Entrevista con Beatriz Calvo Villoria

"La crisis ecológica es una crisis espiritual"

Beatriz Calvo es periodista y activista. Su misión es hacer lo posible para que el ser humano recupere la conexión espiritual con la naturaleza, con Gaia. Dirige Ariadna TV, un canal de comunicación en el que realizar entrevistas en profundidad a representantes de tradiciones espirituales de todo el mundo.

Gema Salgado
Gema Salgado

Periodista especializada en salud mental

Beatriz Calvo Villoria es licenciada en Ciencias de la Información (Periodismo) por la Universidad Complutense de Madrid. Amante de la naturaleza y del arte de juntar palabras como motor de conocimiento y evolución, ha contribuido a difundir información de calado sobre medioambiente en Agenda Viva, uno de los proyectos de comunicación de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente; es impulsora de Amalur, una propuesta de vivienda colaborativa rural en el Valle de Baztan (Navarra) y hace unos años se embarcó en poner en marcha Ariadna TV, un canal de comunicación en el que se puede disfrutar de entrevistas en profundidad con representantes de tradiciones espirituales de todo el mundo. Hablamos con ella de su experiencia vital en estos momentos de gran transformación para la humanidad.

–Como mucha gente que cree que un mundo más sostenible y altruista es posible, tú y otras familias pusisteis en marcha Amalur, un proyecto de vivienda colaborativa en los montes de Navarra. ¿Cómo surgió?
–Esto surgió con el primer confinamiento. Yo vivía entonces en Ávila y bajaba a Madrid, donde tenía un centro de meditación y un canal de televisión, Ariadna TV, con patrocinadores y mecenas como la Fundación Kairós, la Fundación Ananta… había mucha gente apoyando este canal de comunicación, un poco fuera de los formatos convencionales, y de repente, de la noche a la mañana, todo desapareció con las medidas del estado de alarma, que según el Tribunal Constitucional fue inconstitucional, y que generaron una gran crisis personal y laboral para mucha gente. Yo soy una de ellas. En ese momento me planteo: ¿Qué hacemos? Veo que el sistema está avanzando hacia su propia caída, tal como se desmoronaron otros imperios, y me acordaba del surgimiento del monacato, en el que una comunidad de gente con una búsqueda espiritual sincera, se fueron a vivir en la naturaleza mientras las ciudades desaparecían por su propia decadencia.

El proyecto Amalur puede servir de ejemplo a otras personas que quisieran construir una transición hacia otros modelos de vivir, de habitar la tierra, de construir y de relacionarse con los elementos.

–Tú ya tenías la experiencia de vivir en la naturaleza…
–Sí, yo siempre he vivido en la naturaleza formando grupos comunitarios, proyectos agroecológicos de vuelta a la tierra, teniendo en cuenta la dimensión sagrada y espiritual que tiene ese regreso. Tengo unos cuatro o cinco proyectos en mi espalda, en mi vida y en mi corazón, y pensé en uno nuevo que pudiera servir de ejemplo también para otras personas que quisieran construir una transición hacia otros modelos de vivir, de habitar la tierra, de construir, de relacionarse con los elementos… Todas las facetas de lo humano vistas desde una perspectiva en que la vida sana y espiritual estuviera muy clara. Comenzamos a buscar con una amiga que era mecenas de Ariadna TV, Rosa Martos, que tiene un proyecto muy bonito, Salud Viva, relacionado con los superalimentos, y me dijo: «Mira, yo quiero poner en marcha una ecoaldea, llevo toda la vida con ese sueño y creo que puede ser el momento». Así que juntamos dos voluntades y empezamos a mirar territorios, y vimos que el norte tenía un privilegio respecto al este y al sur, que es la abundancia de agua y que hay una cultura rural que no ha desaparecido del todo. Miramos por Cantabria, que es mi tierra, por Asturias…

–Y llegasteis al Valle de Baztan…
Sí, Rosa lo había visitado alguna vez en primavera, es un lugar muy hermoso, y entonces empezamos a mirar y encontramos un caserío muy grande de 800 metros y 11 hectáreas de terreno, con prados y bosques y alejado del pueblo más próximo unos 12 minutos; lo suficiente para sentir que podíamos iniciar una vida inmersas en la naturaleza. Las dos somos Aries, el impulso forma parte de nosotras, así que nos lanzamos y en unos meses, en Junio, ya estaba comprado el lugar y nos fuimos a vivir. Nos empadronamos en Elizondo y comenzamos el proyecto de construir una escuela de salud y de semillas de transición, que luego desarrollaríamos con un proyecto interno de vivienda colaborativa.

–¿En qué fase estáis?
Pues hemos estado un año y pico trabajando en situaciones muy adversas, porque la pandemia ha puesto muchos obstáculos a los gremios, debido al confinamiento, pero al final lo hemos conseguido. Estamos a dos meses de cerrar toda la obra y vamos a descansar un tiempo, porque ha sido un esfuerzo ímprobo. Además, el clima también nos ha preparado una sorpresa que no esperábamos. Es un clima muy intenso, muy lluvioso, muy húmedo y nos está costando la adaptación. Que un territorio te acepte es un proceso iniciático, porque los territorios tienen alma. Los bosques tienen su espíritu y te miden y tú te mides con ellos y buscas la identidad…

Entonces, estamos en el punto de cerrar la obra y nos tocaría la segunda parte, que es empezar el bosque comestible, la huerta. Y tenemos que esperar a que llegue la gente, porque en el proceso, por todo lo que ha sucedido, varias de las personas que desde el principio iban a apoyar, se fueron bajando del carro por circunstancias personales. Ahora estamos Rosa y yo, nadie más. Descansaremos en invierno y volveremos en primavera a buscar a las personas que quieran formar parte del proyecto, y si no aparece nadie, ya veremos si hay que pasarle el testigo a otro grupo que ya esté conformado y que quiera montar una vivienda colaborativa sin pasar por el sufrimiento de construirla, u otro tipo de proyecto.

–Porque vuestra idea era hacer una comunidad autogestionada; es decir, producir vuestros propios alimentos, vuestra propia energía…
–El modelo es el de una vivienda colaborativa y se basa en una cooperativa de viviendas que compra una propiedad, en este caso la que compró Rosa y que hemos rehabilitado. Las personas que quieren formar parte del proyecto hacen una aportación de capital social a la cooperativa y luego pagan una cuota al mes por uno de los apartamentos o unidades familiares, que en este caso son 6 apartamentos dentro de un caserío de 800 metros. Luego hay una parte colectiva de 250 metros. Cada socio de la cooperativa tiene el uso privativo de su espacio individual, con su cocina, su cuarto, su baño, por si acaso tiene una época en la que no le apetece convivencia y colectividad, pero tiene el uso común de los 250 metros, con acceso a lavandería, despensa, una sala polivalente para cursos de formación, un espacio para voluntarios, ya que tenemos varias universidades interesadas en mandarnos gente…y 11 hectáreas para desarrollar un proyecto agroecológico. Se trata de tejer redes convivenciales de ayuda mutua.

Todo ser humano tiene derecho a comer dignamente, sin pesticidas ni transgénicos en su plato, y el único modelo que puede dar respuesta al monopolio de la agroindustria alimentaria es tener tu propia unidad de subsistencia.

–Si en primavera podéis seguir con el proyecto, otra fase sería crear una unidad de soberanía alimentaria, mediante permacultura, verdad?
–Sí, vemos que todo el sistema de la industria alimentaria ha pervertido el derecho que todo ser humano tiene a comer dignamente, sin pesticidas ni transgénicos en su plato, y el único modelo que puede dar respuesta al monopolio de la agroindustria alimentaria es tener tu propia unidad de subsistencia. Recuperar las economías rurales de subsistencia quitándole el concepto negativo que hay sobre subsistir y comer lo que necesitas y cultivar cosas frescas de temporada, cogidas de la tierra con los nutrientes que tu cuerpo precisa. La idea es hacer un proyecto de permacultura y agricultura regenerativa en el que se incluya el uso de la ganadería avícola. Vamos a usar las gallinas para generar compost; rumiantes, para que vayan limpiando, utillizar también ese compost para devolver fertilidad a la tierra y todos los principios propios de la permacultura, que no es más que el sentido común de cómo funcionan los ecosistemas naturales, como los bosques, implementados con la ciencia de vanguardia en agroecología, que se ha dado cuenta de la relación de interdependencia que hay entre todos los reinos.

–¿Contáis con cabaña animal, entonces?
–La ganadería, no como sacrificio, sino como compañeros de viaje, es absolutamente esencial, porque sus deposiciones son compost, son vida y fertilidad, aportan microorganismos necesarios a la tierra. Los rumiantes, además, limpian los bosques impidiendo que la maleza avance, permitiendo a la vez plantar, entonces cumplen una función esencial y para las personas que no siguen una filosofía vegana, el aporte de proteína que puede suponer un huevo de gallina es una bendición, o queso de cabra, o mantequilla…Te permite tener recursos para mantener una variabilidad mínima en tu alimentación.

–Queréis contar con una escuela de salud y una escuela de semillas de transición. ¿En qué consisten exactamente?
–La escuela de salud es porque Rosa y yo somos profesoras de chikung. Yo soy profesora de meditación, también. Rosa tiene formación en medicina energética y farmacopea china, formaciones que ha complementado con otras medicinas, llamémoslas holísticas. Enfocamos la salud desde la perspectiva de la Medicina Tradicional China o la hindú, con el Ayurveda, donde el ser humano está integrado por tres planos de existencia: el cuerpo, la mente y el espíritu. Si no das de comer a cada uno de los ámbitos que conforma tu ser, entras en desequilibrio, ese es el origen de la enfermedad, según la Medicina Tradicional China. La idea es que la gente que se acerque al lugar por propuestas formativas o simplemente los voluntarios que quieran venir a vivir durante unos meses, tengan una escuela de salud. Que desde la mañana, eligiendo los elementos que conforman un buen desayuno, en el cuidado de la tierra, en el cuidado del cuerpo con una buena práctica energética por la mañana y por la tarde; en una práctica de silenciamiento y de mirada contemplativa, aprendiendo a meditar con el corazón… Esto forma parte de lo que será la escuela de salud.

¿Y las semillas de transición?
Viendo que estamos en un proceso de transición, Amalur y muchos otros proyectos que surgirán si el imperio cae, si se colapsa la energía o si se colapsa el modelo económico, mucha gente podría con modelos como este generar ejemplos para que otras personas hagan lo mismo y den lugar a un nuevo cuerpo social, con una nueva manera de relacionarse con la tierra, con uno mismo, con el prójimo, con los animales que conviven con nosotros y que no son cosas, sino seres con su propio espíritu y sus propios derechos, que merecen ser tratados con dignidad en este viaje que es la vida. La idea de las semillas de transición es meter en el imaginario de la gente que se acerque, esas semillas de cómo se transita hacia otros modelos de vida que es absolutamente necesario que sean sostenidos por una intergeneracionalidad. La gente mayor podemos aportar la visión y la experiencia, mientras que la gente joven puede poner la fuerza y las ganas de salirse de un sistema que ha dejado arrinconada su esperanza en el futuro.

¿Qué le dirías a las personas que tienen el pensamiento de volver a la naturaleza pero no se atreven a dar el paso?
Que cultiven el coraje, y para cultivar el coraje hay que encontrar el centro de uno mismo. Para ello, cualquier práctica de yoga, de meditación, de chikung, oración… que te puedan llevar a ese lugar donde toda fortaleza existe, donde toda la verdad y la bondad existen, sería el paso previo. Hay que fortalecerse internamente con un buen eje, con una buena relación con uno mismo, porque dar este paso es para valientes y necesitas la fuerza que viene del espíritu, porque dar este paso plantea muchas dudas, es ir a contracorriente…

Creo que puede haber una vuelta al campo con proyectos agroecológicos basados en la economía real, que es la economía de la tierra, del comer y luego se desarrolla todo lo demás.

En una España rural despoblada que necesita savia nueva, yo creo que puede haber una vuelta al campo con proyectos agroecológicos basados en la economía real, que es la economía de la tierra, del comer y luego se desarrolla todo lo demás. Los que podamos o queramos una vida más sencilla vinculada a la madre tierra, volvamos a los pueblos, a las aldeas. Recuperemos las agriculturas regenerativas. Recuperemos y devolvámosle a la tierra toda esa fertilidad que le pertenece, arraigados como árboles, protectores del territorio.

–Durante un tiempo estuviste vinculada a la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente. Eras redactora-jefe de una revista de dicha fundación y obtuviste el Premio Nacional de Periodismo Ambiental, otorgado por la Fundación Doñana. ¿Qué recuerdas de esa experiencia y qué aprendiste del legado de Félix?
–Para mí fue como encontrarme con la dimensión chamánica de Félix Rodríguez de la Fuente, que a través de la palabra nos hipnotizaba ante el televisor. Mi primer reportaje, sobre el legado de Félix, fue como una transmisión espiritual y Odile, su hija, confió mucho en mí, porque yo vivía en el monte, en la Sierra de Gata, en Extremadura y le dije: «Mira, la revista me gustaría hacerla desde el campo, porque si queremos hablar de la naturaleza, hay que vivir en la naturaleza». Fue muy hermosa, Odile, y me dio la oportunidad de llevar la revista durante un tiempo como yo quería. Nos dieron los premios BioCultura por la trayectoria de la revista Agenda Viva, y de la Fundación Doñana por un artículo sobre la capacidad de implementar la tecnología respetando las leyes de la naturaleza. Mi línea editorial se basaba en contar que la crisis ecológica es una crisis espiritual, sistémica, una crisis de desconexión del ser humano con su corazón. Es una crisis de incapacidad, al no estar conectados con el propio corazón, de conectar con el corazón de Gaia. Fueron ocho años maravillosos, muy benditos, en Acebo, en la Sierra de Gata. Crecí como comunicadora, como periodista y como persona y siempre le agradeceré a Odile y a Félix por permitirme recuperar ese legado de comunicar con pasión que hay que salir de esta Matrix.

–A través de Ariadna TV se pueden seguir tus entrevistas mensuales que dan voz a todas las tradiciones sapienciales del planeta, con personajes tan relevantes como Pablo d’Ors, Agustín Pániker, Alan Walace… en total, más de un centenar de buenas ideas y formas de ver el mundo. ¿Sigue en marcha este proyecto?
–Durante el confinamiento, todos mis mecenas, como te decía al principio, me abandonaron y lo que hice es dejar la televisión en barbecho, aunque seguí haciendo algunas editoriales en las que reflexionaba sobre los problemas del momento: energéticos, políticos… He esperado a acabar Amalur y ahora una nueva mecenas de un centro de Teruel me ha hecho un pequeño ingreso para que siga con las entrevistas con un nuevo tema: La verdadera medicina. Estoy buscando ahora a la persona adecuada y voy a retomar Ariadna TV con una entrevista, no sé si a Karmelo Bikcarra, de Navarra o alguien de Catalunya, quizás a Pedro Ródenas, Teresa Forcades…También queremos hacer nuevas secciones sobre cómo se recupera la salud a partir de los alimentos y ojalá pudiéramos recuperar a nuestros antiguos mecenas o a gente que se sume a nuestro proyecto.

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