Confianza en uno mismo

5 maneras de aumentar la autoconfianza

Chistophe André. Médico psiquiatra

Creer en uno mismo es confiar en que los propios recursos son suficientes para perseguir nuestros objetivos. Es saber que tenemos probabilidades de éxito pero que, en caso de no lograrlo, superaremos el fracaso. Y, sobre todo, confiar es valorarnos por lo que somos, al margen de los resultados.

La confianza es un factor importante de resistencia: nos permite relativizar y amortizar el impacto de los fracasos. Tener confianza no significa ser insensibles a la adversidad, ni dejar de dudar para siempre sino, simplemente, mostrarnos capaces de hacer un buen uso de esas experiencias.

Tener confianza es sufrir por el fracaso –es normal que nos provoque desdicha– sin destruirnos: fracasar no debe dejarnos abatidos ni hacer que nos castiguemos. si confío en mí, seré capaz de distinguir entre mi valor y mis realizaciones: por el hecho de fracasar no soy un inútil.Y al revés: el hecho de triunfar no me convierte en un genio.

Para aumentar la confianza en nosotros mismos:

Confiar en uno mismo no es tener la certeza de alcanzar nuestro objetivo sino la de haber hecho todo lo posible para conseguirlo. Para lograr ese objetivo:

  • Trabajar duro

Entrenarnos, prepararnos para progresar en el campo en el que deseamos tener éxito. Como decía un célebre golfista: “Cuanto más me entreno, más suerte tengo”. Lo mismo sucede con la confianza: nos llegará más fácilmente si hemos estudiado durante to do el curso –en caso de ser estudiantes–, preparado nuestro informe –si somos empleados–, reflexionado en lo que queríamos decir en una entrevista de trabajo –si lo estamos buscando–.

  • Acallar la crítica interior

Es esa vocecilla que repite sin cesar: “no lo conseguirás, esto no es para ti, renuncia…”. Cuidado, la crítica interior generalmente intenta camuflarse haciéndose pasar por lucidez; es decir, maquillando apreciaciones subjetivas (“me he sentido ridículo durante la charla que acabo de dar”) en verdades absolutas (“He estado ridículo delante de todo el mundo”).

Un buen ejercicio de lucha consiste, pues, en reformular sistemáticamente los propios pensamientos a partir de tres preguntas:

  1. ¿Cuáles son los hechos? (“He dado mi char la en un estado de nerviosismo importante.”)
  2. ¿Cuáles son mis apreciaciones sobre estos hechos? (“Creo que mi nerviosismo se ha notado y ha alterado la calidad de mi exposición, y que se me ha juzgado negativamente.”)
  3. ¿Qué fundamentos tengo para pensar de esa forma? (“Vaya, si en realidad no he pedido la opinión a nadie: ¡tenía mucha vergüenza y estaba seguro de haberlo hecho fatal!”).
  • Pedir regularmente la opinión a los más allegados

Pidamos opinión en vez de plantearnos nosotros mismos las preguntas y las respuestas, diciéndonos: “¿Lo he hecho bien? No, he estado patético, no me atreveré nunca más a exponerme de esa forma…”. Sean cuales sean las críticas que podamos recibir, jamás serán tan negativas como las que somos capaces de dirigirnos nosotros. Y, a menudo, serán más interesantes.

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  • Ser el mejor amigo de uno mismo

Es fundamental que modifiquemos la relación que mantenemos con nosotros mismos, aumentando la tolerancia y la benevolencia. No nos presionemos continuamente y admitamos que no somos perfectos, que no siempre tenemos algo inteligente que decir o algo admirable que hacer… Se trata de mantener una relación amistosa con nosotros mismos, una relación hecha a la vez de tolerancia, siempre, y de exigencia, a veces –y no en la pro porción inversa–.

Una buena confianza en sí mismo significa simplemente tratarnos como trataríamos a nuestro mejor amigo: con franqueza y amabilidad. A un amigo que ha fracasado no le decimos: “eres un inútil, habría sido mejor que no hubieras actuado”.

Sabemos que eso sería a la vez falso, injusto y desmotivador. Y, sin embargo, es así como se hablan a sí mismas muchas personas.

  • Aceptar la idea de fracaso

Hay que encontrar el término medio entre la negación del fracaso (“Sería una catástrofe, todo menos eso...”), que nos somete a una presión excesiva, y la duda obsesiva (“no lo voy a con seguir, me voy a derrumbar…”), que nos hará perder nuestras capacidades. aceptar el fracaso es prever que puede llegar y, si ello su cede, comprender que sobreviviremos.Y tras aceptar la posibilidad, lanzarnos al ruedo para evitar que llegue por sorpresa.

A fin de aumentar nuestra tolerancia al fracaso, esta es la solución: forzarnos a actuar más a menudo para disponer de una cantidad de datos suficiente antes de juzgar. Si solo abordamos a una persona en la calle para preguntarle la hora y resulta que es desagradable, concluiremos que esta gestión está condenada al fracaso.

Pero si nos obligamos a abordar a diez personas, percibiremos entonces –o al menos eso sería lo normal– que funciona bien ocho veces de cada diez. La ley de las series es favorable a la confianza en uno mismo.

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  • Dejar de confundir valor y actuación

Conviene evitar depender continuamente de la aprobación de los demás o de la consecución de un objetivo u otro. No perdemos nuestro valor por ser me nos queridos o por haber fallado en algo. Ni el éxito ni el fracaso revelan la verdad de quienes somos. La vida no es solo una historia de éxitos o de fracasos, es también todo lo que hay paralelamente, fuera de competiciones y comparaciones.

Como dice el adagio zen: “Quien consigue su objetivo se pierde todo lo demás”.

Confiemos, hagamos cuanto podamos y, luego, olvidémonos de todo ello y volvamos a vivir, simplemente, para no perdernos todo lo demás.

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