Testimonio real

Agotamiento mental y depresión: cómo puede ayudar la terapia psicológica

Uno de las características más demoledoras de la depresión es el agotamiento mental que lleva aparejado. Te cuento el caso de Marta y cómo trabajamos en terapia para que pudiera salir de este estado de apatía y agotamiento extremos.

Ramón Soler
Ramón Soler

Psicólogo

La depresión es uno de los problemas más complejos de la psicología y la psiquiatría actuales. Existen muchos tipos y expresiones distintas de depresión. Sin embargo, aunque se puede llegar a ella por una historia y unos motivos muy diferentes, algunas de las personas que la padecen presentan un rasgo común: un agotamiento mental extremo mantenido en el tiempo.

Los pacientes con depresión que llegan a mi consulta de psicología a menudo hablan del agotamiento mental que sufren y lo describen como una sensación de que la mente se queda sin energía, que se bloquea y es incapaz de seguir adelante.

La mayoría de estas personas relatan historias de una elevada atención al exterior y a los demás, unida a un escaso cuidado de uno mismo. Suelen ser personas que, para que todos los de su alrededor se encuentren bien, han dedicado mucho tiempo y energía a cuidar a los otros. Esta dedicación extrema, les lleva, incluso, a reprimir sus propias emociones e inquietudes para que los demás estén a gusto o no se enfaden.

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Este esfuerzo hacia los demás requiere mucha energía y, aunque el ser humano es muy resistente, todo el mundo tiene una capacidad limitada.

Poco a poco, la mente se va desgastando. Con el paso del tiempo, la barra de energía se agota —como la de los personajes de los videojuegos— y, finalmente, caemos al suelo agotados y derrotados. La tristeza, la desesperanza y el agotamiento se apoderan de la mente y esta es incapaz de seguir tirando del cuerpo.

A una persona que se encuentra en este estado no le sirven las palabras de ánimo que se suelen decir: “en la vida hay muchas cosas bonitas” o “anímate y sal a la calle”. La persona ya sabe lo que necesita y lo que le gustaría hacer, nadie tiene que decírselo, pero no puede hacerlo porque su mente se ha quedado sin energía.

Es difícil imaginar este tipo de agotamiento si no se ha vivido. La idea general que tenemos de cansancio es de una bajada de energía que se recupera con unas horas de sueño, pero estamos hablando de una pérdida de energía vital, de la esperanza y de la ilusión. En casos extremos, la persona pierde las ganas de vivir y puede llegar a pensar en el suicidio como una forma radical de escapar del sufrimiento.

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Marta, de 55 años, llegó a mi consulta agotada. Hacía unos meses su mente le había dicho “basta”. En su primera sesión, me contó que ya no podía más, que había perdido las ganas y la ilusión por hacer cualquier cosa: “no tengo esperanza”, me dijo. “Es como si ya no pudiera hacer nada en la vida. No tengo ni fuerza, ni ilusión, ni esperanza”.

A Marta solo le apetecía quedarse en la cama y dejar que pasara el día. No tenía fuerzas ni ganas para nada más.

Según fuimos viendo en su terapia, Marta, la mayor de cuatro hermanas, casi no tuvo tiempo de ser niña. Su padre murió cuando ella tenía 10 años, por lo que tuvo que ocuparse de sus tres hermanas menores y de las tareas del hogar, mientras su madre, para poder sacar adelante a la familia, se pasaba trabajando todo el día fuera de casa.

Marta cuidaba de sus hermanas pequeñas, compraba la comida, pagaba las facturas, cocinaba y limpiaba.

Más adelante, Marta se casó joven. Su marido tenía una profesión que le hacía estar muchos días fuera de casa y, cuando volvía, nunca no le apoya ni se preocupa por ella.

Marta, una vez más, tuvo que encargarse sola de la crianza de los hijos y de todas las tareas de la casa. Al igual que de pequeña, se ocupaba de todos y de todo, pero nadie la cuidaba a ella ni tenía en cuenta sus sentimientos o emociones.

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En este tipo de casos, donde la persona ha ido acumulando su agotamiento desde la infancia, sería absurdo pretender grandes cambios en unos pocos días. Se debe trabajar con paciencia para reprogramar estas ideas tóxicas de reprimir y sacrificar el propio Yo para que los demás estén bien o no se enfaden.

En el caso de Marta, gran parte de nuestro trabajo se centró en dirigir la mirada hacia el interior para conectar con sus aspectos reprimidos, aquellos que no pudo expresar ni desarrollar durante su infancia. Fue dándole lugar a sus emociones y a sus deseos; los protegió y los cuidó para que pudieran crecer y expresarse.

Marta comprendió que no merecía la pena esforzarse por contentar a los demás, si eso suponía olvidarse de sí misma y llegar al agotamiento mental. Tras haber llegado casi a perder su propia vida, decidió ocuparse de sí misma y comenzar a cuidarse.

Poco a poco, dejó de mirar tanto hacia fuera, a los demás y a sus opiniones, y comenzó a escuchar las suyas propias. Cuanto más cuidaba su mundo emocional, más energía sentía, más esperanza e ilusión por hacer cosas.

En terapia, se produjo un cambio fundamental en Marta, por primera vez en su vida pudo enfocar su energía en hacer lo que ella necesitaba y deseaba, no lo que deseaban los demás.

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