Mejor con amigos

El arte de conservar la amistad

Hay amigos con los que podemos compartirlo todo, mostrándonos tal como somos. Esa segunda familia nos ayuda a explorar el mundo y a superar la incomunicación. ¿Cómo cultivar y conservar la amistad verdadera?

Entre las definiciones de amistad que conozco, hay una que prefiero: dos que caminan juntos. Parece propia de una película del oeste o de aventuras, y algo tiene de eso, porque es una frase de Diomedes cuando estaba frente a Troya, según narra Homero.

La leí cuando recorría Francia con un amigo en autostop. No teníamos aún veinte años y era nuestra gran aventura.

Llevábamos unos pocos libros, por lo del peso, que devorábamos como si fueran puro alimento. Uno era En el camino, la historia de Jack Kerouac, y otro La Ilíada en una traducción antigua, un libro de segunda mano que iba perdiendo páginas conforme lo leías.

A poco de empezarlo tropezamos con la frase: "Cuando van dos juntos, uno se anticipa al otro en advertir lo que conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la resolución más difícil".

Leído hoy me sorprende que una frase tan parca despertara en nosotros una llama que creíamos inextinguible. Éramos amigos, caminábamos juntos, y lo haríamos mientras viviéramos.

Desconocíamos aún los recovecos de la vida. En uno de ellos nos distanciamos. Mi amigo cogió un camino y yo otro.

Todavía lo lamento, aunque el calor de aquella amistad no me ha abandonado nunca. Porque la amistad, junto con el amor, es el sentimiento más fuerte que podemos tener; incluso cuando acaba, los rescoldos no cesan su actividad.

El sentido de la amistad

Han pasado los años y he tenido la suerte de conservardespués algunos amigos y la suficiente inteligencia como para continuar haciéndolos con la edad, cuando parece cada vez más difícil abrirse a otras personas.

Y algo he aprendido en todo este tiempo.

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Lo primero y fundamental, que pensamos poco en lo que nos aporta la amistad. Sorprende ver lo importante que fue para los grandes maestros orientales o los clásicos griegos y romanos, y el silencio contemporáneo sobre ella, con alguna excepción, como la del sociólogo Francesco Alberoni (La amistad),o la de Pedro Laín Entralgo(Sobre la amistad).

Para Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Cicerón, Confucio y tantos otros era el pilar de la vida. En tan alta consideración la tenían que Aristóteles creía que las malas personas eran incapaces de ella, porque la amistad exige "virtud", y Cicerón proclamaba que "quienes suprimen la amistad de la vida, parecen suprimir el sol del universo".

Hoy incluso podemos decir que alguien ha conseguido un cargo o una prebenda por amistad, y todos sabemos que no estamos hablando de un acto virtuoso.

Es posible que hayamos devaluado la amistad o que hayamos perdido habilidades necesarias para cultivarla.

Pero no por eso ha perdido su brillo y capacidad de atracción: las redes sociales triunfan en Internet, los clubs de encuentro se revitalizan, los grupos de amigos son tan importantes como siempre...

De hecho, las posibilidades de relación se han multiplicado como nunca, aunque tal vez se ha perdido cierta intensidad en los vínculos que se establecen y el necesario afán para hacer que perdure.

Dice Alberoni que las cosas solo adquieren dignidad cuando tienen la intención de durar, pero parece, añado yo, que nos cuesta perseverar.

La amistad, como todo lo importante, brota del corazón, pero necesita de la voluntad, el tiempo y la dedicación para que dé frutos, como vivir en plenitud con otros y sernos revelado quiénes somos y compartirlo.

Qué es la amistad verdadera

En general, tenemos la impresión de que todo lo que nos ocurre es solo nuestro e irrepetible... Y con ese sentimiento vivimos, hasta que día, un encuentro nos acerca al amigo.

A partir de ahí, todo cambia, porque empezamos a comprobar lo que tenemos en común.

El amigo es alguien similar a nosotros, el gran confidente con el que exploramos la vida sin sentencias ni admoniciones. No nos juzga ni nosotros lo juzgamos.

No es una autoridad que reprime o condiciona las ansias de experimentar y conocer, sentir y gozar, sino alguien con el que te sientes libre y respaldado para superar circunstancias adversas o alcanzar metas.

Con el amigo no te aburres, siempre pasan cosas, siempre hay algo que contarse, y lo más increíble de todo, a través del amigo empezamos a conocernos y sentimos que somos comprendidos, rompiendo la barrera más íntima y frustrante que nos separa de los demás: la incomunicación.

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Como en un juego de espejos, nos mimetizamos el uno en el otro y al mismo tiempo nos individualizamos conforme accedemos, a través del amigo, a nuestra propia verdad, sin deformaciones.

Sin él, nuestro conocimiento de la realidad y de nosotros mismos sería limitado y seguramente frustrante, e incluso, en algunos casos, patológico, pues es difícil que haya una buena salud emocional sin la experiencia de la amistad.

La amistad es, por tanto, una llave que abre muchas puertas, algunas íntimas y muchas exteriores, aunque es cierto que no siempre abre las más adecuadas, como saben los padres, atentos a los amigos que frecuenta su hijo adolescente.

Pero ni en esas circunstancias conviene olvidar lo que dijo Voltaire: "la amistad multiplica el ser". Sin ella, nuestros hijos y nosotros mismos estaríamos tan limitados como en una prisión.

Nuestras mejores acciones y pensamientos marchitarían antes de florecer faltos de "espacio, anchura y libertad", como proclamó el poeta Rainer M. Rilke.

Porque la amistad es, además de un camino de conocimiento personal y comunitario, un camino de perfección moral.

La ética de la amistad

Es algo que experimentamos todos: en algún momento, la amistad hace brotar en nosotros cualidades como la generosidad, el valor, la entrega, la comprensión... Aunque a veces no reparamos en ello.

Sin embargo, los grandes educadores y pensadores de la antigüedad sí que lo hicieron. En el mundo grecorromano no se creía en ideales abstractos, lejanos e irrealizables y se recelaba de los excesos sentimentales.

Por eso, daban tanta importancia a la amistad: en ella no puede haber mucha distancia entre lo ideal y lo real.

No podemos proclamar una cosa y hacer otra. ¿Y qué es ese equilibrio entre el ser y el parecer sino una elección moral?

La vida nos empuja muchas veces a interpretar papeles que agrandan esa distancia, pero con los amigos no podemos. Aspiramos a comportarnos con ellos de modo ejemplar y es algo que nos honra.

Ralph Waldo Emerson llegó a decir, en este sentido, que la amistad es un sentimiento de más alta calidad ética que el amor: "Solo quien de veras ha comprendido la ética de la amistad, solo él puede aprender de manera profunda la lección de la vida".

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Eso quiere decir, entre otras cosas, que a los amigos no podemos pedirles cualquier cosa o ponerlos a prueba sin más.

Aristóteles, por ejemplo, decía que no podemos exigirles cosas vergonzosas, y otros autores clásicos recuerdan que si abusamos de la necesidad del amigo, la amistad se deteriora porque ya no la presiden la igualdad, la franqueza y la camaradería, sino el interés.

El amigo –dice Alberoni– debe sentirse siempre libre para obrar como quiera, y por tanto confiado, para que nunca se pierda el respeto que debe presidir la relación.

Libre para que en un momento grave obre con prontitud y generosidad, y libre para que nos absuelva y perdone cuando atropellamos la amistad sin que quede veneno alguno entre los dos.

Las afrentas entre amigos, dice un cuento árabe, hay que escribirlas en la arena y las ofrendas, cincelarlas en piedra. Las exigencias de la relación son elevadas porque las recompensas también lo son.

Por eso mismo, no es amigo nuestro cualquiera. Conocemos mucha gente a lo largo de nuestra vida, pero solo con unos pocos –pueden contarse con los dedos de la mano, solemos decir– la relación alcanza ese fuerte vínculo emocional.

La amistad tiene algo de misterioso y más de un autor ha puesto de manifiesto la similitud con el surgimiento del amor: en muchos casos parece fruto de un flechazo, como una revelación que surge a raíz de ese momento único que suele ser el "encuentro".

Hoy, que tenemos amigos incluso por Internet, nos puede parecer trasnochado. Pero es evidente que con unas personas se libera una corriente de simpatía y con otras no. ¿A qué responde?

La amistad real es un vínculo para siempre

Confucio afirmaba que solo podía haber amistad entre iguales, y por tanto era imposible entre emperador y súbdito, padres e hijos, hombre y mujer, hermano mayor y hermano menor... porque entre ellos había una relación jerárquica.

Sin embargo, hoy muchos padres se consideran los mejores amigos de sus hijos (y al revés), aunque se siga pensando que es imposible la amistad con el jefe... Tal vez, por eso, junto a la igualdad haya que hablar de afinidad, aunque por sí sola tampoco es suficiente.

Voltaire consideraba, por ejemplo, que los "sensuales" tienen compañeros de juerga; los codiciosos, asociados; los políticos, partidarios; los holgazanes, similares; y los príncipes, cortesanos. Relaciones que no puede decirse que sean de amistad.

Para alcanzar la categoría de amistad, o mejor, esa intensidad, tiene que haber algo más; una "afinidad moral" que permita alcanzar la "más íntima unión del amor con el respeto", en expresión de Kant.

Dos amigos pueden ser muy parecidos, como Aquiles y Patroclo, o muy diferentes, como Tom Sawyer y Huckleberry Finn, pero deben compartir al menos una autenticidad que los una. Los primeros, por ejemplo, la ética del guerrero; los segundos, la complicidad de los que exploran la vida.

Algo irrenunciable y que libere en ellos las cualidades con las que se forja la amistad: el "desinterés", la generosidad, la benevolencia... Después, la vida hace el resto.

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Pero si hemos llegado en algún momento a establecer ese vínculo, es para siempre. Podemos pasar años sin vernos, pero solo con exclamar: "¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?", la energía volverá a fluir de uno a otro.

Al menos yo estoy seguro de que si me tropiezo alguna vez con el amigo que perdí en mi juventud, bastarán muy pocas palabras para explicarnos y volver a caminar juntos por la vida.

El arte de conservar la amistad

Un proverbio chino dice: "Recorre a menudo la senda que lleva al huerto de tu amigo, no sea que crezca la hierba y no te deje ver el camino".

Es algo que a veces olvidamos, confiados en la fuerza del sentimiento.

Kant, por ejemplo, tenía una concepción elevadísima, espiritual, de la amistad, pero no descuidaba los detalles. En las veladas con amigos, el número de comensales era mayor que el de las Gracias (tres) y menor que el de las Musas (nueve), no había música, no se podía dividir la conversación en pequeños grupos y se seguía la dinámica de una sonata (tres actos): relatar, razonar y bromear.

Para Kant, era tan importante el goce del momento como el recuerdo. Así mantenía un sentimiento de amistad que rivalizaba en intensidad con el amor.

Cómo hacer amigos

Los amigos no se improvisan y no existe ninguna fórmula para tenerlos. Pero cualquier encuentro entre seres humanos es una ocasión para conocerse, compartir intereses y dar y recibir afecto. En ese terreno crece la amistad.

Solo hay un secreto: interesarse genuinamente por los demás.

El psicólogo Alfred Adler (1870-1937) dijo que la persona que no lo hace es la que tiene las mayores dificultades en la vida y la que acaba causando, aun sin querer, las mayores heridas en los demás.

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Para hacerlo pueden seguirse las pautas para una comunicación positiva de Dale Carnegie, que se inspiró en la amistad para escribir en los años 30 del pasado siglo uno de los libros más vendidos a lo largo de la historia: Cómo hacer amigos. (Ed. Edhasa).

Hoy, los consejos que Dale Carnegie sintetizó a partir de su experiencia siguen siendo plenamente válidos:

  • Interésate sinceramente por los demás. No deben ser para ti un medio, sino un fin en sí mismo.
  • Sé un buen oyente y anima a los demás a que te hablen de ellos. Es el mejor camino para llegar al corazón de una persona.
  • No critiques, no condenes, no te quejes. Si vamos con nuestras armas más afiladas por delante, difícilmente encontraremos afinidades que compartir con nadie.
  • Demuestra aprecio honrado y sincero: busca el lado positivo en los demás. Eso no significa ser hipócrita, sino esforzarse en descubrirlo y comunicarlo a continuación.
  • Sonríe: hasta las personas más renuentes bajan la guardia cuando nos acercamos a ellas con una sonrisa.
  • Muestra simpatía por las ideas y deseos de los demás, y nunca dejes de tenerlos en cuenta cuando hables con ellos.
  • Cuando hables, repite el nombre de tu interlocutor, sea quien sea. El nombre es el sonido más dulce e importante para cada uno de nosotros en cualquier idioma.
  • Haz que la otra persona se sienta importante y hazlo sinceramente, porque tiene que serlo para ti.

Libros para ser un mejor amigo

  • La amistad; Francesco Alberoni, Ed. Gedisa
  • El hombre que salvó mi alma; Tony Hendra, Ed. Maeva
  • Elogio de la amistad; Ignacio Merino, Ed. Plaza & Janés

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