Abusos médicos

Violencia obstétrica: devolver el embarazo y el parto a la madre y al bebé

Existe una forma de violencia ejercida por parte de la institución médica durante el embarazo y el parto sobre el cuerpo de las mujeres, que son desposeídas del poder de decidir.

Brigitte Vasallo

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Una de las series de moda, El cuento de la criada, basado en el maravilloso libro homónimo de Margaret Atwood, retrata un mundo donde la natalidad ha caído hasta un límite en que la supervivencia misma de la especie humana está en peligro. Para poner solución drástica a este desastre, un grupo de ideología fascista basada en una lectura perversa de la Biblia instaura la dictadura en una parte de Estados Unidos que denominará Gilead.

En ella, las mujeres de “mala vida”, esto es, divorciadas, lesbianas, madres solteras… son entregadas a familias pudientes para que ejerzan de “criadas”. Es decir, para ser violadas por los maridos en un ritual que trata de dignificar esa violación, y para incubar, literalmente, las criaturas que tendrán que entregar a dicha pareja.

¿Estamos viviendo ya en El cuento de la criada?

Las denominadas distopías, retratos de una sociedad violenta donde la lucha apunta hacia la supervivencia misma, son obras que nos permiten desnaturalizar dinámicas que están presentes en nuestra sociedad de manera tan habitual que se vuelven invisibles. Ante el trabajo de ficción de Margaret Atwood nos podemos preguntar cuánto de esto está ya sucediendo, ahora y aquí.

El embarazo y el parto son procesos poco menos que problemáticos hoy. O, mejor, problematizados hasta la saciedad.

Algo que debería ser una experiencia voluntaria, deseada y natural que contase con todo el apoyo social se ha convertido en un “suceso” mediado por leyes, opiniones, morales y dinámicas a menudo contradictorias entre sí, que sitúan la cuestión de la reproducción en el centro de un huracán de difícil solución.

Embarazo y parto en nuestras sociedades

Desde leyes contra el aborto, que eliminan no solo la voluntariedad del embarazo sino que ponen en riesgo y, de facto, acaban con la vida de miles de mujeres en el mundo que se ven abocadas a abortos clandestinos, hasta las resistencias empresariales para contratar mujeres en edad reproductora, lo que obliga a escoger entre reproducción y solvencia económica (si es que hay espacio para la elección), pasando por la restricción al acceso a la reproducción asistida para lesbianas o por las crianzas tan solitarias que se realizan en buena parte del mundo, donde la comunidad ha quedado fragmentada en individuos o, como mucho, parejas, sin apenas red de apoyo.

En qué consiste la violencia obstétrica

En medio de toda esta cuestión se sitúa también una forma de violencia que denuncian, desde hace años, los movimientos feministas entre otros: la violencia obstétrica. Esta se entiende como una forma de violencia ejercida por parte de la institución médica durante el embarazo y el parto sobre el cuerpo de las mujeres y de los hombres trans que pasan por dichos procesos, que sufren, además, violencia tránsfoba. Este entramado forma parte de la violencia machista y de las derivas perversas de un capitalismo que aplica una cronología a los ciclos de la vida que no se corresponde con las necesidades de la vida misma sino con los índices de beneficios y gastos del mercado.

Esas prácticas se concretan en procesos de desposesión de las mujeres del poder de decidir sobre su embarazo y su parto, en el que dejan de ser las protagonistas para pasar a ser un objeto, con la aplicación de procesos y técnicas invasivas e incluso de riesgo, los protocolos poco naturales así como la desatención, burlas o invasión de la intimidad de las mujeres durante el embarazo y durante el parto.

Las mujeres, en el parto, dejan de ser las protagonistas con la aplicación de técnicas invasivas y protocolos poco naturales.

Ejemplos de ello son la altísima tasa de cesáreas, que en el Estado español llega al 25% de los nacimientos, una cifra muy por encima de la recomendada por la OMS, la alteración de los ritmos naturales y necesarios del parto por la inyección indiscriminada de oxitocina para acelerar el proceso sin el expreso conocimiento por parte de las mujeres de otras alternativas, o el uso de las denominadas “mesas de parto”, las habituales camillas horizontales donde las mujeres tienen que pasar su parto sin poder moverse y en una postura que dificulta enormemente la expulsión, si bien facilita la comodidad del personal médico. Solo hace falta preguntar en nuestro entorno y las historias de malas experiencias durante el parto que poco tuvieron que ver con el parto en sí se multiplican.

Se le debe respeto tanto a quien está dando a luz, como al bebé que está naciendo y también a todo su entorno.

La violencia obstétrica también incluye a la criatura en el momento de su nacimiento, a la que se aplican procesos que podemos calificar de “adultocéntricos”, es decir, que aplican la mirada de adulta sin tener en cuenta las necesidades de la criatura, que también son, en el momento del nacimiento, necesidades afectivas y de apego a la madre.

¿Se puede dar marcha atrás y desmedicalizar el embarazo y el parto?

Lo que no podemos negar es que las tasas de mortalidad infantil y materna han disminuido de manera drástica con la implantación de protocolos médicos en el embarazo y el parto, pero hay una parte negativa: la extrema institucionalización de este proceso nos ha llevado por una deriva de cosificación casi industrial de los cuerpos que necesita ser revisada urgentemente para devolver al proceso voluntario de embarazo y al parto su función natural y recuperar la experiencia de un proceso natural que debe ser acompañado de una manera lo más respetuosa posible.

El ensayo imprescindible Calibán y la bruja, de Silvia Federici, recoge la historia de la que ha sido denominada “caza de brujas” y que no fue otra cosa que un gran genocidio de mujeres en Europa entre los siglos XV y XVII bajo la acusación de brujería.

Estas mujeres, representadas hasta hoy en día como viejas (en sentido negativo), despiadadas y temibles, eran en realidad parteras, curanderas y mujeres que conocían el arte de las plantas y la sanación a través de ellas, que asistían a los embarazos y que practicaban abortos y transmitían un conocimiento basado en siglos de experiencia a sus hijas y nietas.

El nacimiento de la ginecología moderna

En memoria de Anarcha, Betsy y Lucy.

Con su desaparición se perdió todo un conocimiento ancestral que pasó a transmitirse, bajo el signo de la ciencia, en las universidades donde las mujeres estaban vetadas. En España no tuvimos acceso a las universidades hasta 1910, hace tan solo un siglo. Los hombres, por lo tanto, pasaron a ser la voz experta de un proceso que no conocían de manera directa, y las mujeres pasaron a ser objetos pasivos de su propio embarazo y parto.

La ginecología moderna, por otro lado, reconoce como “padre” al médico estadounidense James Marion Sims, que asentó las bases de esta ciencia practicando operaciones en vivo, sin anestesia y sin su consentimiento en mujeres negras esclavizadas de las que conservamos solo tres nombres: Anarcha Westcott, Betsy y Lucy.

A pesar de los enormes sufrimientos que todas ellas debieron resistir, su memoria se ha perdido y los conocimientos extraídos de su tortura se aplicaron para sanar a mujeres blancas. En abril de 2018, la ciudad de Nueva York retiró su estatua del espacio público.

Solo hace un siglo que las mujeres tuvimos acceso a la universidad. Los hombres eran los expertos en el proceso del parto y nosotras, los objetos pasivos.

En la actualidad seguimos hablando de violencia etno-obstétrica, que es la que sufren mujeres víctimas del racismo en procesos de embarazo y parto. Cuando varias discriminaciones confluyen en una sola experiencia hablamos de situación de intersección, que acentúa cada una de las violencias al entrar en contacto con otra.

En Europa, un ejemplo sangrante es el trato que reciben las mujeres gitanas, que incluye esterilizaciones forzosas pero también dificultad en el acceso a la atención médica y al acompañamiento posparto, así como la vigilancia específica por parte de los servicios sociales en procesos que en absoluto serían vigilados o cuestionados en familias payas.

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