Helioterapia integral

La luz del sol como terapia

Ana María Oliva

La mitad de la población mundial tiene niveles bajos de vitamina D, incluso en países soleados como el nuestro. Vivir encerrados nos enferma.

Pasar un exceso de tiempo en espacios interiores nos enferma. Las radiaciones del sol son la base de todas las reacciones bioquímicas que permiten la vida, ya que son clave para iniciar la “danza de electrones” a la que llamamos metabolismo.

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Luz para que el cerebro no enferme

A pesar de vivir en un país con mucho sol, nuestros hábitos de vida nos hacen permanecer demasiado tiempo encerrados y eso tiene repercusiones psicoemocionales.

La luz natural facilita la segregación de la serotonina, la hormona del buen humor. Esta ayuda a alejar el estrés y la depresión, por lo que mejora el ánimo.

Hace unos años se describió la SAD (Seasonal Affective Disorder) o alteración afectiva estacional. Se trata de la aparición de síntomas depresivos durante los días “grises” de invierno, que desaparece al llegar de nuevo la primavera, aunque a algunas personas les afecta justo al revés, cuando comienza la primavera.

Si durante demasiados días seguidos nos notamos cansados, sentimos que ya no disfrutamos de lo que nos encantaba hacer o percibimos cambios en nuestros patrones de sueño o apetito, tal vez se deba a que simplemente necesitamos salir más al sol.

Exponernos al sol nos hace sentir bien. Su luz aumenta la secreción de melatonina (la hormona del sueño), que ayuda a regular los ritmos circadianos y mejora la calidad del sueño. Además, aumenta los niveles de testosterona, hormona que influye en el deseo sexual. Ambos factores, descansar bien y estar activos, nos hacen sentir mejor.

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Medicina para todo el organismo

Dejar que el sol nos acaricie la piel tiene muchos beneficios:

  • Fortalece los huesos. El sol es esencial para que el organismo sintetice vitamina D, que favorece la absorción del calcio y fósforo que forman los huesos.
  • Ayuda a mejorar la piel. En caso de acné o psoriasis, los baños de sol pueden ayudar mucho a mejorar el aspecto de la piel.
  • Equilibra el colesterol, ya que la luz UVB del sol es necesaria para metabolizarlo (y convertir una parte de él en Vitamina D).
  • Tiene un efecto analgésico. Contribuye a aliviar los dolores del aparato locomotor y a regular el sistema nervioso vegetativo.
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Mucho más que simple luz natural

Los humanos tenemos 13 vitaminas que son esenciales para el buen funcionamiento de nuestro organismo.

La vitamina D es una de ellas. Además de ser esencial para fijar el calcio en el cuerpo (resulta básica para evitar la osteoporosis), tiene muchas otras funciones.

Y es que una vez activada esta vitamina, que se sintetiza por una reacción fotosintética (por eso requiere la luz), actúa como una hormona. De hecho, hay receptores para la vitamina D en casi todos los tejidos humanos y se ha descubierto su capacidad de regulación de la expresión de numerosos genes.

La carencia de “vitaminas de sol” repercute en el cerebro, las defensas, los intestinos o el corazón.

Por ello, la vitamina D influye en la salud de los intestinos, los sistemas cardiovascular e inmune, el páncreas, los músculos, el cerebro y el control de los ciclos celulares. Asimismo, ofrece beneficios a pacientes con cáncer (disminuye la proliferación celular y es anti-inflamatoria) y protege en caso de hipertensión, obesidad, diabetes tipo 2, depresión, deterioro cognitivo, párkinson, fracturas de huesos por caídas, enfermedades autoinmunes, infecciones, problemas de suelo pélvico y degeneración macular asociada a la edad.

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Cuando es esencial la vitamina D

Hay algunos colectivos en los que es más importante tener un buen nivel de vitamina D.

  • En las embarazadas, por ejemplo, reduce el riesgo de infecciones, parto prematuro, preeclampsia y diabetes gestacional.
  • También es esencial en las personas con enfermedades autoinmunes, con fractura de cadera y en los adultos mayores en general.
  • Asimismo, un nivel adecuado de vitamina D ayuda a las personas con obesidad y a los pacientes celiacos.
  • También en algunos casos la exposición al sol no está recomendada: si se sufren alteraciones vasculares, hipertiroidismo, nefritis, anemias perniciosas o en caso de fiebre.
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Avisa el cuerpo de que nos falta sol

La exposición al sol diaria es esencial para que el organismo sintetice la vitamina D, cuyos niveles –al contrario de lo que se podría pensar– están anormalmente reducidos en la mayoría de las personas, incluso en los países soleados como el nuestro. No en vano, se estima que el 50% de la población mundial tiene niveles bajos de vitamina D.

Las causas de esta carencia de vitamina D son múltiples. La primera es la falta de exposición solar (hacer un exceso de vida en espacios interiores), pero también influyen los problemas en la absorción de las grasas e incluso la interacción con algunos medicamentos.

¿Cómo podemos saber que necesitamos elevar sus niveles? Hay muchos síntomas diferentes que pueden apuntar a esta deficiencia: tener infecciones a menudo, dolores musculares y de huesos, sentirse cansado muy a menudo o depresivo, la pérdida excesiva de masa ósea, una caída de cabello anormal...

Ante la sospecha, lo mejor es que consultemos con nuestro médico para realizarnos una analítica. Es la manera más sencilla y segura de saber si los niveles de esta vitamina en nuestra sangre son los que están tras estos síntomas.

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La luz del sol como terapia

Desde tiempos remotos se ha utilizado el sol como una fuente de terapia.

El propio Hipócrates recomendaba los baños de sol a sus paciente más debilitados. Y el gran Avicena también hacía referencia a sus beneficios. Pero por motivos religiosos, era mal visto desnudar el cuerpo para tomar baños de sol. Fue en el siglo XIX cuando se aceptó la helioterapia (o terapia a partir del sol) como tal, especialmente en casos de raquitismo, artrosis y tuberculosis.

Los estudios científicos han podido demostrar que exponerse 15 minutos al día a la luz solar ayuda a combatir un gran número de enfermedades.

A principios del siglo pasado estaba muy de moda esta helioterapia, ya que se había podido comprobar que la exposición a la luz solar es muy beneficiosa para combatir todo tipo de enfermedades, especialmente las de origen infeccioso. Incluso había clínicas especializadas para “tomar el sol”.

La terapia del sol más sencilla consiste en realizar baños de sol, es decir, en recibir un poco de luz a primera hora de la mañana realizando un breve paseo al aire libre. En los países nórdicos, donde durante las estaciones invernales la luz del sol es escasa, se recurre a las lámparas de fototerapia de gran intensidad.

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Sanarnos al aire libre sin riesgos

Sanarnos al aire libre sin riesgos

El sol es sanador siempre que nos protejamos adecuadamente.

  • Una exposición progresiva. Hay que empezar con baños de sol cortos, de unos 10 minutos, sin exponer el cuerpo entero. Empecemos por las piernas, los pies y los brazos. Poco a poco, podemos poner al sol el resto del cuerpo.
  • Sin excedernos. Un baño de sol debe ser siempre estimulante. Si terminamos cansados es que ha sido excesivo. Para poder fabricar suficiente vitamina D no es necesario mucho tiempo, bastan 15 minutos sin crema solar (que impiden que los rayos UVB penetren en la piel). A partir de los 15 minutos es mejor protegerse con un sombrero, una camiseta y, si fuera necesario, con crema de protección solar..
  • Ni quedarnos cortos. A medida que envejecemos, nuestra piel tarda más en producir vitamina D. En lugares con mucha contaminación ambiental, los UVB se reflejan, así que también se necesita más tiempo de exposición. No hay que olvidar que los cristales bloquean los rayos UVB, así que tomar el sol detrás de un cristal no nos ayuda.
  • En movimiento. Es más conveniente moverse y hacer algún ejercicio suave que estar totalmente inmóviles bajo el sol.
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Potenciarlo con ayuda de la dieta

La fuente principal de vitamina D es el metabolismo del colesterol gracias a la radiación UVB procedente del sol.

Algunos alimentos contienen ciertas dosis de vitamina D que, si bien se consideran complementarias y no una fuente principal, pueden ayudar. Los hongos (setas, champiñones) son de los pocos alimentos de origen vegetal que son ricos en esta imprescindible vitamina. Los ovovegetarianos pueden recurrir además a los huevos, que también la proporcionan en buena cantidad.

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