Que tu mente vuele con ellos

Por qué deberías fijarte más en los pájaros

Ibán Yarza

Gozar con la presencia de las aves suele requerir una mezcla de calma y atención. Observarlos es una fuente de inspiración a múltiples niveles.

Contemplar las aves nos saca del ensimismamiento, da alas a nuestro corazón y trae un soplo de aire fresco a nuestra vida. Para eso no es preciso ser ornitólogo, tampoco conocer el nombre de ese pájaro que nos conmueve con su delicada presencia o su alegre canto. Basta con ser capaces de mirar y sentir.

Las aves han fascinado al hombre desde que empezó a dar sus primeros pasos sobre el planeta. Nuestros ancestros, que dejaron los árboles para habitar a ras de suelo, eran capaces de ascender montañas, zambullirse en el agua, cruzar mares. Las aves también... y además podían volar adonde las moviese su instinto o su deseo.

Tal vez por ello las aves encarnan para el ser humano el vínculo que une la tierra y el cielo; muestra que es factible conciliar las exigencias de la vida material con el anhelo de volar, de acceder a lo soñado, de elevarse hasta un punto desde donde observar serenos nuestro lugar en el mundo. En múltiples culturas las aves han representado así una dimensión espiritual de la vida.

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Una perspectiva privilegiada

La sensación es conocida y hasta familiar, pero no por ello menos evocadora y fascinante: ver volar a un ave, seguirla con la mirada y observar cómo se aleja más allá del alcance de la vista, con un aleteo pausado, hasta desaparecer para siempre de la mirada y posiblemente de nuestra vida.

Esta situación puede colmarnos de un sencillo bienestar. Y no es raro que quien observa las aves, entre el asombro y la admiración, lo haga con un sentimiento de dicha, pero también de profunda introspección. Las aves son un símbolo de la sabiduría. Como ellas, tal vez podemos ascender a un nivel en el que trascender lo mundano y obtener una visión inefable de nuestra existencia, por ejemplo a través del vuelo de la relajación o la meditación.

Conexión con el alma y la vida

Solo recientemente hemos empezado a comprender en detalle a estos animales, y es tal vez su carácter misterioso y elusivo el que nos seduce y hace aletear nuestra imaginación. Hasta hace poco se desconocía el cómo y el porqué de las migraciones de las aves, de lo que su presencia y comportamiento podría significar.

Tanto Homero como Ovidio hacen un extenso uso de las aves como símbolos. En la antigua Roma, los augures observaban a las aves (de ahí deriva la palabra auspicio: auspex es "el que mira a los pájaros") e interpretaban las señales celestes que podían transmitir.

El pájaro es el símbolo del alma para muchas civilizaciones a lo largo de la historia. El alma vuela en busca del éxtasis espiritual, al encuentro de lo divino, desde San Juan de la Cruz en la literatura mística castellana al simbolismo persa de Farid al Din Attar en su conocida obra El lenguaje de los pájaros.

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Encuentros y despedidas

La vida urbana a menudo induce a perder la conexión con el mundo que nos rodea, con las estaciones o los sutiles detalles que proporciona la naturaleza: los mensajes de la vida. En nuestro entorno el vencejo es el mensajero celeste de la primavera. Ni siquiera la persona más rica del mundo podría pagar un cielo lleno de vencejos en invierno...

Observarlo sobre nuestras cabezas, tanto en pueblos como en ciudades, alienta una sensación de tranquilidad y de seguridad: los vencejos están aquí, es primavera, todo está en orden. Meses después partirán, cuando el verano toque a su fin, del mismo modo que a lo largo de la vida llegan los momentos de los encuentros y las despedidas, de forma ineludible y segura.

Este pequeño pájaro nos sitúa dentro de nuestra existencia más que cualquier calendario, marca con su presencia el paso del tiempo como un metrónomo. Merece la pena dejarse hipnotizar por su vuelo zigzagueante y tomar consciencia de que no estarán ahí para siempre, del mismo modo que nuestros seres queridos o las cosas que amamos de forma profunda o con un cariño superficial no son inmutables y eternas. Las aves no son como la vida, las aves son la propia vida.

Paz, música y calma

No deja de ser curioso que desde hace años se grabe y se comercialice el canto de las aves. No es en vano que intentamos capturar el efímero placer de sus melodías, ya que el canto de las aves, dentro de su casi infinita variedad, es capaz de provocarnos asombro y seducirnos por su belleza del mismo modo que lo hace una pieza de música clásica o una pintura.

Pero además es capaz de aportarnos calma y paz. Sentados en un parque escuchamos el sencillo chip-chip de un gorrión, o bien el canto elaborado de un jilguero o el lejano reclamo de unas grullas volando en formación. Estos sonidos comparten el poder de abstracción de las olas o el crepitar del fuego.

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Alas para el cerebro

La observación de las aves, aunque sea por mero placer, a menudo conlleva memorizar y aprender nuevos datos, como los nombres y costumbres de las aves, sus formas, colores, cantos y hábitos. Esto constituye un gran ejercicio para la mente, incluso puede convertirse en un juego y pasatiempo muy beneficioso, especialmente para las personas mayores.

Como prevención para el Alzheimer se recomienda estimular la actividad mental. Practicar la identificación, intentar adivinar si un ejemplar es macho o hembra, o bien jugar a contar las distintas especies, ya sea en el balcón o en una excursión al monte, incita a abrir un libro, a enfrentarse a pequeños desafíos asequibles y cotidianos.

Viajes sin frontera

La grandeza de las aves es que han colonizado el cielo, el medio etéreo de las ideas, el reino del alma y los sentimientos. Su dominio del vuelo y sus migraciones nos empequeñecen. El charrán ártico viaja cada año del océano Ártico a la Antártida, de un polo a otro del planeta.

A lo largo de su vida esta modesta ave habrá cubierto el equivalente de tres viajes de ida y vuelta a la Luna. Hazañas de esta índole nos hacen valorar de otro modo nuestros logros, personales o colectivos. Pero no hay que ir lejos para maravillarse ante las aves.

Sentado en un parque uno puede observar el vuelo de una bandada de estorninos. ¿Poseen un espíritu colectivo que les permite moverse como un solo ser? ¿Tienen acaso algún agudo instinto o poder telepático? Su vuelo acompasado es capaz de dejarnos pensativos con un signo de interrogación abierto, en actitud receptiva.

Son muchos los misterios que encierra la vida de las aves, y en no pocos casos su observación puede ayudarnos en nuestra búsqueda personal.

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La responsabilidad del nido

Algo asombroso para mamíferos como nosotros, comprometidos con sacar adelante a nuestra progenie, es el desmedido amor y cuidado que muchas aves profesan por sus crías. En muchos casos el esfuerzo anual incluye la construcción de un nuevo nido, la transmisión permanante de calor y protección al empollar los huevos, la nutrición durante una larga etapa y aun las lecciones de vuelo y caza. Se trata de un espectáculo que siempre ha estado ante nuestra vista.

La grandeza de las aves es que han colonizado el cielo, el medio etéreo de las ideas, reino del alma y los sentimientos.

Detenerse y observar, esa es la clave. Salir a dar una vuelta al parque, a un bosque próximo o visitar un parque nacional, con sus joyas de la naturaleza, nos conecta con el esplendor de la vida en general y con nuestra propia esencia en particular. Son de sobra conocidos los efectos del contacto de la naturaleza sobre el bienestar de la persona. Y observar las aves es gratis, se puede hacer en todas partes y en cualquier época del año.

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Aprender a volar

El majestuoso albatros es el ave de mayor envergadura del planeta; entre las puntas de sus alas desplegadas puede haber tres metros y medio de huesos, músculo y plumaje. Esta ave imponente alcanza los diez kilos de peso y sin embargo puede volar durante miles de kilómetros sin apenas esfuerzo, debido al eficiente diseño de sus alas, hecho que sigue fascinando tanto a ornitólogos como a ingenieros aeronáuticos.

Sin embargo, este emperador del aire, igual que cada uno de nosotros, necesita emprender el vuelo, necesita despegar. Cuando se halla en tierra tiene que afrontar el mayor desafío, el que le hará consumir la mayor parte de sus fuerzas, un trance en el que tiene que poner toda su voluntad y empeño. Como las personas, puede que no lo consiga a la primera.

La inspiración que nos proporciona el gran albatros es la misma que puede transmitir un jilguero. Consiste en superar el miedo a volar; se trata de estirar las alas una vez, agitarlas, aprovechar las corrientes... y ascender.

Estas son algunas enseñanzas que nos brindan las aves, las viejas mensajeras, que nos sirven de puente entre lo terrenal y lo celestial. Sus plumajes de belleza exquisita, sus enigmáticos cantos y su aleteo rítmico nos invitan a elevar los ojos hacia el cielo y a ganar perspectiva mediante la observación pausada y la atención. Su presencia puede pasar desapercibida o ayudarnos, casi sin saberlo, a cultivar el bienestar y la calma.

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