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El valor de la esperanza o cómo confiar en la vida

Daniel Bonet

Sentimos esperanza cuando pensamos que las cosas se desarrollan para bien, que es posible sobreponerse a las adversidades como si hubiese una luz indicando el camino, y que este conduce a alguna parte.

Hay palabras que nos hacen sentir bien nada más pronunciarlas, palabras que nos reconcilian con la oculta verdad de las cosas: la calma que seguirá a la tormenta o la dicha que la vida nos ofrece a cada instante, aunque estemos demasiado absortos en nuestros problemas para darnos cuenta.

Esperanza es una de esas palabras que todos amamos en secreto, a pesar de no entender del todo su sentido. Nos gusta pensar que siempre habrá una puerta que se abrirá en el último momento y nos salvará del dolor o el infortunio.

La desesperación, una situación angustiosa para quien la padece, es simplemente falta de esperanza, como su nombre indica.

Muchos pensadores han meditado sobre este tema. Aristótelesdefinió la esperanza como "el sueño del hombre despierto", en el sentido de los anhelos hacia los que corremos y que dan sentido a nuestras vidas. El poeta latino Ovidio señala por su parte que necesitamos esperanza, que esta es una necesidad ontológica, inscrita en nuestro ser: "La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado".

La esperanza más allá de su significado

La palabra esperanza viene de esperar. Como dijo Giovanni Papini, "el ser humano no vive más que por lo que espera". La vida es a menudo una sucesión de esperas: las madres aguardan el nacimiento de sus hijos, los niños anhelan hacerse mayores, los jóvenes encontrar su lugar en la vida y las promesas del amor, las personas maduras ver crecer a sus hijos o a sus proyectos y los ancianos una vida tranquila, antesala de un más allá.

Hay dos posibles acercamientos a lo que la esperanza significa. Una es racional, se trata de un estado de ánimo en el que vemos como posible aquello que deseamos. Es decir, hacemos un cálculo de probabilidades y se nos presenta como verosímil aprobar el examen para el que nos hemos preparado con empeño, o que nos casaremos con la pareja que nos ama y comprende.

Pero en otras ocasionesla esperanza es una opción mágica. Así sucede cuando pensamos que acertaremos la quiniela que nos hará ricos o deseamos que algún milagro salve al familiar desahuciado por la medicina. En todo caso, se trata de un bien social, pues como recuerda Ramón Llull: "Vive mejor el pobre dotado de esperanza que el rico sin ella".

Una cuestión de confianza y optimismo

La esperanza tiene que ver con un acto de confianza o adhesión a la vida. Confiamos en que el sol amanecerá mañana, como hace cada día, sin que la posibilidad de que no sea así nos intranquilice. Y, cuando de niños nuestro padre nos subía de repente a sus hombros, no sentíamos miedo. Desde esa altura casi vertiginosa contemplábamos el mundo admirados y divertidos.

Solemos decir queno puede vivirse sin esperanza porque esta forma parte del proceso de la realidad, es una de las energías que la hace posible. Según Julio Cortázar: "La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose".

Nos gusta vivir esperanzados, porque así lo bueno que nos sucede adquiere mayor relevancia, lo degustamos con mayor fruición pensando que nunca se acabará, a la par que imaginamos que lo malo no durará siempre y pronto se tornará en algo agradable.

La esperanza es un bien, ya que permite vivir con alegría y optimismo a la vez que nos ayuda a seguir adelante a pesar de los momentos de incertidumbre y dolor.

También tiene que ver con la capacidad de optimismo que tenemos. Aunque es cierto que, según el carácter, algunas personas están más abiertas que otras a la esperanza. Piensa el pesimista que el optimista exagera en su visión amable del mundo, y cree el optimista que el pesimista solo ve el lado sombrío de las cosas creyéndose bien informado.

Lo mejor es cultivar un optimismo moderado pero constante respecto al aprecio por el mundo y sus habitantes. O, si se prefiere, un ligero pesimismo esperanzado: las cosas no están en el fondo tan mal como parece.

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Hacer que ocurran las cosas

Un padre de familia le pedía ayuda a Dios de la siguiente manera: "Señor, sabes que estamos necesitados y pasamos penurias. Por favor, haz que me toque la lotería". Pero eso no sucedía, a pesar de lo cual el hombre no dejaba de implorar una y otra vez el ansiado premio. Hasta que un día, en medio de su plegaria, oyó una voz profunda que le dijo: «"Por favor, compra algún número de lotería".

Hay ocasiones en que se cumple misteriosamente alguno de nuestros deseos más íntimos, sin que entendamos por qué ha sido tan fácil. Mientras que otros deseos parece que no vayan a realizarse nunca. Según el pensamiento oriental, todo lo que sucede depende básicamente del karma consecuente a nuestras acciones precedentes. Se recoge lo que se planta. Decía Buda: "Si quieres saber cómo será tu vida futura, fíjate en cómo te comportas en esta, y si quieres saber cómo era tu vida anterior, ve sus consecuencias en lo que te sucede actualmente".

La esperanza es de algún modo la intuición de que son muchas las buenas posibilidades que se abren ante nosotros a cada momento y quepodemos actualizar en nuestras vidas si obramos con inteligencia, sensibilidad y buena voluntad.

Pero también llamamos esperanza a la secreta convicción de que si nos equivocamos en la elección o no trabajamos lo suficiente para lograr nuestro objetivo, no por ello se cierran todas las puertas. El futuro puede darnosotras oportunidades y lo que parece un fracasoes un aprendizaje necesario para lograr después algo valioso, sea de tipo material o intangible.

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Las ventajas de no aferrarse a la esperanza

Es cierto que en determinadas ocasiones la esperanza se relaciona con un intento de superar el miedo que todos tenemos ante el posible sufrimiento. En este sentido, el filósofo Schopenhauer consideraba que "quien ha perdido la esperanza ha perdido también el miedo".

Esta paradoja puede entenderse como la posibilidad de situarse en un estado psicológico de ecuanimidad, en el que la persona no siente la necesidad de ir en pos de deseos personales ni tampoco de huir temerosa. Sin miedo ni esperanza es la divisa de una forma de sabiduría –enraizada en virtudes guerreras– que permite mantener la serenidad en toda circunstancia.

Tal era el ideal de los filósofos estoicos, de los caballeros medievales, los ascetas budistas o los samuráis con su código de comportamiento basado en el bushido: quien nada espera, nada teme.

Una posible aplicación de esta actitud supone reconsiderar qué significa el éxito. Quien puede mantener una actitud ecuánime, tanto cuando está contento por haber obtenido lo deseado como cuando está triste por no haberlo logrado, entonces siempre será ganador.

No hay siempre un camino directo para obtener lo que deseamos. Quizás escapa razonablemente a nuestras aptitudes o bien surgen numerosos obstáculos. A veces es acertado adoptar una postura de sano distanciamiento como aconseja Leonard Cohen: "No hay que ser pesimista ni tener esperanza".

De todas formas, suele decirse que la esperanza es lo último que se pierde. En palabras del filósofo Tales de Mileto: "La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido, la poseen todavía".

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Esperanza para perder el miedo a la muerte

Pero ¿puede haber esperanza más allá de la esperanza? ¿Qué actitud cabe tener, por ejemplo, ante la muerte?

A menudo nos aturde y asusta la idea de la muerte como final de todo, olvidando con ello que el nacimiento implica muerte, y viceversa. Podríamos pensar que, al igual que nos vamos a dormir confiados en volver a despertar, el sueño de lo que llamamos muerte nos llevará a otro amanecer. Cabe aceptar que el cuerpo físico pueda desaparecer, sin que por ello se extinga nuestro ser profundo o espiritual.

El vedanta afirma con deslumbrante sencillez: "Lo que no cambia no puede ser cambiado, lo que cambia no puede ser detenido". Es decir, hay una parte de nosotros material sujeta al tiempo, mientras que otra es inmutable y libre de la temporalidad (Atman). Si nos fijamos, el "yo" no cambia realmente en las diversas fases de la vida. Si así fuera, un anciano no podría acordarse de cuando era niño.

En los momentos de grave peligro o incluso de muerte inminente, es bueno invocar la presencia en nosotros del espíritu. Sea cual sea nuestra religión o la idea que podamos tener de ese algo sagrado y luminoso, es bueno creer en tal realidad. Porque podemos mantener así un vínculo, aunque sea virtual, que nos será propicio en situaciones críticas.

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La esperanza, un valor para la vida

Hay que confiar y tener esperanza en la posibilidad infinita. ¿Quién no ha tenido uno de esos sueños terribles en los que, por ejemplo, caemos de gran altura y sentimos aterrados que todo va a terminar al estrellarnos contra el suelo?

Pero antes de que eso suceda, despertamos y notamos aliviados la calidez de las sábanas de nuestra cama. El sueño parecía real mientras tenía lugar en nuestra mente, cuando de hecho no sucedió. Así también la existencia en estado de vigilia tiene una parte real y otra ilusoria al mismo tiempo. Todo cambia a nuestro alrededor. La vida se rige por fuerzas opuestas y complementarias. No podemos asegurarnos de que todas las experiencias sean agradables.

Existe el placer, pero también el dolor, según las circunstancias. Al igual que hay frío y calor. El fuego que nos molesta en verano es apreciado en invierno. Todo resulta relativo en este sentido.

La esperanza es como un viento favorable que impulsa nuestra nave. Pero hay momentos en que ese viento no sopla y no podemos avanzar. Hay que saber esperar, llegará de nuevo. Y si en otro momento se produjera un naufragio debido a las inclemencias del tiempo, también la esperanza podría salvarnos.

Vivir esperanzado es una dicha en sí misma, el bien que se anhela nos conforta ya antes de que lo alcancemos. Como afirma un proverbio japonés: "Aún mejor que llegar es viajar lleno de esperanza".

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Los tres colores de la esperanza

  • Dorado. La riqueza, tanto material como espiritual, se ve reflejada en el resplandor dorado. Es el color del oro, metal inalterable. Un halo dorado circunda las cabezas de los bienaventurados en las pinturas religiosas y tanto Jesucristo como Buda aparecen así a menudo. Este color evoca calidez, seguridad, inmutabilidad. La imagen de lo celestial o paradisíaco debe incluir tonalidades doradas. Corresponde simbólicamente al plano espiritual.
  • Azul. Es el color del infinito, pues nos invita a adentrarnos en él, a diferencia del rojo que va hacia nosotros impidiéndonos el paso. Es la tonalidad del cielo y el mar, donde es posible viajar. Aporta tranquilidad e invita al descanso mental y a la contemplación. Ofrece respuestas a muchas de nuestras preguntas. Contiene la fluidez y adaptabilidad del agua. Corresponde al plano anímico o psicológico.
  • Verde. Suele decirse que es el color de la esperanza, porque representa al mundo vegetal, cuya vitalidad se exalta en cada primavera.Este color simboliza la renovación de la vida y la promesa de continuidad. Es el color de la clorofila que facilita en las plantas la captación energética de la luz. Es la combinación de los dos colores anteriores (amarillo y azul). Corresponde al plano físico y vital.

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