Utilízalo a tu favor

Lo que el efecto placebo te enseña sobre el poder de tu mente

El efecto placebo nos muestra la importancia que tiene la mente para nuestra salud física y emocional. ¿Sabes que tú también puedes utilizar este poder para cuidar tu salud?

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

El uso del efecto placebo en medicina consiste en administrar un tratamiento similar al original, pero sin el principio activo del medicamento. Como el paciente piensa que está tomando la medicación real, la pastilla “falsa” acaba produciendo el mismo efecto curativo que el producto de farmacia.

El placebo suele utilizarse mucho como analgésico. Por ejemplo, en pacientes con quemaduras graves, cuando no se puede elevar más la dosis de calmantes, se utiliza para ayudarles a aliviar el dolor. Si creen que están tomando una potente medicina, realmente sienten que el dolor disminuye.

Un "engaño" con muchos beneficios

El problema del efecto placebo es que, para que funcione, se debe engañar a la persona para que crea que está tomando el medicamento real. Si el paciente descubre que está recibiendo una pastilla inocua, el placebo pierde toda su efectividad. En estos casos, los médicos lo viven como un fracaso y vuelven a recurrir a la química, para lograr el efecto deseado.

En lugar de centrarnos en el fracaso, tenemos que reflexionar en positivo sobre el enorme poder que posee nuestra mente para provocar o bloquear la sensación que esté en juego. Puede ser el dolor, la ansiedad y, también, aportar la analgesia o la calma.

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Tú eres tu mejor medicina

Un ejemplo de esta toma de conciencia fue el que realizó María con las pastillas del tratamiento que seguía para calmar su ansiedad.

En el momento en que acudió a mi consulta, estaba tomando cuatro pastillas diarias de un ansiolítico. A medida que fue avanzando en su terapia, María fue mejorando y pudo ir reduciendo su dosis progresivamente hasta llegar a solo media pastilla diaria.

Sin embargo, al cabo de varias semanas, llegó a un tope, seguía necesitando esa media pastilla para mantener a ralla a su ansiedad. Me decía que no se sentía segura para dejarla totalmente.

Un incidente fortuito la ayudó a superar este obstáculo. Un día, en la calle, comenzó a sentir que su corazón se aceleraba y que le costaba respirar (los síntomas iniciales de su ansiedad). Recordó que aún no había tomado su dosis diaria de ansiolítico y, buscando en su bolso, encontró su media pastilla.

La ingirió y, automáticamente, sus síntomas comenzaron a mejorar. Todo volvió a la normalidad.

Esa misma tarde, María reflexionó sobre lo que le había sucedido. Se dio cuenta de que apenas había transcurrido un minuto entre que tomó la pastilla y comenzó a sentirse mejor. En un lapso tan breve era imposible que el medicamento hubiera llegado a su estómago y a su torrente sanguíneo. De hecho, recordó que en el mismo instante en que la había ingerido, sus síntomas habían comenzado a mejorar.

María se percató de que la media pastilla estaba funcionando para ella como un placebo, como un enganche psicológico. Gracias al suceso de esa misma mañana, pudo darse cuenta de que no era la pastilla la que la calmaba, sino su propia mente.

En el momento en que se desenmascaró el efecto placebo de su pastilla, María dejó de necesitarla. No volvió a utilizarla porque había tomado conciencia de que era ella la que tenía la capacidad de controlar y calmar su ansiedad. Durante las últimas semanas, había depositado en esa media pastilla el poder de su bienestar y se había vuelto dependiente de ella.

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Aprovechar el poder de la mente contra la ansiedad

En terapia, retomamos esta idea para que María practicase cómo aprovechar el poder de su mente para relajarse y calmar su ansiedad. “Si mi mente es capaz de provocarme un ataque de ansiedad, mi mente también puede frenarlo”, me dijo María en una de nuestras sesiones.

Para María fue muy empoderador el comprender que podía dominar el proceso de la ansiedad, que podía tener ese nivel de control sobre su cuerpo. Con ejercicios de relajación y visualizaciones guiadas, María fue comprobando, en consulta, que podía acelerar o relajar su ritmo cardíaco a voluntad y, lo que es aún más importante, que podía manejar los pensamientos disparadores de la ansiedad.

Con esta confianza renovada, María no necesitó llevar en su bolso sus pastillas porque sabía que, ahora, su salud dependía de ella.

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