Dudar de todo

¿Estás obsesionado? Revisa tus manías

Mª José Muñoz

Detrás de lo obsesivo hay siempre una lucha entre dos pensamientos: el que ordena parar y el que incita a seguir. ¿Cómo sobreponerse a esta lucha interna?

Toni limpia sistemáticamente las gotas del grifo con la manga del pijama mientras se cepilla los dientes. Teresa necesita ordenar los libros, la ropa y sus joyas constantemente. Todos conocemos a personas que siguen conductas parecidas. Generalmente decimos que son pulcras y ordenadas.

Sin embargo, si estas conductas se convierten en repetitivas y no se pueden evitar sin que la desazón y la angustia aparezcan, significa que hay algo que se impone más allá de la necesidad real de realizar ese acto.

Las personas obsesivas se quedan atrapadas en una idea fija sin poder salir de ella o centran su vida, casi en exclusiva, en un área como la limpieza o el orden. Pero, ¿qué hay tras estas conductas?, ¿qué puede llevarnos a querer hacer algo una y otra vez?

¿Cuándo se convierte el orden en una obsesión?

Lo que distingue a una persona ordenada de otra obsesiva es que en esta última existe una lucha entre dos pensamientos o acciones. Una que dice que no hay que hacerla y la otra que manda realizarla. Una ordena parar una idea y otra incita a proseguirla. Esta duplicidad se manifiesta de distintas maneras en las personas obsesivas.

La duda constante es el prototipo de estas situaciones. Suele estar presente en las personas obsesivas.

Puede proyectarse hacia el pasado y aparece en forma de constante obsesión sobre lo que se tendría que haber dicho o hecho. También puede proyectarse hacia el futuro. En este caso, si la persona debe decidir una cosa u otra queda atrapada en una imposibilidad de elegir una sola opción. Y si logra tomar una decisión, cree que se ha equivocado y que tendría que haber escogido la otra.

Este constante vivir en la duda lleva a las personas a sentirse y comportarse de determinadas maneras. Sienten culpa y remordimiento, sobre todo, si las cosas no fueron como esperaban. Es un círculo infernal que colapsa su capacidad de tomar decisiones.

Hablar con el jefe, estudiar algo necesario o, simplemente, acabar alguna tarea doméstica se dilata en el tiempo. La procrastinación –o dejarlo todo siempre para mañana– se transforma en una precipitación (porque ya lo tenían que haber hecho) o en un retraso (porque ya es demasiado tarde). La cuestión es que, en ambos casos, sienten que el fracaso está garantizado.

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Las consecuencias de la obsesión

La propia imagen de la persona se deteriora al repetirse este circuito una y otra vez porque cree no cumplir con lo que considera que es su deber. Pero esta contienda pocas veces sale a la luz.

Guardan sus contradicciones muy para adentro, para su intimidad. Hacia el exterior proyectan una imagen impoluta, amable y sin fallos. Un mecanismo habitual para lograr esta dicotomía es el aislamiento. Así pueden crear dos mundos absolutamente contrapuestos y vivirlos cada uno como si nada tuviera que ver con el otro.

Pueden mantener una imagen social intachable y otra hacia adentro totalmente contraria. Como diría Freud, los neuróticos obsesivos pueden llegar a tener dos vidas paralelas: una acorde a los principios morales de la comunidad y otra en la que dejan libres sus instintos más primitivos, sean estos agresivos o sexuales.

No soportan la improvisación, el doble sentido de las palabras o tener que adivinar qué pide el otro. Quieren las cosas claras, aunque ellos sean contradictorios. A pesar de sus disociaciones, buscan un universo cerrado y ordenado donde haya un sitio para cada cosa y cada cosa tenga su sitio.

Frente a la falta de garantía absoluta en la vida, que se mueve con reglas cambiantes, ellos intentan controlarlo todo. Aunque no se pueda.

Pero la realidad no funciona casi nunca así, y menos cuando hablamos de sentimientos, vivencias o relaciones personales. No existe un solo patrón de medida y, además, puede cambiar dependiendo de si el contexto es familiar, social, laboral o, incluso, de si hay días y circunstancias especiales dentro de cada uno de ellos.

De la obsesión a la compulsión

En los casos más graves, al tratar de lograr ese control, se llega al Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).

Sus vidas se reducen a realizar dos o tres rituales que deben cumplir estrictamente. Ya no se trata de tener que comprobar dos o tres veces si la llave del gas está cerrada o de tener que seguir siempre la misma secuencia matutina para que el día vaya bien. No.

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En los grandes obsesivos se despliega una lógica sin salida y mortificante: tienen que lavarse las manos continuamente aunque estas sangren, se obligan a colocar constantemente las cosas del baño para que estén alineadas perfectamente o a bajar los escalones de una determinada manera, siguiendo la misma sucesión...

Si estos movimientos no se realizan, la amenaza es la de que alguna tragedia inminente sucederá: morirá la madre, tendrán un accidente mortal o algo quedará brutalmente destruido.

Este es el grado superlativo de las obsesiones con su consecuente incapacitación para llevar una vida normal.

Analiza el grado de tu obsesión

El cuadro psíquico de las obsesiones es difícil de detectar porque todos compartimos algunos de los rasgos que lo caracterizan y muchos de ellos, además, están aceptados socialmente. Todos nos hemos obsesionado con alguna idea, hemos tenido dudas o hemos sentido remordimientos por no hacer las cosas a su debido tiempo.

Estas preguntas pueden ayudarte a detectar si en tu caso puede haber problemas derivados de esas obsesiones.

¿Tu necesidad de repetir acciones está ligado a cierto sentimiento de angustia?

El grado de angustia, la necesidad de repetir, la agresión hacia adentro o hacia fuera y la parálisis que podemos sentir debería servirnos de brújula.

¿Tu obsesión por el orden realmente forma parte de tu personalidad?

Muchos de los síntomas de la obsesión nos acompañan desde pequeños y podemos confundirlos con rasgos de nuestra propia personalidad. Podemos ser muy ordenados y estar orgullosos de serlo.

Pero a veces sentimos que, en el fondo, algo falla cuando los otros no entienden nuestra tendencia a mantener ese pretendido orden universal.

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¿Pasas fácilmente del orden y la corrección a la incapacidad de resistirte a algo?

Es fácil que en las personas obsesivas impere un doble régimen: uno regido por la corrección y el orden y otro que sería como un punto de fuga en el que prevalece lo impulsivo, aquello a lo que no se pueden resistir.

No es difícil encontrar entre ellos adictos al juego, a la bolsa, a coleccionar objetos prohibidos e incluso a tener amantes. Todo ello cargado del morbo de lo escondido. Nadie más lo sabe.

¿Descargas tu agresividad contra las personas de tu círculo más íntimo?

Revestido de injusticias, discriminación o pretensiones de doblegarlos, los obsesivos presentan una propensión a los conflictos con jefes, colegas y parejas. Allí se permiten descargar su furia, ya que se supone que está justificada.

Son dos mundos contrapuestos: el del control y el del descontrol. Este último tiene dos patas, el del desenfreno placentero y el de la compulsión agresiva. La tensión entre ellos va creciendo y puede ocupar distintos ámbitos de sus vidas.

¿Tomas tranquilizantes porque duermes mal o para acallar tus sentimientos de culpa?

Las personas obsesivas habitualmente van a consulta porque empiezan a sufrir efectos sintomáticos, como insomnio, la culpa o las dudas.

Pero su primera opción suele ser la búsqueda de psicofármacos, como somníferos, tranquilizantes, etc. No les gusta depender de nadie, así que la psicoterapia queda relegada a su última opción.

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¿Alguien de tu entorno te ha sugerido que podrías ser una persona obsesiva?

Acostumbran a ser los que rodean a las personas obsesivas quienes, tras sufrir las consecuencias de sus mecanismos, les incitan a buscar ayuda psicoterapéutica. Los obsesivos, por su parte, creen saber lo que les pasa y que con su voluntad lo podrán controlar.

¿Tus manías repetitivas te han llevado a pedir ayuda psicológica alguna vez?

La terapia no puede quedarse solo en tratar los síntomas más aparentes. Debe dirigirse a la estructura global de sus mecanismos para sacar a la persona obsesiva de las oposiciones tan drásticas en las que se mueven.

En los casos más graves, diagnosticados psiquiátricamente como TOC (cuando la persona no puede quitarse una idea de la cabeza o cree que si no sigue estrictamente un ritual algo muy grave sucederá), puede confundirse con la psicosis por asimilarse a un delirio. Pero no. El obsesivo tiene plena conciencia de sus comportamientos.

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