Entrevista a Rupert Isaacson

"Los caballos y los niños autistas entablan una conexión más directa"

Gema Salgado
Gema Salgado

periodista

Rupert Isaacson halló en un chamán de Mongolia la solución para conseguir que su hijo autista se desarrollase y fuera más feliz: la terapia con caballos.

Cuando tenía dos años y medio Rowan Isaacson fue diagnosticado de autismo.

Su padre Rupert (periodista editor de guías de viaje) y su madre Kristin (psicóloga clínica) habían observado desde hacia tiempo que el niño no señalaba ni había añadido ninguna palabra nueva a su vocabulario.

Tampoco se volvía cuando alguien pronunciaba su nombre ni mostraba sus juguetes. Además, tenía berrinches continuos.

La pareja probó los tratamientos de la medicina convencional, pero Rowan no parecía lograr ningún avance significativo.

Hasta que un día se produjo un pequeño milagro: de paseo con su padre por los alrededores de su casa, una zona boscosa en Texas, Rowan se escapó corriendo hacia una manada de caballos de la casa del vecino y se relacionó enseguida con Betsy, la líder del grupo, quien parecía protegerle como a uno más de sus cachorros.

A partir de aquel momento, Rupert pidió permiso a su vecino para pasear a lomos de la yegua con su hijo y observó cómo en aquellas excursiones el niño experimentaba una clara mejoría.

Con el paso de los meses una idea comenzó a rondar por la cabeza de Rupert: viajar a Mongolia, el lugar donde el caballo fue domesticado por primera vez, y acudir a un chamán.

El viaje se realizó y resultó transformador para la familia.

Mongolia: la cuna del caballo

–Mongolia está muy lejos de Texas. ¿Qué le llevó allí?
–La idea de ir a Mongolia en busca de sanación para Rowan parecía una locura, pero obedecía a una lógica: soy periodista y trabajo a favor de los derechos humanos. Ayudé a los bosquimanos, tribu del desierto del Kalahari (África) en una reivindicación ante la ONU para defender sus tierras. Esta tribu tiene una gran tradición chamánica y algunos de sus chamanes estuvieron en América en 2004, el año en que Rowan fue diagnosticado de autismo. Los chamanes conocieron a nuestro hijo y se ofrecieron a trabajar con él.

Durante los cuatro días que Rowan permaneció con ellos perdió muchos de los síntomas que tenía, pero, cuando los chamanes partieron, recayó. En aquella época comenzamos a montar a Betsy a diario y vimos sus progresos. Se me ocurrió que el lugar donde mejor confluían el chamanismo y los caballos era Mongolia y pensé: "¿Por qué no llevarlo allí?"

–Lo organizó a conciencia, incluso propuso a una editorial escribir un libro y también hacer un documental...
–Sí, pero cuando propones un libro así no tienes ninguna garantía de que lo vayan a publicar, así que antes de tener una respuesta ya habíamos sacado los billetes para Mongolia. Michel, un amigo de la familia, se ofreció para venir con nosotros como cámara y conseguimos a otra persona para el sonido. Estábamos seguros de que habría cambios y queríamos captar esa evolución.

–¿Cómo explica esa sintonía del niño con los caballos?
–Sinceramente, no lo sé. Pero parece que las personas autistas no piensan a base de conceptos, sino visualmente, acaso como hacen algunos animales. Los animales tienen poca conciencia de sí mismos, y el autista también. Cuando una persona normal se aproxima a un caballo lo hace desde el pensamiento: "tú eres un caballo, yo soy un ser humano". Si una persona autista se acerca a un caballo, al parecer entablan una conexión más directa. Betsy era la yegua líder de la manada, y quizás al acercarse Rowan lo identificó al instante como un ser que precisaba protección. Profesionales de la terapia con caballos afirman que ocurre lo mismo con otros niños autistas.

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La sintonía chamánica con el autismo

–¿Y la mejora experimentada con los chamanes?
–En muchas culturas indígenas el autista no es un enfermo. Si detectan que una persona se diferencia por algo le otorgan un papel que pueda desempeñar. Los chamanes, de hecho, pueden mostrar características que podrían calificarse como autismo, epilepsia, esquizofrenia... Pero para ellos puede ser incluso una cualificación para llevar a cabo un trabajo a medio camino entre el mundo de los espíritus y el mundo tangible.

–Ghoste, el chamán siberiano con quien tuvieron una vivencia más intensa, logró hacer que Rowan superara su incontinencia física y emocional. ¿Cómo lo consiguió?
–La primera noche que estuvimos allí Ghoste cogió unas plantas secas y las pasó alrededor del cuerpo de Rowan para intentar captar qué le ocurría. Desconozco el mecanismo, pero Rowan estaba en brazos de Kristin y ella me dijo estar percibiendo toda una serie de sensaciones energéticas. Rowan permanecía muy calmado. El chamán me dijo que mientras nosotros dormíamos realizaría un viaje espiritual para encontrarse con la yegua Betsy, porque ella era la protectora de Rowan.

Al día siguiente realizó una ceremonia muy tranquila, que duró unos 20 minutos y donde hubo una serie de pruebas para Rowan. Ese día el niño durmió trece horas seguidas; ¡nunca había dormido tanto! El último día, tras una última sanación, Ghoste nos dijo que Rowan iba a ser cada vez menos autista y que la incontinencia y los berrinches iban a acabar desde ese momento, pero que cada año, hasta que Rowan cumpliera nueve años, tendríamos que realizar una ceremonia chamánica, no importaba dónde y no tenía por qué ser con él.

Nos dio una medicina que debería tomar toda la familia una vez de regreso: se sacrificó un pequeño reno y se hizo una sopa con sus órganos, incluyendo el contenido de sus intestinos, cociendo todo en el estómago del animal. Bajando la montaña, Rowan, Kristin y yo tuvimos que tomar aquella sopa.

–¿Y fueron capaces?
–Sabía horrible para nosotros. A Rowan lo tuvimos que engañar mezclándola con un poco de bacón. Pero esa noche, al acampar, Rowan hizo su primera deposición intencionada y se limpió él mismo. ¡Fue como ver a Inglaterra (nací en Londres) ganando el mundial de fútbol! A partir de ese momento contamos los berrinches de Rowan y durante dos semanas solo tuvo seis, cuando normalmente los seis se hubieran dado en medio día. Luego, no hubo más.

"Cuando una persona autista se acerca a un caballo, al parecer entabla una conexión muy directa con él."

Cabalgando por una tierra sin límites

–Acabaron sus problemas, entonces...
–Rowan todavía era autista, pero había dos disfunciones principales que se habían sanado, justamente aquello que limitaba su calidad de vida y la nuestra. Ahora Rowan sigue siendo un niño autista, pero tiene amigos, puede montar a caballo él solo, ha avanzado varios cursos académicos... A nivel de conversación tiene que mejorar aún, pero su proceso de crecimiento está discurriendo al ritmo adecuado para él.

Lo más importante es que es muy feliz. El año pasado fuimos a África a realizar la ceremonia anual que nos recomendó Ghoste, y vimos a Besa, un chamán bosquimano amigo de la familia –de hecho Rowan tiene Besa como segundo nombre–; y el año que viene queremos ir a Australia. Pero Mongolia fue extraordinaria para los tres.

–En su libro transmite la fascinación por esa tierra en la que aún es posible cabalgar por un paisaje sin límites...
–Cuando iba a caballo por Mongolia con Rowan era consciente de que estaba teniendo una aventura increíble, acaso la mayor aventura que alguien pueda tener como padre. Además, el hecho de estar en un paisaje abierto, sin nada que te contenga, donde domina el silencio, la naturaleza... ya es neurológicamente terapéutico en sí mismo. Cada día Rowan y su amigo Tomoo –el hijo de Tulga, el guía que nos acompañó– podían explorar la naturaleza que les rodeaba durante horas, en total libertad, porque nada les molestaba ni podía ponerles en peligro.

–Tomoo fue el primer amigo que hizo su hijo, curiosamente en Mongolia, algo muy complejo para un niño autista. ¿Siguen en contacto?
–¡Sí! Tulga y yo mantenemos el contacto telefónico y nos informamos de cómo van los pequeños. En una ocasión en que se presentaba el libro en América, Rowan reconoció a Tomoo en el cartel de promoción y quiso besar a su amigo. Fue muy emotivo.

La hospitalidad nómada

–Intimaron con familias nómadas, adaptándose a sus costumbres, viviendo en sus gers (tiendas de fieltro), comiendo lo mismo que ellos... ¿Qué recuerda con más cariño de aquel tipo de vida?
–No sé si podría elegir un momento en especial, pero fue en general el ambiente que se respiraba en compañía de esas personas. Había un nivel de hospitalidad insólito. Tenían un deseo real de ayudarnos.

–¿Cuáles han sido los mayores aprendizajes que han adquirido en esta experiencia?
–Sin duda escuchar a mi hijo. Hay que recordar que yo no llevé a Rowan a los caballos, sino que Rowan acudió a ellos por sí mismo, y con los chamanes sucedió igual. Antes del viaje, Rowan y los chamanes bosquimanos habían realizado su propia conexión. Estas iniciativas nacieron más de nuestro hijo que de nosotros.

Kristin: –Yo al principio me resistí al viaje, no lo veía claro, y finalmente fuimos y ocurrió esto tan maravilloso; lo cual me enseñó que tengo que dejarme llevar más. Si te dejas llevar, hay cosas maravillosas que te pueden suceder.

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–Ante sus peripecias por Asia Central creo estar leyendo El Señor de los Anillos, con Frodo atravesando cenagales y bosques en pos de su objetivo. Incluso recibieron un buen susto...
–Sí: del bosque salió una manada de unos 80 caballos semisalvajes, encabezados por un bayo oscuro de aspecto agresivo que se acercó a nosotros relinchando y desafiando a nuestros caballos. Suerte que dos de nuestros guías lo disuadieron restallando sus látigos y con sus gritos. Pero pasamos verdadero miedo.

Nos llevó cuatro días realizar el ascenso hasta donde vivía Ghoste. Para llegar allí contamos con la ayuda de un anciano que conocía al chamán y de sus cinco sobrinos. Nos topamos con muchos obstáculos físicos. Me caí con Rowan en un cenagal, había senderos de montaña muy estrechos que dificultaban el paso de los caballos, tuvimos que vadear un gran río. Michel, el cámara, se puso bastante enfermo. Por momentos pensamos que tendríamos que dejarlo con Tulga y seguir solos. Había lobos durante la noche que asustaban a los caballos, los caballos se escapaban y teníamos que salir en su busca. Desaparecían inexplicablemente cosas del equipaje...

El augurio de una vida nueva

–Y vieron un íbice blanco...
–El día en que Michel se puso enfermo, Justin, que se ocupaba del sonido, salió solo a dar un paseo y vio a un animal muy raro, una especie de cabra albina que el anciano y sus sobrinos identificaron como un íbice. El íbice es un animal en peligro de extinción, muy difícil de ver, y el blanco aún más. El anciano nos dijo que era el chamán que nos estaba poniendo a prueba para ver si éramos serios. Nos dijeron que si hubiéramos visto un oso o un lobo hubiera significado que el chamán se oponía a ayudarnos. Pero un íbice blanco era un buen augurio. Nos hizo pensar positivamente, porque íbamos sin ninguna garantía de si seríamos bien recibidos o no.

–¿Cómo es su vida hoy? ¿Ha cambiado en algún aspecto?
–No veo ningún tipo de separación entre la vida que llevábamos y la que podemos llevar ahora. Yo he sido sanado gracias a leer determinadas historias. Mi papel como periodista es transmitir este tipo de vivencias, incluso a nivel político. Ganamos finalmente el juicio para los bosquimanos y ahora están felices en sus tierras. Kristin ejerce su profesión de psicóloga.

–¿Y Rowan?
–Ahora está con mi madre en Inglaterra, mientras hacemos esta escapada, algo impensable tiempo atrás, pues nos demandaba atención absoluta. No damos nada por hecho. Esto ha sido un regalo para nosotros, disfrutar de cada pequeña cosa.

–¿Qué objetivo tienen con su hijo?
–No sé si tenemos un objetivo con Rowan. El objetivo es ver adónde Rowan nos lleva a nosotros.

Kristin: –Rowan dice que quiere ser cuidador de zoo cuando sea mayor, lo suyo son los animales, o sea que sospechamos que vamos a tener una vida donde los animales van a estar muy presentes.

–De regreso a Texas adquirieron tierras para hacer hipoterapia con niños autistas. ¿Cómo marcha el proyecto?
–Efectivamente, montamos un centro donde niños diagnosticados de autismo y otros problemas mentales pueden tener una relación con caballos en la naturaleza. Tenemos otros animales y animamos a que la gente venga en familia, al menos uno de los padres, y también les decimos que traigan a sus terapeutas y que prueben sus terapias en este contexto. Me gustaría decir además que nosotros no hemos dejado de utilizar la medicina alopática, que no hay que ser extremistas en esto. Pues los chamanes también recurrirían a la medicina convencional en algunas ocasiones. Todo consiste en ser práctico, en llegar a una cura.

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