Los seres humanos tenemos un alto valor de autonomía, y muchas veces podemos pensar que ahí reside nuestro principal valor: en la soltura con la que nos movemos sin ayuda de nadie. Sin embargo, aterrizamos en el planeta rodeados de múltiples cuidados; en algún momento tendremos que cuidar de otros y pasaremos otros en los que tendremos que dejarnos cuidar, incluso sin esperar al tramo final de nuestra vida. ¿Estamos preparados para asumir la independencia que requiere nuestra vulnerabilidad? ¿Somos conscientes de que debemos cuidar de nosotros mismos, de los demás y del mundo en el que vivimos?

Estas son algunas de las preguntas que se hace en el libro, "Cuidarnos. En busca del equilibrio entre la autonomía y la vulnerabilidad" (editorial Espasa), Isabel Sanchez, licenciada en Derecho, Filosofía y Teología. Desde 1995 trabaja en las oficinas centrales del Opus Dei y desde 2010 dirige el consejo de mujeres que asesora al prelado en esta institución católica. Gracias a su trabajo, ha podido visitar más de 50 países colaborando con los cinco continentes. Pero sin duda el momento más crucial de su vida lo experimenta después de publicar "Mujeres brújula en el bosque de retos", en plena pandemia, cuando le diagnostican de una enfermedad grave. Es este punto de inflexión, en el que debe aceptar cuidados, cuando se plantea la hipótesis de este libro.

Somos seres cuidadores

-¿Cuál es el significado para ti de la palabra “cuidar”?

-Entiendo el cuidado como cosmovisión: como postura que se toma en el mundo; como continua disposición libre a hacer florecer (es el cuidado como cultivo de cualidades, habilidades, talentos), a aceptar la justa e ineludible fatiga que el cuidado conlleva y a saborear el gozo ético –verdadera fiesta– que nos procura cuidar a quienes amamos. Florecimiento, fatiga y fiesta serían las tres “efes” que condensan el concepto de cuidado que presento en el libro.

-Puede parecer egoísta pero para cuidar a los demás y a nuestro entorno primero debemos cuidarnos a nosotros mismos. ¿Ese es el principal objetivo de tu libro, que aprendamos a hacerlo?

-El principal objetivo del libro es que nos reconozcamos como seres cuidadores: personas que tienen como tarea cuidarse a sí mismas (el don de su vida con todas las potencialidades que conlleva y de las vulnerabilidades, para prevenir males y achaques), cuidar a los demás –empezando por los más cercanos–, y cuidar nuestro hábitat común.

“Cuidarnos” quiere ser un reconocimiento público a la dignidad y al valor de los cuidadores formales e informales. Por último, es un gesto de solidaridad con todos los que tienen que recibir cuidados de otros, para que sepan que también desde esta nueva posición aportan –y mucho– a nuestra sociedad.

-Defiendes que la autonomía tiene sentido cuando la entendemos para hacer crecer y aportar riqueza a los demás. ¿Nos podrías explicar un poco más sobre esto?

-Con mucha facilidad se nos propone la meta de una autonomía de alto volumen, que se concentra en acumular éxitos, likes y conquistas individuales. Se nos proyecta como autónomos al cien por cien en demasiadas fases de la vida, abocándonos, casi sin que nos demos cuenta, a un gran individualismo egocéntrico. Pero está claro que somos seres interdependientes. Nos necesitamos para vivir, para sobrevivir, para crecer, para florecer y para recomponernos cuando aparecen quiebras o roturas.

La clave de una sana independencia es reconocer nuestra interdependencia. Y buena parte del éxito de nuestra felicidad es descubrir la belleza de invertir nuestros talentos en hacer crecer a otros.

El valor de nuestras debilidades

-Cuando uno se deja cuidar muestra su vulnerabilidad. No estamos preparados para ello, ¿no crees? ¿Por qué nos cuesta tanto mostrarnos vulnerables?

-Porque se nos educa para todo lo contrario. La autonomía como valor en alza nos hace autosuficientes, egocéntricos y, en cierto modo, desconfiados. La cultura de la imagen nos impele a mostrarnos perfectos y nos enseña a disimular defectos. El hedonismo quiere anestesiar dolores y el consumismo nos engaña vendiéndonos felicidad en lata. Pero rara vez se nos enseña a integrar fragilidades y errores; mucho menos, a sacar de eso algo positivo.

Todos sabemos que tenemos fragilidades: tarde o temprano la vida se encarga de demostrárnoslo, pero como no se nos enseña a mirarlas cara a cara, con honestidad, y mucho menos a mostrarlas y a compartirlas, a menudo nos paralizan. Simplemente, no sabemos gestionarlas.

Por otra parte, si no desarrollamos vínculos profundos, que nos inspiren suficiente confianza, no encontramos a quien acudir con esos “platos rotos”.

-¿Es más fácil cuidar o dejarse cuidar?

-Depende de las circunstancias. Me parece que todo es más fácil si estamos convencidos de la grandeza del cuidado: de dispensarlo y de recibirlo, pues en los dos casos podemos desarrollar muchas virtudes, hacernos más humanos y aportar luz y bien a nuestro alrededor.

-Empiezas hablando en el libro de una enfermedad que te lleva a necesitar cuidados. ¿Valoramos más los cuidados cuando los necesitamos como sociedad? En Pandemia pudimos ver la importancia de los sanitarios, aunque luego eso se olvida, ¿o no?

-Desde luego, cuando de repente nos encontramos necesitados de cuidado valoramos más a quien nos lo puede ofrecer y a quién lo hace con pericia y de buena gana. La pandemia aportó una lente de aumento que nos permitió ver algo esencial que pasa desapercibido: la trama de la realidad está hecha de gestos de cuidado. 

Podemos prescindir de muchas cosas, pero no de los cuidados. Por eso, durante los meses de encierro se iluminó el aporte social de todos aquellos que nos dispensan esos cuidados (personal sanitario, dispensadores de alimentos, limpiadores y basureros, educadores, sacerdotes y ministros de distintas religiones, etc). También se evidenció que cada uno podía cuidar con gestos simples: aplausos, escuchando a otras personas a través de medios digitales, atendiendo a algún vecino y muchas cosas más.

Todo esto se nos puede olvidar si caemos en esa vertiginosa prisa de la vida, que nos incapacita para mirar con atención al de al lado, descubrir sus necesidades y tomarnos el tiempo de intentar aliviarlas.

LECTURA RECOMENDADA

"Podemos recordar otras vidas"

Cuidar es una valiosa inversión

También tratas un tema importante que es el de la figura de las cuidadoras, que suelen ser mujeres que dejan todo por cuidar de familiares o seres queridos sin remuneración. ¿Cómo se debería abordar socialmente este problema? ¿Cómo se hace visible a un colectivo invisibilizado?

Cuidar a las personas es la inversión más valiosa y rentable que podemos hacer.  Las personas que hacen de esta ocupación su profesión son miembros clave de nuestra sociedad y deben ser cuidadas, reconocidas y retribuidas como tales. Para que eso se haga realidad, una multiplicidad de agentes tienen que ponerse en juego: los Estados con sus políticas de asistencia social y otras ayudas; empresarios y empleadores que favorezcan la armonización de la vida laboral y familiar; creativos que acierten a crear empleos atractivos en este sector o promuevan centros de día y otros espacios que ofrezcan un respiro a las familias, etc.

Existen empresas y organizaciones que promueven modelo de cuidados mejor, más inclusivo, menos intrusivo, más flexible, con mayor confianza y más humanidad. Vale la pena apoyarlas y también seguir su ejemplo. Una de estas es la Fundación Cuidativos, adonde deseo destinar parte de las ganancias que se obtengan con la venta del libro.

-Para cuidar bien, hay que estar bien. ¿Cómo se consigue?

-Estar bien no significa solo “bienestar”. Significa antes que nada auto conocernos, auto aceptarnos, respetarnos y aprender a fortalecer vínculos con otras personas, especialmente los familiares. Esos vínculos nos dan raíces y la mínima estabilidad necesaria para crecer, y alas para lanzarnos a afrontar los desafíos que la vida nos presente. Como afirma Vivek Murphy en su libro “Together”, realmente “estamos mejor si estamos juntos”.