Mujeres y placer

Conectar con nuestros deseos para sentirnos más llenas

Claudia Truzzoli

El trabajo y las relaciones que nos permiten llevar una vida parecida a la que nos han dibujado como ideal, a menudo nos alejan de nuestros anhelos y deseos más profundos. Conectar con ellos nos hará alejar el sentimiento de soledad y vacío que podemos sentir.

Sorprende encontrar mujeres divorciadas, separadas, de edades que oscilan entre los cincuenta y los sesenta años, que aún esperan que un amor llene sus vidas, lo que les deja en el cuerpo marcas de dolor. Se sienten vacías. Solas.

Sin embargo, una mujer no está sola porque no tenga pareja, lo está porque no puede apagar la esperanza de encontrar un vínculo íntimo que le llene la vida. Una mujer está sola si no puede diversificar sus fuentes de placer, tan necesarias para el bienestar psíquico, emocional y corporal. Una mujer está sola si en las relaciones afectivas no sabe anteponer sus deseos a sus necesidades.

De dónde procede la sensación de vacío

Venimos al mundo desprotegidos y necesitados de amor y, sin embargo, la civilización nos impone una serie de ideales contradictorios que hacen daño: por un lado, el amor romántico y, por el otro, los ideales de fuerza y poder.

El amor romántico que cantan las canciones, los cuentos, las novelas… nos hace vulnerables y necesitados de un amor que llene nuestros anhelos más profundos.

Los ideales de fuerza y poder desprecian la vulnerabilidad y provocan que no hablemos de nuestras flaquezas, que ocultemos el sufrimiento o la necesidad de ayuda.

Muchas personas temerosas de la vida buscan afanosamente la seguridad e intentan obtenerla a través del acopio de dinero, el ahorro y la acumulación de bienes pensando que así se sentirán protegidos en la vejez.

Pero esa preocupación excesiva proyectada al futuro exige no vivir el presente, negándose a experiencias placenteras y necesarias para que nuestro paso por la existencia tenga más calor y color.

La búsqueda de seguridad es una pretensión que puede hacerse peligrosa porque nunca existen garantías.

Conocemos por la experiencia clínica adicciones al trabajo para no encontrarse con el vacío; también las adicciones al amor por la misma causa.Y conocemos las agresividades que se desatan por las frustraciones, que pueden dirigirse hacia los que tenemos más cerca o hacia nosotras mismas.

Anclarse en la realidad supone siempre una cierta renuncia al placer, pero con límites si no queremos enfermarnos. Podemos desaprovechar oportunidades de alegría y satisfacción, empeñados en postergar nuestros anhelos más profundos, como si nuestro tiempo fuera eterno, en aras de la seguridad.

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Necesidad y deseo no son la misma cosa

Una vida emocional sana se apoya en tres pilares fundamentales: el trabajo, la salud y la vida afectiva. Cuando falla alguno de los tres, se desequilibra el resto.

En tiempos de privaciones, la necesidad se impone y el deseo sufre de inanición. Cuantas más necesidades, mayor es el riesgo de establecer relaciones que no nos gustan, simplemente, porque la soledad se hace insoportable.

El trabajo es una poderosa toma de contacto con la realidad, pero no siempre es satisfactorio, y no siempre se tiene. Entonces es cuando la realidad nos obliga a buscar compensaciones placenteras que nos den la oportunidad de abrir un hueco a la esperanza.

La familia es un lugar donde se puede encontrar refugio, pero donde también se impone la privación de los deseos propios para atender a los hijos; el deseo de una vida más ligera y placentera queda entonces postergado.

Toda experiencia de contacto con los demás supone un riesgo, y las personas más vitales lo asumen mejor.

Otras quedan presas de su anhelo de confort y establecen alianzas que les ofrezcan una seguridad material o afectiva aun a costa del propio deseo. ¡Qué amarga experiencia la de aquellas mujeres que empeñaron su vida en sostener a los suyos prescindiendo de escucharse a sí mismas por no sentirse autorizadas a hacerlo!

Mujeres que, cuando tienen más libertad porque los hijos ya no están en el hogar, sienten que han perdido la oportunidad de vivir lo que más hubieran deseado.

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Perder miedo a la incertidumbre

Un trabajo excesivo puede suponer un estrés tan considerable que nos puede llevar a sufrir un infarto; una renuncia demasiado costosa a nuestros deseos más vitales puede suponer enfermar nuestra mente y nuestro cuerpo: asma, úlceras gástricas, colon irritable, problemas de piel, ataques de pánico, depresiones, ansiedad…

El cuerpo expresa lo que queremos acallar. Sin contar con que la vida tiene fecha de caducidad…

Hay que tener esto en cuenta para fijar un límite sensato entre el necesario sacrificio de aquellos deseos que dificultan los medios para mantener nuestra existencia, y el espacio que le daremos a esos otros deseos para no enfermar o no pasar la vida como seres inertes.

El deseo es un poderoso motor de vida que incluye todos los anhelos y deseos de realización que hacen que nos sintamos vivos, ya sea profesional, sentimental o sexualmente.

Nuestra intimidad no puede estar desasistida para ser saludable. Necesita ser satisfecha en diversos aspectos que incluyen la necesidad de reconocimiento, la gratitud, el calor de la amistad, el amor, la sexualidad, para mencionar los más íntimos, pero también un reconocimiento social, una proyección de nuestras potencialidades, la realización de nuestras ambiciones.

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Hacerse cargo de la intendencia de la casa, velar por la educación y el desarrollo de los hijos y convertirse en el sostén emocional de toda la familia implica que muchas mujeres renuncien a deseos más propios que no incluyen el ser para otros: renunciara la realización profesional o laboral, a la independencia económica… A las mujeres se nos exige que cuidemos de los demás.

Y este sacrificio tiene un coste que se paga con el cuerpo del dolor, con depresiones que no encuentran palabras que las expliquen, malestares psicosomáticos sin motivos justificados, conductas autodestructivas por dirigir el odio hacia sí mismas.

Las que intentan desarrollar sus ambiciones como lo hacen los hombres también pagan sus frustraciones como la pagan ellos, con excesos estresantes.

¿Cómo pasaremos del cuerpo del dolor al cuerpo de la alegría? Eros es un importante instrumento civilizador y un antídoto para la tristeza. Eros son los deseos profundos que nos dan fuerza para luchar en la vida y por la vida, por nuestros intereses más queridos, para cuidar a quienes amamos y a nuestra persona.

Recuperar el gozo y el placer

El derecho a la sexualidad como un medio privilegiado de acceder a la intimidad es humano, solo por cegueras culturales es permitido a los hombres y censurado en las mujeres. Si abriéramos nuestro espíritu a lo que verdaderamente deseamos, nuestro cuerpo recibiría el cuidado que merece y lo haría notar.

De hecho, cuando esto sucede, nuestro aspecto cambia, no por intervenciones externas que aportan juventud artificial, sino porque nuestra mirada brilla, nuestra piel se tersa, nuestro andar se aligera, mejora nuestra salud, recuperamos ilusión y confianza para vivir una vida más plena y así lo transmitimos, ofreciendo una cuota de esperanza con la que queremos expresar que otra vida es posible.

Pero se necesita valor porque vivimos inmersos en la cultura del sacrificio, de las exigencias imposibles que solo generan tristeza y sensación de inutilidad.

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Una vez recibí un mensaje de buenos deseos para año nuevo del que reproduciré algunas frases que ayudan a crear y fortalecer el cuerpo de la alegría: “Más besos que bofetadas, más poesía y menos discursos, más sexo que castidad, más sueños que pesadillas, más riqueza y menos dinero, más justicia y menos juicios, más libros y menos periódicos, más hombres y menos machos, más mujeres y menos sumisas”.

Ojalá cada una de estas ideas prenda en nuestras emociones. Nuestro cuerpo y nuestra salud mental nos lo agradecerán.

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