Ejercicios para mejorar

Escuchar al otro para comunicarnos y vivir mejor

Muchos problemas de pareja o familia tienen su origen en la torpeza para escuchar al otro, que impide comprenderle y alimenta el malestar. ¿Cómo corregirlo?

Silvia Díez, periodista y terapeuta
Silvia Díez

Periodista y terapeuta gestalt

La vida familiar podría compararse a un iceberg: la mayoría de personas solo son conscientes de una décima parte de lo que ocurre, la décima parte que pueden ver y oír. Algunas sospechan que puede haber algo más, pero no saben qué ni cómo averiguarlo.

Así como la suerte del marino depende de su conocimiento de que la mayor parte del iceberg se oculta bajo el agua, el destino de una familia depende de saber comprender los sentimientos y necesidades subyacentes tras los acontecimientos familiares cotidianos.

En otras palabras: "¿qué sucede debajo de la mesa?", escribió Virgina Satir, pionera en comunicación y terapia familiar. Responder a esa pregunta no es fácil. Requiere asumir de entrada que ignoramos muchas cosas sobre quienes conviven con nosotros.

Incluso en una relación íntima cuesta llegar a conocer al otro en su totalidad o expresarse con plena libertad y sinceridad.

Cuidar la comunicación que se establece con los seres más queridos es la única forma de poner luz bajo la mesa. Es también la base de cualquier relación, el valioso puente que permite entender al otro y compartir verdaderamente algo con él.

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Comprender la perspectiva del otro

"Las tres reglas más importantes para salvar los problemas de comunicación, tanto en el seno familiar como fuera de él, son escuchar, escuchar y escuchar. Si no escucho, por mucho que mi discurso sea interesante, por bien que me explique, no será posible un diálogo y tampoco lo que diga llegará de verdad al otro.

La comunicación implica un intercambio: hay una información que va y otra que viene. Una forma sencilla de saber si estamos escuchando es que al menos la mitad del tiempo se dedique a la escucha. Si el tiempo de hablar no iguala al de escuchar, es señal de incomunicación", asegura Marcel Genestar, especialista en Programación Neurolingüística.

Dominar el arte de escuchar lleva toda una vida. Escuchar es una auténtica muestra de amor que requiere vaciarse de los pensamientos, prejuicios y creencias que impiden contactar con el otro.

¿Cuántas veces, en una discusión de pareja, por mucho tiempo que se dedique a hablar de un tema no se llega a ningún acuerdo? Eso indica una falta de comunicación, y suele deberse a que ninguno escucha poniéndose en el lugar del otro, abriéndose a la posibilidad de dejarse influir, de ceder terreno, de revisar su visión de las cosas y así acercarse a comprender la perspectiva de su pareja.

"Es importante esforzarse para escuchar lo que realmente el otro nos está diciendo y no caer en la tentación de escuchar simplemente lo que ya suponíamos o deseábamos oír.", recomienda Javier Muro.

"En la pareja se entra fácilmente en la dinámica de escuchar al otro con la intención de confirmar las creencias sobre él, creencias que incomunican. Para romper esta incomunicación es preciso esforzarse por adentrarse en el mundo interno de la pareja dejando de lado el propio y aparcando los reproches", precisa Javier Muro, director de un sistema de trabajo llamado "Lo corporal".

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Para salir de la dinámica del reproche continuo podemos practicar este ejercicio:

  1. Por espacio de diez minutos un miembro de la pareja realiza todos los reproches que necesite al otro, mientras este los escucha en silencio sin posibilidad de replicar ni gesticular.
  2. Transcurrido ese tiempo se invierten los papeles.
  3. Luego los dos se levantan y ya no hablan más de la cuestión.

¿Qué actitudes entorpecen la comunicación?

Emitir juicios, estar a la defensiva, pensar en la réplica que se va a dar o la solución que se va ofrecer son formas de favorecer la incomunicación.

  • Dar por sentado que el otro puede saber lo que se siente o se piensa sin haberlo expresado.
  • Estar demasiado pendiente de caer bien y de evitar el enfrentamiento.
  • Cambiar de tema o bromear cuando el otro intenta expresarse.
  • Estar enfadado o tener una actitud crítica o autocompasiva disminuye la capacidad de escucha.
  • Tener el hábito de compararse o de comparar.
  • Esforzarse en ofrecer consejos y soluciones cuando el otro está expresando un problema. A menudo se busca más un hombro donde apoyarse o llorar, una persona que acompañe, permita desahogarse o aclarar ideas que un plan para resolver un problema.
  • Ignorar que los vínculos familiares cambian (cuando llega un nuevo miembro a la familia, un hijo entra en la adolescencia o deja el hogar...).
  • Prohibir tácitamente los comentarios en la familia es una forma de desarrollar personas cohibidas.

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Hablar con los hijos: acompañar en vez de mandar

Los psicólogos norteamericanos Matthew McKay, Martha Davis y Patrick Fanning, autores de Mensajes: el libro de las técnicas de comunicación (Ed. RCR), afirman que la escucha auténtica tiene una de estas cuatro intenciones:

  • Entender al otro.
  • Gozar con él.
  • Aprender algo de él.
  • Ayudar o consolarlo.

Uno de los principales obstáculos para que los padres escuchen a sus hijos sin ideas preconcebidas es que dedican buena parte de su comunicación a reprenderles o a dictarles normas de conducta.

Pero, si no se escucha a los hijos, estos difícilmente pueden aprender a su vez a escuchar. Y es probable que no se sientan respetados ni valorados.

"La palabra educar viene del latín ‘educo’, que significa acompañar, estar al lado. No se trata de ser amigo de los hijos, porque como asegura el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, 'si ante todo eres un amigo de tu hijo, entonces este se queda huérfano'. Se trata de preocuparse por cómo se sienten, pedirles opinión, hablarles de cómo nos sentimos, pedirles excusas cuando nos equivocamos... Para que ellos nos reconozcan, nosotros tenemos que reconocerlos", señala Marcel Genestar.

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Si no se les puede atender cuando lo reclaman y se les pide que esperen, conviene después agradecerles el gesto que han tenido al aguardar.

La psicóloga Neus Figueras añade: "Al igual que la madre escucha el llanto del bebé esforzándose por descifrar su significado, hay que escuchar preguntándose: '¿qué querrá decir con esto?' Ese esfuerzo es recibido por el niño como una caricia, como una forma de amor que es importante seguir ofreciendo a lo largo de todo su crecimiento, y ofrecerla también en la comunicación con los adultos."

"Entre padres e hijos no debería haber temas tabú. Es más, conviene mantener conversaciones sobre drogas, sexo, etc. antes que callar. Si cuando un niño pregunta nos extendemos en dar una explicación, entonces se le está estimulando a nivel cognitivo y motivando para que desarrolle su curiosidad, que es una forma de alegría. A través del diálogo se da al niño identidad, seguridad, autoestima y afecto para que sienta que forma parte del grupo. Así se facilita su entrada en la vida".

En una familia creativa las normas son flexibles y están sujetas a cambios. Esos cambios ayudan a que nadie quede encasillado y a hacer más fluida la relación con la sociedad.

Lo que no se dice también es importante

Comunicarse de verdad puede ser un reto pendiente, tanto en la familia como en la pareja.

"Tan importante como comunicarse es que hacerlo responda a un deseo y no a un deber. ¿Cuántas veces en la pareja uno acaba recriminando al otro: 'Es que no me cuentas nada; no hablamos'. Vencer la incomunicación implica a su vez respetar el deseo del otro a no expresarse.

Ese respeto es un puente hacia el entendimiento porque también nos expresamos a través del silencio. Admitir el silencio del otro sin acritud puede representar un importante cambio en la calidad de la comunicación familiar", asegura Javier Muro.

Y es que la comunicación va más allá de las palabras que a menudo se quedan cortas para expresar todo aquello que sentimos por los seres más queridos.

Depende también de un gesto, una mirada, una postura corporal, una caricia, un tono de voz... Todo puede convertirse en un gesto de amor que refuerce el vínculo, un vínculo vivo que cambia y que se aprende a enriquecer día a día. El contacto visual facilitará la comunicación familiar.

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Ejercicios para fomentar la comunicación en familia

Los siguientes ejercicios pueden ser útiles:

Observar la comunicación

Dedicar unos días a observar el tipo de comunicación que se mantiene con los hijos, la pareja o los padres, incluso poniendo una grabadora, amplía la conciencia sobre los mensajes más habituales que se emiten, así como sobre el tono y la actitud que los acompañan.

Dedicar un tiempo simplemente a observar la manera en la que uno se comunica y establece diálogo con la familia, analizar qué tipo de información se intercambia (relatos, órdenes, acusaciones, quejas, sentimientos, trivialidades...), qué tono se utiliza y qué tiempo se dedica a ello sin entrar en culpabilizaciones ayudará a detectar la raíz de la incomunicación.

¿Qué personaje encarno?

Hay cuatro personajes que resumen la forma de comunicarse:

  • el que acusa o culpa, dando a entender que él manda (con su tono viene a decir: "nunca haces nada bien");
  • el aplacador, que se muestra de acuerdo con todo;
  • el superrazonable, que parece calmado, frío e imperturbable;
  • y el irrelevante, que da a entender que su aportación nunca tiene importancia ni sentido.

Conviene reflexionar con qué personaje uno se identifica más.

Proponer un diálogo

Eligiendo un buen momento y un espacio cómodo, se invita a la familia a dialogar sobre un tema que preocupe y en el que cada uno tenga su turno para expresarse, pero sin estar obligado a participar. Conviene realizar preguntas abiertas.

Empezar abordando temas banales para poco a poco adentrarse en otros más importantes es una buena opción, sobre todo al dialogar con los niños y adolescentes. De ese modo se evita que se parapeten o se sientan sometidos a un interrogatorio de tercer grado.

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Abrirse a la verdad

Preguntarse qué necesidad uno no se ha atrevido a expresar a su familia y reformular las críticas y quejas en peticiones concretas ayuda a fomentar relaciones más satisfactorias.

Decir la verdad, por incómoda que sea, es la mejor forma de entenderse. La comunicación menos honesta, directa e inespecífica tarde o temprano alienta un conflicto.

Aprender a ser cada vez más explícito y sincero con los propios sentimientos genera relaciones más auténticas e impulsa a los otros a hacer lo mismo. Se trata básicamente de atreverse a exponer las necesidades en primera persona.

Por ejemplo: "Necesito que me atiendas; a veces me encuentro muy solo". Es útil concluir con expresiones del tipo: "Quiero que conozcas mis sentimientos para pedirte...", "Te rogaría que me ayudaras...".

Para hacerlo conviene basar el mensaje en frases que empiecen por "yo" y no por "tú".

Vencer temores

Los temores más comunes en el seno de la familia son del tipo: me podría equivocar, podría molestar, me van a criticar, pensarán que no sirvo para nada, él o ella podría alejarse... Es saludable plantearse afrontarlos.

Conviene vencer el miedo a mostrar emociones como el enfado o la tristeza porque con ello se da permiso a los hijos y al resto de personas de la familia para hacerlo también.

Hay familias que se califican como abiertas y dialogantes. Sin embargo, pueden no abordar nunca lo que les preocupa o les separa. Pero una buena comunicación familiar implica poder explicar cómo se siente uno.

Sentimientos en palabras

Iniciar una nueva dinámica familiar en esa dirección –fundiendo parte del iceberg del que hablaba Virgina Satir– es tan complicado y tan simple como que alguien se atreva a romper el hielo expresando cómo se siente.

Casi por arte de magia el resto se verá invitado a explicar también lo que le preocupa, sin que sea necesario un interrogatorio y con un modelo que servirá de guía.

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