Naturaleza sabia

La inteligencia de las plantas: pura armonía natural

Gema Salgado

No las vemos moverse ni las oímos hablar, pero las plantas rebosan de un tipo de inteligencia natural que les permite vivir y establecer relaciones muy complejas con su entorno.

Aristóteles decía que, como las plantas no caminan ni hablan, son una vida inferior y sin interés. Pero, en pleno siglo XXI, biólogos y botánicos como Francis Hallé, especialista en bosques tropicales y arquitectura de los árboles, desmontan la afirmación del filósofo griego, constatando la inteligencia de las plantas a pesar de no disponer de cerebro ni de capacidad verbal.

¿Qué es inteligencia? "Las plantas son en efecto inteligentes si nos atenemos a la definición darwiniana de inteligencia, como actitud para el cambio", afirma Hallé.

O si nos atenemos a la definición de los investigadores que optan por reescribir un concepto de inteligencia que acepte a las plantas y a los animales, es inteligente todo ser vivo que sabe resolver, aprender y conservar en la memoria lo aprendido.

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Las pruebas de la inteligencia de las plantas

Según Francis Hallé, mientras el animal recurre a la movilidad para resolver la gran mayoría de sus problemas, la planta, al no poder escapar está obligada a buscar mecanismos que compensen su fijación al terreno.

"En el ser humano hay veintiún órganos, y cada uno tiene una función: el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones… son vitales, y su fallo puede dejarnos maltrechos o acabar incluso con nuestra vida.

En cambio, las plantas tienen tres órganos: el tallo, las raíces y las hojas, y ninguno es vital. Por eso es difícil acabar con ellas, a pesar de que permanezcan fijas en el suelo y sean comestibles, porque su resiliencia es enorme", dice Hallé.

Su respiración se realiza en 50 etapas, y en cada etapa aprovecha una parte de los compuestos que se generan en funciones que no son respiratorias. Peter Wohlleben, autor de La vida secreta de los árboles, les reconoce incluso la capacidad de identificar su descendencia y de regular su demografía.

A diferencia de los animales, las plantas crecen constantemente mientras viven, y mueren si de alguna manera se impide ese crecimiento. Ni este ni su desarrollo están centralizados, como sucede en los animales; en su lugar, la planta se comporta como una colonia, no como un único individuo, y puede regenerar su organismo entero a partir de un fragmento, al igual que las estrellas de mar o las lagartijas.

El botánico Maxwell Ralph Jacobs observó a mediados del siglo XX que los árboles crecen sin llegar a tocarse. Prolongan sus ramas hasta alcanzar el justo límite de las que los rodean, respetando así el espacio del vecino y conviviendo en armonía.

Para algunos expertos, estos espacios de separación perfectos podrían responder a la comunicación que se establece entre los árboles a través de compuestos orgánicos volátiles presentes en las hojas para que, por ejemplo, cada uno guarde una distancia de seguridad o para que las semillas nazcan a la vez en todos los especímenes.

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Mensajes químicos entre plantas

Para defender su territorio de especies invasoras, las plantas, por lo general, utilizan su bioquímica. Por ejemplo, las hojas y ramas del nogal producen una toxina (yuglona) que, ayudada por el agua de lluvia, llega al suelo y bloquea la germinación de las semillas que halla a su paso, dejando al nogal el uso y disfrute en exclusiva de los recursos del lugar (este fenómeno se conoce como alelopatía).

Según Wouter Van Hoven, de la Universidad de Pretoria, cuando un kudú (un tipo de gacela) se acerca a una acacia para comer sus hojas, al principio todo va bien, pero en poco tiempo las hojas de esta acacia comienzan a producir unos compuestos fenólicos de sabor astringente que hacen que dejen de ser comestibles para los kudú.

Y lo más extraordinario: esta acacia envía un mensaje en forma de gas etileno que llega a las acacias que se encuentran a favor del viento, haciendo que se tornen astringentes. Estos taninos de la acacia desaparecen lentamente tras la marcha del kudú y pasados unos días, el árbol vuelve a ser comestible, permitiendo que los animales sigan alimentándose en pequeñas proporciones y dando pie a un ecosistema sostenible.

Simbiosis y comunicación subterránea

Esta comunicación entre árboles se da igualmente bajo tierra. En 2018, Ariel Novoplanski, profesor de la Universidad Ben-Gurion, del Neguev, en Israel, descubrió que las plantas son capaces de percibir y responder a las señales de advertencia emitidas desde las raíces de sus vecinas estresadas. Incluso pueden anticipar activamente los peligros y tensiones venideros, como la sequía.

El abeto de Douglas es otro ejemplo de simbiosis: cuando se tala, la cepa no muere porque las raíces están soldadas a las raíces de los árboles cercanos, que envían energía a la cepa y eso le impide morirse. En contrapartida, esta parte del árbol que ya no tiene ramas, envía agua al resto de árboles.

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El papel de los insectos

Las flores atraen a los insectos para garantizar su pervivencia. Acuden atraídos por los delicados aromas y colores de las flores, liban el néctar y se van cubiertos de polen. Luego visitan otras flores y depositan los gametos masculinos en los órganos receptores femeninos de la planta.

El insecto memoriza la recompensa que le ofrece la flor y por ello vuelve siempre a libar, con lo cual, la planta obtiene una fecundación cruzada que le favorece genéticamente.

Los científicos han descubierto, por ejemplo, que todos los sauces desprenden un olor que atrae a las abejas y, cuando estas llegan donde se encuentran, la vista toma el mando; entonces, los sauces masculinos lucen unos aumentos de color amarillo claro que llaman la atención de estos insectos y se dirigen a ellos primero.

Una vez que las abejas han tenido su primer festín de azúcar, cambian y visitan las poco aparentes flores verdosas de los sauces femeninos, que son polinizadas, cerrando así el círculo de la fecundidad.

Esta rueda de la vida nos lleva a preguntarnos ¿quién manipula a quién en este caso?¿Será que ambas especies tienen un propósito común en su servicio a la vida?

Las raíces, el cerebro vegetal

"Frantisek Baluska, junto con sus colegas del Instituto Botánico Celular y Molecular de la Universidad de Bonn, es de la opinión de que algo parecido a las estructuras cerebrales existe en las puntas de las raíces de los árboles.

Además de las vías de señalización, existen numerosos sistemas y moléculas similares a los de los animales. Cuando una raíz halla su camino a través del subsuelo, trabaja a partir de estímulos.

Los investigadores midieron señales eléctricas que condujeron a cambios en el comportamiento de la planta tras ser procesados en una zona de transición. Si la raíz halla sustancias tóxicas, rocas impenetrables o suelo saturado, por ejemplo, analiza la situación y transmite los ajustes necesarios a la punta en crecimiento.

La punta de la raíz cambia de dirección como resultado de esa comunicación y conduce a la raíz creciente, evitando así las áreas críticas.

Extraído de La vida secreta de los árboles, de Peter Wohlleben (Editorial Obelisco).

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