Entrevista a Walter Riso

"Una relación sana debe tener sexo, complicidad y ternura"

Gema Salgado

Psicólogo clínico y docente universitario, autor de varias obras, entre ellas Manual para no morir de amor. ¿Cómo dejar una relación insatisfactoria sin sufrir?

“La verdadera virtud no está en amar sino en amar bien”, afirma Walter Riso en Manual para no morir de amor (Planeta/Zenith), una obra que gira en torno a diez principios de supervivencia afectiva capaces de liberarnos de las relaciones de pareja tóxicas y enseñarnos a amar de una forma solidaria, más que tolerante, sin sufrir, humillarnos, anularnos o alterar nuestra identidad.

Walter Riso nos invita a reflexionar sobre la importancia de retirarse con dignidad y no alimentar esperanzas cuando la pareja nos deja; sobre la inconveniencia de irse a vivir con el amante; o sobre la necesidad de correr lo más lejos posible cuando vivimos en un ‘ni contigo ni sin ti’.

Píldoras contra el mal amor

–A estas alturas de la civilización, ¿aún es posible morir de amor?
–No solo de amor sino también de desamor. El amor exagerado, no sostenible, es un amor que te hace perder el norte; y luego está el desamor, que es el amor no correspondido. La gente sufre mucho por amor o desamor; de hecho, estos problemas ocupan el 40% de las consultas psicológicas. Por eso escribí este manual, para sacar al amor de su calidad de sustantivo que implica bondad y ponerle adjetivos: amor digno o indigno, amor sano o insano, amor justo o injusto…

–Antes se podía entender que muchas mujeres, que quizá no tenían recursos y culturalmente estaban más atadas a la figura del hombre, soportaran situaciones de amor insano. Pero ¿qué hace que esto se siga repitiendo hoy en día?
–Es que no es solo un problema social sino también personal que depende de cuestiones psicológicas. Lo suelen pasar peor las personas que son más inmaduras emocionalmente, con baja tolerancia a la frustración, que no soportan el dolor, que tienen la ilusión de permanencia o aquellas con la filosofía del desechable incorporada (“No me sirve, lo tiro”). Entonces, entre el extremo de las abuelitas que cargaban el amor como una cruz y el laissez faire del amor líquido, hay un punto medio: el amor sano.

–¿El miedo a la soledad es el principal problema a la hora de romper con una relación tóxica?
–Hay una soledad afectiva centrada en la ausencia del otro, y esa duele mucho; y hay una soledad referente a hacerse cargo de uno mismo, de enfrentar la vida en solitario. El miedo a cualquiera de estas dos soledades sigue siendo la causa principal de que muchas personas continúen una relación, por insana que sea, o que repitan y se equivoquen.

Tampoco hay que olvidar las creencias más profundas o existenciales, o la religión. El hecho de que te digan que el matrimonio es para toda la vida hace que muchas parejas se queden ahí por los siglos de los siglos. A veces es fácil detectar cuándo ya no hay nada que hacer con la pareja –una infidelidad, apatía, menosprecio...–, pero otras cuesta más.

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–¿Cuáles son los indicativos más sutiles?
–Lo primero es considerar que la relación no está hecha para sufrir. Cuando uno empieza a ver que la infelicidad es más que la felicidad, o que no se es correspondido, o que no puede llevar a cabo su realización personal, o que sus principios son vulnerados; o cuando a uno le empieza a gustar una persona de fuera o le gusta muy fácilmente otra persona de fuera; o cuando no hay eros (sexo), filia (amistad) y ágape (ternura/compasión)… es hora de hacer las maletas.

Aristófanes decía: “Si no te quieren como a ti te gusta que te quieran, ¿para qué quieres que te quieran?”. Y es muy cierto. si alguien ya no te quiere, niégate a sufrir por amor, declárate en huelga afectiva, haz las paces con la soledad y atempera la necesidad de amar por encima de todo y a cualquier precio. Yo prefiero declararme en huelga afectiva por un año a ponerme un cartel de “Necesito el amor”. Hay valores que, para mí, son más importantes que el amor: la justicia, la libertad…

–Ser independientes el uno del otro parece mejorar la relación. Cuando nadie depende de nadie, ¿los dos están juntos porque realmente se quieren?
–Sí, pero no hay que confundir independencia con indiferencia. El desapego no es indiferencia, eso hay que aclararlo. Lo que se opone al amor no es el odio, es la indiferencia; entonces, ser independientes implica no posesión, autonomía y libertad en el uso de decisiones, y supone el empleo relativamente personalizado del tiempo libre. Cuando ocurren esas tres cosas, estamos en independencia. Pero ser independiente no es ser infiel. Es tener un espacio personal para uno.

Amar no es un deber, por lo que si un día dejamos de hacerlo, no debemos sentir culpa sino ser responsables y honestos para contárselo a nuestra pareja

–¿Cómo se remonta la vida cuando el otro nos abandona?
–Debemos hacer un buen análisis de cómo fue la relación, porque cuando una relación acaba, tendemos a sobrevalorarla, o a sentirnos culpables, o a pensar en lo que podría haber sido y no fue. Una buena opción es decidir quedarse solo y limpiarse internamente. Esto requiere de un duelo, que dura de seis meses a un año.

En ese tiempo hay que acompañarse de la gente cercana, de los buenos amigos, que son buenos mentirosos; son los que nos dicen “menos mal que dejaste a ese infeliz”, aunque sea mentira, pero en ese momento necesitamos eso para levantarnos. Hay que limpiar la mente y el hábitat de cualquier recuerdo. Y volver a retomar las viejas vocaciones, los viejos amigos, las cosas que dejamos…

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–Y si nosotros dejamos a la pareja, ¿cómo podemos dejar de sentirnos culpables?
–Cuando decidimos finalizar una relación, nos podemos sentir responsables, porque seguramente no queríamos hacer daño a nuestra pareja, pero no culpables. Amar no es un deber. Si algún día dejamos de amar, tenemos la responsabilidad de ser honestos con nosotros mismos y con el otro, y decirle lo que ocurre.

–Deme las claves de un amor duradero...
–Tener eros, que es un deseo sostenido. No es lo más importante, pero tiene que existir y debemos ir manteniéndolo. segundo, la filia, que llega de la tradición aristotélica, que es la amistad, que implica ser cómplices, pasarlo bien. tener la alegría de que el otro exista. Mientras el eros llega con el enamoramiento, como deseo, la filia se consigue con voluntad y razón. La tercera clave, que viene de la tradición judeocristiana, es el ágape, que es el cuidado del otro, la dulzura, la ternura: que tu dolor me duela o que tu alegría me llene el alma. Porque si tu dolor no me duele, ni tu alegría me alegra, no somos una pareja.

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