Todas somos importantes, pero nadie es imprescindible. Esta frase, que suele aplicarse en el ámbito laboral, encierra una verdad profunda.

A menudo parecemos estar en un lugar situado entre el todo y la nada. Una ambivalente sensación de ser a la vez fuerte y débil, ignorante y sabio, bueno y malo... Más que una contradicción, supone un enfoque variable respecto a nuestra propia naturaleza.

Vivimos en el tiempo, sabemos de su inclemente suceder, pero a veces nos sentimos liberados de su imperio. Como si el paso de las estaciones nos enseñara que todo es transitorio pero también que la vida se renueva incesantemente.

Si pensamos en nuestros antepasados, en la sangre que corre por nuestras venas, comprendemos que esta viene de muy lejos. Si, por ejemplo, nos remontamos a 50 generaciones atrás, la cifra de personas que han contribuido a que estemos ahora aquí es casi increíble: más de mil billones.

Este simple dato genético ilustra la importancia de cada uno de nosotros, representantes, aquí y ahora, de un largo proceso humano cuyo origen nos es desconocido.

Nadie es idéntico a otro, siempre hay detalles físicos o psicológicos que distinguen a una persona de las demás, incluso en el caso de gemelos. Nunca hubo nadie como cada uno de nosotros y cualquier cosa que hagamos, no importa si es comer una manzana o caminar simplemente por la calle, tiene su valor.

Una vida puede ser aparentemente humilde o anodina, pero nunca carente de importancia. Al fin y al cabo, ¿quién puede juzgar de modo absoluto el valor de las personas y las cosas?

Esa es la democracia natural: todos somos dignos de un respeto básico, sea cual sea nuestra situación en el cambiante escenario social.

El instinto espiritual

A la especie humana se la ha catalogado de diversas maneras: Homo sapiens (pensante), Homo faber (fabricante) ... Pero es muy significativa la categoría antropológica dada por Mircea Eliade, quien se refiere al ser humano como Homo religiosus.

Es fácil constatar que a lo largo de la historia siempre ha habido religiones y creencias espirituales.

¿Se debe tal hecho a que, durante siglos, el ser humano ha sido supersticioso e ignorante? ¿O a que, simplemente, creer en algo superior es consustancial a lo humano? Si esto último fuera cierto, faltaría preguntarse si ese instinto religioso obedece a algo real o a simples deseos de que exista una dimensión salvadora.

En este sentido, se dice que los tibetanos son quizás el pueblo más espiritual del planeta. Ahora bien, la crítica de que su devoción hacia los lamas se debe a imposiciones sociales choca con la realidad.

Un pueblo de pastores nómadas, y por ello de talante realista, no se dejaría embaucar por simples palabras ni se sentiría socialmente obligado, en la libertad de sus solitarias planicies, a abrigar determinados sentimientos religiosos.

Lo cierto es que el amor que la mayoría de tibetanos sienten por el budismo obedece a la lógica inherente de su mensaje (ir más allá del sufrimiento y la ignorancia), al ejemplo sabio y compasivo de los grandes lamas, e incluso al hecho de que ciertos fenómenos prodigiosos pudieran tener lugar en ese marco espiritual.

Lo que se entiende por fe puede derivar de ciertas experiencias interiores o de un anhelo del corazón.

Y sabemos que todo aquello que deseamos es porque de alguna manera existe. Tenemos hambre porque hay comida. Y seguramente podemos sentir la necesidad de conectar con lo invisible porque tal dimensión existe.

El origen de la vida

Si debemos sentir respeto por cualquier ser humano, e incluso por los animales y las plantas, es porque compartimos una misma vida, tenemos las mismas necesidades y deseamos todos ser felices.

Cuando bebas agua, recuerda la fuente, dice un proverbio. ¿Pero cuál es el origen de la vida?

Nuestro cuerpo está compuesto de 60 a 100 mil millones de células. Un organismo sano crea de 3 a 10 millones de nuevas células por segundo. A su vez, en cada una de ellas se producen cada segundo cerca de 50.000 moléculas bioquímicas.

Mucha fe hay que tener en el azar para creer que toda esa maravillosa y precisa maquinaria que nos permite vivir obedece a fuerzas ciegas. Por el contrario, esa admirable inteligencia corporal refleja una armonía cuyo origen se sitúa necesariamente en otro plano.

Se olvida a menudo que la ciencia nos explica el cómo de ciertos fenómenos naturales, pero no su porqué, las causas profundas.

En efecto, la causa de que el cuerpo esté vivo no se ha encontrado a través del microscopio. Todavía hoy no sabemos por qué, aun antes de formarse el corazón como tal, determinadas células empiezan a palpitar (y así durante muchos años) para que la sangre circule. Tampoco se conoce el motivo por el cual el feto decide en cierto momento que ya es hora de salir al exterior.

Los estudios de religión comparada permiten vislumbrar que, diferencias culturales aparte, siempre se ha creído en una realidad metafísica más allá de lo estrictamente material.

Como la palabra Dios, aunque perfectamente respetable, es objeto de numerosos abusos en la actualidad por quienes dicen hablar en su nombre y muchas personas pueden sentir por tal motivo cierto rechazo, es preferible referirnos aquí a un Ser o Consciencia universales como origen de la vida.

Esa presencia espiritual puede ser considerada principalmente a tres niveles: en nosotros mismos, en la naturaleza y más allá de esta.

Hay tradiciones, como el budismo, que ponen más énfasis en esa presencia interior (inmanencia); otras, como las de tipo chamánico, se acercan a las fuerzas invisibles de la naturaleza; mientras que las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam) se inclinan hacia el aspecto de trascendencia.

Materia, Vida y Espíritu (en sentido jerárquico, lo superior implicando a lo inferior) serían pues las dimensiones de la realidad total.

El materialismo, creer solo en lo que se toca, podría parecer la más sensata de las actitudes. Pero no responde del todo a la complejidad de lo real.

De hecho, los astrónomos saben que hay poca materia en el universo. Lo mismo sucede en nuestro cuerpo, donde el vacío es preponderante. Por no hablar de los misterios de la mente, allí donde (más que en el aparente mundo exterior) se desarrollan nuestras experiencias.

La felicidad de estar vivos

Un cierto materialismo es necesario, no sería buena idea querer atravesar las paredes habiendo puertas. Pero ignorar la dimensión esencial de las cosas sería como ir siempre mirando únicamente el suelo, con la excusa de no querer tropezar, perdiéndonos los variados paisajes que se extienden a nuestro alrededor.

Creer en algo superior o trascendente sirve tantopara ensanchar los horizontes de la vida, como para enfrentarse con la muerte.

Como dijo un sabio: "Acuérdate del Espíritu mientras estés vivo, para que el Espíritu se acuerde de ti cuando mueras".

Para ello es posible hacerse una imagen de lo divino que sea familiar y atrayente para uno mismo, como aconsejaba el sabio indio Ramakrishna.

No es del todo necesario, salvo para quienes tengan vocación, seguir un determinado camino espiritual. Dado que el Gran Espíritu, como dirían los indios de las praderas, está siempre presente y sin él no existiríamos (al ser la fuente de la vida), cierta trascendencia natural está al alcance de todos.

De la tradición hermético-pitagórica, basada en el simbolismo geométrico, nos ha llegado la que quizá sea mejor definición del Espíritu infinito: un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

Si tomamos el ejemplo de la meditación, hay quienes dirán no entender o encontrar difícil su práctica. Pero, de hecho, las experiencias importantes, los momentos de verdadera comprensión, armonía o amor sincero, equivalen a auténticos estados meditativos: instantes de eternidad en el curso del devenir.

Puede suceder mientras contemplamos abstraídos un paisaje, escuchamos determinada música, nos embelesa en un momento dado la sonrisa de un bebé, o nos sentimos felices por el simple hecho de estar vivos.

Pautas para revivir la esencia

En medio de las prisas cotidianas, siempre puede haber pequeños gestos o pensamientos que nos acerquen a la dimensión interna de las cosas.

Gratitud

Nadie se ha dado la vida a sí mismo, por lo que es del todo justo agradecer ese don. Primero en la figura de los padres y del resto de ancestros, finalmente a la Vida en sí misma. También sentir agradecimiento, en el momento de comer, por los seres vivos de los que nos alimentamos.

Escucha

La conciencia interior puede aportarnos, si sabemos escuchar, dos tipos de información personal: lo que realmente debemos hacer y a menudo desatendemos llevados por opiniones ajenas; la certeza de lo que está bien o no, tanto para uno mismo como en relación a los demás.

Naturaleza

La vida urbana nos aleja de la naturaleza y de sus ritmos en sincronía con la fuente de la vida. Podemos meditar sobre eso cuando respiramos o notamos los latidos del corazón. Motivo también para acudir a un entorno natural con regularidad.

Cortesía sincera

El principio del que derivan los llamados buenos modales no necesariamente es la hipocresía social. Más bien nace de un sentimiento de respeto hacia el espíritu que mora en el interior de cada ser humano. Por eso una sencilla inclinación de cabeza -al estilo oriental- a modo de saludo, encierra belleza y verdad.

Oración o meditación

Las leyes de la naturaleza y el principio de acción-reacción implícito en nuestros actos condicionan una especie de destino. Pero una fuerza superior -o providencia- puede ayudarnos y protegernos en momentos difíciles. Ese es uno de los motivos de la inmemorial práctica de la oración o la meditación.

El agua que purifica

Cerca del 70% de nuestro cuerpo es agua. Este elemento, con su capacidad de recibir y procesar información energética proveniente de la luz y otras radiaciones, hace posibles los procesos biológicos. Por eso ha sido siempre símbolo de vida.

La imagen arquetípica de un manantial celeste que va manando y posibilita el mundo de las formas a través de su incesante fluir es común en muchas tradiciones espirituales. Agua que nutre, limpia y purifica. El río de la vida tendría su origen en esa fuente oculta.

Libros sobre la sabiduría esencial

  • Tesoro de sabiduría tradicional; Whitall H. Perry. J.J. Olaííeta Ed.
  • La enseñanza sagrada de Sri Ramakrishna; Ed. Kier