Amor y dinero

El dinero en la pareja

¿Es posible amar sin hacer cuentas? La experiencia muestra que poner cuestiones económicas sobre la mesa, aunque asuste, suma autenticidad a la vida en común.

Begoña Odriozola

Psicóloga

La relación que cada miembro de la pareja mantiene con el dinero planea sobre ellos desde la primera cita. Uno se empeña en invitar al otro, pero este quizá prefiere que se pague a medias para no sentirse en deuda; el primero, en cambio, considera un desprecio no aceptar la invitación y se ofende.

Ocurre algo parecido a la hora de tomar decisiones sobre los recursos que se destinarán al tiempo de ocio. Ella –que ha gastado parte de sus ahorros matriculándose en un máster– prefiere gastar lo justo; él –partidario de "sacar el máximo partido a la vida"– desea veranear en Hawái…

Resulta curioso cómo dos personas que están pensando en iniciar una convivencia pueden explicarse importantes detalles de su vida sexual, indagar sobre sus deseos de paternidad o sus ambiciones profesionales pero, en cambio, mantener un temeroso silencio en cuanto a sus expectativas respecto al dinero y al reparto de bienes en la pareja.

¿Por qué hay que hablar de dinero?

"Cuando estoy enamorado, no pienso en el dinero", decía, orgulloso, un joven. "El dinero no puede estropear la unión de dos personas que se aman de verdad", afirmaba una mujer de treinta años, dos semanas antes de su boda. Y es que losmitos del amor romántico siguen anidando en nuestro cerebro, como parte de un antiguo legado.

La idea de que cuando hay amor las cosas se resuelven espontáneamente activa el temor a ser malinterpretado si se abordan cuestiones de dinero. El mero hecho de pensar en el vil metal se interpreta como una señal de egoísmo y siembra dudas sobre las intenciones con las que alguien se acerca a la pareja.

Nadie se pelea por dinero en las historias románticas y nadie compra ni vende nada en los cuentos de hadas.

Pero bastan unos meses de convivencia para ver que las cosas no son tan fáciles ni automáticas. Ahora resulta que él daba por sentado que se dedicaría una parte del sueldo al ahorro y que ella no quiere escatimar recursos para acabar de arreglar la casa. Él siempre pensó que mantendrían cuentas separadas; ella siente que si las economías no están unidas es que él tiene miedo al compromiso o, peor aún, ¡no la ama!

Lo grave no es que dos personas tengan prioridades o visiones divergentes, sino los distintos significados que cada persona otorga al dinero, algo neutro en sí mismo. Reivindicar los propios deseos puede entenderse como "quieres imponerte sobre mí"; mostrar desacuerdo con una propuesta podría ser interpretado como "me infravaloras, lo mío no es importante para ti"… Y es que no se puede hablar de dinero sin hablar también de reciprocidad, de poder, de los propios temores, de qué pasará si nos separamos…

Es preferible hablar claramente de dinero, porque nada puede socavar tanto la relación como aquello que no se dice o se da por sentado. Cuando se actúa como si el dinero no tuviese importancia, se corre el riesgo de que los malentendidos o las ofensas vayan acumulándose hasta un punto del cual no hay retorno.

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¿Por qué cuesta hablar de dinero?

Los primeros intercambios se producen en la propia familia: allí aprendemos a dar y recibir de una forma particular y específica. La relación que nuestros padres tenían con el dinero, el modo de ganarlo, de gestionarlo, de gastarlo, de perderlo, la prioridad que se le daba… marcó la dinámica familiar de entonces y dejó una huella que, de algún modo, nos condiciona.

Pueden habernos transmitido que es preciso trabajar duro para ganar un buen sueldo; que no hay que hacer ostentación de riqueza o que hay que ayudar a los más necesitados. Quizá la madre quiso divorciarse pero no pudo por falta de recursos y ha transmitido a su hija la idea de que hay que ser autosuficiente a toda costa. Otro hijo siempre pudo acceder alegremente a lo que quiso y, de adulto, su tendencia le inclina a gastar en cada momento lo que tiene.

Como pareja, hablar de todo esto ayuda a entender por qué el otro es como es y a sentir más empatía hacia sus temores respecto al dinero, que siempre los hay.

Cuando dos personas se unen, lo hacen también sus historias personales y sus condicionantes. No se trata de que uno convenza al otro de que su visión es mejor, ni de que –por miedo a perder la relación– un miembro de la pareja se olvide de sí mismo y acepte enteramente el modelo del otro.

Al contrario, se trata de reconocer los orígenes y dedicar empeño a construir un modelo común y propio, con lo mejor de cada uno, aprovechando las experiencias y los recursos que resultaron útiles a las generaciones anteriores.

Es bueno responderse a preguntas como: ¿Por qué tengo tantas dificultades a la hora de cambiar mis hábitos? ¿Dónde está escrito que el modelo desarrollado por mi familia sea mejor que el de la suya? ¿Qué me impide imaginar que pueda actuar de otra manera? Las respuestas pueden ser distintas y hasta será posible reconocer cierto sentimiento de deslealtad hacia la propia familia. Pero todo ello forma parte del proceso de construcción de una pareja satisfactoria.

No basta con estar enamorados, hay que constatar que somos compatibles y acoplar nuestras diferencias para crear una realidad propia, a imagen de cada uno y de ambos a la vez.

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¿Cómo gestionar el dinero en pareja?

Antaño las funciones de género estaban muy marcadas –uno se dedicaba a ganar dinero y el otro a cuidar de la casa y los hijos–, no había otra opción que funcionar con una única economía.

A medida que la mujer ha ido incorporándose al mundo laboral, que ha hecho falta más de un sueldo, que los índices de divorcio se han disparado y que la estructura familiar se ha vuelto más compleja, se ha ido imponiendo otro modelo multiforme. Veamos algunos ejemplos:

"Unidos en el amor y el dinero"

Se pone todo en común para utilizarlo de un modo uniforme y equitativo. Deriva de una visión reformada del mito que asocia el amor a la fusión plena entre dos personas. Las dificultades que han de abordarse entonces tienen que ver con:

  • La necesidad de distinguir entre gastos personales y gastos comunes.
  • La gestión del patrimonio si un miembro es muy manirroto o bien muy tacaño.
  • Hallar un equilibrio cuando el nivel de gastos de cada uno es muy distinto.
  • Discutir a menudo si las prioridades económicas no están muy bien establecidas.
  • El sistema podría enmascarar un deseo de control ya que se tiene acceso a los mínimos detalles de los gastos del otro.

"No sin mi cuenta personal"

Cada miembro de la parejaconserva su cuenta personaly ambos ingresan cada mes una misma suma en una cuenta común. Todos los gastos de la pareja se pagan a medias. Deriva del deseo de lograr una plena igualdad. En este modelo cada uno se siente libre y autónomo para asumir los gastos personales de acuerdo con sus prioridades. Las dificultades surgen si:

  • El nivel de ingresos es muy diferente y no hay acuerdo en el nivel de vida que se desea llevar.
  • El que cobra menos no encuentra justo repartir los gastos equitativamente.
  • Al adquirir bienes importantes –como una vivienda– el que aporta más no encuentra justo que la propiedad se establezca de forma equitativa.

"Asumimos las diferencias"

Es una variación del modelo anterior. Representa un intento de resolver la incomodidad generada cuando el nivel de ingresos de cada miembro de la pareja es muy desigual.

Los ingresos en la cuenta común se hacen en función de una prorrata previamente establecida por los cónyuges.

"Valoro tu trabajo en casa"

Deriva de un intento de mejorar el modelo de fusión cuando uno de los dos no realiza ninguna actividad remunerada. Aun cuando la aportación en forma de trabajo en casa y de la labor educativa de los niños pueda ser reconocida como muy valiosa por el otro, quien se halla en esta situación puede abrigar sentimientos de inferioridad o dependencia.

Por ello, se esta establece una cantidad determinada que, quien se ocupa del hogar, administrará de forma autónoma, pudiendo, además, emplear la cantidad sobrante –si la hubiera– para gastos personales.

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Ideas para ahorrar dinero en casa

Hay pues muchas fórmulas y habrá que reformar la que se adopte bastantes veces. A la versión final, sin embargo, no podrá llegarse si no se escuchan y aceptan con respeto y cariño las emociones del otro, como por ejemplo:

  • Soportar, sobre todo en el caso de los hombres, que la pareja gane más.
  • Trabajar, aunque se preferiría cuidar de la casa y los niños, porque no se quiere depender económicamente del otro.
  • Encontrar menos atractiva a una mujer que no trabaja fuera de casa.
  • Pensar que habrá que permanecer juntos, aunque falle la pareja, porque la separación no es económicamente viable.
  • Sentir que si no se gana lo mismo que la pareja se está acumulando una deuda que no se podrá pagar.
  • Que una de las dos familias ayude económicamente y la otra no.
  • Que una familia aporte dinero pero el otro miembro de la pareja parezca sentir hacia ellos más hostilidad que gratitud.

Muchas personas sienten cosas como estas y, puesto que hablar de dinero es tan difícil, cada uno sigue creyéndose distinto y tiende a vivir la incomprensión y la angustia en solitario. Pero es preferible derrumbar ese muro de silencio en la pareja.

No compromete los sentimientos poner el tema sobre la mesa, aclarar lo importante que puede ser para uno y escuchar lo que el otro tiene que decir. Actuar de esta forma permite considerar los problemas y abordarlos con más eficacia. Hacerlo, además, representa un acto de entrega amorosa que solo es posible cuando alguien abre su intimidad al otro.

¿Cómo hablar de dinero con amor?

Poner claridad en las cuestiones económicas permite construir una intimidad más fecunda y madura, con menos tabús y más implicación.

Hablar de dinero también es romántico porque supone abrir la intimidad al otro, revela cómo somos; supone mostrar los propios temores y entronca con los valores y deseos más profundos de cada uno. Y, sobre todo, porque implica hablar de las expectativas que se tienen respecto a la relación y denota que se desea escuchar a la pareja, conocerla y construir algo en común.

Si no se tiene claro el punto de partida de la conversación, se puede empezar por:

  • La procedencia. Hablad sobre vuestros padres: cómo se organizaron en cuestiones económicas, qué dificultades enfrentaron, qué estrategias les resultaron útiles, qué acontecimientos les marcaron…
  • Los condicionantes. Recordad cómo y en qué se gastaba el dinero en casa. ¿Alguno era manirroto? ¿Había una obsesión por ahorrar? ¿Hacían ostentación de lo que tenían?
  • Las prioridades. Observa en qué gastaba el dinero tu pareja antes de conoceros, hablad de lo que soñáis con tener… Si fuerais muy justos de dinero, ¿de qué cosas podríais prescindir y de qué no?
  • La organización. Hablad sin tapujos de cómo os gustaría organizaros en materia de dinero, de cuentas corrientes, de gastos, de propiedades…
  • ¿Y si nos separamos? Comentar esta eventualidad no es "llamar al mal tiempo". Al contrario, haberlo hablado desde un inicio facilita que, dado el caso, se puedan tomar decisiones más templadas.

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Por último, estos cinco consejos ayudarán a que la pareja mantenga una visión positiva y se comunique de forma más eficiente:

  1. Aprende a apreciar lo que tienes en lugar de amargarte inútilmente por todo aquello que no está a tu alcance.
  2. Respeta escrupulosamente los acuerdos sobre el modo de emplear el dinero a los que habéis llegado y evita las estrategias "bajo mano".
  3. Si no lo acabas de ver claro, vuélvelo a hablar sin ambages.
  4. Comprende cuáles son los mensajes respecto al dinero que tu pareja recibió en la infancia. Habla, negocia y deshaz malentendidos desde la misma actitud de respeto hacia sus condicionantes que pides para ti.
  5. Date cuenta de cómo tu pareja contribuye a que tú puedas disfrutar de lo que tienes. Aprende a agradecer lo que ella te aporta.

Para saber más

  • Dinero y pareja; Bernard Prieur y Sophie Guillou, Ed. Urano
  • Basta de pelearse por dinero; Corinne Sweet, Ed. DeBolsillo

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