rato pensando en ello, decidió mandarles a cada uno de ellos una sencilla pregunta: “¿Cuándo fue la última vez que disteis una buena noticia a alguien?”. Las respuestas llegaron casi de inmediato.

Marta había tenido hace poco la ocasión de comunicar una promoción a un miembro de su equipo. Le explicó a Max la ilusión con la que lo hizo.

Alberto le describió cómo, un par de días atrás, había comunicado a sus compañeros de trabajo –y no esperó ni un minuto a hacerlo– la confirmación del primer pedido de un nuevo cliente.

Clara le contó el buen sabor de boca que le dejó poder entregar unas buenas notas a una alumna que se había esforzado especialmente aquel trimestre. Por las expresiones que utilizaban, se notaba que había sido una experiencia agradable, que se habían dado prisa en dar la buena noticia y que lo hicieron con una especial ilusión.

Max, que ya esperaba este tipo de respuestas tan entusiastas, les envió una segunda pregunta: “¿Y cuándo fue la última vez que disteis una mala noticia?”. Max lo sospechaba. Las respuestas no iban a llegar tan rápido esta vez.

Y así fue. Max tuvo que esperar al día siguiente para recibir las respuestas de sus tres amigos.

La primera fue la de Clara, explicándole cómo demoró hasta el límite de lo absurdo la entrevista con unos padres a los que debía informar de los problemas de actitud de su hijo en clase.

Después escribió Alberto para explicarle cómo había tenido que comunicarle a un colaborador que un importante cliente se había quejado sobre él. Lo había hecho sin dilación, pero de una forma tan directa y contundente que su colaborador se quedó hecho polvo.

Y, finalmente, recibió la respuesta de Marta, que escribió a Max para reconocer que, en su caso, no había actuado. Marta contaba que había obviado una negligencia de una secretaria por “no enturbiar la relación con ella”.

Max les envió un mensaje final: “Estáis trabajando la sexta habilidad. En mis dos preguntas y en vuestras dos respuestas tenéis la clave”.

Marta lo intuyó desde el principio. Aquel juego de preguntas le había hecho tomar conciencia de algo que sabía de ella misma, pero que nunca había tenido la serenidad de abordar: así como sentía siempre la urgencia de dar las buenas noticias, casi siempre carecía del valor suficiente para dar las malas.

Buscaba excusas, justificaciones, especulaba sobre el mejor momento de hacerlo… todo ello con el fin de no pasar por el mal trago de darlas. Para ella, la sexta habilidad no era otra que tener el valor de decir las cosas que hay que decir en todo momento. Esta situación era compartida por Clara, a quien también le costaba muchísimo dar las malas noticias. Lo pasaba tan mal que acababa siempre optando por “edulcorarlas”.

Para Alberto, el problema no era el valor sino las formas. Pero en el fondo reconocía, aunque no lo dijese, que las formas tenían estrecha relación con el valor. La agresividad con la que daba las malas noticias era consecuencia directa de la inseguridad y la incomodidad de tener que hacerlo.

Tras poner en común sus puntos de vista, Marta fue la encargada de enviar, en nombre de los tres, la respuesta a Max: “Compartimos la incomodidad a la hora de dar las malas noticias, así como compartimos la prisa y la ilusión por dar las buenas. Pensamos que deberíamos tener, a la hora de dar noticias que no son tan gratas, la misma diligencia que tenemos cuando damos las buenas”.

La confirmación de Max, llena de importantes matices, llegó al poco tiempo: “Tener el valor de dar tanto las buenas como las malas noticias es, en efecto, la sexta habilidad. Cuando tenemos que comunicar algo que nos incomoda, podemos adoptar tres actitudes:

  1. Callarnos
  2. Dar la noticia a bocajarro
  3. Hacerlo cuidadosamente pensando en quien nos escucha.

»La primera es una actitud pasiva, que no ayuda a los demás a responsabilizarse de lo que hacen. La segunda es una actitud agresiva, que puede herir susceptibilidades y será un motivo de peso para enrarecer relaciones. Es la tercera actitud la que debemos cultivar si queremos ayudar a los demás a crecer como personas, a aprender de los errores.

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"A menudo evitamos dar malas noticias porque tenemos miedo a la reacción de los demás, a una respuesta negativa o a que piensen mal de nosotros. Pero no olvidemos que la honradez es la cualidad más apreciada del liderazgo y que la mayor demostración de honradez consiste en estar siempre dispuestos a felicitar, a congratularnos, a decir lo bueno, y también a transmitir las quejas o a expresar cualquier contratiempo.

"Si somos demasiado directos, es importante saber que la agresividad suele ser más evidente en el tono que utilizamos que en lo que decimos. En este sentido, debemos evitar engañarnos pensando que ‘hemos dicho lo correcto’ si lo hemos hecho en el tono equivocado.

"No puedo dejar de daros una recomendación básica: acostumbraos a dar siempre las buenas noticias en público, y las malas, en privado. Una reprimenda pública será muy perjudicial para la confianza del grupo. Y dejadme añadir un último consejo: no caigáis nunca en la exigencia desmesurada. Las buenas noticias nunca han de dejar de ser noticia”.

dame un repiro

Dame un respiro

Las dos tazas de humeante café reposaban en la mesa de la sala mientras Max recibía a su ex alumno y amigo Mateo. Mateo pertenecía a una de las últimas promociones a las que Max había dado clase y era, por tanto, uno de los más jóvenes del grupo. Se habían reencontrado en la cena de bienvenida con la que celebraron su regreso de Inglaterra, y Max le sugirió compartir un café tras las breves palabras que intercambiaron. El viejo profesor detectó que algo le pasaba a Mateo.
Tras saludarse y sentarse cómodamente en la sala, Max fue directo al grano:
–Te noté especialmente tenso el otro día, ¿te ocurre algo?
–Pues mira, sí, yo tampoco me andaré con rodeos… Tengo problemas con Ana, mi pareja.

De hecho me ha planteado abiertamente que hagamos una pausa en nuestra relación.
–¿Te ha dado algún motivo?
–No, sus explicaciones se limitan a una frase: "Dame un respiro".

Max indagó acerca de la relación que mantenían Mateo y Ana, y muy especialmente sobre la forma en que Mateo se comportaba con ella. Tras considerar que ya tenía toda la información necesaria, dijo:
–¿Por qué no te acabas el café y salimos a dar una vuelta?

Salieron al jardín y Max condujo a Mateo hasta un prado cercano. Señalando un grupo de mariposas que iban de flor en flor, le preguntó:
–¿Cómo podrías conseguir que una de estas mariposas se posara en tu mano?

Mateo estaba desconcertado. No entendía en absoluto a qué venía todo aquello. Pero confiando en Max, le respondió:
–No lo sé, dímelo tú.
–Compruébalo. Siéntate junto a aquellas flores, extiende el brazo y abre totalmente la mano con la palma hacia arriba. Permanece en esa posición sin moverte.

A los pocos minutos, una mariposa se posó en la palma de la mano de Mateo. Entonces Max sugirió:
–Es perfecto. Permanece unos segundos más así. Ahora… poco a poco, cierra tu mano…

Mateo empezó a cerrar la mano muy lentamente y, a pesar del cuidado con que lo hizo, la mariposa de inmediato salió volando. Max dio por terminado el experimento, y sugirió a Mateo que siguieran con su paseo.
–Lo que acabas de experimentar es la respuesta a tu conflicto. Ana es tu mariposa.

Dejó que Mateo reflexionase acerca de lo que acababa de pasar y se hiciese su propio mapa de situación. Finalmente, y ante el silencio de su amigo, continuó:

–La mariposa solo ha permanecido en tu mano mientras se ha sentido en libertad. En el momento en que ha percibido que intentabas cazarla, ha volado de inmediato. Cuando empezasteis vuestra relación, tú acogiste a Ana con la mano extendida. Ella vino a ti porque quería y porque así lo había elegido. En estos últimos tiempos, has estado permanentemente encima de ella, diciéndole lo que tenía que hacer y lo que no, lo que te parecía bien pero, sobre todo, lo que te parecía mal. Has estado decidiendo por ella y forzándola a dar pasos que no quiere o no está preparada para dar… Has cerrado la mano. Y la mariposa desea emprender el vuelo.

Mateo escuchaba con atención y se daba cuenta del profundo sentido de las palabras de su profesor. Max estaba en lo cierto. Estaba coartando la libertad de Ana, y quería desesperadamente y en todo momento que se aviniera a sus planes, sintiéndose decepcionado cuando sentía su discrepancia. Se hizo un larguísimo silencio que Max decidió no interrumpir. Sabía que su amigo estaba dando sentido a sus reflexiones, que terminaron cuando le preguntó:

–Max, ¿volverá la mariposa a posarse en mi mano?
–Depende de si siente que lo hace porque ella lo elige, si siente que mantiene su libertad.
–Me costará mantener la mano abierta. Porque yo la quiero conmigo…
–Y lo comprendo, pero es tu única oportunidad. La tendrás más cerca cuanto menos presionada se sienta. Cuando perciba que tu mano está y estará siempre abierta…

El sol se escondía y la temperatura empezó a descender bruscamente. Regresaron a casa y se prepararon un reconfortante segundo café. Tras una calurosa charla, Mateo se despidió de Max para volver a su casa.

Max no volvió a tener noticias de Mateo en bastante tiempo. Pensaba a menudo en su antiguo alumno y se preguntaba si habría solucionado su problema con Ana. Un buen día la respuesta llegó por correo electrónico. Mateo le enviaba una foto con una preciosa mariposa posada sobre la mano extendida de Mateo.

espíritu positivo

Espíritu positivo

Sentada en la barra de la pequeña cafetería de siempre, Alba se estaba tomando mucho más tiempo del habitual para su desayuno. Algo la tenía totalmente absorbida, hasta el límite de perder la noción del tiempo.

En un momento determinado, Carlos, el encargado, la interpeló:

–Alba, estás alargando mucho el desayuno hoy. ¿Te ocurre algo?

Alba, como saliendo de una ensoñación, lo miró directamente a los ojos y le preguntó:

–¿Qué hora es?

–Casi las doce…

–¡Madre mía! En la oficina me matan.

De repente, a su lado, un hombre mayor que aparentemente leía el periódico le dijo:

–Pues imagino que ya no vendrá de diez minutos más.

Alba se quedó desconcertada. Ni entendía ni era capaz de intuir de qué iba la cosa. El hombre se apresuró a hablar:

–Me llamo Max, y como tu buen amigo Carlos, intuyo que algo no va bien.

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Alba se sentía atrapada. Así que, sin pensarlo mucho, y viendo que no había nadie más en la cafetería, decidió tirarse a la piscina.

–Yo soy Alba y lo que me ocurre es que mi jefe me acaba de meter en un callejón sin salida: hemos tenido hoy una conversación sobre mi trabajo y me ha dicho literalmente que necesito tener espíritu positivo.

–¿Y cuál es el problema?

–Pues que me encantaría tenerlo, pero ni lo tengo ni lo he tenido nunca. Y no puedo hacer nada al respecto, pues, al fin y al cabo, eso te toca en la lotería de los genes.

–Sí, en cierta medida. Puede que ahora no tengas espíritu positivo, pero eso no significa que no puedas adquirirlo.

–¿Adquirirlo? ¿Me sugieres que lo compre?

–Metafóricamente.

–Perdona, pero no te sigo para nada. Para mí el espíritu positivo es una característica de la personalidad que o se tiene o no se tiene, y poco puedo hacer al respecto.

–Lo es en parte. Pero el espíritu positivo es también una habilidad que, como todas las habilidades, se entrena y se desarrolla con una buena gimnasia y una buena dosis de consciencia.

–Vas a tener que explicarte.

–¿Te parece bien que lo haga de camino a tu oficina?

–¡Sí, por favor! Gracias por proponerlo.

Salieron caminando tranquilamente de la cafetería, y Max comenzó con sus explicaciones.

–Mira, Alba, las personas no estamos predeterminadas a vivir la vida que nos ha tocado por la genética. Nuestro cerebro cambia. De hecho, cambia con cada experiencia y con cada pensamiento. Es muy cierto que algunas personas, de entrada, tienen un espíritu más positivo. Esto se traduce en que tienen un número de pensamientos positivos más altos. También es cierto que algunas otras personas tienen un espíritu menos positivo. Eso significa que les cuesta más conectar con esos pensamientos. Pero pueden hacerlo. Y la buena noticia es que con una práctica consciente y deliberada cambiamos estructuras cerebrales, y podemos adquirir habilidades que nos parecía imposible tener.

–No se cuánto creerte, de entrada.

Max no pudo evitar lanzarle una ironía:

Ya lo dice tu jefe, que muy positiva no eres… Alba, sonrojándose, quiso rectificar:

–Perdona, tienes razón. No estoy siendo muy razonable. Cuéntame el método.

–Es muy sencillo, tienes que tomar consciencia de tus pensamientos. Escuchar dentro de ti. Ser consciente de los pensamientos que te vienen. Y algunos de ellos ponerlos en tela de juicio o, directamente, cambiarlos.

–Creo que necesitaré un ejemplo para acabar de entenderlo.

–Cuando llegas al trabajo, ¿qué piensas?

–No sé, depende del día. Es que no sé si pienso algo o no…

–Vayamos a un caso concreto. Hoy, cuando has llegado, ¿qué has pensado?

–Pues hoy sí lo tengo claro. He pensado literalmente: “Vaya marronazo de día. Será un milagro si salgo viva”.

–Pues ahí lo tienes. Si tomas consciencia de este pensamiento, quizás puedes formularlo de un modo distinto. Prueba a hacerlo.

–Es que es así, es un día muy complicado...

–¿Qué tiene de malo, exactamente?

–Que tengo mil cosas retrasadas que debería dejar hechas hoy, sí o sí.

–¿Y las sacarás adelante?

–Claro. Al final siempre lo logro.

–Pues entonces te propongo que reformules el pensamiento desde ahí.

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Alba necesitó algunos segundos de reflexión. Al final probó:

–Podría pensar: “Va a ser un día duro, a ver si consigo pasarlo”.

–No está mal… y puede ser mejor. Te estás quedando a medio camino. Prueba a formularlo inequívocamente en positivo.

Alba necesitó de nuevo unos segundos para elaborar su pensamiento. Al final propuso:

–Quizá mi primer pensamiento al llegar al trabajo podría haber sido: “Se presenta un día intenso pero, aunque no sé muy bien cómo, lo salvaré”.

–Ahí lo tienes. Esta es la vía. Ese pensamiento ya ha producido un cambio, aunque sea minúsculo, en tu cerebro.

–¿Y esto es lo que tengo que hacer?

–Sí. Deberás hacerlo de forma consciente al principio, pero en un tiempo no muy largo notarás que ese pensamiento más positivo te saldrá solo. Y hasta tu jefe lo notará…

Llegaron a la puerta del edificio. Alba aguantó la puerta a alguien que salía. Pensó en un pensamiento positivo para Max, y al final le vino: “Nunca un café me había ayudado tanto”. Pero no pudo decirlo. Al girarse se encontró sola. Sin rastro del tal Max. Tuvo la sensación de que todo había ocurrido en su imaginación.

Lo que la crítica me descubre

Lo que la crítica me descubre

Carlos había salido a tirar la basura. En realidad, esa era la excusa que se había dado a sí mismo para salir a dar una vuelta y despejarse un poco.

No podía quitarse de la cabeza las palabras que sus amigosle habían dicho en el encuentro que habían tenido para preparar un viaje que querían hacer juntos: “Siempre miras las cosas desde el lado negativo”. ¡Qué injustas! ¡Qué rabia que le dijeran a él precisamente eso! Porque lo único que había hecho era aportar algo de pragmatismo a unos planes que no se aguantaban por ningún lado.

Sin ganas todavía de encerrarse en casa, se sentó en un banco de la calle, encallado mentalmente en esa inmerecida crítica.

Ensimismado y con la mirada perdida, no se dio cuenta de que un hombre mayor se había sentado a su lado. Reparó en él cuando oyó su voz que decía:

—Bonita luna, y bonita noche… y me temo que te la estás perdiendo.

Carlos, alucinado, solo acertó a preguntarle:

—Disculpe, ¿nos conocemos?

—No, pero eso no me impide ver el desasosiego en tu cara…

Pasaron unos largos diez minutos sentados, lado a lado, sin decir ni decirse nada. Hasta que Carlos, dándose cuenta de que no se desprendía de su disgusto, y pensando que no tenía nada que perder, decidió tirarse a la piscina y le dijo:

—No me interesa hoy la luna. Ni la noche. Me han machacado injustamente mis mejores amigos y no me los saco de la cabeza.

—Mi nombre es Max, y mi ofrecimiento es escucharte…

—Yo soy Carlos, y me irá bien desfogarme, así que ahí va la historia: nos hemos reunido un grupo de buenos amigos para preparar un viaje que queremos hacer juntos. Como siempre, todos decían su opinión y, ante las disparatadas ideas que proponían, yo he intentado ordenar un poco las cosas, señalar algunos riesgos… y lejos de agradecérmelo me he ganado una injusta crítica: que siempre lo veo todo negro.

—¿Me pones un ejemplo de algo que hayan propuesto?

—Sí, claro, estamos pensando en ir a Perú y Jorge se ha descolgado con que no reservemos hoteles, que busquemos casas donde alojarnos sobre la marcha…

—¿Y qué te parece a ti la idea?

—Absurda.

—¿Por algo en particular?

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Carlos se lo quedó mirando. Lo que le faltaba. Otro insensato a la altura de sus amigos. Definitivamente no era su noche. Max, dándose cuenta de que lo estaba perdiendo, intervino:

—Carlos, te pido un minuto de confianza: te pido que mires un momento dentro de ti. Muy, muy dentro de ti. Y que te preguntes:

¿A ti te gustaría en el fondo hacer un viaje sin planificación y sin rumbo?

—Pero es jugársela.

—No lo dudo, pero lo que te estoy pidiendo es que me digas si te gustaría.

Carlos pensaba, mirando al suelo. Al final dijo:

—Sí, me encantaría. Claro que me gustaría. Cuando alguien me cuenta una experiencia así, en el fondo me muero de envidia. Lo que pasa es que no tengo valor para hacerlo. Entre otras cosas porque en cuanto me lo planteo siempre pienso en todo lo que va a salir mal.

—¿Y te gusta pensar así siempre?

—No, no me gusta nada. Porque sé que me meto yo mismo el miedo en el cuerpo. Pero no puedo hacer nada. Me encantaría poder verlo de forma optimista, como lo ven ellos.

—Pues eso y solo eso es lo que explica el dolor que te produce su crítica.

Carlos se quedó pasmado. Ahora sí que necesitaba una explicación. Max lo percibió y se apresuró a dársela.

—Carlos, las críticas que más nos afectan son nuestro gran maestro. Nos dan una precisa y perfecta información de las cosas que no tenemos integradas. De las cosas que no nos gustan. Son un gran regalo para crecer.

—Ahora soy yo el que te pide el ejemplo…

—No necesito más que tomar el tuyo de hoy: te ha dolido que te acusaran de ver las cosas negras, porque al primero que no le gusta es a ti. Acabas de decírmelo. No lo llevas bien y, cuando te lo mencionan, te enciende. Porque apela a algo que en el fondo te criticas a ti…

Carlos escuchaba absorto. Todo aquello empezaba a cobrar sentido, pero solo empezaba. Necesitaba más claridad. Max le preguntó:

¿Puedes pensar en una crítica que al recibirla no te afectase?

—Ummmm, sí. No hace mucho me tacharon de cuadriculado.

—¿Y lo eres?

—Sí… lo soy. Y no me disgusta en absoluto serlo. Creo que en esta vida es bueno que haya gente como yo, que controle las cosas.

—Bien. ¿Buscas otra crítica que te afectase?

Carlos tardó algo más de tiempo esta vez en encontrarla. Al final dijo:

—Ya la tengo. También no hace mucho me acusaron de ser insensible, y me enfadé mucho.

—¿Lo eres?

—No lo sé, pero no quiero serlo...

De repente todo encajó. Se daba cuenta de que las críticas que no le afectaban era porque hacían referencia a cosas que él tenía plenamente aceptadas de él mismo. Las que sí le afectaban se referían a cosas que quizás inconscientemente también él se criticaba.

Ahí tenía la luz: analizando cómo le afectaba cada crítica tenía la ocasión de descubrir qué aspectos de su vida no tenía integrados.

Viendo lo que le dolía podía descubrir lo que tenía por trabajar.

Con el ánimo remontado, se dio cuenta de que la crítica de sus amigos le iba a ayudar: tenía que reflexionar sobre qué le impedía tener una mirada más positiva de las cosas y cómo podía llegar a ser más optimista.

Se levantó. Estaba realmente agradecido por haber podido tener esa reveladora conversación con aquel desconocido.

Y tal y como se levantaba, se permitió una mirada consciente y profunda a la luna. Era preciosa. Tenía ganas de compartirlo con Max, pero al girarse encontró el asiento vacío. Tuvo la sensación de que nunca había estado allí, y que formaba parte de la magia de esa noche.

Desahogarse sin ahogar

desahogarse sin ahogar

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

La sala de espera del centro médico estaba llena. Nacho estaba sentado en una esquina, junto a su madre, mientras esperaban a que la llamasen para realizar una ecografía. En un tono de voz discreto para no molestar al resto de la gente, la madre de Nacho le dijo:

—Algo te ronda por la cabeza, te noto ausente.

—Es que todavía no he digerido lo que me pasó ayer con Julia, mi cuñada y, claro está, tu nuera.

Se hizo un denso silencio. La madre de Nacho no estaba segura de querer saber qué había sucedido esta vez. Al final, Nacho, por propia iniciativa se lo contó:

—Ayer fui a recoger a Clara a su casa, y solo entrar va y me suelta: “a ver cómo educas a tu hija, que parece mentira cómo le habla a la mía”. Y, claro, me faltó tiempo para replicarle.

—Me lo imagino… ¿Qué le dijiste?

—No lo recuerdo exactamente, pero algo así como que sentía mucho que mi hija no fuera una pija como la suya.

La madre de Nacho, visiblemente incómoda, fijó su mirada en un punto indeterminado, mientras Nacho proseguía su explicación:

—Pero es que ya no puedo más, y no voy a esconderlo más tampoco. Nos busca continuamente. A base de comentarios mal intencionados intenta que me pelee con mi hermano y, si no lo consigue, entonces mete cizaña con los niños…

El discurso de Nacho seguía, sin que su madre dijese nada. Pasados unos minutos la llamaron y se levantó para dirigirse a la puerta que le habían indicado. Nacho solo tuvo tiempo de decirle apresuradamente:

—Perdona, no me hagas mucho caso. Solo necesitaba desahogarme.

Entonces, desde el banco de al lado, oyó una voz que decía:

—Y lo haces ahogando a tu madre.

Nacho se giró y se encontró con la mirada directa de un hombre mayor que sin que él se hubiera dado cuenta, se había sentado a su lado. Sin pensarlo dos veces, le dijo:

—No sé de dónde saca el valor de meterse con alguien a quien ni tan siquiera conoce…

El hombre, consciente de que con su intervención le había provocado, se apresuró a añadir:

—Disculpa, y créeme si te digo que lo he hecho con la mejor de las intenciones. Me llamo Max y solo tengo la intención de aprovechar tu espera para sugerirte algo que puede ayudarte.

Nacho percibió de inmediato la intención conciliadora en el tono de voz de aquel hombre, así que decidió seguirle el juego. Quizás efectivamente algo podía aprender de aquel incidente, ya que no se sentía en absoluto cómodo con la conversación que acababa de tener con su madre. Haciendo un gesto afirmativo con la cabeza, invitó a Max a continuar. Este le dijo:

—Verás, desahogarse es bueno, sin duda, porque como la misma palabra indica es dejar de ahogarse. Pero por dejar de ahogarse uno no debería ahogar a los demás…

—Lo siento pero no te acabo de seguir.

—Me refiero a que quedarse los disgustos dentro no es en general buena idea, pues afectan al ánimo y producen resentimiento. Pero desahogarse tiene sus normas.

Nacho estaba sorprendido e interesado a partes iguales. Le empezaba a resultar entrañable aquel hombre, y estaba dispuesto a escucharlo hasta el final. Con un gesto le animó a seguir.

—La primera norma: no desahogarse con alguien que está emocionalmente vinculado al conflicto.

—¿Y por qué?

—Si lo hacemos, podemos descargarnos sin duda nosotros, pero estaremos injustamente e inevitablemente traspasando la carga al otro.

—Justo lo que he hecho con mi madre, ¿no?

—Me temo que sí… porque tu cuñada es su nuera; y tu hermano, su hijo. Es inevitable que le traspases cierta ansiedad, y probablemente la tentación de intervenir en el asunto.

Las palabras de Max le resultaron reveladoras. Sin duda, esa era una norma que no se había nunca planteado. Se desahogaba de problemas del trabajo con personas del trabajo, y de problemas de familia con personas de la familia.

Un claro error, y con una solución sencilla: intercambiar papeles, es decir, desahogarse del trabajo con alguien ajeno a él, y de la familia con –por ejemplo- alguien del trabajo. Max continuó:

—Segunda norma: avisa de que te estás desahogando, y que esa es tu única intención.

—Está sí que la pillo.

—De lo contrario, la persona que te escucha puede quedarse con la sensación de tener que hacer algo al respecto, y de nuevo puede llevarse preocupaciones de más.

—Eso se lo he intentado comunicar a mi madre, aunque tarde me temo.

Max asintió con la cabeza. Y tras un breve silencio continuó:

—Y la tercera norma: no elijas siempre a la misma persona para desahogarte, ya que resultarás cansino.

Ante la cara de duda de Nacho, añadió:

—Las relaciones necesitan un cierto equilibrio, entre lo que das y lo que necesitas. Si siempre pides, y nunca das, terminarán por huir de ti…

De nuevo aquellas palabras daban mucha luz a Nacho, pues reconocía elegir siempre a las mismas “víctimas” de sus desahogos, y había observado cómo en algunos casos rehuían su presencia.

Realmente aquella estaba siendo una utilísima lección, y se arrepentía de haber reaccionado tan bruscamente ante la primera interpelación de Max. Buscando su complicidad, apuntó:

—En todo caso, y si soy capaz de seguir las tres normas, no estaré ahogando a nadie con mi desahogo…

—No, para nada, y te resultará balsámico. No dejes de hacerlo…

En aquel instante vio cómo se abría la puerta y aparecía su madre. Se levantó para ir a buscarla y, mientras volvía a la sala de su brazo, se disponía a contarle su experiencia con Max.

Pero al dirigir la mirada a los bancos de espera, no pudo verlo. No había oído que le llamasen, ni lo había visto salir, simplemente se había esfumado. Tuvo la sensación de que aquella reveladora conversación no había existido más que en su imaginación.

El piloto automático del "sí"

Cuento no puedo

Cuentos para pensar es un podcast de relatos cortos para en el crecimiento personal. Escúchalo y compártelo.

Era sábado por la tarde, y en la cafetería del barrio (llena a rebosar entre semana) no había demasiada actividad. Solo en una mesa, una mujer de unos treinta años trabajaba concentrada con un montón de papeles a su alrededor y un café que sorbía de vez en cuando. Y en otra mesa, un hombre mayor ojeaba el periódico con la calma de aquel que sabe que tiene todo el tiempo del mundo y ningún compromiso por delante.

De repente a la mujer le sonó el móvil y, tras un breve diálogo, su vecino mayor pudo escuchar cómo decía: “Estoy encallada, me queda un montón de trabajo; id sin mi y ya nos veremos a la hora de cenar”.

En el mismo instante en que colgaba, una expresión de profunda tristeza se instaló en su rostro y el brillo de sus ojos delataba que estaban a punto de saltarle las lágrimas.

El hombre mayor se quedó mirándola con compasión. Ella no le rehuyó la mirada y, tras unos segundos de mágica conexión visual, él sintió que podía interpelarla y le dijo:

—Otra oportunidad perdida, ¿cierto?

Ella no dijo nada. Solo asintió con la cabeza al tiempo que una lágrima le comenzaba a resbalar por la mejilla.

El hombre pidió permiso para acercarse con un gesto y, ante la respuesta afirmativa de ella, se sentó a su lado y le dijo:

—Me llamo Max; y si hablar de ello te puede ayudar, soy todo oídos.

—Yo me llamo Ana, y sí, creo que me vendrá bien desahogarme. Verás, el que acaba de llamar es mi marido, que me esperaba con nuestro hijo para ir al cine. Pero estoy enfrascada en un favor que le estoy haciendo a un conocido…

—¿En sábado?

—Me lo pidió ayer, y no pude negarme.

Max, en un tono cálido le preguntó:

—¿Lo intentaste?

Ana se quedó reflexionando unos instantes.

—No lo intenté, es verdad, pero es que no le podía decir que no.

—¿Por algún motivo?

—Porque creo que le habría sentado fatal y no quiero decepcionarle.

Max se levantó, fue hasta su abandonada mesa, tomó la taza de té y volvió a la mesa de Ana, todo ello con la intención de dejar unos instantes de silencio antes de decirle:

—Y el precio de no hacerlo es perderte la tarde de cine con tu hijo.

Ana se quedó helada. Max se dio cuenta y empezó enseguida con sus explicaciones para rebajar la tensión del momento:

—Verás, Ana, un “no puedo” no es fácil de decir para algunos de nosotros. Nos parece desconsiderado, hasta egoísta algunas veces. Sin embargo, no siempre nos paramos a pensar en el precio que pagamos por no dar ese “no puedo”.

—Es que cuando me lo pidió ni me lo planteé. No fui consciente ni del alcance de lo que me pedía ni de lo que me perdería por aceptarlo.

—Y este es precisamente el problema: que el “sí” es un “sí” de piloto automático. Es un “sí y ya me las arreglaré”. Y tienes que cambiarlo por un “déjame pensarlo”.

Ana escuchaba con atención. Sentía que todo aquel discurso le calaba muy hondo. Max continuó sus explicaciones:

—Ana, si me permites decírtelo, cuando te piden algo eres demasiado rápida en el “sí”, y tienes todo el derecho del mundo –y la obligación contigo misma– de pensártelo. De valorar si realmente puedes y también si quieres. Y de valorar si ese “sí” te supondrá algunas consecuencias.

Ana comprendía el discurso, pero le generaba impotencia, porque no imaginaba cómo cambiar su comportamiento. Le preguntó a Max:

—Vale. Imagina que soy capaz de decidir que no puedo, ¿cómo lo hago? Porque no me parece tan fácil…

—Pues la mejor manera es explicando de forma transparente tus motivos. En la mayoría de los casos encontrarás una total comprensión por parte de tu interlocutor.

—Pero no siempre es así, hay gente que sí que se lo tomaría mal.

—Si en algún caso alguien lo hace, es que ni te valora ni te aprecia. No te interesa para nada una relación así.

—Pero es que me imagino diciendo “no puedo” y estoy segura de que algunas personas se quedarían pasmadas.

—Probablemente porque las tienes acostumbradas a que siempre dices “sí”. Es posible que las primeras veces provoques sorpresa, pero no decepción, especialmente si te aprecian.

—Pero, Max, es que en el fondo yo soy así, hago siempre favores a la gente.

—Y está bien, pero no a barra libre. Lo que te sugiero es que elijas cuándo y a quién haces estos favores. Hoy tienes un claro ejemplo de las consecuencias de no hacerlo.

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Ana reconectó con el disgusto de no ir al cine con su marido y su hijo, y ello daba todo el sentido del mundo al discurso de Max. Convencida de ello le dijo:

—Max, te doy la razón; me revelo ante la idea de no poder estar esta tarde con los míos. Pero necesito más luz en el cómo hacerlo. Son demasiados años actuando desde el “sí”, como tú dices, en piloto automático.

—Pues te sugiero un par de tácticas que te ayudarán a coger seguridad. La primera: no des nunca un “sí” en el momento, aunque lo veas claro. Disciplínate a responder siempre –y remarco siempre- un “te digo algo enseguida”.

A Ana se le dibujó una leve sonrisa. Se imaginaba haciéndolo, y lo cierto es que le gustaba. Enseguida le preguntó a Max:

—¿Y la segunda?

—Piensa siempre en qué harías en ese tiempo que dedicarás a hacer lo que te piden. Te ayudará a valorar lo que te estarías perdiendo.

Aquí la expresión de Ana era de pura frustración. Se había hecho mil veces el propósito de hacer un montón de cosas que luego no tenía tiempo de hacer. Esa táctica iba a darle mucha energía para poder dar muchos “no puedo”.

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De repente, y en plena reflexión de todo aquello, Ana tuvo una revelación. Cogiendo el móvil llamó a la persona que le había pedido el favor:

—Paco, soy Ana. Verás, necesito decirte que no llego con tu encargo. ¿Te es tan urgente?

No lo era. Y esto abrió un nuevo diálogo con Max alrededor de cuán necesarias son algunas de las cosas que a veces se piden. Inmediatamente Ana mandó un watsapp a su marido, que debería estar entrando en el cine en aquel momento:

—Dime fila y asiento, voy volando.

Los ojos le brillaban de nuevo, pero esta vez eran de emoción. Levantó la vista con la intención de agradecer a Max sus reflexiones. Sin embargo, no había ni rastro de él. El periódico estaba colgado en su soporte habitual y su taza de té había desaparecido de la mesa. Tuvo la extraña sensación de haberlo soñado todo.

como apoyar alguien enfermo

3 claves imprescindibles para apoyar a quien enferma

Max se dirigía a su cita semanal con Clara. Sabía que algo le pasaba, pues cuando la llamó para confirmar el encuentro, ella le aseguró que no solo acudiría puntualmente a la cita sino que además necesitaba verle más que nunca.

Al entrar en el bar, Max la encontró sentada a la mesa de siempre, totalmente ensimismada. No había señales de la Clara jovial y animada que solía ser. Efectivamente, algo le sucedía.

El viejo profesor se sentó, le cogió la mano y sin más preámbulos le dijo:

–¿Me lo explicas, Clara?

–Ya sabes que mi hermana está enferma…

–Sí, me lo dijiste.

–El martes nos vimos. Quería ayudarla, pero me temo que no supe hacerlo. Después de estar con ella, me quedé hecha polvo y me temo que a ella la dejé bastante peor de como la encontré…

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–¿Qué ha pasado exactamente?

–Ella quería hablarme de su enfermedad. Y yo no dejaba de interrumpir. Le decía que no se preocupara, que todo iría bien. Incluso intenté deliberadamente cambiar de tema un par de veces. Así pasamos el día y, cuando nos despedimos, además de animarla, le sugerí que se distrajera y pensara en otras cosas.

Ella me contestó con unas palabras que no puedo olvidar. Me dijo: “Clara, no lo entiendes. Necesito hablar de ello”.

Max escuchaba atentamente el relato de Clara y, con la mirada, la animó a continuar:

–Después de escuchar su comentario, la verdad es que llegué a casa con una sensación amarga que me ha acompañado todos estos días.

–¿Has vuelto a hablar con ella?

–No, porque sinceramente no sé cómo reaccionar. Temo hacerlo aún peor. Por eso necesitaba verte…

Max percibía la angustia de Clara y, por ello, optó esta vez por no dilatar el proceso. Le dijo:

–Clara, la enfermedad de un ser querido nos angustia. Pero hemos de hacer todo lo posible para que esta angustia no nos obligue a hacer cosas que van en contra de lo que el enfermo necesita. Y, tras una breve pausa, añadió:

"Hay veces que ella querrá hablar del tema. Otras, no. Lo importante es que captemos qué necesita y que estemos dispuestos a dárselo. Estamos al servicio de su angustia, no a merced de la nuestra."

–¿Y si nos pregunta sobre la enfermedad? ¿Y si nosotros sabemos cosas que ella no sabe?

–El hecho de que nos pregunte no significa que podamos y debamos responderle con toda la crudeza del mundo. Significa que debemos estar abiertos a lo que nos pida. Es importante no decidir por ella qué “le conviene saber” ni contestar a preguntas que no podamos responder desde la serenidad y el amor. Muchas veces, lo mejor será ayudarla a encontrar a la persona que le pueda dar esas respuestas, sin asumir directamente toda la responsabilidad.

Clara escuchaba con atención. Comprendía perfectamente lo que Max le decía, pero no tenía claro cómo actuar. Le hizo una última pregunta:

–¿Qué puedo hacer a partir de ahora?

–Acompañarla. Si quiere hablar, la escuchas. Si quiere distraerse, os distraéis. Tu mensaje debe ser claro: “Estoy a tu lado incondicionalmente y para lo que necesites”. Esto se demuestra muchas veces sin grandes discursos y con un simple gesto. Y, sobre todo, no actúes movida por tu angustia ni la hagas sentir enferma con tus reacciones. Intenta que no sienta tus temores, pues reforzarán los suyos. Será duro, pero viviréis momentos muy valiosos, de una gran intimidad.

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Tengo miedo de que, si hablamos abiertamente de la enfermedad, pueda perder la esperanza.

–La perderá si te ve desesperada, por más falsos mensajes de esperanza que le des. Pero no la perderá si te siente luchando con fuerza a su lado. Tú eres la primera que debe tener claro que saldrá adelante.

–Max, ¿me acompañarás en el camino?

–Cuenta con ello.

Max se levantó y se acercó a la barra para pedir el desayuno. Vio a Clara coger su móvil. Intuyendo a quién llamaba, se sentó a la barra para darle tiempo. Sabía que su hermana la necesitaba a su lado.

Pautas para mantener una relación sanadora

Cuando a un ser querido se le detecta una enfermedad, la comunicación se transforma, pues nuestras angustias y las suyas crean interferencias y las palabras no fluyen como antes. A continuación, ofrecemos unas pautas que nos pueden “ayudar a ayudar”.

Escuchar sin juzgar

Es más importante lo que exprese el enfermo que lo que digamos nosotros. Expresar viene de “ex-presión”, sacar fuera la presión. Escuchar sin emitir juicios, sin tranquilizar superficialmente ni interrumpir permitirá que la persona afectada ordene sus ideas, se dé cuenta de sus sentimientos, dudas y miedos, y se sienta acompañada.

Comprender sus deseos

Si no hemos comprendido lo que la persona enferma necesita, es mejor no dar ningún paso. Pidámosle que nos ayude a entender bien lo que quiere que hagamos. No nos adelantemos a sus necesidades ni intentemos interpretarlas a partir de lo que nosotros creemos que necesitaríamos si estuviésemos en su lugar. Cada persona es diferente y esto también se cumple frente a la enfermedad.

Facilitar la vida de todos

Demos a la persona enferma aquello que nos pide y que podemos asumir. Es muy importante que también nos cuidemos nosotros y que nos mantengamos en contacto con nuestras propias necesidades. Si lo que nos pide nos da mucho miedo o sobrepasa nuestra capacidad, busquemos ayuda en nuestro entorno o en un equipo profesional. Debemos distinguir lo que proviene de nuestros miedos de lo que emana de nuestros sentimientos, y dar mucho amor.

basta de etiquetas prejuicios descubre que hay detrás

¡Basta de etiquetas! Descubre qué hay más allá de tus prejuicios

Iñaki estaba sentado en la barra de una pequeña cervecería haciendo tiempo antes de asistir a la cena anual con sus compañeros de promoción de la Universidad.

Al tiempo que se tomaba una caña de aperitivo, se dedicaba a intercambiar wasaps con su amigo Carlos, al que esperaba.

¿Preparado para la fiesta? √√

Sí, aunque me da una pereza horrible... como me toque en la mesa con el “batallitas” lo llevo claro. √√

Yo del que voy a huir es del “guaperas”. No sabría de qué hablar con él... aunque a la “sosainas” tampoco la aguantaría mucho rato... √√

Concentrado en la pantalla de su móvil, no se dio cuenta de que un agradable hombre mayor se había sentado a su lado. Al reparar en su presencia, y al conectar con su serena mirada, se sintió extrañamente impulsado a entablar conversación con él, así que le contó:

—Hola, no le había visto entrar. Estoy haciendo tiempo... Hoy tenemos la cena de promoción de la Universidad. Nos reunimos cada año desde que terminamos los estudios.

—Me suena. Nosotros las hicimos durante muchos años... aunque tengo que reconocer que yo no era muy popular en mi curso. Era el “empollón”.

Iñaki sonrió. Se daba cuenta de que todos los grupos funcionaban igual, poniendo etiquetas a todo el mundo. Se animó a preguntarle:

—¿Y le duró mucho esa fama?

—Creo que aún la arrastro entre los miembros del grupo que todavía tienen relación. La verdad es que hace años que ya no nos vemos.

Tras un breve silencio, el anciano le preguntó a Iñaki.

—¿Y tú? ¿Cuál es tu etiqueta?

Iñaki se apresuró a responder:

—No tengo ninguna, que yo sepa.

El hombre miró a Iñaki directamente a los ojos, y con tranquilidad le dijo:
—Pues tienes mucha suerte de no tenerla; y ¡qué feliz serías en la cena de esta noche si olvidaras las de los demás!

Iñaki se quedó absolutamente desconcertado. No sabía cómo reaccionar. ¿A qué venía aquel comentario? Sobre todo tratándose de un completo desconocido... Se debatía entre querer saber a qué se refería aquel hombre con lo que le había dicho y el impulso natural de ignorarlo por completo y terminar allí mismo la conversación.

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Al final, la curiosidad ganó la partida y quiso saber más.

—¿Me lo explica?

—Claro. Y déjame ante todo que me presente: me llamo Max.

—Yo Iñaki.

—Verás, Iñaki, las etiquetas que colgamos a la gente nos impiden ver a los demás tal como son. Condicionan y restringen nuestra percepción, hasta el límite de que vemos de los otros únicamente lo que confirma la etiqueta, perdiéndonos una gran parte de ellos.

Iñaki escuchaba con atención. Lo que le contaba aquel desconocido tenía todo el sentido del mundo.

Y las que nos cuelgan a nosotros no nos dejan avanzar. Nuestros esfuerzos por evolucionar pasan desapercibidos hasta el punto de que nos desanimamos en nuestro intento.

“Un gran número de personas creen que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios” William James

Ahora lo tenía claro: aquella espera prometía ser todo menos intrascendente. Metido ya de lleno en la explicación de Max, Iñaki le pidió más concreción.

—Cuénteme más, por favor. ¿Cómo funciona exactamente esa pérdida de percepción?

—Nuestro cerebro es sensible a las etiquetas. Percibe lo que coincide con ellas e ignora lo que no coincide. De esta forma, si por ejemplo pienso de alguien que es un pesado, solo percibo en él los signos de ser un pesado. Si pienso que es un exagerado, soy especialmente sensible a la más mínima exageración. Percibimos lo que coincide con nuestras creencias, nada más que eso.

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Yo fui, efectivamente, un “empollón” en los primeros años de universidad. Pero no lo fui en los últimos. Y nadie se dio cuenta. Hay personas que nunca se relacionaron conmigo por ello, y otras a las que les costó Dios y ayuda cambiar la percepción que tenían de mí. Todavía recuerdo el comentario de un compañero que, tras meses de relación conmigo, me reconoció: “Pues para ser el empollón eres bastante simpático”.

Iñaki escuchaba fascinado. Aquella conversación le estaba dando mucha luz acerca de algunas relaciones que mantenía con sus ex compañeros. Max continuó su explicación.

—Pensando en la cena de esta noche: ¿Qué oportunidad le estás dando al que lleva la etiqueta colgada? ¿Y si por culpa de esa etiqueta te pierdes la oportunidad de conocer a una persona maravillosa? ¿Alguien que realmente ha cambiado y no es en absoluto como crees?

Poner etiquetas es renunciar a tu capacidad de percepción y no ver a los demás como son, sino como tú ya has decidido que son. Te puedes estar perdiendo mucho por el camino.

La pantalla del móvil de Iñaki se encendió. Tenía un nuevo wasap:

¿Preparado para aguantar a Pepe el “graciosillo”?

No fue capaz de responder esta vez. Pensó que sí, que estaba preparado, pero no solo para aguantarlo, sino también para descubrir cómo era de verdad.

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Apurando su cerveza, le dijo a su acompañante:

—Me voy y, por favor, déjeme que le invite.

Iñaki fue a pagar. Le pidió al camarero que incluyera en la nota la cerveza del hombre mayor que se sentaba a su lado. El camarero se apresuró a preguntar:

—¿A qué hombre se refiere?

Iñaki dirigió su mirada hacia el lugar donde había estado sentado hasta hacía unos segundos. Sobre la barra solo había una copa vacía, la de su cerveza. No entendía nada. Su curioso acompañante se había desvanecido. Parecía como si aquella reveladora conversación hubiera sido tan solo una fantasía.

amistad-exigencias

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Amistad sin exigencias

A Javier le encantaba vivir fuera de la ciudad, pero disfrutar de la tranquilidad de su pequeño pueblo tenía un precio: cada mañana tenía que conducir casi una hora hasta llegar a su trabajo.

Durante el desayuno, había mandado un mensaje a su amigo José Luis intentando quedar con él. Hacía tiempo que lo andaba persiguiendo. Últimamente sabía más de él por amigos comunes o por las redes sociales que por lo que habían podido compartir cara a cara, y esto le incomodaba. Justo cuando abría la puerta del coche, recibió la respuesta: “Lo siento, voy muy liado, ya te llamaré...”.

Javier se molestó. Con un gesto agresivo apagó el móvil. Estaba a punto de entrar en el coche cuando se dio cuenta de que junto a la puerta del acompañante un entrañable hombre mayor le llamaba la atención. Javier le interrogó con la mirada, y este le preguntó:

—¿Se dirige a la ciudad?

—Sí, así es.

—¿Podría llevarme? He perdido mi autobús...

Javier no tuvo ningún inconveniente. Invitó al hombre a subir al coche y pusieron rumbo a la ciudad. Javier estaba ensimismado, todavía molesto por el mensaje de José Luis, y pasó los primeros minutos sin abrir la boca. Su acompañante rompió el hielo para decirle:

—Mi nombre es Max y, si me permites tutearte, te agradezco mucho que me lleves.

Javier de repente volvió a la realidad y se dio cuenta de lo descortés que estaba siendo.

—Disculpa, yo soy Javier, y siento no estar muy comunicativo. He recibido un mensaje que no me ha gustado nada y estoy todavía molesto...

—¿Algo importante?

—Solo un amigo que no sabe lo que es la amistad.

El comentario quedó flotando en el ambiente. Max lo recogió para preguntarle:

—¿Cuál ha sido su pecado?

Javier, sintiendo una especial confianza con aquel hombre que no sabía bien cómo explicar, decidió contárselo; al menos se desahogaría.

—Verás, Max, mi amigo José Luis y yo nos conocemos desde hace tiempo. Tuvimos un encuentro profesional y desde entonces nos hemos ido viendo. Pero soy yo siempre el que lo persigue, el que intenta quedar con él, el que propone todas las iniciativas. Y él no solo no hace nada por reforzar nuestra amistad, sino que muchas veces tengo la sensación de que me ignora. Esta semana le he enviado varios mensajes para quedar con él y se me saca de encima.

—Y esto te debe decepcionar...

—Sin duda. Con todo lo que yo hago y lucho por nuestra amistad me parece injusta su actitud, y me molesta su falta de interés.

Max reflexionó unos instantes, antes de lanzar su provocativo mensaje:

—¿Y si resulta que él no quiere lo mismo que tú?

—Disculpa, pero no te entiendo.

—Verás, entre las personas hay amistades muy distintas: algunas de mucho contacto, otras esporádicas; algunas de mucha profundidad y otras más superficiales. Y sean como sean esas relaciones, lo importante es que solo funcionan si se basan en la más absoluta libertad.

Max dejó que aquella idea aterrizara en la mente de Javier y continuó su tesis.

—En toda amistad, en cuanto aparecen las expectativas, las decepciones acechan a la vuelta de la esquina. Y la relación será difícil de sostener. Tú esperas de José Luis un determinado nivel de amistad, y puede que no sea el que él desea. Eso a ti te decepciona y él probablemente no se sienta cómodo. Fácilmente acabará huyendo...

Javier se revolvía ante esa idea. Para él, una amistad era una relación de reciprocidad, ni más ni menos. Max, captando su inquietud, se apresuró a añadir:

—Puedes tener un amigo con el que no compartas más que algunos momentos al año. Y puedes tener otro amigo con el que compartas muchas horas de contacto. La segunda relación no es necesariamente mejor que la primera; es solo diferente. Porque lo que tienes con el primer amigo es probablemente lo que él está cómodo compartiendo. Y como está cómodo, los momentos que compartáis serán auténticos y valiosos para los dos.

Javier empezaba a darse cuenta de lo que Max le intentaba comunicar. Tal vez estaba forzando su relación con José Luis más allá de lo que el otro quería, o podía. Y eso era un riesgo. Sin embargo, también sentía que el concepto de amistad llevaba implícito un cierto trabajo por cultivarla. Le preguntó:

—Max, entiendo lo que me dices, pero ¿se supone entonces que nadie tiene que hacer nada en una amistad? ¿Hay que dejarlo todo a la accidentalidad de lo que ocurra?

—No, no funcionaría. Las relaciones necesitan trabajo, hay que dedicarles tiempo y mimo. Y si nadie hace nada por esa relación, se desdibuja y muere. Lo que ocurre es que ese trabajo no puede ir nunca en contra de la libertad del otro, no puede forzar lo que el otro quiere darnos o simplemente puede darnos, por su vida, por sus circunstancias, por el momento en que se encuentra o por sus ganas.

De repente las piezas encajaron en la mente de Javier. Sabía lo que tenía que hacer: trabajar sus relaciones de amistad, pero siendo especialmente sensible a lo que la otra persona deseara. Este era el punto clave que no había sabido captar. Llegaron a la ciudad y en un semáforo le preguntó a Max:

—Por cierto, ¿adónde vas?

—Si me dejas aquí mismo, me va bien.

Max bajó, y cuando ya había cerrado la puerta, Javier pensó que podría haberle preguntado si quería regresar con él. Intentó localizarlo con la vista para llamarlo, pero fue incapaz. Había, literalmente, desaparecido. Con la sensación de haber vivido un sueño, y ante el semáforo en verde, arrancó hacia su oficina.

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¿Dónde se esconde la felicidad?

Existía en el antiguo Afganistán un joven que buscaba desesperadamente la felicidad. Un día abandonó a sus padres, a sus hermanos y se marchó tras ella.

Algunas semanas después, a orillas del río Helmand, se topó con un pescador y este le comentó que para él la felicidad yacía en la inmensidad del océano.

Así, nuestro muchacho descendió hasta Irán y se embarcó en alta mar. Tomó barcazas, buques y naos, recorrió los mares del mundo a través de las rutas de especias, y a todos preguntaba lo mismo: “¿Sabéis dónde está el océano?”.

Los marineros se reían incómodos ante aquella pregunta extraña que parecía burlarse de ellos, pero como veían que el muchacho lo preguntaba muy en serio, acababan por responderle:

Es aquí, donde estás ahora mismo es el océano, chico –decían señalando a su alrededor.

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Entonces, nuestro muchacho los miraba confuso, luego contemplaba el vasto horizonte a su alrededor y decía:

—¿Esto el océano? ¿Cómo puede ser? Si no es más que el mar... ¡Yo busco el océano!

Y así, se alejaba de ellos y tomaba una nueva embarcación para seguir con su búsqueda.

La acumulación de posesiones

Un buen día, un viajero le reveló que la felicidad se escondía en la riqueza.

Así que el muchacho lo abandonó todo, dejó el mar y volvió a la tierra, y con ello a luchar contra los hombres, a buscar la oportunidad, a amasar dinero y más dinero. Pagaba impuestos y tributos al sultán, cultivaba el campo y por las noches trabajaba en las tabernas, vivía como un mendigo, mientras avaramente acumulaba oro en un cofre enterrado en el bosque, a resguardo de los ladrones.

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Un buen día fue con todo su oro al usurero y le preguntó:

—¿Dónde puedo encontrar la riqueza?

El usurero, al ver aquel tesoro, abrió los ojos sorprendido y sonrió:

—¡Ya eres rico! Lo tienes todo.

Nuestro muchacho, que ya no era tan joven, le respondió:

—¿Esto? Pero si no son más que monedas de oro... ¡Yo busco la riqueza!

El usurero entrecerró los ojos y lo miró fijamente, como si tramase algo.

—Si me das todas estas monedas, te diré dónde puedes encontrarla.

El muchacho aceptó.

La encontrarás lejos de aquí, en la India –dijo para desembarazarse de él.

Un viaje de descubrimiento

Entonces nuestro muchacho abandonó su tierra, abandonó Kabul, y se marchó de peregrinaje. Durante meses atravesó el valle de Hunza y el desierto de Thar y, cuando llegó al antiguo Indostán, recorrió sin descanso montañas y ríos.

Un día encontró a un sadhu a los pies de un árbol y le preguntó:
—Maestro, ¿dónde está la India?

El sadhu abrió los ojos y rió con fuerza ante semejante pregunta.

—Estás en la India, joven. Esto es la India.

El muchacho miró a su alrededor y solo vio algunas casas y los montes áridos de roca rosada del Rajastán:

—¿Cómo va a ser esto la India? No son más que montes y árboles... ¡Yo busco la India! –exclamó, y se alejó desesperado para seguir buscando en otro lugar.

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La búsqueda del conocimiento

Cierta mañana, un peregrino le declaró que la felicidad se escondía en el conocimiento, en la escuela de Benarés. Así que el muchacho viajó hasta la antiquísima Varanasí y llegó a la primera escuela védica de la humanidad.

Al entrar en su biblioteca vio innumerables libros y pergaminos, información de toda la civilización, y preguntó:

—Soy un peregrino. Estoy buscando el conocimiento, ¿dónde puedo hallarlo?

El escribano le sonrió orgulloso y le dijo:

—Aquí lo encontrarás.

Nuestro muchacho se convirtió en su discípulo y durante años buscó el conocimiento en los documentos y los manuscritos. Un buen día le dijo a su maestro:

—Pero esto no son más que libros... Y yo busco el conocimiento.

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Cuando estaba a punto de marcharse entristecido, el preceptor lo detuvo y le dijo:

—¡Espera! Ya sé dónde puedes hallar lo que buscas.

Nuestro muchacho, que ya era casi un anciano, se ilusionó y levantó las cejas con un brillo de esperanza en los ojos.

—¿Dónde? –preguntó con la alegría de un niño.

El amanuense lo llevó a un cuarto viejo y oscuro detrás del scriptorium, cerró la puerta a sus espaldas y encendió una pequeña lamparilla, luego lo agarró del brazo y lo guió hasta un extremo, donde hizo caer una sábana que cubría un objeto. Era un espejo envuelto de polvo y telarañas en el que aparecía reflejada su figura de forma borrosa.

—¿Qué ves? –le preguntó el maestro.

Nuestro muchacho miró extrañado:

—A mí mismo.

—Pues ahí es donde encontrarás todo cuanto buscas: la profundidad del mar, la riqueza, la transformación del viaje y el conocimiento.

Porque quien se conoce a sí mismo sabe que una gota de su ser esconde toda la inmensidad del océano, que la riqueza depende de su deseo, que no hay que viajar a ningún lugar sino a nuestro interior y que el conocimiento no es nada sin la sabiduría.

Todo cuanto buscas está hoy, aquí y ahora, en ti. Esa es la auténtica felicidad que buscas desde tu infancia.

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Namasté

Existía en la antigua Aiodhia un niño bondadoso llamado Manoj.

Cada día, al volver de la escuela Vedanta, debía labrar la tierra junto a sus padres para tener algo que comer. Apenas se le permitía jugar como al resto de sus hermanos. Divertirse era considerado fútil. Como había nacido con aquella suerte, lo consideraba normal.

Pero siempre que cometía un error, los mayores mentían, de eso se daba cuenta.

  • Si, por ejemplo, jugaba y por alguna mala casualidad rompía algo, generalizaban y decían que Manoj era un bruto que todo lo destrozaba y le exigían cuidado incluso cuando caminaba de puntillas.
  • Si aplaudía de júbilo, Manoj era un alborotador.
  • Si deseaba algo con interés, era un impaciente.
  • Si hablaba más de lo que a los mayores convenía, era un charlatán.

Convertían una gota en un océano. Lo atizaban con palabras secas y crueles; jamás le ofrecían cumplidos.

Y aun así, Manoj adoraba a sus padrescomo la flor de azahar que perfuma los dedos que la deshojan. Pero eso no habría de durar para siempre.

Cuando llegó la adolescencia y Manoj ansiaba ser comprendido, el resentimiento que bullía en su interior precisaba un cauce y, al no hallarlo, se desbocó como una riada. Manoj comenzó a faltar a la escuela cansado de tanta reprimenda y discursos aburridos.

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También dejó de obedecer a su padre, que siempre lo dominaba a base de amenazas o triquiñuelas manipuladoras, y comenzó a responder a su madre, a rebelarse contra su injusta autoridad: jamás le demostraba que lo quería y daba por hecho que el hijo debía intuirlo a pesar de sus gritos y críticas.

Manoj conoció a muchachos que iban por las calles sin rumbo fijo y con ellos aprendió a disfrutar de la vida.

“Eres un desvergonzado, un desobediente, un maleducado, no sirves para nada”, le gritaban sus padres, y cuanto más lo pisoteaban, más recio e insensible se tornaba él.

Un buen día faltó un peine de oro de la madre y todos señalaron a Manoj. Él miró hacia los lados ruborizado y lo negó con una expresión extraña. Todos sabían que había sido Manoj, pero él lo rechazó descaradamente. Incluso se enfadó con ellos: “¿Qué importa si lo he robado?”.

Iracundo, se marchó de casa. Pasaron los meses y Manoj no volvió. Vagaba por las calles, mendigando ante las puertas del templo, viviendo de las sobras de los brahmanes o del pillaje a los peregrinos dormidos. Le había crecido el cabello y se paseaba ebrio. Todo el mundo lo despreciaba y él despreciaba al mundo.

Su madre trataba de hacerle entrar en razón, el peine ya no importaba, solo quería a su hijo, pero Manoj ya no confiaba en ella. Su padre también le imploró que volviera a casa, pero Manoj no veía en sus ojos más que la vergüenza de su propia reputación herida. Así, día tras día, Manoj desperdiciaba su vida.

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Finalmente, los padres fueron a pedir consejo a los sabios de la escuela Vedanta. Aquella noche se reunieron algunos monjes y, entremezclándose con las sombras, alcanzaron al chico, lo llevaron a su casa y lo encerraron bajo llave junto a sus padres y hermanos, maestros e incluso vecinos.

“¿Por qué me habéis traído aquí?”, gritó asustado. En aquel momento, todos se acercaron lentamente y, agarrándose de las manos, lo encerraron en un círculo. Se inclinaron ante él y pronunciaron la palabra Namasté.

Estaban ahí con la intención de recordarle la gran verdad del mundo: que cada ser humano nace como un ser noble, con el deseo de ser amado, habitar en paz y disfrutar la vida con alegría. En ocasiones, el afán por lograrlo puede llevarnos a cometer errores. Pero un error no es más que una llamada de auxilio.

El amor y la comprensión pueden hacernos recordar nuestro camino.

Aquella noche, vecinos y maestros le mencionaron acciones bondadosas que había hecho en su vida. Los padres le recordaron el bien que les había traído, cuánto había ayudado a los demás. Le agradecieron incluso gestos que él mismo había olvidado. Y ante cada recuerdo repetían la palabra Namasté.

Aquella noche oscura le imploraron perdón, reconocieron sus virtudes y admitieron que ser padres era alimentar la boca del hijo, pero también su amor propio y su corazón. Cuando esclarecía, Manoj cayó al suelo con lágrimas de nostalgia y añoranza. Florecía su corazón dormido. Juntó las manos y pronunció: Pranam.

Unos años más tarde, cuando la esposa de Manoj trasladaba un aparador, apareció el peine de la madre fallecida. Al parecer, se le había caído en un descuido.

El hijo jamás lo había robado, pero las palabras tienen un poder inmenso: arrastran a las personas a la altura de sus etiquetas.

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