Si existe un arte del buen vivir, el verano es la estación óptima para practicarlo. La sociedad nos retribuye con el bien hoy más preciado: tiempo. Y la naturaleza se deja querer, revestida de verdor y madurando sus frutos. Haber cumplido con las obligaciones durante el resto del año proporciona la coartada moral. Nos lo hemos ganado, no se trata de consumir ahora y pagar luego. Las ciudades se vacían. La gente parte en pos de lo que le pide el cuerpo, hacia playas o montañas, a su aldea natal o a destinos lejanos. Parece hora de trocar la febril actividad por el dolce far niente. Y acaso de recordar que la palabra vacaciones deriva del latín vacans: libre, desocupado, vacante. Vivir en el siglo XXI es un privilegio: permite congeniar esos saberes y placeres ancestrales con las posibilidades que brinda la civilización moderna, eligiendo según nuestro gusto o filosofía. Es decir, podemos cultivar los tomates o comprarlos, curarnos con plantas o con fármacos, montar a caballo o volar en avión. La revista de este mes está repleta de propuestas para sacarle al verano y a la vida el máximo partido, poniendo conciencia y corazón. Muchas gracias a todos los que la hacéis posible y ¡felices vacaciones! |
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