Belleza y juventud

¿Cómo sentirte hermosa aunque pasen los años?

Para ser una persona bella , por dentro y por fuera, recupera la armonía entre lo que eres y lo que haces, aprende a volar, deja que tu corazón guíe a tu mente y no al revés.

Jorge Bucay

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Hace un par de meses, estaba yo en una reunión disfrutando verdaderamente de un encuentro informal con algunos viejos amigos en una terraza de Granada. De repente se acercó a saludarme una colega y amiga a la que quiero mucho. Se la veía absolutamente radiante, con una gran sonrisa y un aspecto muy fresco y relajado. Era evidente que compartíamos el placer de vernos después de tanto tiempo.

Le hablé con franqueza de la alegría que sentía al verla en un estado que, seguramente, era el reflejo de estar pasando una buena época de su vida. Mientras nos contamos algunas cosas, que de paso confirmaron mi intuición respecto a su buen momento personal, algunos otros conocidos se acercaron a nuestro pequeño grupo. Al verla, todos hacían el mismo comentario con casi las mismas palabras:

—Oye... ¡qué joven que estás!

—¡Te has quitado de encima un montón de años!

Y hasta...

—¡Qué bien se te ve! ¿Qué te has hecho? (sugiriendo alguna oculta intervención estética).

Y sentí algo feo en mi interior. Me di cuenta (como quien se entera de algo oculto) de que “verse más joven” parece haberse vuelto sinónimo de estar bien, de estar guapo y de ser estéticamente aceptable. Me di cuenta también de cómo los años conllevan per se una carga negativa o, por lo menos, nada apetecible.

¿Por qué asociamos la belleza a ser jóvenes?

Quizá por eso sostengo que es hora de revisar estos conceptos, especialmente porque en nuestra realidad, la de todos, tanto los avances de la medicina, como los nuevos tratamientos y las experiencias de profilaxis de la salud, están cuestionando y derrumbando cada día el axioma de que los años necesariamente nos deterioran, poniendo en tela de juicio el vicio de encadenar la belleza a la juventud, como si aquella fuera una virtud inherente y exclusiva de los primeros treinta o cuarenta años de vida.

Yo, que no soy ejemplo de nada, vivo diciendo que la edad que tengo (acabo de cumplir sesenta y cinco) es, sin lugar a dudas, la mejor de mis edades y que no la cambiaría por ninguna anterior (y tengo la certeza de no estar equivocado).

En contra de esto que escribo, y aunque me pese aceptarlo, no puedo dejar de admitir que el mundo en el que vivimos ha desarrollado, en el último siglo, una creciente y preocupante obsesión (permítaseme llamarla así) respecto del culto a la belleza física, la estética de la simetría y la exagerada valoración de lo superficialmente atractivo.

Y eso no sería tan nefasto si no fuera porque, en paralelo y consecuentemente, se ha caminado sin pausa hacia el crecimiento de una cultura hedonista que pretende ensalzar la eterna juventud y los placeres instantáneos (deseables aparentemente a cualquier coste y riesgo), alejándose (por vía de la negación o del desprecio liso y llano) de todo lo que tenga que ver con envejecimiento, arrugas, imperfección, introspección o espiritualidad.

Demasiadas veces veo a hombres y mujeres someterse a tortuosos tratamientos o riesgosas operaciones que quizá les quiten algunas arrugas o consiguen que les desaparezca alguna curva no deseada, pero que casi nunca consiguen hacerlos más hermosos. Esta aseveración tal vez esté directamente relacionada con una postura “de terapeuta”: ningún proceso que intente que alguien sea lo que no es puede embellecerlo.

¿Qué es la belleza?

Nos han convencido de que la belleza está predeterminada por unas características o rasgos específicos: una nariz pequeña y recta, un abdomen plano y marcado, unos pechos redondos, unas piernas largas y torneadas, los labios carnosos y la piel lisa y dorada... Pero eso no es cierto.

Yo he conocido a cantidad de hombres y mujeres que respondían completamente a todos los estereotipos de belleza de nuestra época y, sin embargo, no eran bellos, no irradiaban esa luz, ese no sé qué que nos agrada contemplar; y he conocido también a otros muchos que, aun cuando sus cuerpos o sus rostros se apartaban en gran medida de lo supuestamente deseable, poseían una impactante belleza.

La belleza está determinada por la sociedad... y va cambiando

En uno de los Diálogos de Platón, Hipias de Élide pregunta a Sócrates:

—¿Todo lo útil es bello?

Sócrates intenta responder a esa pregunta diciendo:

—Lo que es eficaz pero conduce a un fin ruin nunca puede ser bello, solo en lo éticamente aceptable puede encontrarse belleza.

Dicho de otra forma: solo aquello que consideramos que está bien o es bueno puede ser reconocido como bello. Para los griegos solamente lo ético es estético y viceversa.

Desde este punto de vista, cuando algo es sano, cuando tiene coherencia, cuando es bueno o noble, es también inevitablemente bello y nos da satisfacción contemplarlo, acercarlo a nosotros, acariciarlo y disfrutarlo.

Y, de pronto, el problema cambia.

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¿Cuáles son los parámetros con los que mediremos lo sano, coherente y bueno para uno y para los demás?

¿Cuáles son las cosas, los hechos y las personas a los que éticamente sería maravilloso acercarse y cuáles las que querríamos y deberíamos alejar de nuestra realidad cotidiana si pretendemos una vida rodeada de belleza?

El mundo nos aconseja acatar las pautas de una sociedad que establece y sostiene un determinado modelo de realidad.

El poeta argentino Oliverio Girondo nos muestra su elección de un modo más que maravilloso en su libro Espantapájaros:

“No me importa si las mujeres tienen los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy a todo eso una importancia igual a cero. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! –y en esto soy inflexible– no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo las que pretendan seducirme”.

¿Qué es ese “volar” al que se refiere el poeta? Seguramente es soñar, transgredir, aprender, crear y animarse a ser uno mismo.

Cómo recuperar nuestra belleza interior

La propuesta que la sociedad que hemos construido nos acerca, sin embargo, no se parece demasiado a la preferencia del poeta.

Al contrario, el mundo explícita e implícitamente nos sugiere aprender a adaptarnos a la mansa quietud de lo conocido, ceñirnos a la simetría de lo que es siempre igual a lo que siempre fue y no supone grandes imprevistos; nos propone resignarnos a sobrevivir flotando en un mar sin oleajes ni peligros y ser más espectadores que protagonistas; nos aconseja acatar las pautas de una sociedad que establece y sostiene un determinado modelo de realidad, enmarcado en un horizonte en el que solo se puede ver lo que hay, lo que debe haber y lo que es permitido que exista.

Eso sí, como consuelo y aliento nos anima para que consigamos tener éxito y así sumergirnos en el espejismo de la felicidad que supuestamente nos llegará si tenemos acceso a todo lo que se puede comprar con dinero.

Tarde o temprano nos daremos cuenta de que este camino seguro y sumiso no sirve para conquistar una vida que valga la pena ser vivida.

Recuerda tu niñez, mira la de tus hijos, piensa en la de cualquier pequeño que veas a tu alrededor. Para un niño, hacer, jugar y aprender son una misma cosa, y durante un tiempo todo parece estar donde debe estar. Luego, la educación tradicional enseña a los más pequeños que hay que hacer lo que se debe hacer, que no se juega con todo (y menos aún con todos) y que hay que aprender solo lo correcto... Y con ello, se asimilan algunas cosas útiles, pero se pierden, quizá para siempre, la frescura, la espontaneidad y el contacto genuino y fluido con las cosas y con las personas.

Para recuperar una vida que case lo ético con lo estético, como cuando éramos niños:

  • Será necesario aceptar y disfrutar lo diferente en lugar de sentirlo como amenaza. Deberemos valorar la incertidumbre como disparador y el humor como estimulante.
  • Tendremos que aceptar de buen grado los cambios, para que ellos nos alejen del automatismo y de la rutina. Entonces descubriremos que la armonía es más valiosa que el equilibrio.
  • Solo recuperando la niñez dormida conseguiremos descifrar el mensaje metafórico de los hechos. Un mensaje que nos permite comprender el significado de lo que parece insignificante, pero que finalmente es lo que le da sentido a las cosas.

Mi maestro Joseph Zinker decía que la belleza verdadera es el reflejo de la armonía interna. ¿Quieres rejuvenecer? ¿Quieres ser una hermosa persona, por dentro y por fuera? Recupera la armonía entre lo que eres y lo que haces, aprende a volar, deja que tu corazón guíe a tu mente y no al revés. Si lo haces, y sin darte cuenta, seguirás el sabio consejo de Ricardo Arjona en su hermosa canción: le pondrás vida a tus años, en lugar de solo agregarle años a tu vida.

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