Entrevista a David Bueno

"Los adolescentes son rebeldes porque su cerebro les lleva a serlo"

​El cerebro de los adolescentes funciona diferente. David Bueno, en su último libro, El cerebro del adolescente (Grijalbo), nos da las claves para acompañar a los jóvenes en esta etapa de la vida tan influyente en la adultez.

Aida Garcia
Aida García

Periodista especializada en bienestar y salud

Las muertes por suicidio en menores de 15 años en 2020 duplicaron la cifra del año anterior, según datos del Instituto Nacional de Estadística. El ritmo frenético de la sociedad nos empuja a todos a la desconexión, personal y con nuestro entorno, pero reconectar con los adolescentes, dedicarles tiempo de calidad, es urgente.

Todos hemos sido adolescentes, pero no todos la recordamos tal cual fue. Posiblemente recordemos lo importantes que eran nuestros amigos, el querer que todo fuera para siempre, alguna que otra trastada, los sueños, y ¿el caos de nuestro interior?

Esos momentos donde todo parecía haberse puesto patas arriba, las dudas, las inseguridades, la necesidad de encajar… Eso también fue nuestra adolescencia y es la de todos los jóvenes.

Las sociedades cambian y los jóvenes deben enfrentarse a esta etapa en unas circunstancias concretas. Ahora tienen que lidiar con los avances tecnológicos, la inmediatez, las redes sociales… y aunque en un primer momento esto pueda parecer beneficioso, también tiene su lado negativo.

David Bueno, biólogo, neuroeducador y padre, nos descubre en El cerebro del adolescente (Grijalbo) cómo funciona este órgano esencial del cuerpo para que podamos comprenderlos y apoyarlos en esta etapa determinante y maravillosa de la vida. De su libro, sus conocimientos científicos y su experiencia como padre hablamos en la entrevista que puedes leer a continuación.

–Parece que esta pregunta es obligatoria. ¿Cómo funciona el cerebro de un adolescente?
–La adolescencia es una etapa peculiar, particular y muy importante de la vida que se encuentra entre la infancia y la edad adulta. Los adolescentes no son ni niñas ni niños ni adultos, están a medio camino, pero siendo algo diferente, y esto condiciona la manera de funcionar de su cerebro, que lo hace de forma diferente y por eso a veces nos cuesta tanto entenderles.

A los adolescentes no los podemos tratar como infantiles y, por supuesto, tampoco como adultos. Su cerebro funciona a través de la construcción de redes neuronales que les permiten adquirir la edad adulta, al mismo tiempo que van perdiendo conexiones neuronales vinculadas con su infancia. Y es esta especie de caos dentro de su cerebro, perdiendo y ganando conexiones de manera bastante aleatoria según las experiencias que van viviendo, lo que hace que nos cueste tanto entenderles y que muchas veces ni ellos mismos se entiendan.

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–Resulta que llevamos toda una vida engañados y James Dean siempre fue un rebelde con causa. ¿Dónde radica esa característica tan vinculada a los jóvenes?
–La famosa película de James Dean, Rebelde sin causa (1955), de hecho debería titularse Rebelde con causa, aunque seguramente no es la causa que nos describen en la película. Los adolescentes son rebeldes porque su cerebro les lleva a serlo. Sin embargo, hay que entender muy bien su rebeldía.

Su rebeldía implica cuestionar todo lo que han aprendido durante su infancia para ver si les interesa, si eso va con ellos durante la edad adulta. Es cuestionarlo todo para encontrarse a sí mismos y para poder empoderarse en la nueva etapa de su vida. Y este cuestionarlo todo, este buscar novedades e incluso romper límites es lo que desde fuera vemos como rebeldía, pero es el celebro el que les impulsa a hacerlo. Y es importante, porque ahí se encuentra precisamente la base de la creatividad que después mantenemos durante la juventud y la edad adulta.

Esta rebeldía es la base de los cambios sociales, del crecimiento como personas, como sociedades y como especie humana desde el punto de vista cultural, técnico y científico. Si los adolescentes no fuesen rebeldes, no se lo cuestionasen todo, no seríamos humanos. Nos hace humanos el hecho de que somos rebeldes.

–Así que hay que romper los límites.
–Sí, romper las normas es bueno, pero, por supuesto, hasta cierto punto. Los adolescentes buscan romper las normas porque es la forma de encontrar sus propios límites. Ellos deben experimentar si los límites que les han impuesto sus padres y la sociedad cuando eran niñas y niños son los que les van a ser útiles en la edad adulta, y para eso tienen que llegar hasta el límite y, en algunas ocasiones, incluso ver qué hay más allá. Pero para ello necesitan tenerlos.

Una buena maduración del cerebro adolescente implica que tengan límites, y su entorno debe saber que van a romper alguno que otro. Sin límites no van a madurar tan bien, porque les faltará este marco social, y si somos demasiado restrictivos, si castigamos y no dejamos que se los salten, tampoco lo harán porque les va a costar mucho más encontrarse a sí mismos.

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–Sin embargo, no todos los adolescentes pasan por esta etapa con tantos conflictos ni tantos amigos ni tanta vida social…
–Efectivamente. Eso depende mucho del carácter de cada uno, pero de un modo u otro todos están ensayando con su entorno, están viendo qué límites hay. Hay adolescentes más reflexivos que a lo mejor no necesitan romper demasiados límites, porque a través de la reflexión ya los están rompiendo en su interior y, en cambio, otros son más impulsivos y necesitan vivirlos, necesitan experimentar esa rotura para ver qué es lo que hay.

La adolescencia, como cualquier otra tapa de la vida, no tiene recetas. Cada adolescente es diferente. Cada situación social, cultural, económica y estructural es diferente. Cada familia es diferente. Lo que debemos hacer los adultos es reflexionar sobre qué implica ser adolescentes, por qué están cambiando y qué suponen estos cambios para así entenderlos mejor y apoyarles a pesar de que a veces nos hagan trastadas.

–En lo que seguro que coincide la mayoría es en pensar en algún momento eso de: “Nadie me entiende”, pero ¿tienen razón?
–Yo creo que eso lo hemos pensado todos cuando éramos adolescentes y, a ver, teníamos y tienen razón hasta cierto punto. Sí que hay gente que les entiende, pero ellos perciben que a lo mejor en ese instante no hay nadie en su entorno que lo haga.

Es muy difícil que los adultos entendamos bien a los adolescentes porque, a pesar de haber vivido también esa etapa, fue diferente. El contexto histórico, social y tecnológico era otro, así que nuestra rebeldía se mostró de manera distinta.

Además, por la forma en la que se va construyendo nuestro cerebro, tenemos tendencia a reinterpretar constantemente nuestro pasado y a creer que hemos tenido una vida lineal, de causa y consecuencia, olvidando o no recordando con tanta claridad las mil encrucijadas en las que nos encontramos, las muchas pruebas que hicimos, las tonterías que dijimos… Y como pensamos que eso no ha influido en lo que somos ahora, tendemos a no darle importancia, casi a olvidarlo, y nos parece que los adolescentes de hoy tienen muchos más problemas, dudas…, cuando en realidad tienen los mismos que tuvimos nosotros. Lo hemos olvidado porque como adultos hemos encontrado un objetivo, un camino, una estructura alrededor en la que nos sentimos razonablemente satisfechos.

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–¿Qué aprendizajes destacarías de esta etapa?
–Los aprendizajes que más destacaría tienen relación con la imitación de los adultos. Los adolescentes, aunque no lo parezca, están fijándose en nosotros para ver cómo nos comportamos porque saben, aunque sea en su interior, que dentro de un tiempo serán adultos. Pero, ¿qué significa ser adultos? Ellos no lo saben, por eso tienen que observarnos para imitarnos y aquello que hayan visto es lo que más va a influirles cuando sean adultos, así que yo destacaría como algo muy importante el ejemplo que les damos.

Si queremos que sean respetuosos, debemos respetarles.

Si queremos que estén motivados por su propia vida, deben ver que su entorno de adultos está motivado por continuar aprendiendo, marcándonos objetivos vitales. Si ellos no ven esto en su entorno de adultos, ¿cómo lo van a imitar?

–Cuando nos explicabas al principio el funcionamiento de su cerebro hablabas de la construcción de redes neuronales, y en el libro especificas que el secreto está en que estas sean buenas. ¿Qué significa buenas?
–Sí, el secreto de la adolescencia para llegar de forma sana y saludable a la vida adulta es que hagan buenas conexiones. Aquí la pregunta es qué significa buenas. Para mí, y esto es una visión muy personal, significa conseguir que cuando sean adultos sean personas empoderadas, capaces de decidir por sí mismas, de asumir claramente las consecuencias de sus actos, de reflexionar y de marcarse objetivos que les favorezcan a nivel humano y profesional, a sí mismos y a su entorno.

Y eso se consigue, como he dicho antes, a través de la imitación que hacen de nosotros y del apoyo, básicamente emocional, que les damos. Esto quiere decir que a pesar de que tengamos que reconducir algunas de sus actitudes, ellos deben percibir que su entorno, especialmente sus padres, seguimos confiando en ellos para que también aprendan a confiar en sí mismos. La confianza se contagia.

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–¿Se puede entrenar el cerebro para que haga este tipo de conexiones?
–El cerebro se entrena a base de ensayo y error, así que si lo que queremos es que el cerebro de los adolescentes sea más reflexivo, debemos dejarles espacio para que reflexionen.

Hay que darles tiempo, darles la oportunidad y los motivos para que reflexionen y así puedan responder por sí mismos a sus preguntas. De este modo también aprenderán a generarse buenas preguntas que les llevarán a conclusiones, a respuestas acertadas sobre su propia vida. Cada vez que dejamos que un adolescente decida por sí mismo se está entrenando a decidir.

Cada vez que ayudamos a un adolescente a que sea consciente de las implicaciones de las decisiones que toma, le estamos haciendo más consciente, más empoderado de su propia vida. Cada vez que ayudamos a un adolescente a que se rehaga de un bache, le estamos entrenando para que sea más resiliente, características todas ellas indispensables durante la vida adulta.

–¿Influye la crianza de los primeros años de vida en este desarrollo neuronal?
–Por supuesto, porque en esta primera etapa ya se establecen las conexiones neuronales básicas de la vida social, de entender cómo es el entorno y de identificarse a uno mismo como una persona con capacidad de tomar algunas decisiones.

Se ha visto, por ejemplo, que las niñas y los niños que viven una crianza negativa, que implica poca coherencia entre recompensas y amonestaciones de tipo educativo -hoy te castigo por esto y mañana te felicito exactamente por lo mismo- y que viven con poca calidez familiar, forman conexiones neuronales en la zona de gestión emocional ligeramente diferentes a las de aquellas y aquellos que viven su niñez en una crianza positiva que implica apoyo emocional, pero no sobreprotector.

Estas diferencias en la zona de gestión emocional hacen que de adultos, los de crianza negativa, sean más impulsivos, menos curiosos y con más dificultades para establecer relaciones sociales sanas y estables. Así que sí, los primeros años de vida influyen en la adolescencia y a través de ahí, en la edad adulta.

–En el libro insistes mucho en la valoración positiva. ¿Cuál es la línea que separa esta forma de actuar con el engaño? Porque decir que está bien cuando no es así, eso es mentir…
–La valoración positiva consiste en hacerles ver que todo aquello que no han hecho suficientemente bien puede ser mejorado y que cuentan con nuestro apoyo para hacerlo. No es decirles que son un desastre y que no hacen nada bien, sino: “Oye, ¿sabes que esto saldría mejor si…?”. Y les damos una pista, nos implicamos con ellos y les ayudamos.

Esta confianza es lo que da más sensación de positivismo a las valoraciones que les hagamos. Ellos, cuando les decimos que esto puede ser mejor, ya se dan cuenta de que no lo han hecho suficientemente bien, pero si nosotros nos implicamos, les abrimos una puerta para que sigan creciendo, y así es como percibe el cerebro estas valoraciones positivas que deberíamos usar siempre.

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–Vivimos en una sociedad donde la rapidez, incluso la inmediatez, es algo que se valora, se exige y exigimos, ¿afecta eso al desarrollo cerebral de los jóvenes?
–Claro, pero no solo al de los adolescentes, sino que también está afectando al desarrollo cerebral de las niñas y de los niños, y es algo que deberíamos plantearnos los adultos. Inmediatez es lo contrario a reflexibilidad, porque implica impulsividad. Si lo que deseamos es formar una generación de jóvenes y adultos razonable, reflexiva, que esté empoderada de sus propias decisiones, que piense en todo su entorno humano y social y no solo en sí mismos, lo que tenemos que hacer es quitar algo de inmediatez a las decisiones que les pedimos y vivir con más tranquilidad.

Esto no significa sin estímulo, sin hacer nada, significa dándoles tiempo para que piensen y para que disfruten haciéndolo. Si no disfrutan pensando, no van a pensar, no van a reflexionar.

–Vas por la calle, y los pocos jóvenes que ves reunidos están juntos, pero cada uno mirando su móvil. En el libro explicas que es importante que los adolescentes se relacionen con sus iguales y salgan y realicen actividades juntos. ¿Se podría considerar esta una forma de relacionarse?
–Sí, es su manera de hacerlo. Los cambios sociales, tecnológicos… han cambiado la forma de relacionarse de los adolescentes. Ahora es habitual ver esa escena que describes: adolescentes en grupo, cada uno con su móvil, enviándose whatsapps entre ellos mismos o a personas que no están allí. Y es que el adolescente busca imperiosamente relacionarse con sus iguales y esa tecnología les permite hacerlo, no solo con personas cercanas, sino también con las que están lejos.

Todo lo que implique que se puedan relacionar es en principio bueno, el problema está cuando esto sustituye el contacto físico, el que se miren a los ojos y sonrían o se enfaden o el que vayan por la calle andando, dándose golpecitos o haciéndose miraditas. Esto es lo que no deberían perderse, porque es clave para la vida social y favorecerá una vida adulta más sana consigo mismos y con su entorno. Está bien que usen la tecnología, pero deberíamos a ayudarles a que cuando estén juntos presencialmente se miren a la cara, se hablen, bromeen, rían… Es decir, hagan lo que deben hacer: socializar entre ellos.

–Iba a decir que nuestra adolescencia fue mejor, pero he recordado lo que has dicho antes, que idealizarla e infravalorar la de quienes pasan esta etapa después de nosotros es algo que se lleva haciendo a lo largo de la historia. ¿Siempre estamos equivocados?
–A lo largo de la historia siempre se ha tendido a no entender a los adolescentes y a infravalorarlos. Aristóteles, Platón y Sócrates hace 2000- 2500 años ya lo decían en sus escritos, pero no solo en Occidente, también en Oriente Confucio tiene frases parecidas para referirse a ellos. Esto tiene que ver con lo que comentaba antes de que tenemos tendencia a reinterpretar nuestro pasado y, por consiguiente, a pensar que nuestra adolescencia ya iba guiada a convertirnos en los adultos que somos hoy, pero no.

Nuestra adolescencia fue, a grandes rasgos, igual que la de los jóvenes de ahora, aunque con otro contexto histórico, social, cultural y tecnológico, y enfatizo tecnológico porque es lo que diferencia su manera de socializar. Hay que ver esto cómo les va a influir en el futuro, pero hasta entonces lo que tenemos que saber es que la adolescencia es una tapa inevitable, crucial, importante y necesaria de la vida de las personas, con todas las contradicciones que conlleva.

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–“Una semana sin el móvil”, “Este fin de semana no sales”, “Nada de tele”… podrían ser ejemplos habituales de los recursos a los que los padres recurren cuando sus hijos no cumplen con sus tareas. Sin embargo, tú hablas de los efectos negativos que estas prácticas pueden provocarles. ¿Cómo actuar entonces?
–No es nada fácil decir cómo actuar con los adolescentes, porque cada uno es diferente y cada relación paterno-filial también. Lo que sí está claro es que actuar solo a través del castigo, de la represión y la reprimenda no contribuye para nada a que superen la adolescencia de una forma sana. Eso no significa que no vean que sus acciones tienen consecuencias. Tienen que aprenderlo. Lo importante es que jamás sientan que les estamos rechazando, que sientan siempre que aunque haya un castigo por el medio -por decirlo de alguna manera- nosotros seguimos confiando en ellos.

Muchas veces, el problema de estos castigos es que los transmitimos con la sensación de que hemos dejado de confiar en ellos, y si rompemos esa cadena de la confianza, nos va a ser mucho más difícil después poder influir en su crecimiento, y a ellos les va a ser mucho más difícil poder abrirse a nosotros cuando tengan un problema real. Esto lo que hará será generar brechas cada vez más profundas y difíciles de rellenar, así que para mí la norma es: confianza y apoyo siempre. A partir de ahí cada adolescente y cada relación son diferentes. Hay que aprender a convivir con esta dificultad de que no existan recetas.

–Muchos adultos consideran que los adolescentes de hoy en día tienen una vida demasiado fácil sin aparente esfuerzo: recursos, comodidades… Sin embargo, los casos de suicidio entre los jóvenes está aumentando, llegando a ser la primera causa de muerte no natural en España. ¿Qué está pasando?
–Los grandes problemas que tenemos que afrontar actualmente con los adolescentes son: la tristeza, la depresión e incluso el incremento de suicidios, a pesar de que tienen más recursos que nunca y aparentemente más comodidades que nunca. Digo aparentemente porque, ¿qué significas comodidad? Tienen más tecnología, cierto; más facilidad para acceder a cualquier dato, por supuesto; para ir a cualquier sitio, sin duda.

Sin embargo, para el cerebro la comodidad es vivir con tranquilidad, y hay muchos estudios que indican que el estrés social ha ido aumentando de forma sostenida estas últimas décadas, precisamente por esa inmediatez que nos permite la tecnología. Las cosas ya no son para mañana, son para ayer, y eso genera estrés. Tenemos la sensación de que nunca llegamos a donde queríamos llegar, porque siempre hay algo después.

El estrés es una reacción fisiológica de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro ante una situación que percibimos como una amenaza. La respuesta puede ser o a través de la ira y la agresividad para defendernos de la amenaza -y estamos también viendo que hay más estallidos de agresividad entre algunos adolescentes, incluso de autolesiones, que también están aumentando- o a través del miedo, que nos lleva a huir, pero ¿dónde huyes cuando la amenaza es intangible? Huyes dentro de ti mismo. Eso es la depresión. O huyes de la vida. Eso es el suicidio.

–Partiendo de tus conocimientos profesionales y con la experiencia de ser padre de chicos adolescentes, ¿cuál dirías que es la mejor manera de acompañarlos en esta etapa?
–Para mí, la mejor manera de acompañarles en esta etapa se puede resumir en tres palabras: apoyo, ejemplo y estímulo. Apoyo, básicamente emocional, incluso cuando pensemos que no están cumpliendo con lo que deberían hacer debemos seguir apoyándoles y reconduciéndoles. También debemos darles buenos ejemplos, porque van a imitar lo que nosotros hagamos. Y estimularles, mantener un ambiente donde puedan encontrar sus propios objetivos. Esto no es sobreestimularles, sino ofrecerles espacio para encontrar sus objetivos, desarrollarlos y tomar sus propias decisiones, que es lo que les mantiene conectados consigo mismos, con su entorno y con la propia vida.

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