Guía de terapias naturales

Método Faym

Esta terapia restablece las conexiones neuronales trabajando con los sentidos.

Guía práctica
 
Institutos Fay para la Estimulación Multisensorial
c/ Fuente del Rey, 32.
Aravaca (Madrid);
Tel. 91 740 02 03; www.institutosfay.com

Libros: Glenn Doman, «Qué hacer por su niño con lesión cerebral» (Ed. Diana).

 

 
 


En los años 30, el catedrático en neurología y neurocirugía estadounidense Temple Fay demostró que a través de la estimulación multisensorial (vista, oído y tacto, principalmente), es posible restablecer las conexiones neuronales que se han perdido a causa de una lesión cerebral grave o leve, en algún momento del proceso evolutivo que dura hasta los siete años. A raíz de ello nacería en Filadelfia el Instituto para el Desarrollo del Potencial Humano, bajo la dirección de Glenn Doman, discípulo de Fay, con el objeto de ayudar a las familias con niños que presentan diversos problemas de origen neurológico, desde casos severos de discapacidad física e intelectual a otros más leves de dificultad en el aprendizaje, de lectoescritura, déficit de atención, hiperactividad o problemas de comportamiento.
En 1995 Carlos Gardeta, buscando un tratamiento para su segundo hijo, que padecía una grave lesión cerebral a causa de una infección prenatal, dio con el Instituto de Doman en Filadelfia. «A los seis meses de empezar a tratarle, mejoró considerablemente. Cuando nació nos dijeron que no sería capaz de hacer nada y en la actualidad puede caminar, comprender, hablar y muchas otras cosas que nadie imaginaba que pudiera llegar a hacer», explica Gardeta.
Los resultados obtenidos le llevaron a abrir las puertas de Institutos Fay para la Estimulación Multisensorial en Aravaca (Madrid), con un equipo de médicos, psicólogos, fisioterapeutas, un educador de enseñanza especial, etc.

Buscando nuevas vías de conexión
Las neuronas controlan todos los procesos que se llevan a cabo en el organismo. Cuando nacemos ya lo hacemos con todas las neuronas de que dispondremos a lo largo de la vida, pero será desde el nacimiento hasta los siete años cuando crezcan de tamaño y aumenten el número de conexiones entre ellas (una neurona puede llegar a estar conectada hasta con 200.000 más). Puede decirse, por tanto, que el proceso de maduración y crecimiento de estas células es post-natal y que su organización neurológica se ve influida por las circunstancias, de modo que si por ejemplo el cerebro de un niño sufre una falta de oxigenación en la etapa prenatal, durante el parto o el postparto (la causa más común de lesión cerebral), eso implicará la muerte de mayor o menor número de neuronas. Otras causas de desorganización neuronal pueden ser: la carencia de suficientes estímulos en los primeros años de vida; problemas genéticos (síndrome de Down) o infecciones víricas durante la gestación (rubéola, toxoplasmosis).
El Método Fay se centra en organizar las áreas cerebrales desorganizadas por la muerte de neuronas creando vías de información alternativas que puedan realizar la función que hubiera desarrollado el área destruida. Lo logra estimulando los sentidos, mediante luz, sonido, contacto físico y movimiento. Todo ello con una frecuencia, intensidad y duración adecuada y con sencillos ejercicios que se realizan en casa. Por ejemplo, estimular cada ojo con una linterna de baja potencia en una habitación a oscuras para conseguir el reflejo pupilar necesario para una correcta visión; estimular el oído con determinadas frecuencias para que el cerebro capte todo el espectro auditivo propio del ser humano más rápido y mejor; masajear o cepillar ciertas zonas corporales para conseguir una mayor percepción neurológica del cuerpo a través de las terminaciones nerviosas cutáneas; o gatear, que facilita la convergencia visual y hace posible el enfoque de los ojos, desarrolla la tactilidad, el equilibrio, la orientación...



Enseñar a los padres

En una primera visita el niño acude con sus padres y pasa un reconocimiento con los diferentes especialistas del centro. Una vez que hemos averiguado qué le ocurre, hacemos un diagnóstico, se lo contamos a los padres y les enseñamos una estrategia terapéutica a corto plazo para realizar en casa a diario. Cualquier problema que surja al realizar la terapia se puede resolver por teléfono. A los tres meses valoramos los cambios que empiezan a aparecer respecto a lo que observamos antes y afinamos si es preciso. Al cabo de otros tres meses valoramos la situación y diseñamos otra terapia o la misma con la diferenciación oportuna. En unos dos años un niño con déficit de atención puede estar al mismo nivel que sus compañeros», explica Gardeta.

También en adultos
Aunque lo ideal es intervenir antes de los seis años o a lo largo de la infancia y adolescencia, los adultos también pueden abordar diferentes problemas relacionados con la visión, la audición o el aprendizaje que arrastran desde niños y que pudieran deberse a una desorganización neuronal. Es el caso de Fernando, de 27 años, que acudió aconsejado por una psicopedagoga que le ayudó desde la infancia y hasta la universidad a superar sus problemas con los estudios. «Estudiar suponía para mí un esfuerzo tremendo. Me resultaba difícil concentrarme, ya que me distraía con facilidad, me mordía las uñas y los labios, supongo que por la ansiedad que me generaba no poder seguir las clases con normalidad. Aun así acabé mis estudios de Turismo y ahora tengo un trabajo en el que me siento muy a gusto. Hace dos años, animado por una antigua profesora y amiga, probé el Método Fay con la idea de mejorar ciertos aspectos que pudieran estar relacionados con un problema neuronal y la verdad es que me ha ido muy bien: ya no me muerdo las uñas ni los labios, no aparecen ciertos tics que antes tenía en reuniones con gente... Y aunque muy sutilmente, he apreciado ciertas mejoras, como que tengo mayor facilidad de comprensión en la lectura, una memoria más ágil, me expreso mejor… La verdad es que quien lo nota más son las personas de mi entorno, ya que supongo que cuando vas a mejor absorbes rápidamente los cambios y no te das cuenta del antes», asegura Fernando.

Gema Salgado

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