Reconectar con la naturaleza

9 experiencias para disfrutar del bosque en otoño

El bosque en otoño se convierte en un espacio privilegiado donde ir en busca de serenidad y equilibrio. Te proponemos actividades para aprovechar tu excusión.

Jordi cebrián
Jordi Cebrián

Periodista especializado en plantas medicinales y ecología

En otoño, el bosque caducifolio con su fascinante gama de colores es un ámbito ideal para pasear agradeciendo la belleza del entorno.

Nuestros antepasados acudían al bosque para cosechar sus frutos y recursos, como la leña, cuyas llamas permitían calentarse y congregarse para compartir alimentos, relatos, festejos y confidencias.

Es ahora en otoño, mientras el bosque se prepara en silencio para asumir un largo reposo invernal, cuando también nosotros disponemos de una buena ocasión para hacer nuestro personal acopio de ideas y promesas, reordenar nuestros pensamientos, replantear nuestras metas y objetivos, valorar nuestra trayectoria y las relaciones que hemos cultivado durante los meses de luz, sacando las oportunas conclusiones.

La península Ibérica, al menos en su tercio norte y en las cordilleras del resto, es eminentemente forestal, por tanto los bosques están a nuestro alcance en casi cualquier lugar a poco que nos distanciemos de las ciudades.

Pero, ¿aprovechamos esa cercanía? Aquí ofrecemos 7 ideas para disfrutarla.

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1. Descubrir un universo en cada hoja

Vestidas con los colores de gala del otoño –amarillos, dorados, anaranjados, ocres, rojos, pardos...– las hojas de los árboles cautivan la mirada.

Una opción es prensarlas con papel absorbente y algún tipo de prensa de malla fuerte o aglomerado. Para ello se pone papel de diario en el fondo de la prensa y se cubre con dos o tres capas de papel absorbente, sobre el que se depositan las hojas.

A las dos o tres semanas ya suelen estar listas para ser coleccionadas en un bloc o expuestas en un cuadro.

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2. Saborear el silencio

Como dice un proverbio hindú, "cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio". Ya Shakespeare advertía que "ser rey de tu silencio es mejor que ser esclavo de tus palabras", y Friedrich Nietzsche aún iba más allá y decía que "el camino a todas las cosas grandes pasa por el silencio".

Con todo ello se expresa el valor incontestable del silencio como marco para la reflexión y la creatividad.

El bosque, tanto en otoño como en las otras estaciones, nos brinda una oportunidad segura de silencio, a poco que nos alejemos de los caminos más trillados.

Pero se trata de un silencio capaz de integrar, sin romperse, el crujir de la hojarasca, el aleteo de un ave que se aleja de repente o el rechinar de la madera de los árboles más maduros al recibir una bocanada de viento otoñal.

El silencio del bosque crea un santuario donde todos los sonidos de la naturaleza tienen cabida, y que resulta propicio para captar nuestro vínculo con la energía que brota del subsuelo y que asciende por el ramaje de los árboles hacia el cielo.

El requisito básico para disfrutarlo es una actitud receptiva, serena, de quietud y "escucha" literal.

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3. Limpiar un paraje boscoso

 

El otoño es un buen momento para devolver al bosque lo que nos ha concedido durante todo el año. Y una manera muy efectiva de lograrlo es no solo no ensuciarlo, sino liberarlo de rastros indeseables, resultado de la presencia humana descuidada en sus caminos, veredas y áreas de picnic o acampada.

Equipados con sacos de plástico y guantes, y acaso con una pala, pueden dedicarse unas horas a limpiar una zona determinada de un bosque que se frecuente o por el que se sienta un aprecio especial.

Será sin duda una experiencia pedagógica muy recomendable, que se puede hacer en grupo y también con niños.

Sorprenderá sin duda la cantidad y variedad de objetos que pueden llegar a retirarse, desde las omnipresentes latas, botellas y bolsas, a otras insólitas como sombrillas, transistores o inodoros. El bosque lo agradecerá a ojos vistas.

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4. Sumirse en la niebla

El bosque atesora mucha humedad, que en los días más calmos de viento en otoño se manifiesta con la presencia de una niebla más o menos espesa flotando en el paisaje. Para muchos, la más mínima posibilidad de niebla es razón suficiente para no moverse de casa.

Pero un día con niebla no es un día perdido, más bien al contrario. Decidir adentrarse en el bosque en una jornada de niebla densa, procurando, claro está, no extraviarse, es una experiencia que aporta serenidad y plenitud a quien lo prueba.

El paisaje se transfigura, detalles cercanos cautivan la mirada, y hasta los sonidos parecen atenuarse en ese manto acolchado que late sobre la tierra. ¡Toda una experiencia para los sentidos!

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5. Dejarse llevar por la pasión por las setas

En estas semanas de otoño, una multitud de personas acude a los bosques en busca de los codiciados hongos. Es casi un ritual y un reto, que a veces cobra tintes de auténtica competición.

Por ello es tan importante insistir en que se haga una cosecha responsable, recolectando los ejemplares grandes y dejando crecer los pequeños, en que no se debe coger aquello que no se conoce y en que el espacio no muestre señal alguna de nuestro paso.

En los bosques caducifolios se dan setas quizá no tan populares como los rovellones, pero no menos gustosas, como las palometas (Russula virescens) o el boleto real (Boletus regius), propio de hayedos y robledales.

Pero también es posible ir al bosque no para recoger sino para admirar las setas, de las que en nuestro país podemos contabilizar más de tres mil especies.

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6. Hacer una travesía

El bosque en otoño ofrece una ocasión inmejorable para caminatas de toda índole. Andar es el ejercicio físico más natural, y sin duda también la mejor forma de disfrutar de todos los matices del bosque y de que nuestros pensamientos se explayen a gusto.

Es factible marcarse una ruta de ida y vuelta, un trazado circular o incluso un deambular abierto a las posibles sorpresas. Solo se precisa un buen mapa, calzado adecuado, provisión de agua y comida, y prendas que protejan del viento y la lluvia.

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7. Atender a los sonidos del bosque

El bosque atesora sonidos y voces, fruto de la vida que late en él. Los petirrojos proclaman sus melancólicas estrofas territoriales; los zorzales lanzan su breve reclamo al huir del lecho del bosque o del ramaje más alto; trepadores y herrerillos revelan su presencia con sus notas repetitivas o altisonantes; los pájaros carpinteros golpean la madera seca de un árbol maduro; el viento peina el follaje y provoca una lluvia de hojas secas, o bien agita las copas evocando el fragor del mar.

Quizá emergen entonces de nuestro interior las palabras quedas que estábamos buscando, porque quien sabe escuchar puede esperar siempre respuestas.

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8. Desarrollar la creatividad

El bosque en otoño brinda un marco incomparable para la inspiración y la creatividad. Con moderación, pueden recogerse las flores secas de la carlina u otras plantas, hojas con un encanto especial o ramas caídas para componer adornos, cuadros o esculturas; también se puede moldear la madera para crear figuras, cucharas o marcos.

Con un bloc de dibujo o un caballete se puede plasmar una escena singular tal como uno la siente. O bien recurrir al lenguaje universal de la fotografía para captar la escena irrepetible que ofrece una rama de haya a contraluz, las diferentes tonalidades de dorados en una ladera, los juegos de luz irradiada en el interior de un bosque saturado de niebla…

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9. Recolectar plantas medicinales

En otoño aún quedan plantas que mantienen en auge su poder medicinal. Algunas porque florecen tarde, otras porque lo hacen durante casi todo el año si el clima lo permite y otras porque su potencial medicinal reside en las raíces y es ahora cuando alcanza su plenitud.

Es el caso de la vara de oro, la escabiosa, la menta de lobo, o la brecina. Las hay, además, como la ajedrea, el romero o el diente de león, que brindan también grandes posibilidades culinarias.

La cosecha debe hacerse con moderación, tomando solo lo que se vaya a utilizar y procurando no mezclar las plantas para poder identificarlas mejor.

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