No se lo inventan

Ataque de ansiedad: una crisis muy real

Para poder comprender a las personas que sufren ansiedad, tenemos que realizar el esfuerzo de ponernos en sus zapatos e imaginar cómo se sienten cuando están experimentando un ataque.

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

En la mayoría de las ocasiones, los síntomas de una persona que está sufriendo una crisis de ansiedad son poco comprendidos por sus familiares o amigos.

Al no percibir una causa física que los esté causando, muchos tienden a restarle importancia y otros, pueden llegar a decirle que está exagerando o, incluso, fingiendo.

Puesto que la persona sí que siente físicamente la impresión de que va a morir (pulso acelerado, respiración entrecortada, corazón desbocado, etc.), expresiones como “no es para tanto” o “no te estás muriendo”, no la ayudan para nada en esos momentos.

La incomprensión empeora el problema

Cada vez que sufre un ataque de ansiedad, lo que realmente le está sucediendo a la persona es que está reviviendo, concentradas en unos pocos minutos, otras situaciones traumáticas de su vida. Como los demás no pueden ver físicamente este intenso sufrimiento, muchos lo interpretan como invenciones o exageraciones.

Estas reacciones negativas frente a su dolor, no solo no ayudan para nada a la persona que padece ansiedad, sino que además, pueden dar origen a otros problemas.

En muchos casos, esta falta de comprensión puede causar conflictos, distanciamientos o, incluso, separaciones familiares o de pareja.

¿Es real un ataque de ansiedad?

Para poder meternos en la piel de estas personas e imaginar como se sienten, resulta imprescindible realizar un ejercicio de empatía. Un ejercicio que no están dispuestas ha llevar a cabo muchas personas que nunca han sufrido ansiedad y desconocen el grado de sufrimiento al que se puede llegar.

Esta misma incomprensión es la que recibía Arantxa, por parte de sus familiares y marido, cada vez que sufría una crisis de ansiedad.

Cuando Arantxa acudió a mi consulta, me comentó que, a lo largo de los últimos años, había sufrido varios ataques de ansiedad.

El miedo a que volviera a sucederle limitaba su vida.

Trataba de evitar los lugares o las situaciones que le recordaran, de alguna manera, sus anteriores crisis y, con el paso del tiempo, cada vez se sentía más encerrada. Había llegado al punto de no querer salir de casa sola y siempre dependía de los demás para cualquier mínima actividad que necesitara realizar.

Sus familiares y, sobre todo, su marido, Paco, la acompañaban, pero, además de restarle importancia a sus preocupaciones, la presionaban continuamente para que se forzara a salir ella sola.

Aunque nunca se lo decían abiertamente, la sensación de Arantxa era que los demás pensaban que exageraba sus miedos y que, si se lo proponía, podría salir sola a la calle sin ningún problema.

Su marido, Paco, era de la misma opinión de sus familia, hasta el día que él mismo atravesó por una experiencia que le mostró lo demoledor que puede llegar a ser un ataque de ansiedad.

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Para comprenderlo necesitamos empatía

Un fin de semana la familia de Paco alquiló una casa rural en la montaña y les invitó a pasar unos días con ellos. Los últimos kilómetros de subida transcurrían por una estrecha carretera que ascendía bordeando la montaña.

En algunos tramos el paso era muy angosto y obligaba a acercar el coche al borde del camino, desde donde se podía vislumbrar una bonita vista del valle, pero también, el enorme precipicio que quedaba a pocos centímetros del coche.

En el momento en el que Paco vio las ruedas del coche tan cerca del abismo, su respiración se agitó, comenzó a transpirar profusamente y se le aceleró el corazón.

El sentimiento de angustia que notó fue tan intenso que tuvo que detener el coche en un pequeño mirador para bajar a tomar aire.

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La situación le había conectado directamente con un suceso traumático de su infancia que tenía casi olvidado. Con 5 o 6 años, el coche con el que viajaba con su familia, en un escenario de montaña muy similar al que estaban recorriendo en ese momento, se salió de la carretera.

Una enorme piedra evitó que el coche cayera al vacío, pero el pequeño Paco, hasta que les rescataron, pasó varias horas observando, terriblemente angustiado, el precipicio desde la ventanilla.

Durante todo el tiempo que estuvo mirando el barranco, no paró de pensar que, en cualquier momento, iban a caer por el abismo y morir.

La experiencia del presente le conectó con ese recuerdo y le estaba induciendo a revivir el mismo miedo que sintió entonces. Por suerte, pudo parar el coche para respirar y relajarse, pero le confesó a Arantxa que, de haber seguido aumentando su ansiedad, le habría resultado casi imposible controlar sus síntomas, a pesar de saber que la situación pasada no tenía nada que ver con la presente.

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Lo que le sucede a quienes padecen ansiedad es que su aprendizaje negativo ha sido reforzado durante mucho más tiempo y en muchas más ocasiones que el de Paco, por lo tanto, les cuesta mucho más trabajo realizar la pausa para entender que no existe ningún peligro real en el presente.

Paco no tenía ese largo historial de ansiedad y pudo controlar las reacciones de su cuerpo, pero aún así, fue consciente de que, de no haber realizado el esfuerzo por centrarse en la situación actual, la ansiedad podría haberle dominado en cuestión de muy pocos minutos.

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