Culpa y enfermedad

"Me siento culpable por estar enferma"

Las personas excesivamente responsables se sienten culpables cuando enferman. En terapia, trabajo para que comprendan lo importante que es dedicarse tiempo parar poder recuperarse.

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

Cuando estamos enfermos, apenas tenemos energía para movernos. El cuerpo necesita todos los recursos disponibles para luchar contra la enfermedad y sanar lo antes posible. A veces, incluso para poder recuperarse completamente, es necesario pasar unos días en cama. Para algunas personas este tiempo de sanación supone una crisis emocional.

Por qué aparece la culpabilidad en los enfermos

Estas personas se sienten culpables de no seguir su ritmo habitual de vida, por lo que acaban forzándose a volver a trabajar antes de lo necesario. Esto prolonga aún más su enfermedad o las deja débiles y más propensas a las recaídas.

Cuando trabajo en mi consulta con este tipo de personas, suelen justificarse aludiendo a la responsabilidad, a que no está bien perder el tiempo o a que no quieren que los demás crean que son una persona vaga.

Al preguntarles por su infancia y sus familiares, siempre aparece un padre o una madre excesivamente responsable que no les dejaba descansar y les inculcaba este tipo de mensajes sobre el pecado de la pereza y lo terrible que es perder el tiempo.

Estos mensajes calan en la mente de los pequeños y les convierten en adultos incapaces de escuchar a su cuerpo y permitirse el tiempo necesario para recuperar su salud.

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El testimonio real de Carla

Esta actitud, había llevado a Carla al borde de una crisis de pareja. Cada vez que enfermaba y se veía obligada a pasar unos días en cama, su marido se ocupaba de cuidarla y de que ella no tuviera que hacer nada más que descansar y recuperarse. Sin embargo, Carla se sentía culpable por “no hacer nada” y, en cuanto se sentía con un mínimo de energía, se obligaba a continuar con su trabajo.

Era traductora y trabajaba desde casa, de modo que podía organizarse el tiempo a su conveniencia, pero en lugar de reservar esos días de baja energía para descansar, se llevaba el ordenador a su cama para seguir trabajando desde allí.

  • Al seguir preocupada y estresada por su trabajo, su cuerpo tardaba mucho más en recuperarse y era muy habitual que enlazara un catarro con una gripe y esta, con un nuevo catarro.
  • Esta actitud le provoca discusiones con su pareja: él quería que descansara y se recuperase bien, pero ella no era capaz de bajar su ritmo de trabajo.

En la infancia de Carla, su madre le había inculcado que la pereza era el peor de los pecados. La regañaba cada vez que la veía sentada o tumbada en el sofá, llamándola vaga y obligándola a hacer sus deberes o a ayudarla en las tareas de casa.

La pequeña Carla aprendió que el descanso estaba mal visto, que los demás podían pensar que era una perezosa y que no podía permitirse ni un minuto de pausa en su vida diaria.

De esta forma, se convirtió en una adulta excesivamente responsable. No quería que la vieran descansar o que pensaran mal de ella, y se forzaba a trabajar, incluso, si esto iba en contra de su propia salud.

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Carla había aprendido a desconectar de su cuerpo y no escuchar sus señales de cansancio. Se exprimía al máximo hasta caer enferma y, ni siquiera cuando se veía obligada a estar en cama, se permitía descansar.

Me comentaba en nuestras sesiones que, siempre que estaba en cama, con fiebre, escuchaba la voz de su madre diciéndole que era una vaga y que se levantara a trabajar.

Centramos el trabajo terapéutico en dos bloques principales.

  • Por un lado, trabajamos para reprogramar los mensajes negativos de su madre, entendiendo los beneficios del descanso, no solo para recuperarse de una enfermedad, sino para poder tener una vida sana y emocionalmente equilibrada.
  • Por otra parte, trabajamos para recuperar la conexión con su propio cuerpo y hacer caso a las pequeñas señales de alerta y de agotamiento.

Para contrarrestar los largos años de coacción por parte de su madre, Carla redactó una lista de expresiones propias. Después, empapeló su dormitorio con frases como “Estoy en la cama porque estoy enferma”, “Tengo derecho a estar enferma y a descansar”, “Todo puede esperar, no se acaba el mundo” o “Necesito cuidarme”.

De esta forma, logró sacar todas las ideas negativas de su cabeza y comenzó a cuidarse cuando caía enferma. Paradójicamente, cuanto más se cuidaba y menos trabajaba en la cama, se recuperaba más pronto y podía volver antes a su ritmo normal de trabajo.

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