Si te gusta el olor a vainilla no estás solo, porque es el aroma más apreciado en el mundo. Esta admiración por la vainilla se extiende por los cinco continentes y todas las culturas, lo que demuestra que el gusto por determinados aromas está más allá de los condicionantes culturales.

El aroma aporta dulzor y relajación

Según un estudio colaborativo en el que participaron investigadores del Instituto Karolinska (Suecia) y de la Universidad de Oxford (Reino Unido), estamos biológicamente programados para amar la vainilla y probablemente tiene relación con que produzca un efecto calmante sobre el sistema nervioso, regule la presión arterial y ayude a dormir mejor.

Además la vainilla refuerza el sabor dulce, la dulzura percibida. Los estudios han demostrado que al agregarlo a los alimentos bajos en azúcar, como el yogur o los postres lácteos, puede hacer que tengan un sabor algo más dulce. Por lo tanto, es una forma práctica de reducir el consumo de azúcar añadido.

Maneras deliciosas de utilizar la vainilla

  • Agrega una pizca de vainilla a tu mañana
  • Espolvorea unas gotas de extracto de vainilla en el café
  • Tritura un plátano congelado y añade unas gotas de vainilla

La cultura no influye sobre las preferencias olorosas

Los investigadores querían examinar si las personas de todo el mundo tienen la misma percepción del olor y si les gustan los mismos tipos de olores, o si esto es algo que se aprende culturalmente. Tradicionalmente las preferencias se han visto como culturales, pero los científicos han demostrado que no es así.

El estudio concluye que los olores que nos gustan o nos disgustan están determinados principalmente por la estructura de la molécula de olor particular. Los investigadores encontraron que ciertos olores gustaban más que otros, independientemente de la afiliación cultural de los participantes. En cambio, sí que existen preferencias personales.

Los olores agradables favorecen la supervivencia

Una posible razón por la que las personas consideran que algunos olores son más agradables que otros, independientemente de la cultura, es que dichos olores aumentaron las posibilidades de supervivencia durante la evolución humana.

Ahora sabemos que existe una percepción universal del olor que está impulsada por la estructura molecular y que explica por qué nos gusta o no nos gusta un determinado olor. El siguiente paso es estudiar por qué esto es así al vincular este conocimiento con lo que sucede en el cerebro cuando olemos un olor particular.

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La vainilla gusta a personas de culturas muy dispares

Para el estudio, los investigadores seleccionaron nueve comunidades que representan diferentes estilos de vida: cuatro grupos de cazadores-recolectores y cinco grupos con diferentes formas de agricultura y pesca. Algunos de estos grupos tienen muy poco contacto con los alimentos o artículos domésticos occidentales.

Dado que los grupos viven en entornos olorosos tan dispares, como la selva tropical, la costa, la montaña y la ciudad, representaban muchos tipos diferentes de 'experiencias de olor.

El estudio incluyó un total de 235 personas, a quienes se les pidió clasificar los olores en una escala de agradable a desagradable. Los resultados mostraron variación entre los individuos dentro de cada grupo, pero una coincidencia global sobre cuáles son los olores agradables y desagradables.

Los investigadores mostraron que la variación se explica en gran medida por la estructura molecular (41 por ciento) y por la preferencia personal (54 por ciento). La preferencia personal puede deberse al aprendizaje, pero también podría ser el resultado de factores genéticos.

¿Cuál es el olor más desagradable?

Después de la vainilla, el olor que le siguió en las preferencias fue el aroma de melocotón. En cambio, el olor más desagradable para la mayoría fue el del ácido isovalérico, que se puede encontrar en el queso o el sudor de los pies.

La investigación fue posible gracias a una red internacional de expertos que colaboraron en una combinación única de métodos experimentales y estudios de campo. La red estuvo compuesta por investigadores del Instituto Karolinska, la Universidad de Lund y la Universidad de Estocolmo (Suecia), la Universidad de Oxford y el University College London (Reino Unido), la Universidad Estatal de Arizona, el Monell Chemical Senses Center y la Universidad de Pensilvania (EE. UU.), la Universidad San Francisco de Quito. (Ecuador), la Universidad de Melbourne (Australia) y la Universidad Nacional Autónoma de México.

El trabajo de campo detrás del estudio fue financiado por la Organización Holandesa para la Investigación Científica (NWO), el Consejo Sueco de Investigación y los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de EE. UU.

Referencia científica: