Del hipocondríaco al sufridor nato

Somatizar enfermedades: su significado según la psicología

Hay personas que somatizan en exceso los síntomas corporales. Otras, sin embargo, pueden desarrollar una enfermedad dolorosa sin percibir ningún síntoma. ¿Cómo se explican psicológicamente estos extremos?

María José Muñoz

Psicoterapeuta

En psiquiatría, la somatización hace referencia a la relación entre los síntomas físicos que se perciben y el origen físico identificable del mismo. Hay personas que pueden tender a somatizar en exceso los síntomas corporales (el caso extremo sería la hipocondría). A otras personas les ocurre todo lo contrario, pueden no percibir los síntomas cuando se está produciendo una enfermedad incluso cuando esta es muy dolorosa. ¿Cómo se explican estos extremos psicológicamente?

Estas formas de somatizar pueden venir de conflictos internos que tienen que ver con nuestra relación con el soma, nuestra materia corporal.

Estos conflictos son pues los que pueden dar lugar a que determinadas personas no registren en ningún momento, por ejemplo, la creación de una hernia discal hasta que se convierte en discapacitante; o a que otras sientan amplificado su dolor hasta límites insoportables, sin que haya lesión; o incluso a que se den los fenómenos dichos de miembros fantasma, por los que se siguen sintiendo miembros amputados.

El soma y la conciencia somática

Cuando hablamos de soma, nos referimos a nuestra materia corporal, pero ¿es ese el cuerpo con el que nos desenvolvemos cotidianamente los humanos? No está claro que sea así. Entonces, ¿cuántos cuerpos tenemos? La mayoría de gente piensa que solo uno.

Sin embargo, la cosa no es tan evidente si pensamos en la imagen subjetiva que tenemos de nosotros mismos o en las percepciones distorsionadas que poseemos de los órganos internos reales.

Colocamos los riñones donde no corresponden, o creemos tener una espalda perfecta, cuando, en verdad, está torcida. Esos otros cuerpos no dejan de tener consecuencias en nuestras vidas.

El psicoanalista Jacques Lacan decía que teníamos dos cuerpos: uno naif, ingenuo, el que creemos tener; y otro, aquel que queda en el ataúd. Detrás de esta palabra, un tanto macabra, parecería que se refiriera al cuerpo biológico. Sin embargo, el ritual de la sepultura, nos sugiere también el orden de la cultura, de la sociedad, y esto aunque los ritos varíen en las distintas comunidades o civilizaciones. Entonces, ¿son dos o son tres los cuerpos los que tenemos?

Contamos con tres registros corporales que estarán presentes siempre en nuestras vidas:

  1. El propiamente biológico que impone sus leyes y límites a las funciones orgánicas
  2. El que ha resultado de todas las identificaciones resultantes de las interrelaciones con los demás y que lo llamamos yo
  3. Aquel que se ha quedado sin imagen externa, sin entrar en el espejo y que queda en un segundo plano. Este último, correspondería a esa parte todavía débil y dependiente con la que tenemos una autocrítica permanente, pero que guarda también características y cualidades inexploradas hasta entonces.

Para entender un poco mejor esta división, pero también su combinación y el cómo nos afecta, vamos a recurrir a la manera en qué una cría humana se constituye:

  • A diferencia de los animales, nuestras criaturas nacen con una inmadurez motriz y neuronal que las hace absolutamente dependientes de los adultos.
  • Serán nuestros cuidados y palabras las que les ayuden a construir una imagen de unidad e identidad psíquica y corporal. Allí donde todavía el bebé no sabe si los pies son suyos o un objeto exterior, una unificación se establece a través de su nombre y de las interrelaciones con lo humano.
  • El modelo sería el momento en que el niño se reconoce en un espejo como siendo esa imagen externa, pero unitaria, de él mismo. Es ficticia, porque solo refleja lo externo, pero también es real, porque ofrece una totalidad que no existía. ¡Él es ese! Y de ahí la omnipotencia infantil, a pesar de su fragilidad.

Estos tres registros y las relaciones entre ellos nos pueden servir de brújula para enfrentar las posibles somatizaciones.

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De la hipocondría al no sentir nada

Dependiendo de qué parte esté más presente, o más en conflicto unas con otra u otras, podemos tender a somatizar en exceso los síntomas corporales (el caso extremo sería la hipocondría) o, todo lo contrario, a tener una alta tolerancia al dolor (en este caso el grado extremo sería el masoquismo).

  • La tendencia a la hipocondría. Si nos movemos, la mayor parte del tiempo, en la línea de controlar exhaustivamente aquello que puede pasarle a nuestro organismo, intentando que nada se nos escape y que encaje en un encuadre perfecto, nos estamos moviendo en esa parte rechazada de supuestos fallos, que queremos dominar y que confundimos con los órganos físicos.

Aquí encontramos a las hipocondrías, las lesiones fantasmas y la amplificación de dolor por nuestro imaginario.

  • La tendencia a no sentir dolor. Si lo que predomina es una asimilación a la figura en ese espejo ideal, los efectos que podemos encontrar son varios. Puede darse el caso en el que el propio cuerpo reaccione con eczemas, caídas de cabello, pequeñas infecciones, etc. Síntomas que no suelen ser muy graves, pero que hablan de que algo está degradando su imagen. La persona no puede soportar una percepción negativa de ella misma, y cuando ha tenido que hacer, pensar, decir o, incluso soñar, algo inadecuado, la culpa la conduce a castigarse, a través del cuerpo, de alguna manera.

¿Qué les ocurre a las personas que somatizan en exceso?

Los que comúnmente llamamos hipocondríacos son los que, frente a cualquier tipo de síntoma – o incluso la escucha en algún medio, amigo o familiar, de cualquier término médico que se refiera a una enfermedad– piensan y sienten que ellos mismos lo tienen y que, además, no tendrá remedio y lo conducirán a la muerte.

  • En la gran mayoría de casos serán personas que necesitarán consultar a uno o más médicos, para que le confirmen que no tiene nada, o que lo que tiene es muy leve y pasajero.
  • En un grado máximo, hallamos a quienes pueden llegar a sentir un dolor inmenso, insoportable, en algún órgano, al punto de acabar en urgencias u hospitalizada. Les duele de verdad, pero ese sufrimiento proviene de una imagen de una parte de su cuerpo que la viven como lesionada y mal.
  • No es extraño comprobar en estos pacientes que la crisis pueda haber comenzado a gestarse a raíz de algún episodio de algún familiar o amigo y que acabó de forma mortal.
  • La tristeza o pérdida se ha convertido en identificación, pero incrustada en su propio organismo. La idea inconsciente que subyace a estos fenómenos es la de anticiparse y dominar, aunque sea con ayuda médica, los distintos avatares, presentes y futuros, que pueden sucederle a nuestros cuerpos.

Que no nos falle nunca esa figura de completud que creemos necesitar para ser felices. Tarea imposible, sin duda, porque ella está expuesta a la deformación de la imagen mental que tenemos, y no al auténtico recorrido y funcionamiento de nuestra materia corporal.

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¿Por qué otras personas no sienten dolor cuando deberían?

En el campo contrario encontramos a personas que parecen estar anestesiadas para el dolor. Sujetos que se les puede estar produciendo una úlcera estomacal, una hernia, o tener los dientes hechos polvo, pero que no les crea problemas hasta que no son ya muy graves.

¿Es que acaso son masoquistas? No necesariamente, aunque el masoquismo encuentra parte de su explicación aquí.

En estos casos anestésicos lo que tenemos es justo lo inverso de la estructura anterior. Las personas están muy identificadas a esa imagen de Unidad que les da el espejo, y tienen muy poco contacto con la parte de ellos que no entra en esa figura completa. Eso significa que conectarán muy poco tanto con las autocríticas, como con lo real de su organismo viviente.

Ellos no necesitan controlar porque, supuestamente, ya está todo controlado. Pero claro, aquí también vemos cómo la interferencia de nuestro retrato psicológico, no nos deja apreciar lo que puede estar sucediendo, verdaderamente, en nuestro organismo.

¿Qué sucede entonces con los que tienen el sufrimiento como estandarte? Pues que se nos subdividen en dos. Aquellas personas que creen que ser una buena madre, hija o trabajadora pasa por el máximo sacrificio, es decir, que tienen como imagen ideal padecer para cumplir sus funciones; y aquellas que utilizan el dolor como forma erótica, pero donde en ningún momento va a estar en riesgo sus vidas, sino que juegan con esos límites que ofrecen los miembros corporales que les procuran una estampa imaginaria de placer.

Otros de los casos, dentro de ese mismo apartado, son los de los sujetos que ignoran por completo las necesidades y reglas fisiológicas, y esto hasta el punto de poder generarles graves lesiones que pueden llegar a ser incurables.

La razón es que o bien porque tienen un ideal de sacrificio exagerado, o bien porque creen que solo sufriendo se hacen bien las cosas, o porque no se quieren sentir limitadas por nada ni nadie, el resultado es el de una enajenación total respecto a esas necesidades elementales. Contactar con esas carencias es lo que nos puede permitir suplirlas y no negarlas.

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¿Se pueden controlar las somatizaciones?

Nuestros esquemas corporales se han ido construyendo a lo largo de tiempo y va a depender mucho de cómo hayamos ido incluyendo los diferentes parámetros de su constitución.

En general, tendemos a buscar esa unidad totalizante que nos trae por la calle de la amargura. Pretendemos estar y ser perfectas o perfectos ante nosotros mismos y ante los demás. Que no haya fisuras, ni errores, ni contradicciones y para conseguirlo estamos siempre controlando y autocensurándonos.

La tensión permanente está servida y la posibilidad de convertir cualquier elemento de nuestras vidas en ansiedad y somatizar puede ser una vía de salida.

Evidentemente, nos vamos a encontrar con distintas formas y grados de exponer nuestros cuerpos a dichos conflictos. En todos los casos comprobamos que se trata de que intentamos todo el tiempo hacer coincidir nuestros cuerpos con esa figura imaginada que nos satisface, pero que deja afuera los otros componentes psicológicos y físicos comprometidos en nuestra estructura humana.

Es en esa batalla en donde podemos encontrar los problemas psicosomáticos.

Por supuesto que la división de nuestro cuerpo en 3 de la que hablámos al principio es totalmente inconsciente y todos creemos tener uno solo, aquel que identificamos con el recipiente interno respecto a lo que queda fuera de él, el exterior. Sin embargo, en nuestro día a día, nos observamos tanto externa como internamente, y nos comentamos a nosotros mismos. Nos vamos diciendo el cómo nos vemos, y cómo nos sentimos.

Somos observadores y lo observado a la vez. En esta dinámica tendríamos que hacernos conscientes del tipo de diálogo que mantenemos, qué mensajes nos estamos dando y qué imagen estamos priorizando.

Debemos considerar que los tres cuerpos están interrelacionados. Al biológico, en la medida en que no tenemos un acceso directo a nuestros órganos, hay que hacerle una revisión médica de tanto en tanto. Al de la búsqueda de la Unidad perfecta en el espejo, hay que ponerle límites. Y al del lado crítico, que no es perfecto y que rechazamos, hay que escucharlo porque en él podemos descubrir características de nosotros mismos que son muy interesantes. Mantener un equilibrio entre los tres sería lo ideal.

La idea sería la manera de equilibrarlas, pero no para encontrar de nuevo una supuesta imagen ideal, sino para poder tenerlas en cuenta y sopesar en cada momento y contexto, cuál de ellas nos resultaría más efectiva, en lugar de negarlas.

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