Plenitud y sencillez

Menos es más: la esencia de la simplicidad

La plenitud no consiste en acumular bienes o experiencias, sino en elegir las que valen la pena. Porque la auténtica dicha es accesible y fácil de mantener.

Dr. Daniel Bonet
Dr. Daniel Bonet

Médico especializado en terapias naturales

"Cuando los pájaros cantan y las flores dejan caer sus pétalos, incluso la soledad puede ser un contento para el alma".

Este proverbio oriental nos recuerda que la existencia está llena de pequeños detalles que la hacen hermosa y digna de ser vivida, a pesar de los inevitables momentos de abatimiento o soledad.

El significado de las vivencias que tengamos depende mucho de la perspectiva desde la que contemplemos los acontecimientos. Si es cierto que se ven las cosas de "color de rosa" cuando nos sentimos felices y más bien en negro y gris cuando estamos tristes, eso deja entrever que en cierta medida podemos modificar nuestros estados de ánimo. Todo depende de la actitud que adoptemos.

Apertura mental y buena disposición emocional son siempre factores positivos para mantener una actitud optimista.

"Quien no disfruta de sus momentos felices no puede ser llamado afortunado; el que se siente feliz en los momentos de dificultad es en verdad un sabio", nos recuerda un texto chino.

Efectivamente, todo está en la mente. Incluso lo que tenemos por más material, como es el cuerpo y sus sensaciones, no deja de pertenecer en último término a un estado de conciencia.

El placer que puede dar tomar un helado en verano no se explica atendiendo únicamente a sus componentes químicos. De la misma manera que entristecerse por ver perder al equipo deportivo con el que nos identificamos no tiene una base lógica demasiado clara. En ambos casos se trata de convenciones mentales y sociales en las que creemos, pero que no dejan de ser subjetivas.

Aprovechemos pues ese relativismo psicológico para ver la parte positiva de las cosas, incluso cuando no son agradables. O demos una oportunidad a las situaciones de la vida en apariencia menos afortunadas para que nos muestren su lado más amable o sirvan de aprendizaje.

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Aritmética existencial

Antaño se consideraba que recibir una educación básica consistía en aprender a leer y escribir, a lo que se añadía las cuatro reglas matemáticas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Eso puede parecernos poca cosa actualmente, pero no deja de ser cierto que estos sencillos instrumentos permiten desarrollar toda la compleja trama cultural que conocemos.

Leer y escribir hacen posible entender y representar el mundo, mientras que la aritmética elemental describe la dinámica de la existencia.

Tenemos por un lado las operaciones que podríamos considerar Yang (adición y multiplicación) porque aumentan o expanden las cantidades, y por otro las Yin (sustracción y división) que las disminuyen o contraen. Pero si estas operaciones nos sirven para calcular sobre el papel, no es menos cierto que nuestros actos se basan en transformaciones que obedecen a esas cuatro reglas aprendidas en la escuela.

Nadie piensa que una de esas operaciones sea más importante que las otras, todas son igualmente necesarias. Pero, curiosamente, tendemos a valorar como positivo lo que implica aumentar algo cuantitativamente y como negativo lo que supone reducir o hacer partes más pequeñas, cuando en la vida real se dan normalmente procesos cíclicos que utilizan esas cuatro posibilidades.

Así, toda ganancia comporta una pérdida. Para alcanzar cierto lugar debemos abandonar el que ocupamos ahora, de la misma manera que para ser adultos perdemos por así decir la infancia. Para obtener un beneficio por ejemplo económico (sumar o multiplicar dinero) hay que invertir esfuerzo, tiempo de vida y capital (que equivale a restar o dividir).

La grandeza de lo pequeño

Así pues, la idea de que "más es más", reiterada indefinidamente, topa con la realidad. Para seguir avanzando hay que detenerse y descansar en ocasiones, de la misma forma que la economía precisa no solo sumar y multiplicar sino también restar y repartir beneficios.

No hay que olvidar que la pequeñez y la lentitud también son a menudo convenientes. Por lo que a veces "menos es más", aunque parezca una frase ingeniosa pero irreal. ¿Acaso no es cierto que para recibir hay que dar primero? La humildad es una cualidad que engrandece a quien la posee.

En el campo médico hay una corriente, surgida inicialmente en Alemania, llamada "Medicina de la Información", que demuestra experimentalmente que el organismo responde a una terapéutica mediante estímulos muy pequeños de tipo energético (frecuencias electromagnéticas y luminosas).

También la homeopatía utiliza cantidades muy reducidas (infinitesimales) de medicamento para estimular de modo específico las reacciones defensivas del cuerpo. Además, puede en ocasiones "borrar" ciertas informaciones patógenas que dificultan el equilibrio (homeostasis) del organismo.

Olvidar es también una necesidad vital, no podemos procesar toda la información sensorial que recibimos continuamente y tampoco almacenarla (la neurología viene a decir que el saber sí ocupa lugar en el cerebro). En cuanto a los recuerdos desagradables, conviene por un lado que sirvan de experiencia, pero al mismo tiempo deben sobrepasarse e incluso olvidarse en el sentido de no darle vueltas continuamente a ese dolor del pasado.

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Distinguir necesidades de deseos

En estos tiempos difíciles, la filosofía estoica es una saludable referencia, pues nos recuerda que hay que distinguir entre necesidades y deseos.

Como diría Séneca, uno de sus máximos representantes: "Es feliz el que se complace en las circunstancias presentes, sean las que sean". Y frente a la obsesión por la riqueza: "No es rico el que tiene mucho, sino quien desea poco. No es pobre quien tiene poco, sino el que desea mucho".

Suele olvidarse que en el mundo hay dos tipos de miseria: la de la suma pobreza y la de la riqueza u opulencia bien exagerada. Ambos extremos se alejan de la dignidad humana.

Para la gran mayoría, que no somos ni pobres ni ricos, la vuelta a una cierta simplificación también es conveniente. Se trata de valorar las cosas desde una óptica de esencialidad: lo que realmente es importante frente a lo más superfluo. Y no solo respecto a objetos de consumo, sino también en cuanto a personas y creencias.

Apreciar mejor lo que se tiene en vez de anhelar aquello que no poseemos. Plantearse –la vida es más bien corta–, lo que de verdad da sentido a la propia existencia.

La dicha de la simplicidad

Hay una vida sencilla por no tener la posibilidad material de complicar las cosas. Así sucede en las actuales poblaciones indígenas y era normal en nuestras sociedades rurales hasta hace bien poco.

También está la sencillez o simplicidad del que puede tener muchas cosas pero prefiere contentarse con menos. Esto último es lo que sucede en nuestra cultura del consumo cuando alguien evita los excesos voluntariamente.

Sea cual sea el motivo, podemos aligerar el equipaje emocional y material incluyendo el "menos es más" en nuestras cuentas.

El primer paso es alejarse del gran espectáculo mediático en el que tiende a convertirse la realidad. No es la pantalla del televisor la que debe dictarnos las normas, ni es oro todo lo que reluce. Occidente ha desarrollado una cultura basada en lo lleno –olvidando la plenitud del vacío– y en el ruido que deprecia el silencio.

La contención es otra virtud útil. De hecho, la elegancia de la estética "zen" de ciertos modistos o arquitectos estriba muchas veces en haber llegado a una sofisticada simplicidad que evita lo superfluo.

Hay prácticas de contención al alcance de todos y que fortalecen interiormente: hacer un día de ayuno o de silencio, meditar un tiempo sin moverse, ver menos la televisión, caminar o ir en bicicleta sin prisas... El contacto con la naturaleza es una manera de renovar nuestra mente y emociones, a menudo demasiado saturadas de informaciones contradictorias.

Asimismo, la sencillez supone en ocasiones darnos cuenta de lo sutil: "Uno debería ver las sombras de las flores en el agua, la sombra de los bambúes bajo la luna, y la sombra de la belleza detrás de la cortina de una puerta".

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Las necesidades del ser humano

Puede hacerse una clasificación de las necesidades básicas de los seres humanos según los tres niveles en los que vivimos. Veámoslas:

  • Físicas. Tienen que ver con el cuerpo y su mantenimiento: la comida, el agua, una vivienda que proteja de las inclemencias. Deberían ser derechos humanos inalienables y accesibles desde el nacimiento, o en todo caso la posibilidad de un trabajo que lo permitiese. La sexualidad participa tanto de lo físico como de los sentimientos.
  • Anímicas. Pertenecen al ámbito del amor y los afectos. Todos queremos amar y ser amados, por eso son importantes la pareja, la familia y los amigos. También importa el sentirse reconocido en el trabajo y en la sociedad. El sentimiento de pertenecer a un grupo o un país también es necesario, así como disfrutar del arte y de la belleza.
  • Espirituales. Se trata de nuestra relación con la realidad trascendente, aquello que da sentido profundo a la vida y permite contemplar la muerte con esperanza. Creer en algo superior, una especie de instinto religioso, es consustancial al ser humano y es bueno que sea cultivado.

Esta división que podríamos llamar tridimensional no implica que haya una separación total entre estos niveles. También puede verse como la misma tendencia manifestada en ámbitos distintos.

Finalmente, tan cierto es que para tener experiencias transpersonales (de autorrealización según la pirámide de Maslow) hay que haber solucionado antes las necesidades primarias, como lo contrario: que acercarse a la dimensión espiritual de uno mismo facilita prescindir de determinados bienes materiales.

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Lecturas para una vida más simple

  • Tao-Te-Ching; Lao Tsé, Ed. RBA-Integral
  • Dzogchen: el camino de la gran perfección; Dalai Lama, Ed. Kairós

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