Nuestro planeta

Conecta con la sabiduría de los árboles

Mayra Paterson

Vivimos gracias a ellos, pero cada vez más especies desaparecen y somos los responsables. En su propia sabiduría podría anidar la solución.

Durante unas semanas al año, en el parque que veo desde casa, un grupo de tipuanas cubre el suelo de florecitas amarillas. Nosotros hemos pasado este año varias semanas o meses sin podernos mover apenas de casa, y es posible que nos toque, al menos en algún momento, volver a hacerlo este otoño. Pero los árboles se pasan la vida anclados al mismo lugar, adaptándose a los elementos, viviendo con lo esencial.

Los árboles no piensan, no sienten, se me dirá. ¿Seguro? Aunque estén sujetas al suelo, las plantas son un ejemplo de resiliencia. Así lo expresó Francis Halle, especialista en bosques tropicales, en una visita al Jardín Botánico de Barcelona. Como explica Halle, a diferencia de nosotros, las plantas han logrado desarrollarse de tal forma que ninguno de sus órganos les es vital, ni las hojas, ni los tallos, ni las raíces. Por eso, si pierden un fragmento, pueden recomponerse a partir de otro, como las estrellas de mar o las lagartijas.

Las plantas no dejan de crecer y evolucionar

Salvo que algo grave se lo impida, mientras viven, cuando no crecen hacia arriba o producen hojas, lo hacen bajo el suelo buscando sobrevivir o haciendo acopio para aguantar hasta mejores tiempos. En sintonía con los ciclos de luz y oscuridad, con el devenir de las estaciones, sacando partido a las inclemencias del tiempo. Si los recursos escasean, son incluso capaces de volverse más pequeñas, de crecer "hacia dentro".

Al vivir arraigadas en el suelo, explica el experto en neurobiología vegetal Stefano Mancuso en La nación de las plantas (ed. Galaxia Gutenberg), las plantas "han aprendido a convivir con la finitud de los recursos y a adaptar su desarrollo en consecuencia". Ante la escasez de recursos, lo primero que hacen es reducir su tamaño: se vuelven más densas, se enrollan… Los animales no tenemos esa maleabilidad o plasticidad fenotípica, pero podemos tomar nota. "Las plantas hacen cuanto sea necesario para que su equilibrio con el entorno permanezca lo más estable posible. Algo que también deberíamos empezar a hacer nosotros cuanto antes", advierte Mancuso.

El bosque es un superorganismo

Al contrario de lo que podría parecer, las plantas no actúan individualmente, sino colaborando entre sí de múltiples formas y estableciendo relaciones simbióticas con otras especies.

Creemos que nosotros hemos inventamos la distancia de seguridad, esa que ahora sabemos que tan importante es mantener para protegernos del coronavirus. Pues bien, muchas especies de árboles la practican desde mucho antes: las ramas de los árboles, al crecer, no se tocan. Las copas se desarrollan respetando el espacio de sus vecinos. Uno de los fines de esa timidez o "distanciamiento social" es, precisamente, protegerse de los patógenos. Nos lo recuerda el naturalista Joaquín Araújo en la hermosa entrevista con Sira Robles.

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Los árboles "hablan"

Que los árboles no se toquen no quiere decir que no se preocupen por los de su especie o no necesiten de ellos. El mundo vegetal está lleno de ejemplos de que también las plantas tienen vida social. Se comunican entre ellas emitiendo compuestos volátiles al aire o señales eléctricas a través de sus raíces y se ponen de acuerdo para protegerse y prosperar. Incluso cuidan de sus enfermos y alimentan a sus "muertos", proporcionando azúcares a los viejos tocones de árboles caídos o talados.

Esto es posible gracias a que unen sus raíces para colaborar entre sí y alimentarse en caso de necesidad, lo que convierte a los bosques en superorganismos. Así lo explica Peter Wohlleben en La Vida Secreta de los Árboles (Ed. Obelisco), que nos recuerda que lo hacen por las mismas razones que la sociedad humana: porque juntos funcionan mejor y un solo árbol no hace un bosque.

Los árboles se necesitan entre sí para contribuir a un ecosistema sano en el que poder vivir y hacerse viejos. "Su bienestar depende de la comunidad y cuando los supuestamente más débiles desaparecen, los demás también pierden", dice Wohlleben.

¿Quién necesita a quién?

¿Y si sintieran? Los seres humanos no somos plantas. Tenemos ahora que guardar esa distancia social, pero necesitamos el contacto físico. En parte, por eso nos está costando tanto no poder abrazarnos. Pero eso no significa que las plantas no sean seres sensibles. Además de ese instinto de protección de los suyos y los ejemplos de comunicación entre ellas, son capaces de percibir la luz, la gravedad, los campos eléctricos, el contacto, el sonido…

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Nuestra vida está unida a la de los árboles y la sabiduría que anida en ellos es inmensa. No deberíamos tratarlos como si pudiéramos vivir sin ellos, porque es justamente al revés. Y no es posible cuidar de uno mismo sin cuidar de la vida que nos envuelve.

Convendría tener esto último muy presente. Porque nosotros necesitamos a los árboles para vivir, pero ellos podrían vivir perfectamente sin nosotros. De hecho, en la gran mayoría de casos vivirían mejor. La sobreexplotación, la deforestación y el cambio climático del que somos responsables están poniendo en peligro la supervivencia de miles de especies.

Una vez más los árboles pueden marcarnos aquí el buen camino. Como apunta Stefano Mancuso, en lugar de deteriorar el suelo, el agua y la atmósfera del planeta que nos da cobijo, producen "energía limpia" y ayudan a descontaminarlo. "Las plantas pueden ayudarnos. Solo ellas son capaces de rebajar la concentración de CO2 hasta niveles inofensivos", dice este experto en neurobiología vegetal. "La regla debería ser bien sencilla: allá donde pueda vivir una planta, debería haber una. Defendamos los bosques y cubramos de plantas nuestras ciudades".

Conecta con la sabiduría de las plantas

Vuelvo a pensar en las tipuanas que veo desde casa. Después de que sus pétalos amarillos coloreen el asfalto de nuestras ciudades, en las ramas quedan sus semillas aladas, listas para volar lejos en el momento propicio. Es su manera de desplazarse. Se mueven, pero despacio. Aunque los árboles nos parezcan estáticos, se desplazan en grupo.

Se mueven y no lo hacen solo por su pulsión de expandirse. También como mecanismo de supervivencia, "emigrando" como nosotros cuando las cosas se ponen feas. Es conocido que en nuestro país hayas y encinas se han desplazado a cotas más altas en las últimas décadas debido al calentamiento global. El problema es que el cambio climático avance más rápido de lo que puedan "caminar" los bosques para garantizar su supervivencia.

Nosotros nos movemos más fácilmente, en nuestro día a día. Pero en nuestro movernos de aquí para allá olvidamos a menudo la importancia de esa forma de vivir más pausada, más conectada con el entorno. Tengamos o no que volver a pasar tiempo en casa, vale la pena parar de vez en cuando. Hacer una pausa para cuidar nuestras raíces y extender nuestras ramas, para reconectar con nuestras necesidades y con la sabiduría de la naturaleza que nos rodea.

Cada vez más árboles están en peligro de extinción

Según el Global Tree Assessment, un proyecto internacional para evaluar la vulnerabilidad de todas las especies de árboles conocidas del planeta, 13.751 de las 36.189 analizadas hasta ahora (se conocen 60,010) están en peligro de extinción.

Es un 38% de los árboles analizados. Detrás de esta amenaza a la biodiversidad están la deforestación, la sobreexplotación, la agricultura intensiva, la sequía y el cambio climático. Pero los árboles son solo una parte de la pérdida de biodiversidad vegetal.

Según el último informe Planeta Vivo de WWF, de septiembre, el número de plantas extinguidas documentadas dobla al de mamíferos, aves y anfibios juntos. Además, 1 de cada 5 especies vegetales está amenazada, en su mayoría en zonas tropicales.

En 2017, un grupo de 15.364 científicos de 184 países alertaba de que estamos desatando una extinción masiva de especies, la sexta en 540 millones de años. Para Mancuso, el mayor peligro es que creamos que esto no afectará a la supervivencia de nuestra especie. "Ser conscientes de los desastres que provoca nuestro consumo debería hacer que nuestra conducta se volviera más precavida y que nos indignásemos ante un modelo de desarrollo que destruye nuestra casa común a cambio del beneficio de unos pocos", advierte.

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