Autismo y TEA

¿Qué síntomas presenta un niño autista?

Jorge Tizón

El término autismo se utiliza alegremente, pero no todo cabe bajo este paraguas. En realidad, para poder hablar de autismo, un niño o niña habría de cumplir una serie de criterios bastante bien descritos.

 

 

En Psicología y Psiquiatría, el término autismo nació para describir una dinámica relacional, una forma de relacionarse las personas con trastornos mentales graves y, en particular, con psicosis. Quería designar un repliegue excesivo sobre sí mismos, un retraimiento extremo de las relaciones con los demás y con el mundo exterior de algunas de tales personas: sería algo así como la comunicación de que no quiero comunicarme.

Más tarde, en los años 30 del siglo xx, un psiquiatra austrohúngaro, Leo Kanner, describió a unos niños dominados por ese “síntoma” y describió lo que luego se ha llamado el “autismo infantil” de Kanner. Después, las tendencias biologistas, magnificadoras y estigmatizadoras de la psiquiatría biocomercial han llevado a que, cada vez más, tanto los profesionales como la población en general tiendan a identificar el autismo –una forma de intentar no relacionarse, o de relacionarse lo menos posible, por miedo o por falta de habilidades sociales– con ese trastorno, o “enfermedad”, concreto. Y hoy, a ampliar su uso todavía más con el término de TEA o Trastornos de (un supuesto) Espectro del Autismo. Pero no todo cabe bajo ese paraguas.

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Debemos tener claro que se puede ser bastante autista sin haber padecido nunca ese trastorno psicopatológico concreto al que se ha llamado autismo o TEA. En realidad, para poder hablar de autismo, o incluso de TEA, un niño o niña habría de cumplir una serie de criterios (bastante bien descritos por Kanner, Tustin, Meltzer, Schore o Acquarone y otros investigadores del tema):

  • Manifiestan alteraciones en la interacción social. No mantienen el contacto visual o lo evitan, no sonríen pasados los seis meses, no estiran los brazos para que les cojan, juegan solo a juegos repetitivos y estereotipados, reaccionan con pasividad o con gran irritabilidad ante la aproximación afectiva o corporal de los demás, muestran intereses muy restringidos y repetitivos.
  • Parecen alterados en sus sensaciones. Tienen hipersensibilidad a los ruidos o bien “seudosorderas”. Muestran aparente insensibilidad al dolor.
  • Están muy alterados en su comunicación y lenguaje. Presentan retardos en el lenguaje y no señalan lo que quieren o cuando quieren algo. No entienden las bromas, los símbolos o los dobles sentidos.
  • Muestran patrones repetitivos e inflexibles de comportamiento. Presentan dificultades para autorregularse y alteraciones de los hábitos básicos de comida, defecación o sueño. Hacen movimientos extraños con los ojos y otros tics, se enganchan a actividades psicomotrices y autoestimulaciones repetitivas, muestran excesiva rigidez o hipotonía muscular y rechazan el contacto físico con sus cuidadores.

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Todo ello, es decir, esas alteraciones en las relaciones, deben ocurrir durante meses o años y de forma tan marcada y crónica que alteren gravemente las relaciones familiares, escolares o sociales, incluso su desarrollo neuropsicológico e intelectual.

La importancia de un diagnóstico certero

A pesar de que la población o muchos profesionales y científicos creen que el autismo y los TEA tienen una sola base (alteraciones genéticas cerebrales y neurobioquímicas), eso no es así, ni mucho menos. Cuando está bien diagnosticado (y en muchos casos no lo está), se trata de un trastorno al que puede llegarse tras meses y años en los cuales el niño y su familia no han sido ayudados eficazmente. En primer lugar, no han sido ayudados a ver el desarrollo alterado de las relaciones de ese niño o niña, como tampoco han sido ayudados a aplicar medidas concretas para corregir o mejorar ese desarrollo actuando cuanto antes.

Por eso, desde una perspectiva psicológica y psiquiátrica actualizada, hablamos de factores de riesgo y factores de protección.

  • Los factores de riesgo son los que facilitan o desarrollan el trastorno: algunas lesiones cerebrales y algunas enfermedades; negligencias graves en la crianza o falta de cuidados emocionales durante la misma; familias muy sobrepasadas por las presiones sociales, emocionales o de duelos y pérdidas recientes o durante el embarazo; errores importantes, persistentes y crónicos en los cuidados del bebé…

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  • Los factores de protección serían los que evitan o protegen de la instauración de ese trastorno: el apoyo emocional a las madres y padres en circunstancias vulnerables y, en general, al desarrollo integral de la primera infancia; los apoyos psicoeducativos a la marentalidad y la parentalidad; escolarización adaptada y no uniformizadora o empobrecida de medios; maestros y profesionales bien formados, supervisados y esperanzados, etc.

Cuando esas dificultades aparecen de forma temprana, llevan a la organización más o menos completa de un baluarte defensivo de los más rígidos y graves que se conocen, el trastorno autista, que algunos preferimos llamar “relación adhesivo-autística”, una de cuyas manifestaciones es el autismo como comunicación.

El autismo es un trastorno grave, que existe, aunque afortunadamente no es muy frecuente. Vale la pena diferenciarlo de los trastornos multisistémicos y de los trastornos generalizados del desarrollo: “patrones de alteración en el desarrollo de las relaciones” que nos hablan de sistemas alterados, más que de una supuesta “enfermedad global” incambiable.

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Precisamente porque sabemos de la gravedad y cronicidad de algunos de tales niños, sobre todo si se actúa muy tarde, precisamente por eso deberíamos evitar hablar con tales términos de niños y familias que tienen muchas más posibilidades de ser ayudados, de evolucionar.

¿Qué cuidados necesitan los niños y niñas autistas?

En general, en los niños con autismo, como en los niños con cualquier trastorno grave de su desarrollo integral, habría que tratar de instaurar en ellos las capacidades neuropsicológicas para integrar sus emociones, las relaciones con los demás, las relaciones sociales, patrones de intereses y comportamientos más amplios… Como puede entenderse, en todo eso la medicación no es imprescindible, salvo en situaciones agudas y graves de crisis.

Lo más importante es un sistema de cuidados que nosotros, siguiendo a los autores escandinavos especializados, llamamos los “Cuidados o el Tratamiento Integral Adaptado a las necesidades de la familia en la comunidad”. Se trata de diversas combinaciones de diferentes formas de ayuda adaptadas a cada niño y cada familia en sus relaciones cotidianas, como los cuidados psicoeducativos específicos y especializados:

  • Ayuda psicoterapéutica individual y familiar.
  • Ayudas en la psicomotricidad.
  • Técnicas cognitivo-conductuales especializadas, escolaridad apoyada y bien dotada de medios, formación y supervisión, grupos psicoeducativos para niños y para familiares, grupo multifamiliar.
  • Instituciones especializadas adecuadas.
  • Acompañantes terapéuticos para los púberes y adolescentes.
  • Grupos y actividades de relación y participación social.
  • Integración de la ayuda farmacológica en las ayudas psicosociales.
  • Tabajo “en red” del conjunto de dispositivos que siempre intervienen con estos niños y sus familias.
  • Dispositivos de “atención abierta” y de “clínico de referencia” en alguno de dichos servicios.
  • Orientación sociolaboral.
  • Tratamientos a domicilio y “acompañante terapéutico” si es preciso.
  • Instituciones “blandas” para el ingreso ocasional de estos niños y/o para el descanso y el “respiro” temporal de los familiares cuidadores, supervisión de los cuidadores y terapeutas, terapeutas entregados.

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